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Cuento sobre la fiesta de Año Nuevo 5/6 años Lectura 10 min.

El gran reloj de cartón y las doce campanadas del bosque

Zuri, un zorro, reúne a los animales del bosque para construir un reloj de cartón y ensayar una coreografía de doce pasos para la fiesta de Año Nuevo; juntos enfrentan imprevistos y descubren el valor de la ayuda mutua.

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Zuri, un pequeño zorro rojizo de ojos grandes y brillantes, sonriente y emocionado, lleva un gran reloj de cartón dorado y está en el centro de un grupo abrazándose; a su izquierda Nara, una ardillita marrón de cola esponjosa, feliz, sostiene un racimo de doce uvas verdes; a la derecha una conejita clara de largas orejas rosas salta cantando y casi abraza a Zuri; un tejón regordete con delantal manchado ríe y sostiene una campanilla plateada junto al reloj apoyado en un viejo roble; Tomás, un búho gris de mirada tranquila, posado en una rama baja, observa sonriendo; dos pequeños erizos marrones se juntan al pie del reloj con trozos de cinta de colores; de fondo, un claro del bosque de noche con suelo cubierto de hojas, guirnaldas de farolillos de papel multicolores y una mesa de madera con platos y uvas; sobre el grupo, un arco de luciérnagas amarillas forma un semicírculo luminoso; la escena muestra a todos celebrando la llegada del año nuevo contando coreográficamente hasta doce, con el reloj marcando medianoche y la campanilla lista para sonar, en un estilo gráfico de colores cálidos y saturados, trazos redondeados, texturas de papel y cartón visibles y expresiones exageradas aptas para niños de 6 años. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: Una idea que hace tic-tac

La tarde del 31 de diciembre olía a canela y a sopa caliente. En el bosque, las luces de papel colgaban entre las ramas como pequeñas lunas de colores. Zuri, el zorro, caminaba con cuidado para no pisar los charcos. Llevaba una caja de cartón en la cabeza, como si fuera un sombrero enorme.

—¡Zuri! —llamó la ardilla Nara desde un tronco—. ¿Qué llevas ahí?

Zuri se detuvo y asomó su hocico por un lado de la caja. Tenía los ojos brillantes, de esos que anuncian una sorpresa.

—Una idea —dijo, y su cola se movió como una escoba feliz—. Una idea gigante.

En la plaza del bosque, cerca del viejo roble, los animales preparaban la fiesta de Año Nuevo. El tejón ponía una mesa larga. La liebre colgaba guirnaldas. Dos erizos inflaban globos con mucha seriedad, como si cada globo fuera un planeta.

Zuri dejó la caja en el suelo. Dentro había más cartón, pintura dorada, un montón de tapones y una cuerda roja.

—Voy a construir un reloj enorme —anunció—. Para que todos veamos las doce campanadas. Y además… —hizo una pausa dramática— vamos a hacer un conteo con coreografía.

—¿Coreo… qué? —preguntó Nara, rascándose la oreja.

—Una danza de números —explicó Zuri—. Un paso por cada número. Fácil y divertido. Así, cuando llegue el momento, no solo contaremos. ¡Lo celebraremos con el cuerpo!

El búho Tomás bajó de una rama y miró el material.

—El tiempo es delicado —dijo con voz tranquila—. Pero tu idea suena alegre. ¿Necesitas ayuda?

—Sí, por favor —respondió Zuri, sincero—. Quiero que salga bien.

Se pusieron manos a la obra. Zuri dibujó un círculo enorme en el cartón y lo recortó con cuidado. Nara pegó los números con hojas secas pintadas. La liebre trazó rayas finas como rayos de sol. Los erizos, muy orgullosos, pusieron los tapones alrededor como si fueran luces.

—¡Mira! —dijo Zuri, levantando dos agujas hechas con palitos—. La larga para los minutos. La corta para las horas.

—¿Y cómo hará “dong” el reloj? —preguntó el tejón, que no entendía nada sin comida cerca.

Zuri sacó una campanita pequeña.

—Con esto. La colgamos detrás. Cuando llegue el doce, alguien la toca doce veces.

Tomás ladeó la cabeza.

—Eso es un buen plan. Pero recuerda: en las campanadas, a veces los nervios saltan como ranas.

Zuri tragó saliva. En su barriga, algo hizo “tic-tac”.

—Por eso ensayaremos —dijo—. Hoy mismo.

Parte 2: El ensayo de los doce pasos

Cuando el cielo se volvió violeta, el reloj de cartón ya estaba apoyado contra el roble, alto como una puerta. Brillaba con pintura dorada y pegatinas de estrellas. Parecía un reloj de verdad… y también un poco mágico.

—¡Ensayo! —anunció Zuri, dando un salto—. Todos al círculo.

Los animales se colocaron frente al reloj. Zuri se puso en el centro, como un director de orquesta.

—Escuchen —dijo—. Cada número tiene un movimiento. Son pasos sencillos. Si te equivocas, te ríes y sigues. Aquí nadie se enfada.

—Eso me gusta —dijo la liebre, aliviada.

Zuri levantó una pata.

—Uno: una palmada. Dos: dos palmadas. Tres: giramos una vez. Cuatro: saltito. Cinco: mano al corazón. Seis: manos arriba. Siete: paso a la izquierda. Ocho: paso a la derecha. Nueve: hacemos una “O” con los brazos. Diez: nos agachamos. Once: miramos al cielo. Doce: ¡abrazo colectivo!

—¡Abrazo colectivo! —repitió Nara, emocionada—. Ese es mi número favorito.

Ensayaron. Al principio, el erizo se agachaba en el nueve, el tejón giraba en el diez, y el búho intentaba mirar al cielo con los ojos cerrados, lo cual era raro pero gracioso.

—¡No pasa nada! —reía Zuri—. Otra vez.

La música empezó a sonar desde una radio vieja que alguien había encontrado: una melodía alegre con campanitas. Los pasos se volvieron más suaves. El círculo parecía una rueda de colores.

Entonces, una ráfaga de viento cruzó la plaza. Las guirnaldas bailaron. Una servilleta se escapó volando como un pájaro blanco.

Y el reloj… hizo “flap”.

Una de las agujas, la larga, se despegó y cayó al suelo.

—¡Oh no! —gritó Nara.

Zuri se quedó quieto. Sintió calor en las orejas. Había trabajado tanto… y faltaban pocas horas.

Tomás se posó junto a la aguja.

—Respira, Zuri —dijo—. No es el fin. Es solo una esquina de cartón que pide ayuda.

—Pero… si se rompe en las doce, todos me mirarán —susurró Zuri—. Yo quería que fuera perfecto.

La liebre se acercó y le tocó el hombro.

—No tiene que ser perfecto —dijo—. Tiene que ser nuestro.

El tejón sacó un bote de pegamento del bolsillo de su delantal, como si fuera un truco secreto.

—Yo siempre guardo esto —dijo—. Por si la mesa se pone rebelde.

Los erizos trajeron cinta. Nara encontró una grapa. Entre todos, pegaron la aguja con tanto cuidado que parecía un pequeño puente.

Zuri los miró, y su barriga dejó de hacer “tic-tac” tan fuerte.

—Gracias —dijo, muy bajito, pero de verdad.

El búho añadió:

—A veces el viento prueba nuestras ideas. Si aguantan, brillan más.

Zuri sonrió. Y, por un segundo, le pareció que el reloj de cartón hacía un “tic” alegre, como si estuviera contento de seguir allí.

Parte 3: Las campanadas que saben a uvas

La noche llegó con un cielo oscuro y limpio, lleno de estrellas. En la plaza, las luces de papel se encendieron una a una. Las sombras del bosque se volvieron suaves, como mantas.

La mesa del tejón estaba llena de cosas ricas: panecillos, sopa de calabaza, galletas de miel. Y, en un plato especial, había doce uvas verdes para cada uno, brillantes como canicas.

—¡Las uvas de la suerte! —dijo Nara, contando en voz alta—. Una por cada campanada.

Zuri se colocó junto al reloj gigante. Le dio un toque con la pata, cariñoso, como quien saluda a un amigo.

—¿Listos para el conteo coreografiado? —preguntó.

—¡Listos! —respondieron todos.

Tomás miró el cielo y luego el reloj.

—Faltan cinco minutos —anunció—. Los minutos vuelan, pero también saben esperar.

Zuri repartió las uvas con cuidado.

—Recuerden —dijo—: si se atragantan, beben un sorbito de agua. La suerte también quiere que estemos tranquilos.

La música bajó un poco. Algunos animales se acercaron unos a otros. La liebre tomó la mano de Nara. Los erizos se juntaron, redonditos, como dos bolitas que se quieren.

Zuri sintió algo cálido en el pecho. No era nervio. Era alegría, como una chispa dulce.

—¡Un minuto! —avisó Tomás.

De pronto, una cosa pequeña y brillante apareció sobre la rama del roble. Era una luciérnaga, pero no una cualquiera. Esta luciérnaga llevaba… ¡una mini corona de papel!

Zuri abrió los ojos.

—¿Ustedes hicieron eso? —susurró.

La luciérnaga parpadeó dos veces, como respondiendo: “Tal vez”.

Luego, más luciérnagas llegaron. Formaron un arco de luz sobre el reloj gigante, como si el tiempo tuviera una puerta luminosa para pasar.

—¡Qué bonito! —dijo Nara—. Es como si el bosque también celebrara.

Zuri no sabía si era magia o solo luciérnagas juguetonas. Pero se sintió perfecto, de una manera sencilla.

Tomás alzó una pata.

—¡Empieza! —dijo.

El tejón tomó la campanita. Todos levantaron su primera uva.

—¡Doce! —gritó Zuri, y el tejón hizo “dong”.

Miraron al cielo: movimiento once. “Dong”. Se agacharon: diez. “Dong”. Hicieron la “O” con los brazos: nueve. “Dong”. Paso a la derecha: ocho. “Dong”. Paso a la izquierda: siete. “Dong”. Manos arriba: seis. “Dong”. Mano al corazón: cinco. “Dong”. Saltito: cuatro. “Dong”. Giro: tres. “Dong”. Dos palmadas: dos. “Dong”. Una palmada: uno. “Dong”.

Y entonces…

—¡DOCE! —gritaron todos, aunque ya lo habían dicho, porque a veces la alegría repite.

Se abrazaron en un abrazo colectivo enorme. Zuri quedó en medio, apretado y contento. Las luciérnagas brillaron más fuerte, como si aplaudieran sin manos.

—¡Feliz Año Nuevo! —cantó la liebre.

—¡Feliz! —respondieron los erizos.

Zuri miró su reloj de cartón. La aguja seguía firme. La campanita todavía temblaba un poquito.

El tejón se limpió una lágrima con el delantal.

—Este fue el mejor conteo que he comido… digo, que he vivido.

Todos rieron.

Zuri respiró hondo. La noche parecía nueva, como una hoja en blanco.

—Gracias —dijo Zuri, claro y sincero—. Gracias por ayudarme, por bailar conmigo y por hacer que este momento sea nuestro.

Nara le guiñó un ojo.

—Gracias a ti por traer el tic-tac a la fiesta.

Tomás extendió sus alas despacio.

—Un año nuevo empieza con un segundo —dijo—. Y ese segundo puede estar lleno de amigos.

Zuri miró a su alrededor: luces, risas, uvas, abrazos, luciérnagas con coronas. Sintió que la alegría era una casa grande donde todos cabían.

Y en el silencio suave después de las campanadas, el reloj de cartón pareció susurrar, muy bajito:

Tic… tac… bienvenida, nueva aventura.

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Canela
Es una especia de color marrón que huele dulce y se usa en comidas y postres.
Cartón
Material fuerte y grueso parecido a papel, usado para cajas y manualidades.
Coreografía
Conjunto de movimientos de baile que se hacen en un orden fijo.
Pegamento
Sustancia que une dos cosas para que no se separen.
Luciérnaga
Insecto que brilla por la noche con una luz pequeña en su cuerpo.
Guirnaldas
Adornos largos que se cuelgan, hechos con papel, hojas o flores.
Campanadas
Sonidos que hace una campana cuando la golpean, suelen contar tiempo.
Corona
Adorno en forma de aro que se pone en la cabeza, a veces de papel.
Delantal
Prenda que se pone sobre la ropa para no ensuciarla al cocinar.
Parpadeó
Cuando cierras y abres los ojos rápidamente una vez.
Ensayo
Práctica que se hace antes de un espectáculo para aprenderlo bien.
Charcos
Pequeños lugares donde se acumula agua en el suelo después de llover.

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