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Cuento divertido para dormir 9/10 años Lectura 8 min. (1)

El club del cojín y la noche de los calcetines saltarines

Cuatro amigos del Club del Cojín viven una noche de juegos y ocurrencias —un concurso de bostezos, calcetines saltarines, galletas fugitivas y susurros misteriosos— que los une entre risas y ternura.

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Hay cuatro niños de 9 años: Martín (pelo castaño corto, sonrisa tímida) sentado en el centro sobre un gran cojín azul abrazando un peluche blanco; Ana (pelo largo castaño, enérgica) a la izquierda de Martín, estirada en el suelo como un gato sobre un cojín rosa; Diego (pelo negro despeinado, travieso) a la derecha, inclinado hacia adelante riendo y alcanzando una galleta en forma de estrella; Lucas (pelo rubio corto, tranquilo y listo) detrás de Martín apoyado en dos muletas rojas en V, mirando con ternura. La escena ocurre en una habitación infantil cálida vista en ligera picado: alfombra crema texturada, cojines coloridos, ventana redonda con luz lunar suave, estantería con libros, una radio antigua sobre una cómoda y un pequeño gato verde pálido llamado Menta escondido en una gran media a rayas. Los cuatro compiten en un concurso de bostezos y galletas saltarinas sobre los cojines, risas silenciosas, gestos exagerados, migas en forma de estrellas por el suelo, ambiente nocturno acogedor, formas sencillas y colores pastel contrastados. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El Gran Concurso de Bostezos

Cierta noche, cuando la luna parecía una galleta mordisqueada y las estrellas titilaban como luciérnagas con cosquillas, cuatro amigos se reunieron en la habitación de Martín. Martín era un chico tranquilo, de sonrisa tímida y ojos curiosos. A veces se sentía solo, pero le gustaba escuchar lo que decían los demás, como si cada palabra fuera una nube diferente en el cielo de la tarde.

Junto a él estaban Diego, que siempre hacía chistes tontos (y algunos buenísimos), Ana, que se movía como si tuviera resorte en los pies, y Lucas, que llevaba unas muletas rojas que parecían cañas de pescar sueños. Juntos formaban el Club del Cojín, porque les encantaba sentarse en el suelo sobre cojines blandos y hacer como si navegaran en barquitos invisibles.

—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Lucas, lanzando una mirada de explorador a sus amigos.

—¡Un concurso de bostezos! —propuso Ana, estirándose como un gato perezoso.

—¿Quién gana? —preguntó Diego, ya con una sonrisa pícara.

—El que logre el bostezo más largo, ruidoso y contagioso —dijo Martín, y todos aplaudieron (aunque uno de los aplausos fue tan suave como un susurro).

Los cuatro se miraron. Martín tomó aire, abrió la boca como si fuera a tragar una nube y soltó un bostezo tan largo que hasta el reloj de la pared pareció atrasarse.

Ana bostezó después, pero tan fuerte que su gato, Menta, saltó de la cama y se escondió bajo la silla. Diego intentó uno tan exagerado que terminó girando sobre su cojín y cayendo de espaldas. Y Lucas... Lucas bostezó tan despacio y dulce que a todos les entraron ganas de dormir, pero no podían parar de reír por lo bajito y musical que sonaba.

Al final, declararon un empate. Porque, al fin y al cabo, todos estaban casi dormidos, pero atacados de risa, con las mejillas rosadas y los ojos achinados de alegría.

Capítulo 2: La Invasión de los Calcetines Saltarines

Después de los bostezos, Ana se fijó en una montaña de calcetines desparejados junto a la cama de Martín.

—¡Parece una familia de pulpos despistados! —bromeó.

—¿Y si jugamos a la invasión de los calcetines saltarines? —propuso Diego, que siempre tenía ideas extrañas.

Martín asintió. Cogieron los calcetines, los llenaron de peluches, papel de periódico y un par de canicas, y los lanzaron al aire. Los calcetines volaban y rebotaban por toda la habitación como si tuvieran vida propia.

—¡Cuidado con el calcetín volador! —gritó Ana, esquivando uno que pasó zumbando cerca de su oreja.

Lucas, con sus muletas rojas, atrapó un calcetín en el aire como si fuera un portero de fútbol y lo alzó triunfante.

—¡Una invasión sin heridas! —dijo Martín riendo—. Solo cosquillas.

Cuando los calcetines dejaron de saltar, la habitación parecía un bosque encantado lleno de criaturas blandas y coloridas. Menta, el gato, salió de su escondite y se metió dentro de un calcetín gigante, asomando solo la cola. Todos se rieron tanto que les dolió la barriga.

—Creo que mis calcetines nunca han sido tan felices —dijo Martín.

—Ni yo —añadió Lucas, y todos asintieron, porque era cierto.

Capítulo 3: La Merienda Imposible

De pronto, Diego sacó una bolsa de galletas en forma de estrellas.

—¡Merienda estelar! —anunció, como si fuera el capitán de una nave espacial.

Pero cuando Ana fue a abrir la bolsa, salió volando una nube de migas que cayó sobre la alfombra. Las galletas rodaron por el suelo, y Menta se lanzó a perseguirlas como si fueran ratones.

—¡Tenemos que atrapar las galletas fugitivas! —gritó Lucas, poniéndose serio como un detective.

Empezó una persecución disparatada: Ana arrastrándose bajo la cama, Diego intentando pescar una galleta con una de las muletas de Lucas (¡con permiso, claro!), Martín usando un cojín como trineo para deslizarse y Menta saltando de miga en miga.

Al final, cada uno consiguió una galleta (algunas medio rotas y otras algo peludas, pero nadie se quejó). Todos se sentaron en círculo y brindaron con las galletas, como si fueran copas llenas de estrellas.

—Esta merienda es imposible de olvidar —dijo Ana, relamiéndose.

—Sobre todo porque ahora tenemos que limpiar —añadió Diego, y todos soltaron una carcajada. Incluso Martín, que normalmente era callado, no podía parar de reír.

Capítulo 4: El Misterio de los Susurros en la Oscuridad

Cuando el reloj marcó las diez, la luz de la habitación se volvió más suave, casi mágica. Los niños se tumbaron sobre los cojines y Martín apagó la lámpara. Solo quedaba la luz azul de la noche, filtrada por la ventana.

De repente, se oyeron unos susurros extraños. Parecían venir de dentro del armario.

—¿Alguien ha oído eso? —susurró Ana, con los ojos muy abiertos.

—Seguro que son fantasmas de calcetines buscando pareja —bromeó Diego.

—O las galletas perdidas buscando su nave espacial —añadió Lucas, riéndose en voz baja.

Todos escucharon atentamente. Martín se levantó despacio y, con paso de gato, abrió el armario...

Dentro, solo había ropa, una caja de juegos y... ¡una radio encendida! Alguien había dejado la radio bajita, y solo se oía un murmullo suave, como si una nube estuviera contando cuentos a otra nube.

—¡El misterio está resuelto! —exclamó Martín, haciendo una reverencia.

—Menos mal, porque si hubieran sido fantasmas de calcetines, podríamos haber terminado con los pies fríos —dijo Diego, y todos rieron.

La radio seguía sonando, con palabras suaves como almohadas. Los amigos se acomodaron, cada uno abrazando un peluche y mirando las sombras bailar en el techo.

Capítulo 5: El Sueño a Burbujas

La noche estaba tan tranquila que parecía flotar. Martín sentía que sus párpados eran plumas. Ana tarareaba una canción casi sin voz. Diego dibujaba círculos en el aire con los dedos, y Lucas bostezaba despacio, como quien sopla una vela.

Poco a poco, los cuatro amigos se fueron quedando dormidos, cada uno con una sonrisa diferente. Martín soñó que navegaba en una gran burbuja de jabón, junto a sus amigos. Las burbujas subían y subían, cruzando nubes de algodón de azúcar, pasando por arcoíris de colores y saludando a pájaros con gorro de copa.

En el sueño, los amigos se reían y escuchaban el canto de las burbujas, que decían cosas bonitas en susurros. “Escucha, escucha”, decían, y al escuchar, el mundo se volvía suave, redondo y sin prisas.

Martín se sintió ligero como una pluma, flotando en un mar de burbujas, con sus amigos cerca, todos escuchándose y cuidándose. Y así, entre risas blandas y burbujas de sueño, la noche los abrazó, y el Club del Cojín se quedó dormido, con los corazones repletos de alegría y ganas de escuchar, soñar y volver a reír.

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Apertura grande de la boca por sueño o cansancio que mueve el aire.
Contagioso
Que se transmite de una persona a otra, como una risa o un bostezo.
Muletas
Bastones que ayudan a caminar cuando alguien no puede apoyar bien la pierna.
Calcetines desparejados
Calcetines que no tienen su pareja; uno distinto del otro.
Saltarines
Que brinca o da saltos con energía y movimiento alegre.
Trineo
Objeto para deslizarse sobre el suelo o la nieve, aquí usado sobre un cojín.
Carcajada
Risa muy fuerte y sonora que sale cuando algo es muy gracioso.
Susurros
Palabras dicha en voz muy baja, como un secreto o cuento suave.
Armario
Mueble con puertas donde se guarda ropa y objetos de la casa.
Radio
Aparato que emite música y voces por ondas, se escucha sin cables.

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