Capítulo 1: El gran día en la escuela
Marta era una niña de seis años con el pelo rizado y una sonrisa tímida. Le gustaba dibujar mariposas y jugar con su gato, Pelusa. Cada día iba a la escuela con su mochila azul y sus zapatos rojos. Marta era curiosa, le gustaba aprender cosas nuevas y escuchar historias de sus amigos. Pero había algo que a Marta le daba mucho miedo: hablar en público.
Un lunes por la mañana, la profesora Elena anunció: “Hoy vamos a contar en voz alta lo que más nos gusta hacer en casa”. Sus compañeros se pusieron contentos y empezaron a pensar en sus juegos favoritos. Pero Marta sintió que su corazón latía rápido. Sus manos estaban frías y su barriga hacía cosquillas raras. No quería hablar delante de todos.
Marta pensó: “¿Y si se ríen de mí? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no me sale la voz?” Se quedó muy callada y bajó la cabeza. Su amiga Lucía la miró y le sonrió. Marta intentó sonreír también, pero seguía sintiéndose muy nerviosa.
La profesora Elena miró a Marta con cariño. Sabía que a veces los niños tienen miedo de hablar delante de la clase. Se acercó despacio y le dijo: “No pasa nada, Marta. Todos tenemos miedo alguna vez. Respira hondo y piensa en algo bonito”.
Marta cerró los ojos, respiró despacio y pensó en su gato Pelusa, suave y gordito. Eso la hizo sentir un poquito mejor, pero seguía asustada.
Capítulo 2: Las pequeñas ayudas de cada día
Durante el recreo, Marta le contó a Lucía lo que sentía. “Me da miedo hablar delante de todos. Siento que me voy a equivocar”. Lucía le tomó la mano y le dijo: “A mí también me daba miedo, pero mi mamá me enseñó un truco. Piensa que todos son amigos, como si hablaras con tu peluche favorito”.
Marta se rió y pensó en su peluche Oso Marrón. “Oso Marrón siempre me escucha y nunca se ríe de mí”, dijo Marta. Lucía asintió y le propuso practicar juntas. Se fueron a un rincón del patio y jugaron a ser profesoras y alumnas. Marta contaba lo que le gustaba hacer en casa y Lucía la escuchaba con atención. Al principio, Marta hablaba bajito, pero poco a poco fue subiendo la voz.
Cada día, Marta practicaba un poquito más. En casa, le contaba a Pelusa y a Oso Marrón lo que había pasado en la escuela. Su mamá la animaba: “¡Muy bien, Marta! Hablas con claridad y tu voz es preciosa”. Marta sonreía y se sentía orgullosa.
Antes de dormir, Marta practicaba delante del espejo. Decía en voz alta: “Me gusta dibujar mariposas con muchos colores. Me gusta jugar con Pelusa y con Oso Marrón. Me gusta saltar en los charcos cuando llueve”. Repetía estas frases muchas veces. Cada vez le salía mejor.
Un día, su papá le enseñó otro truco. “Cuando tengas miedo, cuenta hasta cinco y respira hondo. Así tu corazón se calma y puedes hablar despacio”. Marta lo intentó y funcionó. Su corazón iba más despacio y su voz salía más fuerte.
Capítulo 3: Un reto en la clase
Llegó el viernes y la profesora Elena propuso un nuevo reto: “Hoy vamos a contar todos juntos una historia. Cada uno dirá una parte”. Marta sintió un poco de miedo, pero recordó los trucos de Lucía, de su mamá y de su papá. Se sentó derecha, respiró hondo y pensó en Oso Marrón.
La historia empezó por la izquierda de la clase. Cuando llegó el turno de Marta, todos la miraron con sonrisas. Marta sintió el cosquilleo en la barriga, pero también recordó las palabras de su mamá: “Tu voz es preciosa”. Entonces, Marta habló despacio y claro: “Había una mariposa azul que volaba sobre las flores del campo”. Todos escucharon atentos. Cuando terminó, sus amigos aplaudieron y la profesora le guiñó un ojo.
Marta se sintió feliz. Había hablado delante de todos y no había pasado nada malo. Nadie se rió. Nadie la miró raro. Al contrario, todos la escucharon con cariño. Lucía le dio un abrazo y le dijo: “¡Lo has hecho genial, Marta!”
La profesora Elena se acercó y le susurró: “¿Ves? Cuando lo intentas, puedes conseguirlo. Cada día será un poquito más fácil”.
Capítulo 4: Marta aprende a confiar
Marta se dio cuenta de que sus miedos no eran tan grandes como parecían. A veces los miedos se hacen grandes en la cabeza, pero cuando los miras despacito, se hacen más pequeños. Aprendió que podía pedir ayuda a sus amigos, a su mamá y a su papá. Aprendió que podía practicar y mejorar cada día.
Marta empezó a participar más en clase. A veces todavía sentía miedo, pero ahora sabía qué hacer. Respiraba hondo, contaba hasta cinco y pensaba en cosas bonitas. Si se equivocaba, no pasaba nada. Sus amigos y su profesora siempre la apoyaban.
Un día, la profesora Elena organizó una pequeña obra de teatro. Marta quiso participar. Eligió ser la narradora, la que cuenta la historia. Al principio tuvo miedo, pero practicó mucho en casa con Pelusa, Oso Marrón, su mamá y su papá. El día de la función, Marta habló despacio y claro. Todos aplaudieron. Marta se sintió valiente y feliz.
Marta aprendió que todos pueden tener miedo, pero que el miedo se hace más pequeño cuando lo compartes y cuando te animas a intentarlo. Aprendió que podía confiar en sí misma y en las personas que la quieren. Ahora, cuando sentía miedo, sonreía y se decía: “Puedo hacerlo. Soy valiente. Mi voz es preciosa”.
Y así, cada día, Marta fue creciendo, aprendiendo y descubriendo que la vida está llena de retos, pero también de amigos, de abrazos y de sonrisas.
Moraleja: Todos pueden tener miedo a veces, pero con ayuda, práctica y confianza, los miedos se pueden hacer pequeños. Lo importante es intentarlo, pedir ayuda y nunca dejar de creer en uno mismo.