CapĂtulo 1
Al caer la tarde, cuando el sol pinta el cielo de naranja suave y azul sereno, dos niños caminan juntos por el borde del parque. Uno se llama Tomás y el otro se llama SimĂłn. Tomás lleva un bastĂłn pequeño que le ayuda a no tropezar con las piedras, pero siempre sonrĂe. SimĂłn camina a su lado, despacio, porque le gusta mirar cĂłmo bailan las hojas en el aire.
En el bolsillo de Tomás vive una moneda especial. Es una moneda mágica, con una cara que sonrĂe y otra que piensa. Tomás la llama su “moneda de las preguntas”.
Un dĂa, Tomás saca la moneda y la muestra a SimĂłn.
—¿Ves? Esta moneda tiene dos caras. Una dice “sĂ”, otra dice “no”. Pero yo creo que, a veces, ninguna sabe la respuesta —dice Tomás, mirándola brillar en su mano.
SimĂłn se sienta en la hierba.
—¿Para qué sirve, Tomás?
—Sirve para elegir —responde Tomás—. Cuando no sé qué hacer, la lanzo, y escucho lo que me dice. Pero hoy… hoy no quiero lanzarla. Quiero elegir por mà mismo.
SimĂłn piensa, mirando las nubes que se parecen a ovejas suaves.
—¿Y si no sabes qué elegir?
Tomás sonrĂe.
—Eso es lo bonito, SimĂłn. A veces, no saber es como tener un regalo envuelto que todavĂa no abres. Todo puede pasar.
El viento sopla despacito. Las flores bailan. Los niños se quedan en silencio un momento, escuchando el murmullo de las ramas y el canto de un pajarito solitario.
CapĂtulo 2
SimĂłn propone un juego:
—Vamos a ver cuál árbol es el más alto.
Tomás asiente.
—¿El de hojas grandes o el de ramas finitas?
—No sé —responde Simón—. ¿Y si preguntamos a la moneda?
Tomás piensa. Mira su moneda mágica y luego la guarda de nuevo.
—No, hoy no. Hoy quiero mirar, pensar, sentir. Quiero escuchar mi corazón, no solo la moneda.
Los dos niños se acercan al árbol de hojas grandes. Se abrazan al tronco y sienten su corteza rugosa.
—Este árbol es fuerte —susurra Tomás—. Aunque no se mueve, está vivo, como nosotros.
Luego, caminan hasta el árbol de ramas finitas. Una mariposa azul descansa en una de sus ramas.
—Este árbol parece bailar —dice Simón—. Es ligero, es alegre.
Tomás cierra los ojos y escucha el viento entre las hojas.
—No sé cuál es más alto. Pero me gustan los dos —dice.
SimĂłn sonrĂe y se sienta junto a Ă©l.
—A veces no hay que elegir. Podemos querer los dos árboles.
El sol se va despidiendo poco a poco. La luz se vuelve suave, como una manta que arropa a los niños.
CapĂtulo 3
Tomás saca su moneda una última vez.
—Hoy no lanzo la moneda, Simón. Hoy acepto que no tengo todas las respuestas.
SimĂłn asiente.
—Yo tampoco. Pero me gusta estar aquĂ, contigo, y con los árboles, y la mariposa.
Tomás guarda la moneda en su bolsillo.
—Quizás la vida es como esta moneda. A veces creemos que hay solo “sĂ” o “no”, pero hay tambiĂ©n un “quizás” bonito y suave que nos abraza.
Simón se acurruca junto a Tomás. Ambos miran cómo el último rayo de sol pinta de oro las copas de los árboles. El parque parece un sueño tranquilo, lleno de secretos y risas.
Antes de volver a casa, Tomás susurra:
—No saber puede dar un poco de miedo, pero también puede ser muy bonito.
SimĂłn le toma la mano.
—SĂ. Porque juntos, el “quizás” es como una canciĂłn que nunca termina.
Y asĂ, los dos niños caminan despacio, llevando en el corazĂłn la alegrĂa de elegir, el misterio del “quizás” y la suave luz de la tarde, que les acompaña siempre, como un abrazo invisible y dulce.