Parte 1
Había un joven que cantaba antes de dormir. Se llamaba Leo. Leo era cantante. Tenía una guitarra pequeña y una voz suave. Por la tarde, practicaba canciones. Por la noche, cantaba para sentirse tranquilo.
"Canto para mí", decía Leo. "Canto para mi corazón". Su voz era como una manta. La manta calentaba sus pensamientos. La música lo hacía sentir seguro.
Leo cuidaba su voz. Bebía agua. Descansaba la garganta. Practicaba con respeto. Ser cantante es cuidar de uno mismo. Ser responsable es también llegar a tiempo a los ensayos. Leo siempre llegaba a tiempo. Eso hacía felices a sus amigos músicos.
Parte 2
Una noche, Leo salió al pequeño escenario del parque. Las luces eran como luciérnagas. El público eran familias, niños y abuelos. Leo miró a la gente. Sonrió. Respiró hondo. Cantó una canción suave.
"Escucha", dijo una niña. "Tu voz es como una ola". Leo escuchó. Escuchar a la gente es parte del oficio. El músico no solo toca. También escucha corazones. Así sabe qué cantar.
Mientras cantaba, Leo tocó notas que parecían colores. Azul, amarillo, naranja. La música pintó el cielo. Un niño cerró los ojos. Una madre sonrió. Todos se sentían tranquilos. Leo contó un cuento con su canto. El cuento hablaba de amistad y cuidado.
"Gracias", dijo un abuelo. "Tu voz nos calma". Leo inclinó la cabeza. Sentía responsabilidad. Ser músico es dar cuidado. Ser cantante es dar compañía con la voz.
Parte 3
Al volver a casa, Leo seguía cantando. Cantó una canción para despedir el día. La canción era lenta y dulce. "Buenas noches", dijo Leo con su voz manta. Guardó la guitarra con cariño. Antes de dormir, pidió a su cuerpo que descansara.
"Hoy hice bien mi trabajo", pensó. Respiró despacio. Suvoz bajó y se volvió susurro. La casa se llenó de calma. La música lo acompañó como un amigo.
Y así, con su voz amable, Leo aprendió que cantar es ayudar y cuidar. Cantó una última nota. Cerró los ojos. La noche le respondió con estrellas. Todo estaba en paz.