Capítulo 1: El niño que hablaba con las cejas
Pablo tenía diez años y un secreto: casi nunca decía una palabra, pero sus cejas hablaban más que un loro en una tienda de espejos. Si estaba contento, una ceja subía como una nube en verano. Si algo le hacía gracia, las dos bailaban como orugas en una hoja. Todos en su clase sabían que Pablo era el campeón mundial de las adivinanzas silenciosas. Cada día inventaba una nueva, y quien quería jugar solo tenía que mirarle a los ojos y esperar el movimiento de sus cejas.
Un jueves por la tarde, Pablo se sentó en el parque, junto al columpio azul, con su cuaderno de adivinanzas. Se acercó su amiga Laura y le dijo:
—Pablo, ¿otra adivinanza?
Él sonrió, levantó una ceja y, con un gesto, le indicó que sí.
Laura miró el cuaderno y leyó: “¿Qué tiene dientes pero no muerde?”
Laura pensó, y sus propios dedos se movían como si buscaran en la nevera de las ideas.
—¡El peine! —gritó.
Pablo aplaudió en silencio, y sus cejas hicieron la ola.
Capítulo 2: La invasión de los calcetines traviesos
Esa noche, Pablo preparó una colección especial de adivinanzas para su familia. Pero mientras escribía, sintió cosquillas en los pies. Miró hacia abajo y, sorpresa: sus calcetines parecían tener vida propia. El de rayas rojas se deslizaba como una serpiente, y el de lunares bailaba claqué.
—¡Eh! ¿A dónde vais? —susurró Pablo, aunque era un niño silencioso, porque esto era demasiado raro incluso para alguien como él.
Los calcetines saltaron de la cama y corrieron hacia el pasillo. Pablo los siguió de puntillas, intentando no hacer ruido.
En el salón, sus calcetines se escondieron bajo el sofá. Pablo decidió jugarles una adivinanza:
“¿Quién es pequeño, blandito y nunca se cansa de caminar?”
Los calcetines asomaron y giraron sobre sí mismos como si pensaran la respuesta. Finalmente, se lanzaron sobre los pies de Pablo y, al instante, se quedaron quietos, contentos de haber acertado.
Capítulo 3: El concurso de adivinanzas en el baño
Al día siguiente, mientras Pablo se lavaba los dientes, notó que el espejo estaba empañado y alguien había escrito con el dedo:
“Si te mojas, me usas. Si me mojas, no sirvo. ¿Quién soy?”
Pablo se rió. Era su hermana Carla, la reina de las bromas matutinas.
Le respondió escribiendo con su propio dedo: “La toalla”.
Carla apareció tras la puerta:
—¡Muy bien! Pero ahora, mi turno:
“¿Qué sube y baja pero siempre está en el mismo sitio?”
Pablo no necesitó palabras. Hizo el gesto de subir y bajar las manos como una balanza y señaló la escalera.
Carla aplaudió y soltó una carcajada tan fuerte que los cepillos de dientes temblaron en su vaso.
Capítulo 4: Adivinanzas nocturnas para monstruos dormilones
Esa noche, mientras Pablo se acostaba, notó algo extraño debajo de la cama. Un par de ojos redondos brillaban en la oscuridad.
Pablo no se asustó. Al contrario, pensó que sería divertido hacerle una adivinanza al monstruo.
Se inclinó y susurró:
“Soy amigo de la noche, y aunque no ronco, a veces hago crujir el piso. ¿Quién soy?”
Los ojos parpadearon y, de repente, salieron unas patas peludas. Pero ¡eran solo las pantuflas de Pablo! Se habían encendido con las estrellas pegadas en la suela.
Pablo sonrió y abrazó sus pantuflas, pensando que hasta los monstruos, reales o inventados, podían disfrutar de una buena adivinanza antes de dormir.
Capítulo 5: Un sueño de adivinanzas
Ya en la cama, Pablo cerró los ojos y dejó que su mente flotara como una barquita en el mar. De repente, en su sueño, estaba en una isla donde todos hablaban solo con gestos y adivinanzas. Había árboles de chicle, peces que hacían burbujas de colores y ardillas que jugaban a imitar las cejas de Pablo.
Un búho apareció en una rama y le guiñó un ojo:
“¿Quieres escuchar mi adivinanza para dormir?”
Pablo asintió, y el búho preguntó en voz bajita:
“Vuelo de noche, veo sin luz, y aunque no canto, hago ‘uh, uh'. ¿Quién soy?”
Pablo, incluso dormido, sonrió porque sabía la respuesta. Pero en su sueño, solo levantó una ceja y el búho supo que había acertado.
Con esa última adivinanza, todo se volvió suave y tranquilo. El viento cantaba bajito, las hojas murmuraban palabras dulces, y las cejas de Pablo descansaban, felices, sabiendo que hasta en sueños podían jugar.
Así, entre adivinanzas y sonrisas, el silencio de Pablo se hizo más grande que el universo, y el sueño lo envolvió como una manta cálida, llevándolo suavemente al país donde no hacen falta palabras para ser feliz.