Capítulo 1: La almohada que hacía “plop”
El zorro Lolo llegó a su madriguera arrastrando las patas como si fueran dos cucharas de sopa muy cansadas. Afuera, la noche se había puesto su pijama azul oscuro, lleno de puntitos brillantes. Dentro, su cama de hojas secas esperaba con un crujido amable.
Lolo se acomodó y, muy serio, decidió seguir su rutina perfecta: primero, la cabeza. Apoyó la cabeza en la almohada de musgo. “Plop”. Sonó como una gota gordita cayendo en un charco. Lolo abrió un ojo. Se oyó otra vez: “plop”. Como si la almohada tuviera hipo.
—Esto es nuevo —murmuró, intentando no reírse porque, claro, era hora de dormir y él era un zorro responsable.
Volvió a apoyar la cabeza, con cuidado, como quien coloca una corona. “Plop”. Lolo frunció el hocico. Si la almohada hacía “plop”, su cabeza podía rebotar. Y si su cabeza rebotaba, ¿dónde iba a poner el sueño?
Capítulo 2: El comité nocturno de objetos
Lolo levantó la cabeza y miró alrededor. La manta de helechos estaba bien estirada, como una bandera sin viento. La lámpara de luciérnaga parpadeaba lento, como diciendo “tranquilooo”. La almohada, en cambio, se hacía la inocente.
Entonces, algo diminuto se movió entre el musgo. Era un escarabajo redondito, tan brillante que parecía una aceituna con patas.
—“Plop” —dijo el escarabajo, orgulloso.
—¿Tú eres el “plop”? —preguntó Lolo.
—¡Sí! Es mi ensayo. Voy a ser percusionista. Esta almohada tiene buena acústica.
Enseguida apareció una polilla con cara de bostezo, que llevaba una hoja enrollada como si fuera una trompeta.
—Y yo soy la sección de viento —dijo la polilla—. Pero sin viento, que ya es tarde.
Desde una esquina, una araña bajó en su hilo como si fuera en ascensor.
—Yo pongo las cuerdas —anunció—. Cuerdas de seda. Muy finas, cero dramáticas.
Lolo se quedó quieto. Un concierto en su almohada. Era tan absurdo que casi se le escapó una carcajada. Se tapó el hocico con la cola para no hacer ruido, pero sus bigotes temblaban de risa.
—Escuchen —susurró—, me encanta que tengan hobbies, pero mi cabeza necesita descansar.
—¡Ensayamos bajito! —dijo el escarabajo, y dio un “plop” que, para él, era bajito, pero para una cabeza cansada era como un tambor en miniatura.
Capítulo 3: El plan más serio y más tonto
Lolo respiró hondo. Se imaginó a sí mismo como un director de orquesta con una ramita de avellano. Se sentó en la cama, muy formal, como si fuera a dar una conferencia.
—Propuesta —dijo—: hacemos música, pero para dormir. Música que sea como una sopa tibia. O como una nube que bosteza.
La polilla aplaudió sin hacer ruido, que es una habilidad muy útil.
—¡Una nana! —susurró.
La araña movió dos patas como quien afina un violín invisible.
—Puedo tejer un pentagrama —dijo—. Pero prometo que no en tu nariz.
El escarabajo se infló de importancia.
—Yo puedo hacer “plop” más suave… quizá “plip”.
Lolo asintió, satisfecho. Luego cometió un error muy tierno: intentó hacerlo perfecto.
—Regla número uno: primero, cabeza. Ya la puse. Regla número dos: luego, sonrisa.
Y ahí se dio cuenta de que todavía no había puesto la sonrisa. Tenía la cara seria de zorro que calcula el número de nueces en un árbol. Eso no ayudaba a dormir.
Probó una sonrisa pequeña. La sonrisa le salió torcida, como un plátano tímido.
El escarabajo, al verlo, soltó un “plip” emocionado. La polilla hizo un “fuuu” tan suave que parecía un suspiro. La araña rozó su hilo y sonó “tlin”, como una gota de cristal.
Lolo, con esa mezcla de director y dormilón, movió la cola como si fuera un metrónomo.
—Más lento —pidió—. Que el bosque se vuelva blandito.
Capítulo 4: La nana del “plip” y el “tlin”
La almohada se convirtió en escenario silencioso. El escarabajo marcaba un ritmo pequeñísimo: “plip… plip… plip…”, como si contara pasos de hormiga. La polilla soplaba aire imaginario: “fuuu…”, y era un “fuuu” que no empujaba nada, solo acariciaba. La araña tocaba su hilo: “tlin… tlin…”, como campanitas que aprendieron a hablar bajito.
Lolo volvió a poner la cabeza. Esta vez no rebotó. Se hundió un poquito en el musgo, justo como una galleta en leche, pero sin mojarse. Cerró los ojos.
Y entonces colocó la sonrisa. No la empujó. La dejó caer suavemente, como una hoja que decide aterrizar. La sonrisa se quedó en su hocico, calentita, sin prisa.
Por dentro, Lolo se rió de sí mismo: un zorro serio negociando con un escarabajo músico y una araña violinista. ¡Vaya jefe de sueño! Si alguien lo viera… Bueno, mejor que nadie lo viera. Era su secreto ridículo y perfecto.
Los sonidos se fueron haciendo más largos, como si estiraran una manta:
“pliiip…”
“fuuuu…”
“tliiin…”
La lámpara de luciérnaga parpadeó dos veces, como diciendo “bien, equipo”. La manta de helechos se acomodó sola, crujendo como palomitas muy educadas. Afuera, un búho cantó tan lejos que parecía una nota perdida buscando cama.
Capítulo 5: Un deseo para mañana
Lolo ya no pensaba en reglas. La cabeza estaba puesta. La sonrisa también. Todo lo demás flotaba lento, como cuando miras el agua y el agua te mira de vuelta.
Antes de dormirse del todo, Lolo susurró, sin abrir los ojos:
—Mañana… quiero acordarme de reírme cuando algo salga raro. Incluso si mi almohada hace “plip”.
El escarabajo respondió con el “plip” más suave del mundo. La polilla dejó un último “fuuu” que parecía una caricia. La araña tocó un “tlin” tan pequeño que casi fue silencio.
Y en esa música blandita, Lolo se durmió con su sonrisa bien puesta, soñando que dirigía una orquesta de cosas absurdas que, por suerte, siempre terminaban bien.