El plan de las pequeñas victorias
Alma, Vega, Nara y Lila tienen casi tres años. Son amigas. Juegan en el parque por la tarde. El sol está suave. La brisa mueve las hojas. Todo es claro y cálido.
A veces, la noche les da cosquillitas en la barriga. No es grande. Solo un poquito. Alma dijo: "Cuando se apaga la luz, mi cuarto se ve distinto". Vega asintió. "Yo escucho la nevera y suena como un gato que ronronea". Nara rió. "Mi lámpara hace una montaña en la pared". Lila susurró: "Yo quiero dormir tranquila".
Se miraron con ojos brillantes. Tuvieron una idea simple y amable. Harían un cuaderno. Un cuaderno de pequeñas victorias del anochecer. Lo llamaron su cuaderno valiente. Pegaron una luna en la portada. Dentro, dibujaron casitas, estrellas y cuatro cuadritos para pegatinas.
"Cada noche pondremos una pegatina", dijo Alma. "Si escucho un sonido y lo nombro, pongo una estrella", dijo Vega. "Si miro una sombra y la conozco, pongo una luna", añadió Nara. "Si respiro despacio, pongo un corazón", dijo Lila.
También hicieron un plan muy fácil. Luz suave. Canción bajita. Linterna pequeña. Cortina un poquito abierta. Un peluche en los brazos. Y cuatro respiritos, como soplar una vela.
Cuando llega la noche
La tarde se fue. El cielo se pintó de rosa y después de azul. La luna salió redonda y tranquila.
En casa, Alma se puso el pijama con puntos. Abrazó su osito. "Hola, noche", dijo en voz baja. La luz de su lamparita era como miel. Vio una sombra en la pared. "¿Qué eres?", preguntó. Su mamá sonrió. "Es la silla con tu chaqueta". Alma encendió su linterna. La sombra se volvió chaqueta. Alma rió. Puso una pegatina de luna en su cuaderno.
Vega escuchó un sonidito. "Brrrr", dijo la nevera en la cocina. "¿Me llamas?", preguntó Vega. Papá respondió: "La nevera canta para enfriar la leche". Vega puso la mano en su pecho. Uno, dos, tres, cuatro soplidos suaves. Se sintió tibia por dentro. Pegó una estrella dorada.
Nara miró su pared. Vio una montaña grande. "¡Oh!", dijo. "Es mi lámpara detrás del libro". Con papá, movió el libro. La montaña se hizo pequeña. "La noche cambia las cosas, pero las cosas son las mismas", dijo papá con voz tranquila. Nara lo repitió, despacio. Luego cantó una canción bajita. Pegó un corazón rojo.
Lila abrió un poquito la cortina. La luna entró como una sonrisa. "Buenas noches, luna", susurró. Su gato se estiró en el pie de la cama. "Miau", dijo el gato. "Hola, señor miau", dijo Lila y rió. Vio una sombra alargada. "¿Un calcetín ninja?" Mamá miró y dijo: "Sí, un calcetín que quiere bailar". Bailaron el calcetín. Lila pegó una pegatina de estrella.
Las cuatro amigas, en sus casas, sintieron calma. Cada una respiró. Uno, dos, tres, cuatro. La noche parecía una manta suave. La oscuridad ya no mandaba. Solo acompañaba.
Un final tranquilo
A la mañana siguiente, se encontraron de nuevo. Abrieron sus cuadernos valientes. Había lunas, estrellas y corazones.
"Yo presenté una sombra", dijo Alma. "Yo escuché la nevera cantar", dijo Vega. "Yo miré una montaña y era un libro", dijo Nara. "Yo bailé con un calcetín ninja", dijo Lila.
Se abrazaron. El sol calentó sus mejillas. La noche era parte de su día. Aprendieron algo sencillo y bonito: con luz suave, con nombres, con respiritos y con risas, la oscuridad se hace amiga.
Esa noche, antes de dormir, las cuatro dijeron lo mismo, muy bajito: "Puedo mirar, puedo nombrar, puedo respirar". La luna las escuchó. Y todo fue tranquilo.