El primer sonido
Había una vez un joven llamado Mateo. Mateo amaba el sonido. Por la mañana, tarareaba como un pajarito. Por la tarde, tocaba el tambor con dos palitos. Su casa olía a juguetes y a cuerdas de guitarra. Mateo se sentía músico y soñaba ser cantante también.
Una tarde, en el parque, su amigo Lila cantó una canción suave. "¿Cómo haces para cantar así?" preguntó Mateo. Lila sonrió. "Uso mi voz como un pincel. Pinto aire con notas." Mateo escuchó. Curioso, tocó su tambor. ¡Crac! Uno de sus palitos se rompió. Mateo miró el suelo. No se asustó. Respiró hondo, como cuando empieza una canción.
La misión de los palitos
Mateo recogió el palito roto y dijo: "Tengo que reemplazar las palitas." Fue a la tienda pequeña donde vivía Don Sol, el reparador de sonidos. Don Sol tenía cajas con palitos de todos tamaños: largos, cortos, suaves y brillantes. "El músico cuida sus herramientas," dijo Don Sol. "El cantante cuida su voz. Ambos escuchan mucho."
Mateo eligió dos palitos nuevos. Los tocó en la mesa. Tap, tap. Tap, tap. Sonaban como gotas de lluvia. Don Sol le mostró cómo sostenerlos. "No aprietes mucho," dijo. "Deja que la música viaje." Mateo practicó despacio. Luego, con Lila, cantaron una canción sencilla. Mateo acompañó con los palitos nuevos. La voz de Lila y el tambor caminaron juntos, como dos amigos tomados de la mano.
Al practicar, Mateo aprendió que el cantante usa la voz para contar historias y el músico usa instrumentos para pintar el ritmo. Aprendió a escuchar, a cuidar sus manos y su voz, y a preguntar cuando algo no sabe. Ser curioso le ayudó a mejorar cada día.
Cuando el sol se fue, la plaza se volvió dorada. Lila y Mateo tocaron una última canción, suave y corta. Después, cerraron los ojos, respiraron juntos y sonrieron.
Con un gesto tranquilo, Mateo hizo un saludo en silencio: una pequeña inclinación de cabeza y una mano sobre el corazón. La noche escuchó y respondió con un aplauso de estrellas.