La idea de la capa
Clara encontró la manta en el cajón de las sábanas. Era una manta vieja, de colores alegres, con pequeñas estrellas que parecían bostezar. Clara tenía nueve años y una imaginación grande como una casa. Miró la manta, la levantó con cuidado y se la lanzó sobre los hombros. Se quedó frente al espejo y se rió de sí misma.
"¿Y si fuera una capa de verdad?" murmuró, con voz conspiradora.
Se puso de pie, la manta al viento, y caminó por su cuarto como si fuera una princesa de cuento. Pero enseguida hizo una mueca. La capa caía cuando daba un paso, y al correr apenas, se resbalaba por sus brazos. Clara se miró en el espejo y se inventó una explicación: las capas modernas tenían defectos. Ella decidió que tal vez lo que necesitaba era aprender a llevarla con estilo.
Probó nudos improvisados. Probó una bufanda como cinturón. Probó un broche hecho con una pinza de ropa y dos gomas elásticas. Cada intento era más divertido que el anterior. Se equivocaba, se reía, se equivocaba otra vez. Se reía otra vez más. La manta terminaba arrugada en el suelo y Clara en una pose extraña, con una media torcida y un calcetín que hablaba con la luz.
El primer evento importante ocurrió cuando la manta, por fin, quedó prendida sin caerse. Clara hizo una reverencia exagerada. Se sintió heroína. Solo había un problema: la capa le daba calor. Mucho calor. Pero no era un problema grave. Era un problema que hacía cosquillas en la nuca y que provocaba carcajadas silenciosas.
El desfile por la casa
Clara salió de su cuarto con la manta convertida en capa. Bajó las escaleras en puntillas, como una espía que no quiere despertar a los muebles. Su perro, Pompón, la miró con los ojos más grandes del mundo. Pompón se levantó y la siguió, meneando la cola como una bandera.
En la cocina, la luz de la tarde dibujaba sombras largas. Clara decidió que era el momento perfecto para un desfile épico. Uno, dos, tres pasos. Giro dramático. Una pirueta. "¡Atención, la señorita Capa!" anunció en voz baja, y la palabra salió con orgullo y un cosquilleo nervioso. Pompón trató de saltar para alcanzar la capa. Las estrellas de la manta le parecieron golosinas. Saltó, resbaló, y terminó con la nariz cubierta de hilo. Clara lo ayudó a desenredarse, y ambos rieron sin hacer ruido, como dos cómplices.
Su madre asomó la cabeza por la puerta. "¿Todo bien?" preguntó, con esa voz que sabe cuándo alguien está inventando una aventura.
"Perfecto", dijo Clara. "Estoy comprobando que esta capa es segura en caso de emergencia." Su madre sonrió y volvió a su receta. La casa olía a pan y a naranja, y el desfile continuó por el pasillo. Cada vez que Clara giraba, la manta hacía un pequeño susurro como si contara chistes. Ella imitaba el susurro y se reía más. Repetir, repetir, repetir. El ritmo era cómico: giro, susurro, risa; giro, susurro, risa.
El segundo evento importante fue cuando la capa quedó enganchada en la manilla de la puerta. Clara tiró suavemente. La manta no cedía. Pompón olfateó la escena con gravedad. Clara hizo fuerza. Hizo más fuerza. Se imaginó siendo rescatada por un caballero con botas de colores. Finalmente, la puerta cedió y la capa se liberó con un golpe que coronó la aventura. Clara y Pompón cayeron al suelo en una mezcla de risa y espuma de felpa.
El vuelo en la terraza
Decidió que era hora de ver el mundo desde arriba. Subió a la terraza con la capa ceñida. El cielo estaba claro. Había nubes suaves como almohadas, que se veían tentadoras. "Solo un vistazo", pensó. Se apoyó en la baranda y miró la ciudad en miniatura. Las chimeneas parecían lápices, los coches hormigas, las personas puntitos que caminaban con prisa.
Clara corrió. Las calles del barrio parecían pistas de circo. Saltó una baldosa, esquivó una rama caída, y sintió, por un segundo, que la manta intentaba levantarla. Fue un empujoncito, apenas. Ella rió. No voló realmente, claro, porque las leyes de la gravedad son muy constantes. Pero la sensación fue parecida a un trompo que gira y luego se calma. La capa ondeó y, como siempre, volvió a hacerse un lío.
De pronto, un viento juguetón llegó. No era fuerte, solo un soplo que olía a limones y a historias de verano. El viento le dio un empujón. La manta se hinchó y la elevó medio centímetro. Clara pegó un brinco y pudo rozar las nubes con las yemas de los dedos. No era una nube de verdad, no todavía. Era una nube fácil, una nube de algodón que se dejaba rozar. Fingió que era una viajera del cielo, una exploradora con capa que colecciona nubes. Pompón ladró de emoción.
El tercer evento importante fue cuando una nube bajó un poquito, curiosa, y rozó la cabeza de Clara. Era fría y suave y olía a algodón mojado. Clara soltó una carcajada, pequeña y contenida. "Hola", dijo la nube, en su idioma de pelusa. O al menos eso pareció. Clara le ofreció la punta de su capa como si fuera una tarjeta de presentación. La nube se quedó un instante. Se quedó como quien mira una foto divertida. Y luego, sin prisa, se puso a jugar.
La noche y la nube colgante
La tarde se hizo azul más oscuro, y las luces de las casas comenzaron a encenderse como luciérnagas disciplinadas. Clara sintió que el sueño la llamaba con una voz suave, con una voz que decía: "Es hora de bajar la vela y abrir la almohada." Aun así, la nube no se marchaba. Había decidido que la capa era un buen lugar para descansar.
Clara se tumbaron en el suelo de la terraza, con la manta-capa tapando los pies. Pompón se acurrucó contra su barriga. La nube, curiosa y chistosa, se pegó a la esquina de la manta. No se sabe si buscaba calor o compañía; tal vez ambas cosas. Era como si una pequeña almohada flotante hubiera encontrado un rincón favorito. Clara la miró y se dijo que aquella era la prueba definitiva de que sus ideas raras podían ser buenas ideas.
"Te presento a Nube", susurró. La nube respondió con un cosquilleo en la punta de la nariz. Clara se rió. Se rió más bajito. Su risa fue convirtiéndose en un susurro. Sus ojos, pesados de sueño, parpadearon. Las frases de su pensamiento se hicieron cortas: nube... capa... Pompón... cama... casa... sueño. Cada palabra era una nota de una canción que se va haciendo más lenta.
El cuarto y último evento importante fue la calma que vino después del juego: Clara cerró los ojos. La manta, ya sin pretensiones de heroína, se acomodó. La nube se quedó colgando, pegada como un adorno leve, como una mancha de azúcar en una taza. Pompón respiraba despacio, como si hiciera música con la nariz. Clara dejó que su sonrisa se hiciera pequeñita y redonda, igual que una luna de chocolate.
Antes de dormirse, pensó en todas las veces que se había tropezado con su propia capa, en las veces que había vuelto a intentar algo aun sabiendo que quedaría divertido. Pensó que burlarse de sí misma le daba alas. No alas para volar, sino alas para reír sin miedo. Esa era su magia: la risa que se hace cama. La nube siguió ahí, tranquila y colgante, y Clara se durmió con la manta como capa y una nube enganchada.