Era diciembre y la nieve caía suavemente. Una pequeña niña llamada Lila tenía dieciocho meses. Lila miraba por la ventana.
—¡Mira, mamá! —gritó Lila, emocionada—. ¡Nieve!
Su mamá sonrió.
—Sí, Lila. ¡Es Navidad!
Lila saltó de alegría.
—¡Navidad! —dijo Lila, aplaudiendo.
Lila decidió hacer algo especial. Quería un árbol de Navidad.
—¡Mamá, árbol! —pidió, con los ojos brillantes.
Su mamá trajo un pequeño árbol. Era verde y tenía luces de colores.
—¡Guau! —exclamó Lila—. ¡Brilla!
Lila tocó las luces. Estaban frías y brillantes.
—¿Puedo decorar? —preguntó Lila.
—Claro, cariño. Aquí están las bolitas— dijo su mamá, mostrando bolitas rojas y doradas.
Lila tomó una bolita roja.
—¡Roja! —gritó, feliz.
La bolita se cayó.
—¡Oh no! —dijo Lila.
Su mamá rió.
—No pasa nada, Lila. ¡Intenta de nuevo!
Lila trató otra vez. Esta vez, colgó la bolita en el árbol.
—¡Mira, mamá! —gritó—. ¡Árbol hermoso!
Su mamá aplaudió.
—¡Sí, es hermoso!
De repente, un pequeño gato apareció.
—¡Miau! —dijo el gato, curioso.
Lila rió.
—¡Gato! —gritó.
El gato saltó al árbol. Las bolitas comenzaron a caer.
—¡Oh, no! —dijo Lila, riendo.
Su mamá sonrió.
—Así es la Navidad, Lila. ¡Divertida!
Y así, Lila, su mamá y el gato celebraron la Navidad con risas y amor. ¡Qué día tan feliz!