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Cuento de Cantante y Músico 3/4 años Lectura 7 min.

Tomás y la sala de música: una canción hecha con paciencia

Tomás, un músico cariñoso, practica con paciencia en su sala de música cuidando su voz, sus instrumentos y su disciplina para preparar una canción.

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Hombre cantante de rostro sereno y sonrisa, ojos suaves, cabello castaño claro en mechones, piel clara, con camisa de cuadros azul y vaqueros; sostiene una guitarra de madera barnizada sobre las piernas y ajusta un micrófono metálico con la mano derecha; a su derecha, un niño de unos 6 años, pequeño y curioso, pelo corto negro, camiseta amarilla y pantalón verde, sentado en una silla con las manos en las rodillas y mirada maravillada; la sala de música es cálida: suelo de madera brillante, lámpara con pantalla amarilla, estanterías con partituras, una pequeña ventana redonda que muestra la luna, un piano vertical crema al fondo y tambores coloridos en una alcoba; situación: el hombre practica una canción en voz baja para un concierto íntimo — gesto tranquilo, postura erguida, cuerdas de la guitarra visibles, micrófono a distancia de una palma; atmósfera apacible, luces cálidas y colores pastel. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La sala de música

Tomás era un hombre cantante y músico. Tenía una voz suave, como manta tibia, y dedos que sabían hacer cosquillas a las cuerdas de su guitarra.

Esa noche, antes de que la luna se pusiera su pijama plateado, Tomás entró en su sala de música. La sala olía a madera y a calma. En una esquina dormían los tambores. En otra, el piano esperaba, calladito. Y en el centro, sobre un soporte, estaba el micrófono.

Tomás lo miró y sonrió.

“Hola, micro”, dijo Tomás.

El micrófono no habló, pero parecía escuchar muy bien.

Tomás respiró despacio. Uno… dos… tres… como cuando se sopla una vela sin apagarla del todo.

Ser cantante y músico, pensó Tomás, es aprender a escuchar. Escuchar el aire. Escuchar el silencio. Escuchar el corazón.

También es practicar, practicar y practicar. Con paciencia. Con disciplina. Como poner un bloque encima de otro, sin correr.

Tomás abrió una cajita con cosas pequeñas: una púa, una cuerda nueva, y un pañito.

Primero limpió su guitarra con el pañito. “Suave, suave”, dijo. Luego revisó las cuerdas. “Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis”, contó. Todas estaban listas para cantar con él.

Después miró un papel con líneas y puntitos negros: era una canción. Los puntitos eran como hormigas ordenadas. Caminaban en fila. No se perdían.

Tomás señaló con el dedo.

“Yo sigo el camino”, dijo. “No me salto pasos. Eso me ayuda.”

Tomás se sentó. Puso la guitarra en su regazo. La madera estaba fresca, como una piedra lisa. Sus manos se acomodaron.

“Ahora, voz”, se dijo a sí mismo.

Hizo un sonido pequeño: “mmm”. Luego otro: “laaa”. Y otro: “luuu”.

Su voz se estiraba, como un gatito que se despierta.

En la mesa había un vaso de agua. Tomás tomó un sorbito.

“Los cantantes cuidan su voz”, explicó en voz baja, como si contara un secreto. “Agua, descanso y hablar suave. La voz es un instrumento.”

Luego miró el micrófono otra vez.

“Hoy te voy a probar”, dijo.

Tomás ajustó el micrófono. Lo subió un poquito. Lo bajó un poquito. Lo giró con cuidado.

“Los músicos cuidan su equipo”, dijo. “Todo tiene su lugar.”

Puso el micrófono cerca de su boca, pero no pegado. Dejó un espacio, como una nube pequeñita entre los dos.

Entonces probó:

“Uno… dos… probando…”

Su voz sonó más grande, como si hubiera entrado en una concha marina.

Tomás se rió bajito.

“Hola, sala. Hola, sonidos.”

Parte 2: Ensayo con disciplina

Tomás quería preparar una canción para un concierto pequeño. Un concierto para pocas personas, con luces suaves y sillas cómodas. Un concierto que se sintiera como un cuento.

Pero antes del concierto venía el ensayo.

“El ensayo es como regar una planta”, dijo Tomás. “Cada día un poquito.”

Tomás puso un relojito de arena sobre la mesa. La arena bajaba, bajaba, como lluvia lenta.

“Mientras cae la arena, yo practico”, dijo.

Primero tocó la guitarra: ras-ras, ras-ras. Despacito. Luego más parejo: ras-ras, ras-ras. El ritmo era como pasos en un pasillo.

Después cantó una frase corta:

“Duermen las nubes en el cielo…”

Se detuvo.

“Otra vez”, dijo Tomás con voz tranquila.

Volvió a tocar y a cantar:

“Duermen las nubes en el cielo…”

Se detuvo y sonrió.

“Mejor”, dijo. “Con calma sale mejor.”

El micrófono estaba atento. Tomás escuchó su propia voz por un altavoz pequeñito. Sonaba redonda, como una pelota de algodón.

Tomás movió el micrófono un poco.

“Si lo pongo aquí, se oye más claro”, explicó. “Si lo pongo allá, se oye más suave.”

Probó otra vez:

“Uno… dos… probando…”

Y luego cantó:

“Duermen las nubes en el cielo,

y el viento canta sin prisa…”

La sala parecía respirar con él. El piano, quieto, parecía decir: “Qué bonito.” Los tambores, dormidos, parecían soñar con ese ritmo.

Tomás practicó también su postura. Espalda derecha, hombros sueltos. Pies firmes.

“Mi cuerpo también es parte de la música”, dijo. “Si estoy tenso, la canción se enreda. Si estoy tranquilo, la canción camina.”

Tomás repitió una parte difícil. Solo dos notas. Luego otra vez. Y otra vez.

No se enojó. No se apuró. Solo volvió a intentarlo, como quien ata un lazo con paciencia.

“Eso es disciplina”, susurró. “Hacerlo aunque sea un poquito. Cada día.”

Cuando el relojito de arena terminó, Tomás lo volteó una sola vez más.

“Un poco más, y descanso”, dijo.

Cantó la canción completa, suave, como si la cantara para una almohada.

Al final, dejó que el último sonido se fuera despacio, como barquito en el agua.

Parte 3: Silencio de algodón

Tomás apagó el altavoz. La sala quedó en un silencio bonito. Un silencio que no daba miedo. Un silencio que abrazaba.

“Buen trabajo, voz”, dijo Tomás. “Buen trabajo, manos.”

Guardó la guitarra en su funda, con cuidado. Limpió el micrófono con el pañito y lo dejó en su soporte.

“Los músicos ordenan al terminar”, dijo. “Así mañana es fácil empezar.”

Tomás miró el papel de la canción. Tomó un lápiz para hacer una marca pequeñita: una estrellita junto a la parte que ya le salía bien.

Luego bostezó.

“La música también necesita dormir”, dijo, y su voz sonó como una cuna.

Tomás apagó la luz grande y dejó una lucecita pequeña, amarilla, como un pedacito de sol.

En la mesa, el lápiz quedó quieto.

Un lápiz posado, descansando.

Tomás lo miró y susurró:

“Mañana seguiremos. Pasito a pasito.”

Se fue despacio, con el corazón tranquilo. Y la sala de música, con el micrófono y los instrumentos, se quedó en calma, como un nido.

El lápiz seguía allí, posado, en silencio, como el final suave de una canción.

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Micrófono
Objeto que recoge la voz para que se escuche más fuerte.
Púa
Pequeño trozo que se usa para tocar la guitarra con la mano.
Puntitos
Pequeños puntos en el papel que muestran la melodía de la canción.
Disciplina
Hacer las cosas con orden y práctica cada día.
Altavoz
Caja que hace que el sonido suene más fuerte en la sala.
Postura
La forma de poner el cuerpo para estar cómodo y cantar bien.
Funda
Cubierta que protege la guitarra cuando no se usa.
Estrellita
Dibujo pequeño de estrella que marca algo que está bien.
Almohada
Cosa blanda para apoyar la cabeza y dormir mejor.
Arena
Polvo fino que cae en el relojito para medir el tiempo.

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