Era diciembre. La nieve caía suave sobre el suelo. Un pequeño niño, Lucho, miraba por la ventana.
—¡Mira, mamá! —gritó Lucho, saltando de emoción—. ¡Nieve!
Su mamá sonrió y se acercó.
—Sí, cariño. ¡Es Navidad! —dijo ella.
Lucho tocó el cristal frío.
—¿Papá Noel viene? —preguntó con ojos brillantes.
—¡Sí! —respondió su mamá—. Papá Noel trae regalos.
Lucho sonrió y pensó en el regalo que quería.
—¡Quiero un osito! —exclamó.
—Un osito suave y grande —dijo su mamá, riendo—.
Lucho miró el árbol de Navidad. Estaba lleno de luces y adornos.
—¿Podemos poner más luces? —preguntó.
—Claro, Lucho. ¡Ayúdame! —dijo su mamá.
Lucho tomó una cuerda de luces.
—¡Brilla! —gritó, emocionado.
Él y su mamá colgaron las luces.
—¡Mira! —dijo Lucho—. ¡Es precioso!
—¡Sí! —respondió su mamá—. Muy bonito.
Llegó la noche y Lucho estaba cansado.
—¿Dónde está Papá Noel? —preguntó con un bostezo.
—Él llegará mientras duermes —contestó su mamá.
—¿Con el osito? —dijo Lucho, cerrando los ojos.
—Tal vez —susurró su mamá, acariciándole la cabeza.
Lucho soñó con su osito. Y en la noche mágica de Navidad, el amor llenó su corazón.