Primera parte: Cartas de Año Nuevo
Me llamo Lucía y tengo seis años. Hoy amanecí con un cosquilleo en la barriga. Es el último día del año. El aire huele a mandarina y a pan tostado. La luz entra por mi ventana como confeti dorado. Me gusta este día porque parece que todo empieza de nuevo.
En la mesa de la cocina me espera una carta. Reconozco el sobre. Tiene una pegatina de una grulla de papel. La carta viene de muy lejos, de Japón. Mi amiga se llama Yumi. Tiene mi misma edad. Nos escribimos dibujos y palabras. Yo le cuento cosas de mi calle. Ella me cuenta cosas de su jardín.
Mamá me guiña un ojo. —Ábrela, Luci —dice—. Seguro que trae sorpresas.
Rompo el sobre con cuidado. Dentro hay una carta con letras redondas y un dibujo. Es una sopa con fideos largos y una campana enorme. Yumi ha dibujado también una estrella amarilla con ojos.
Leo en voz alta, despacito, porque me gusta saborear cada frase:
Querida Lucía:
Aquí, en Año Nuevo, comemos fideos largos para tener una vida larga y feliz. Limpiamos la casa y dejamos lo viejo atrás. En el templo suena una gran campana muchas veces. Yo cierro los ojos y pido esperanza. ¿Tú qué haces?
Le muestro la carta a mamá y a la abuela Tere. Abuela ríe con sus ojos en forma de luna. —Qué bonito —dice—. En España comemos doce uvas con las campanadas. Una uva por cada campanada. Pum, pum, pum, y pedimos deseos.
—Yumi y yo queremos celebrar juntas —digo—. Mezclaremos todo. Haremos una fiesta mixta. ¿Podemos?
Papá asoma la cabeza con harina en la nariz. —Claro que sí —dice—. Haremos videollamada. Prepararemos fideos y uvas. Y limpiaremos un rincón especial. Será nuestra mezcla feliz.
Me encanta la idea. Saco mis rotuladores y escribo una respuesta con dibujos.
Querida Yumi:
Comemos uvas con las campanadas a medianoche. Doce. Cada uva es un deseo. También soplamos para que entre el aire nuevo. Quiero limpiar mi rincón de pinturas y dejarlo brillante. Quiero aprender tus fideos largos. Quiero escuchar tus campanas. Hagamos una fiesta juntas. Te mando un abrazo que cruza el mar.
Hago un dibujo de una uva con cara sonriente y de un fideo tan largo que se convierte en serpiente juguetona. Luego pongo una estrellita y muchos puntitos que parecen nieve. Me siento contenta. Es como si la alegría saltara en una cuerda invisible.
Segunda parte: Preparativos brillantes
El timbre suena a media mañana. Ding dong. Abro la puerta y hay un paquete pequeño. Viene de Japón. Lo abrazo como si fuera un gato. Adentro hay tres cosas: un paquetito de fideos largos, siete papeles de colores para hacer grullas y una nota de Yumi.
Los fideos son como cuerdas de luna. Los papeles brillan como helados de frutas. La nota dice:
Para nuestra mezcla. Un poco de mi casa en tu casa. En el sobre hay un secreto: una palabra japonesa que me gusta. Kibō. Significa esperanza.
Le digo la palabra a la abuela. —Ki-bó —repite—. Suena a arco suave. Me la guardo en el bolsillo.
Mamá pone música bajita. Papá hace espacio en la mesa. La abuela trae un trapo suave. —Vamos a limpiar nuestro rincón especial —dice—. Así dejamos que entre la suerte.
Yo limpio mis lápices. Los coloco como soldados de colores. Sacudo el polvo de la ventana. Soplo y soplo y el polvo se va como nieve ligera. Pongo una vela pequeñita en un vaso azul. El vaso tiene una forma que me gusta: parece un charco de cielo.
—Ahora el árbol de grullas —dice mamá, señalando los papeles—. ¿Te enseño?
Sus manos vuelan despacio. Dobla y vuelve a doblar. La grulla aparece como una sorpresa. Yo intento copiarla. Me sale torcida, como una gaviota que ríe. Me gusta así. Le dibujo dos ojitos. La cuelgo en la lámpara.
Papá abre el paquetito de fideos y los mira como si fueran un mapa. —Los cocinaremos más tarde —dice—. Un cuenco para Yumi, un cuenco para Lucía. Largos, largos, para una vida larga y serenita.
Ponemos las uvas en un cuenco de cristal. Las cuento una a una. —Una, dos, tres, cuatro… —hasta doce. El doce suena como campanita. Cojo una uva y la lanzo al aire. Casi se me cae, pero la atrapo. Me río. La abuela también.
En la tarde, el cielo se va volviendo naranja. Yo preparo una caja para los deseos. Es una caja de zapatos forrada con papel plateado. La llamo Caja de Kibō. Corto papelitos y escribo mis deseos. Escribo cosas simples y brillantes. Salud. Juegos. Abrazos. Más historias. Un columpio que no se maree. Un charco para saltar. Un sueño tranquilo. Uno que no escribo, porque es secreto. Lo doblo bien fuerte.
—Podemos dar una vuelta con la maleta —dice la abuela—. Es una tradición de tu tía. Dice que así llegan viajes bonitos.
Yo cojo mi maletita amarilla. Meto dentro un peluche y un jersey. Bajamos a la calle. Damos la vuelta a la manzana. El aire está frío y huele a noche nueva. Las luces de los balcones parecen luciérnagas. Un perro nos mira curioso. Yo tiro de la maletita y rio.
—¿Y si nos perdemos? —le digo a la abuela, jugando.
—Entonces nos encontramos —me contesta, guiñando un ojo.
Volvemos contentas y con las mejillas rosadas. En la cocina, el agua canta en una olla. Papá echa los fideos con cuidado. —No los rompas —le digo—. Yumi dice que los fideos largos son para la esperanza.
—Para la esperanza y para la paciencia —dice mamá, sonriendo—. Mira cómo bailan en el agua.
Sacamos los fideos y los ponemos en dos cuencos. Son brillantes como cuerdas de luz. Les echamos un caldito rico. Yo acerco la nariz. Huele a abrazo.
—Comeremos un poquito antes de la medianoche —dice mamá—. Es nuestra mezcla.
Me siento como si tuviera dos fiestas dentro del corazón. Una con uvas. Otra con fideos. Y las dos se dan la mano.
Tercera parte: Doce campanadas y un deseo largo
La pantalla del portátil espera sobre la mesa. Aún faltan horas para la medianoche aquí. Pero en Japón ya es casi Año Nuevo. Llamamos a Yumi. Aparece su cara sonrosada. Tiene un abrigo fino y una bufanda con estrellas.
—¡Lucía! —dice ella—. ¡Mira!
Gira la cámara. Hay un templo con un techo verde y rojo. La gente camina despacio. El cielo es un cuenco oscuro. De pronto suena una campana grande. ¡Gong! ¡Gong! El sonido es suave y profundo, como si una piedra cantara en el agua.
—Es la campana de fin de año —dice Yumi—. Suena muchas veces. Yo disfruto cada golpe. Pienso en cosas buenas. Pienso en ti.
—Yo también pienso en ti —le digo—. Aquí aún es de tarde. Pero escucho y guardo el sonido en mi caja.
Cerramos los ojos un momento. Yo oigo la campana como si me tocara el hombro. ¡Gong! Me siento tranquila. Me siento fuerte. Es como si la palabra kibō hiciera cosquillas en el aire.
Luego cada una come un poco de su comida. Yumi come fideos. Yo también. Sorbemos despacito para que no se rompan. —Que la vida sea larga… —dice Yumi.
—…y suave, y llena de amigos —termino yo.
Aplaudimos. Yumi me enseña una grulla blanca que hizo. —Esta es tuya —dice—. La llamaré Lucí. Y le pondré una pegatina de uva.
Yo le enseño la grulla torcida que hice. —Se llama Yumi —digo—. Siempre encuentra su camino. Aunque vuele del revés.
Nos reímos. Nos despedimos con un abrazo que casi traspasa la pantalla. En Japón ya es Año Nuevo. Aquí, la tarde se hace noche. La ciudad hace un sonido de espera. Es como si las farolas respiraran.
Faltan pocos minutos para las doce. Coloco el cuenco de uvas. Pongo la Caja de Kibō al lado. Enciendo la vela. La llama baila. Mamá baja un poco la luz. La abuela se sienta a mi lado y me toma la mano. Papá trae dos cucharitas.
—¿Para qué son? —pregunto.
—Para nuestras campanadas caseras —dice papá—. Por si la tele se adelanta o se retrasa. Daremos doce golpecitos en los vasos, suavecitos, y tú comerás una uva en cada sonido.
Me gusta la idea. La tele hace ruido de gente. Hay un reloj famoso. La plaza está llena. Yo respiro hondo. Siento las piernas nerviosas. Me río. Se acerca la hora.
—Preparada, capitana —dice mamá.
—¡Preparada! —digo, con la uva número uno en los dedos.
El reloj empieza a hablar. Ding… Yo como la primera uva. Sabe a fresco y a chispa. Ding… segunda uva. Cierro un ojo, porque me hace cosquillas la piel. Ding… tercera. Me atraganto un poco y me río. La abuela me da un sorbo de agua. No pasa nada. Todo es divertido.
Sigo comiendo. Cuatro. Cinco. Seis. Cada uva es un deseo chiquito que crece. En la siete me acuerdo de Yumi y su campana. En la ocho me viene a la cabeza la palabra kibō. En la nueve pido salud para todos. En la diez deseo sopas ricas. En la once pido juegos y risas. En la doce no digo nada. Solo siento algo calentito.
Papá da el último golpecito en el vaso. Suena claro y dulce. Entonces, por la ventana, se encienden fuegos de colores. Pum, pum, pum. El cielo se pinta de flores. Yo grito de alegría. Abrazamos a la abuela. Abrazamos a mamá. Abrazamos a papá. Huele a lana, a cariño, a vela.
—Feliz Año —decimos los cuatro.
Después, abrimos la Caja de Kibō. Sacamos los papelitos. Los leemos en voz alta. Salud. Juegos. Abrazos. Más historias. Un columpio que no se maree. Un charco para saltar. Un sueño tranquilo. Mi papel secreto no lo leo. Lo aprieto en mi mano como si fuera una semilla.
—Ahora, una última mezcla —dice mamá—. Vamos a abrir la ventana un poquito.
El aire de medianoche entra y me acaricia la frente. Está frío. Trae un olor a metal y a pan dulce. Yo soplo hacia fuera. Soplo lo viejo. Soplo mis miedos pequeños. Siento que mi pecho se hace grande. La abuela sopla también, con cuidado. Papá sopla haciendo un sonido divertido. Mamá sopla y se ríe.
Entonces, cojo el marco de la ventana, que está un poco empañado. Con el dedo, dibujo una grulla pequeñita. Al lado, dibujo un fideo largo que hace una sonrisa. Luego dibujo doce puntitos como uvas.
—Falta una cosa —digo.
—¿Qué falta, Luci? —pregunta la abuela.
—La esperanza —respondo.
Voy a por un rotulador que pinta sobre el vidrio. Es dorado. Con cuidado, trazo una línea curva. Luego otra. Y otra más. Lo hago despacio, como las campanas de Yumi. La figura aparece suave. Al verla, me da un calorcito en la nariz. La noche se vuelve aún más amable.
—¿Qué dibujas? —pregunta papá, sin respirar.
—Un corazón —digo.
Lo acabo y sonrío. La llama de la vela tiembla y aplaude. Al otro lado del mar, Yumi quizá mira la luna. Aquí, mi ventana tiene ahora un dibujo que brilla como una promesa. Pongo mi mano abierta sobre el vidrio, justo encima del corazón. Noto el frío del mundo y mi calor por dentro. Siento que todo lo bueno cabe. Siento que lo nuevo llega.
—Kibō —susurro.
Y el corazón se queda en la ventana, como un saludo de luz de la vieja noche a la nueva, como un abrazo que no se borra, como un secreto compartido que me hace cerrar los ojos y sonreír.
♥