Primera noche
Tomás tiene tres años. Tiene una manta azul y un peluche que huele a hogar. Esta noche la habitación es un poco más oscura. La ventana muestra sombras suaves. Tomás mira al pasillo. Allí hay una luz pequeña, como una luciérnaga. Es la lumbre del corredor.
“Mamá, tengo un poco de miedo,” dice Tomás con voz bajita.
Mamá se sienta en la cama. Le acaricia el pelo. “Te entiendo,” dice ella. “Vamos a mirar la luz del pasillo juntos.”
Se levantan despacio. Caminan de la mano. El pasillo huele a pan y jabón. La luz del corredor es cálida. No es grande. No es fuerte. Es como una vela que sonríe. Tomás la mira. La luz parpadea poquito. No es peligrosa. Es una amiga que guía.
Mamá le muestra la linterna. “Esta linterna es para valientes,” dice. Le da la linterna a Tomás. Él aprieta el botón. Un rayo pequeño dibuja un camino en el suelo. “Mira,” dice Tomás. “Hace un camino.” Repite: “Camino. Camino.” Se siente seguro.
Pequeñas pruebas
De vuelta en la habitación, prueban cosas sencillas. Cierran la cortina y dejan la linterna encendida sobre la mesa. La linterna hace formas en la pared. Un círculo. Una nube. Una luna chiquita. “¿Qué ves?” pregunta mamá.
“Una nube,” dice Tomás. “Una flor.” Se ríe. Repite la palabra “flor” como si fuera un canto; la risa hace calor en la habitación.
Mamá le enseña a respirar despacio. “Inhala como un soplido,” dice. Tomás inhala. “Exhala como una vela,” dice mamá. Exhalan juntos. Uno, dos, tres. La respiración es suave. La respiración es un abrazo.
Luego mamá apaga la luz grande. Queda la luz del corredor y la linterna. Tomás siente el pecho más tranquilo. “Estoy aquí contigo,” dice mamá. “Te escucho.” Ella le pone la mano sobre el corazón. Él siente el latido, firme y amable.
Mamá le cuenta una historia corta sobre una luciérnaga que no tenía miedo. La voz de mamá es como miel. La historia tiene sonidos suaves: “zzz”, “brillo”, “paso.” Tomás repite algunos sonidos. Se siente valiente y curioso.
Antes de dormir, mamá baja la linterna y la deja en la mesita. “La luz del pasillo ilumina la puerta,” dice mamá. “Si la necesitas, está ahí.” Tomás mira la lumbre del corredor. Ahora la ve como una lamparita amiga.
Mamá canta una nana. Su voz es cálida y baja. Canta de la luna, de la manta azul y del latido del corazón. Tomás cierra los ojos. La respiración se hace lenta. La risa se vuelve susurro. La voz de mamá se hace un abrazo sonoro.
La nana dice: “Duerme, duerme, mi niño, la noche te cuida, la luz te guía.” La nana se apaga poco a poco.