Capítulo 1: El examen del bosque
El sol se asomaba entre las hojas verdes del bosque. Tito, el pequeño conejo de orejas largas y pelo blanco, saltaba despacito por el sendero. Tito era curioso, cariñoso y muy soñador. Le encantaba imaginar aventuras y nuevas historias, pero ese día no estaba tan feliz. Sentía un cosquilleo raro en su pancita.
—Hoy es el gran examen del bosque —susurró Tito mientras movía sus patitas—. ¿Y si me va mal? ¿Y si no sé responder? ¿Y si todos se ríen de mí?
A su lado, su mejor amiga Lila, la ardilla roja, corría por el tronco de un árbol.
—¿Tienes miedo, Tito? —preguntó Lila con una voz suave y dulce.
Tito bajó las orejas y asintió.
—Sí, Lila. Tengo mucho miedo. Tengo miedo de no saber las respuestas y de fallar.
Lila lo abrazó con su cola esponjosa.
—Está bien tener miedo, Tito. Todos tenemos miedo a veces. Mira, yo también me pongo nerviosa antes de los juegos.
Tito suspiró. Caminó un poco más, pensando, pensando, pensando. Veía a otros animalitos sonriendo y hablando del examen. Tito sentía su corazón latir rápido, rápido, rápido. De pronto, se sentó en un tronco y se tapó los ojos con sus largas orejas.
—No quiero fallar. No quiero fallar —se repetía.
Lila se sentó a su lado.
—Tito, ¿quieres que te cuente cómo hago yo cuando tengo miedo? —preguntó Lila.
Tito abrió un ojo.
—¿Cómo haces, Lila?
Lila sonrió:
—Respiro muy, muy hondo, luego cuento hasta cinco despacio, y después pienso en cosas bonitas, como las fresas, las mariposas o una siesta en el sol.
Tito escuchó con atención. Cerró los ojos y respiró hondo, hondo, hondo como Lila. Al inhalar, imaginó un campo lleno de flores amarillas y mariposas de colores. Al exhalar, pensó en las fresas fresquitas y jugosas que tanto le gustaban.
—Me siento un poquito mejor —dijo Tito, abriendo los ojos.
—¡Eso es, Tito! —exclamó Lila, alegre—. A veces, solo necesitamos una pausa para sentirnos mejor.
Capítulo 2: Estrategias para el miedo
Tito y Lila llegaron a la escuela del bosque. Allí los esperaban sus amigos: Paco el ratón, Rita la tortuga y Lucas el topo. Todos estaban sentados en círculo, con sus lápices de colores y sus hojas listas.
La maestra, la señora Búho, les sonrió desde su rama alta.
—Hoy haremos el examen del bosque —anunció la señora Búho—. No se preocupen, lo importante es intentarlo y aprender, no hacerlo perfecto.
Tito miró su hoja. Las palabras parecían bailar. Sentía el miedo volver a su corazón.
—No puedo. No puedo —pensó Tito. Pero recordó a Lila y su respiración profunda.
Respiró hondo, contó despacio: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Imaginó mariposas azules volando cerca de su oreja.
—¿Estás bien, Tito? —susurró Paco el ratón.
—Estoy nervioso, pero estoy respirando como Lila me enseñó —contestó Tito.
Rita la tortuga, con su voz tranquila, añadió:
—Cuando yo tengo miedo, recuerdo todas las cosas buenas que ya sé. Por ejemplo, sé sumar vayas, sé contar flores y sé escribir mi nombre.
Tito pensó en las cosas que ya sabía. Sabía saltar alto, sabía buscar zanahorias, sabía compartir sus meriendas. Eso le hizo sonreír.
—Yo también sé muchas cosas —dijo Tito, más animado.
La señora Búho empezó el examen. Tito leyó despacio las preguntas. Algunas sabía responderlas rápido, otras le costaban un poquito más. Cuando sentía que el miedo volvía, respiraba hondo, pensaba en mariposas y fresas, y recordaba todo lo que ya sabía.
A veces, Tito dudaba.
—No entiendo esta pregunta —susurró Tito.
Lucas el topo, que estaba sentado a su lado, dijo en voz baja:
—Cuando yo no entiendo algo, pregunto. La señora Búho siempre nos ayuda.
Tito levantó la pata tímidamente.
—Señora Búho, ¿me puede ayudar con esta pregunta? —preguntó.
La señora Búho bajó de la rama y le explicó despacito la consigna. Tito sonrió y pudo continuar.
Capítulo 3: El gran juego
Después del examen, todos salieron al claro del bosque para jugar. Organizaron una carrera. Tito quería participar, pero otra vez sintió el miedo en su pancita.
—¿Y si me caigo? ¿Y si pierdo? —pensó Tito.
Lila, que siempre estaba atenta, se acercó a él.
—¿Otra vez el miedo? —preguntó con dulzura.
Tito asintió.
—Sí, Lila. Tengo miedo de no ganar.
Lila movió su colita.
—No importa ganar ni perder, Tito. Lo importante es divertirse y estar juntos.
Paco el ratón también se acercó.
—¡Sí, Tito! Cada carrera es diferente. Un día ganas tú, otro día gano yo. Lo bonito es correr y reír juntos.
Tito respiró hondo, pensó en las flores y en lo bien que la pasaba corriendo con sus amigos. Decidió intentarlo. Sus amigos lo animaban:
—¡Vamos, Tito, tú puedes!
La carrera empezó. Tito corrió, saltó, sintió el viento en su cara y el sol calentito en su espalda. Se cayó una vez, pero se levantó. Siguió corriendo, riendo a carcajadas.
Al llegar a la meta, algunos animales ya habían llegado. Tito no fue el primero, pero tampoco el último. Al final, todos se abrazaron y aplaudieron.
—¡Bravo, Tito! —gritaron sus amigos—. ¡Lo hiciste genial!
Tito se sentó en la hierba, contento.
—Me divertí mucho, aunque tenía miedo —dijo Tito, sonriendo.
Capítulo 4: Tito aprende a confiar
Esa tarde, Tito pensó mucho en su día. Había tenido miedo al examen y miedo al juego. Pero, poco a poco, había encontrado maneras de sentirse mejor.
Se acercó a Lila y le dio las gracias:
—Gracias por enseñarme a respirar y a pensar en cosas bonitas. Me ayudó mucho hoy.
Lila le sonrió y le dio una nuez.
—Siempre estaré para ti, Tito. Los amigos nos ayudamos cuando tenemos miedo.
Tito miró el cielo anaranjado del atardecer. Se sintió tranquilo.
—Hoy aprendí que tener miedo está bien, pero que puedo hacer cosas para sentirme mejor. Puedo respirar despacio, pensar en cosas bonitas, pedir ayuda y recordar que sé muchas cosas.
Lila asintió.
—¡Sí! Y también aprendiste que estar juntos es lo más bonito.
Tito abrazó a su amiga y repitió en voz baja:
—No pasa nada si tengo miedo. Puedo intentarlo. Puedo pedir ayuda. Y siempre, siempre, puedo volver a intentarlo.
Y así, Tito el conejo, con su corazón valiente, siguió viviendo aventuras, aprendiendo cada día, sabiendo que el miedo no es tan grande cuando tienes amigos y confías en ti mismo.