Había un niño de cuatro años. Se llamaba Mateo. Tenía bolsillos pequeños y una pregunta grande. La pregunta era redonda como una canica: ¿qué hago cuando me equivoco?
Un día, Mateo dibujó un sol. El sol quería salir del papel. Se escapó por los bordes. Mateo miró la línea torcida. Sintió en el pecho una nubecita apretada. “Ups”, dijo bajito.
El viento de la ventana habló suave. “Cuando me caigo, me levanto despacio”, sopló. Una tortuga que pasaba asintió. “Yo paro”, dijo la tortuga. “Respiro. Miro. Y sigo.” Mateo abrió los ojos. Hizo como la tortuga. Paró. Respiró. Miró. Pintó un camino amarillo para el sol que se había escapado. El sol sonrió. Ahora tenía por dónde volver.
Otro día, la leche saltó de su vaso. Hizo un charquito brillante en la mesa. Mateo sintió otra nubecita en el pecho. Miró a su mamá. Mamá sonrió con ojos de manta. “La leche también baila”, dijo. Le dio un paño. “¿Me ayudas?” Mateo dijo: “Lo siento.” La mesa bebió la nube de leche. Entre los dos, secaron. El charquito se volvió claro como un espejo. Mateo se vio. Sonrió un poco.
En la alfombra, Mateo construyó una torre. Una torre alta, tan alta como su risa. La torre se cayó. ¡Plaf! Los bloques rodaron como patitos. Mateo miró sus manos. “¿Y ahora?” preguntó al aire. Un gato, que no era suyo pero le visitaba, maulló: “Miau, miau.” El gato dio con la pata el bloque más pequeño. Mateo rió. “Paro. Respiro. Miro”, se dijo. Juntó los bloques. Probó con uno, luego con otro. Pidió ayuda a su papá. “Más despacio”, dijo papá. La torre nació de nuevo. No era la misma. Tenía un puente. El puente parecía una sonrisa acostada.
Al caminar por el parque, Mateo se tropezó con una piedrita. La piedrita sonaba a campana. “¿Eres un error?” preguntó. La piedrita no habló, pero se quedó quieta. Mateo la tomó y la puso a un lado del camino. “Gracias por avisar”, dijo. Siguió andando. El árbol más viejo del parque movió sus hojas. “Los errores son semillas”, murmuró, como si contara un cuento. “Si los cuidas, crece algo.” Mateo abrió su mano. Imaginó que la piedrita era una semilla. En su corazón creció una idea verde.
Esa tarde, quiso decir una palabra larga. La palabra se enredó, como un cordón. “Traba… traba…”, dijo. Su abuela le guiñó un ojo. “Las palabras a veces se ponen sombrero”, dijo. “Hay que dárselo vuelta.” Mateo sonrió. Paró. Respiró. Miró la palabra como quien mira una nube. La dijo en trocitos. Tra-ba-jó. Y salió. “¡Ah!”, dijo la palabra, feliz de estar en el aire.
Al caer la noche, Mateo guardó su pregunta en el bolsillo. Ya no estaba tan grande. Era suave como un pañuelo. Se dijo, muy claro, para no olvidarlo: “Cuando me equivoco, paro. Respiro. Miro. Digo ‘ups'. Arreglo si puedo. Pido ayuda si no. Lo intento otra vez. Y soy amable conmigo.”
La luna se puso redonda, como una canica. Parecía escuchar. Mateo tapó su sueño con la manta. Pensó en el sol con camino, en la leche que baila, en la torre con puente, en la semilla del error. Su pecho estaba tranquilo. “Mañana aprenderé más”, susurró. Y el sueño vino, suave, como un gato que ronronea en silencio.