Había una pequeña nube que vivía cerca de un tejado rojo. Se llamaba Nube. Era suave como algodón y curiosa como un pájaro. Nube sentía cosas en su vientre. A veces su vientre hacía cosquillas y decía: "Creo que hoy lloverá". Otras veces latía tranquilo y decía: "Hoy será un día de sol".
Nube confiaba en sus cosquillas. Pero un día vio un árbol que tenía hojas que brillaban. Nube pensó que debía llover. Su vientre hizo una gran ola. "Lloveré", dijo Nube. Pero el árbol susurró: "Espera". El árbol no quería que la lluvia tocara sus hojas nuevas. Nube se confundió. ¿Quién tenía razón, su vientre o el árbol?
Nube decidió comprobar. Bajó un poquito y preguntó al viento. "¿Crees que hoy debo llover?" El viento sopló en su cara como una canción. "A veces sí", dijo el viento, "pero pregunta al sol". Nube habló con el sol. "¿Debo llover?" El sol acarició la nube con luz cálida. "Mira al río", dijo el sol. "El río te dirá si necesita lluvia". Nube miró al río. El río brilló y dijo: "Mis peces tienen sed. Raíz de árbol tiene sed también. Si derramas agua suave, cantarán las piedras".
Nube pensó en su vientre. "Mi intuición me dice una cosa", susurró. Pero Nube había aprendido algo nuevo. Preguntar, mirar y escuchar era como tocar con manos de nube. Nube cerró los ojos y sintió las preguntas. Luego miró, escuchó y habló. Así supo que podía llover despacio, solo lo necesario.
Nube se inclinó y dejó caer gotas pequeñas. Las gotas eran como perlas que cuentan secretos. Tocaron las hojas sin asustarlas. Besaron el río. Hicieron reír a los peces. El árbol susurró gracias. El viento aplaudió. Nube se sintió feliz. Su vientre también se calmó.
Esa noche, la pequeña nube se quedó en el tejado rojo. Pensó: "Mi intuición es un amigo. Pero a veces conviene pedir consejo. Mirar y escuchar me ayuda a saber." Nube miró las estrellas y dijo: "Gracias, vientre curioso. Gracias, amigos que me hablan." Se durmió ligera, como un beso en almohada.
La moraleja quedó suave en el aire: escucha tu intuición, pero no tengas miedo de preguntar. Ver, hablar y escuchar hacen que el corazón acierte. Y así Nube aprendió a cuidar del mundo con ternura.