Capítulo 1: Los preparativos en la montaña
Era un día muy frío en la estación de esquí “Nieve Brillante”. Todo estaba cubierto de nieve blanca y suave, como nata en un pastel gigante. Había luces de colores colgadas en los árboles y sonaba música alegre en todas partes.
Marina, una niña de seis años con gorro rosa y bufanda a rayas, miraba por la ventana del hotel. Estaba muy emocionada porque esa noche sería la fiesta de Nochevieja, ¡el último día del año!
A Marina le gustaba mucho pasar el año nuevo en la montaña. No venía sola; estaba con su mejor amiga Paula, que tenía unos guantes verdes muy grandes, y con los gemelos, Nico y Tomás, que siempre hacían travesuras y se reían fuerte, como si fueran uno solo.
–¡Vamos afuera, Marina! –gritó Nico, saltando de alegría–. ¡Hay que preparar algo divertido para la fiesta!
–¡Sí! –dijo Paula–. Quiero ver los muñecos de nieve y las luces. ¡Mis guantes quieren bailar!
Tomás se rió y dio vueltas como un trompo.
Así que los cuatro amigos salieron juntos, dejando huellas pequeñitas en la nieve. El aire era fresco y olía a chocolate caliente.
–¿Qué tradición de año nuevo haremos este año? –preguntó Marina, mirando las montañas doradas por el sol.
–¡Podemos saltar en la nieve! –dijo Tomás.
–¡O bailar alrededor del gran árbol de luces! –propuso Paula.
Nico se quedó muy pensativo.
–Mi abuela dice que en Nochevieja se hace algo muy especial aquí, pero no sé qué es. ¿Y si preguntamos a la gente?
A todos les pareció una idea fantástica. Así empezó la búsqueda de una nueva tradición para añadir a su celebración.
Capítulo 2: El misterio del calcetín saltarín
La primera persona que encontraron fue el señor Ernesto, el panadero. Estaba sacudiendo harina de su delantal y tenía la cara llena de sonrisas.
–¿Qué tradición haces tú en Nochevieja, señor Ernesto? –preguntó Paula.
Ernesto se rió.
–Pues yo horneo pan especial con forma de media luna. Pero mi tradición favorita es la del calcetín saltarín.
Los niños abrieron los ojos como platos.
–¿El calcetín… saltarín? –dijo Nico, sorprendido.
–Sí –dijo Ernesto, sacando un calcetín enorme y rojo del bolsillo–. Tienes que poner tu calcetín en la entrada y, cuando den las doce, saltar sobre él tres veces, ¡pidiendo un deseo cada vez!
–¡Eso suena divertidísimo! –dijo Marina, aplaudiendo.
–Pero siempre con cuidado, para no resbalar –dijo Ernesto con voz amable–. ¡Y nunca saltar si hay hielo cerca!
Los niños repitieron juntos: “¡Saltamos sobre el calcetín, pero con mucho cuidado!” y todos se rieron.
–Gracias, señor Ernesto –dijo Tomás–. ¡Vamos a buscar más tradiciones!
Capítulo 3: Los copos danzarines y el gran secreto
Siguieron caminando entre los puestos de chocolate, esquivando bolas de nieve y saludando a los esquiadores. Pronto vieron a la señora Flor, la directora de la escuela de esquí, que colgaba copos de papel.
–¡Hola, chicos! ¿Listos para la fiesta?
–Sí, señora Flor –dijo Paula–. Buscamos tradiciones de año nuevo. ¿Tú tienes alguna?
La señora Flor sonrió.
–¡Claro! Cada año bailamos con los copos danzarines. Todos hacemos un círculo, giramos despacito y, al final, lanzamos copos de papel al aire para que caigan como nieve. Así pedimos un año feliz y divertido.
–¡Eso también lo queremos hacer! –dijeron los niños a la vez.
–Siempre hay que mirar dónde pisas para no tropezar –les recordó la señora Flor, guiñando un ojo.
Marina estaba encantada. Ahora tenían dos tradiciones nuevas: el calcetín saltarín y el baile de los copos danzarines.
Capítulo 4: La gran celebración de Nochevieja
Por la noche, la estación de esquí se llenó de luces y risas. Marina, Paula, Nico y Tomás estaban muy animados.
Primero prepararon sus calcetines: uno rosa, uno verde, uno azul y uno de rayas. Los pusieron juntos en la puerta del hotel. Cuando el reloj comenzó a dar las doce campanadas, saltaron sobre los calcetines, uno a uno, pidiendo sus deseos.
–¡Quiero más aventuras con mis amigos! –deseó Marina.
–¡Quiero aprender a esquiar mejor! –deseó Paula.
–¡Quiero helado en invierno y verano! –rió Tomás.
–¡Quiero que siempre estemos juntos! –dijo Nico, muy feliz.
Después, todos salieron a la plaza donde la señora Flor esperaba. Formaron un círculo con otros niños y grandes. Giraron despacito, bailando con los copos de papel que flotaban, girando como mariposas por el aire.
–¡Feliz año nuevo! –gritaban todos con alegría.
Los amigos repitieron las nuevas tradiciones, y todos las aprendieron y las celebraron juntos. Marina miró a sus amigos, sintiéndose muy feliz y segura, rodeada de risas y abrazos.
Esa noche, mientras miraban los fuegos artificiales sobre las montañas, los cuatro supieron que cada año podían inventar tradiciones nuevas y compartirlas. Porque las mejores fiestas son las que se celebran juntos, con alegría, cuidado y mucha, mucha imaginación.
–¡El mejor año nuevo! –dijo Marina, repitiendo las palabras como un estribillo.
Y todos respondieron, riendo:
–¡El mejor año nuevo!