Awa es una joven. Vive en un pueblo de África. El sol sale suave. Awa sonríe. Hoy Awa quiere un canto para el día. Lleva su calabaza. Camina, pasito, pasito. Tum-tum, tum-tum, su corazón canta.
Llega al baobab. Es un árbol grande. Da sombra fresca. Shhh. “Hola, amigo árbol”, dice Awa. El viento sopla leve: ffff. Su pañuelo vuela un poco. “Hop”, dice Awa, y toma el pañuelo. Todo está bien.
Sale la tortuga. Paso, paso. Toc-toc en la tierra. “Hola, amiga”, dice Awa. “¿Me das un ritmo?”. “Sí”, responde la tortuga. Toc... toc... Awa aplaude. Clap, clap. Ya hay un ritmo lento.
Salta el mono. Hop, hop. “iii-iii”, canta. “Hola, mono”, dice Awa. “¿Me das una risa?”. “Sí”, responde. Ji, ji, ja. Ya hay un sonido alegre.
Llega un elefantito. Pum, pum con los pies. Plaf, plof en el agua. “Hola, amigo”, dice Awa. “¿Me das un paso fuerte?”. “Sí”, responde. Pum, pum. Ya hay un paso firme.
Awa vuelve al pueblo. El cuentero toca el tambor. Tum-tum, tum-tum. Awa canta suave. La calabaza suena: glup, glup, agua feliz. Niñas y niños dan palmas. Clap, clap. Las madres cantan. Los abuelos sonríen. Todos bailan en ronda, despacio y feliz.
El día se llena de canto, porque todos dan un poquito.
Cuando compartimos y escuchamos, el día es suave y el corazón está feliz.