Capítulo 1
Había una niña de cuatro años que se llamaba Luna. Luna tenía manos pequeñas como hojas y ojos que miraban el mundo con curiosidad de pájaro. Una noche se sentó en su ventana y miró la luna redonda. La luna parecía una manzana blanca. Luna preguntó en voz baja: "¿Para qué sirve la vida?"
La pregunta fue como una semilla que cayó en su regazo. No tenía prisa. La guardó con cuidado. Su madre la arropó con una manta suave, como una nube pequeña. "Escucha", dijo la madre, y la casa se volvió un barco tranquilo.
Luna sopló una vela y la vela hizo un susurro. "Viaja", dijo la vela, "pregunta a quien quieras". Luna sonrió. Puso su botita en la alfombra. Saltó como una rana muy contenta y salió al jardín, con la pregunta en la lengua.
Capítulo 2
Primero encontró a un árbol viejo. El árbol tenía manos de ramas y un abrazo de raíces. Luna le tocó la corteza con la yema de sus dedos. "Señor Árbol", dijo, "¿qué es la vida?"
El árbol cerró un ojo de hoja y contó una historia en silencio. "La vida es como un libro", dijo el árbol con voz de viento. "Cada hoja es un día. Algunas hojas son doradas, otras son verdes. Leerlas da calor". Luna escuchó. Pensó en las hojas que crujían en sus zapatos. "¿Y cómo sé leer?" preguntó.
Cerca, un pajarito amarillo se posó en la rama. "Pío", dijo el pajarito. "Canta. La vida sabe a canción". Luna rió. "Pero yo no sé cantar siempre", dijo. El pajarito dio una nota suave. "Cantar es también escuchar", explicó. Luna cerró los ojos. Escuchó su corazón, que latía como un tambor pequeño y alegre. El tambor le pareció una canción.
Después fue a la orilla de un estanque. El agua era un espejo que guardaba nubes. En el espejo flotaba una piedra lisa. La piedra parecía una luna pequeña. Luna preguntó a la piedra: "¿Y para qué sirve la vida?"
La piedra no habló con palabras. Hizo silencio de piedra. Pero Luna vio su reflejo en el agua. Vio su cara redonda, sus ojos curiosos, su sonrisa. "Quizá la vida sirve para mirarse", murmuró la piedra sin decir nada. Luna colocó la piedra en su palma. La piedra estaba tibia como un pan recién hecho. "¿La respuesta está aquí?" preguntó la niña.
La brisa trajo una voz. Era la luna, que bajó un poquito para estar más cerca. "Pequeña", dijo la luna con voz de luz, "la respuesta no está solo en el árbol, ni solo en el pajarito, ni solo en la piedra. Está en todo y en nada. Está en ti, como el reflejo está en el agua."
Luna pensó que la luna hablaba en acertijos. Sonrió con la ternura de quien descubre un juguete nuevo. "¿Cómo encuentro la respuesta en mí?" preguntó. La luna le guiñó un ojo. "Con preguntas suaves. Con días pequeños. Con abrazos. Con música en la cocina. Con manos que ayudan."
Luna caminó despacio. Contó con los dedos. Uno, dos, tres. Contó sus pasos como quien cuenta estrellas. Cada paso era una palabra. Cada palabra era una luz. Su corazón latía y le decía cosas sin hablar. "Me gusta acurrucarme", pensó. "Me gusta dibujar. Me gusta escuchar historias." Esas eran pistas. Eran como migas de pan doradas que muestran el camino.
En el prado encontró a una mariposa que llevaba un vestido de colores. La mariposa rozó su mejilla. "Vuela", dijo la mariposa, "la vida es moverse y quedarse. Es estar aquí y también soñar con otros lugares."
Luna apoyó la frente en la hierba. Miró las nubes jugar a formar barcos y sombreros. Se preguntó si la vida era una gran mochila donde guardar pequeños momentos. Entonces recordó la manta de su madre, la vela y el corazón que cantaba. Se sintió llena de todo eso. No había miedo. Había calma.
Capítulo 3
Al volver a casa, Luna llevó en su bolsillo la piedra, una hoja del árbol y una pluma del pajarito. No eran respuestas completas, pero eran abrazos. Entró y su habitación olía a leche caliente y a cuentos. Su madre la esperaba con ojos que eran dos luceros.
Luna se metió en la cama, abrazó la piedra y dijo: "Creo que la vida es como mi manta. Me cubre. Me da calor. Y también me deja asomar la cabeza para ver las estrellas." Su madre sonrió. "Sí", dijo, "y también es como tu canción. La cantas con tu corazón."
Luna cerró los ojos. Escuchó el latido que contaba historias. Sintió que la respuesta era un lugar tibio dentro de ella, como una lámpara pequeña que nunca se apaga. No necesitaba llevar la lámpara lejos. Ya la tenía en el pecho.
Antes de dormirse, Luna susurró una última pregunta, pero no con ansiedad. "¿Y ahora qué hago?" La casa contestó con silencio amable. La luna, la vela y el pajarito parecían decir: "Sigue siendo tú. Juega. Ama. Pregunta." Luna suspiró feliz. Era una brisa suave que empuja un barco hasta el puerto.
Se durmió con la certeza de que la vida crecía en sus pequeños gestos. En un "gracias" dicho con la boca pequeña. En un dibujo pegado en la pared. En la mano que toma otra mano. Todo eso era respuesta y más respuesta. La lámpara de su corazón brillaba y le alcanzaba para toda la noche.
En la mañana, la casa despertó con risas. Luna se levantó y desde su ventana miró la luna todavía pálida. Le dijo adiós con la mano. La luna respondió con un beso de luz.
Y así Luna aprendió que las grandes preguntas bailan en el pecho y que la respuesta, suave y clara, está dentro. Cuando uno la busca con ternura, la respuesta se sienta a la mesa, toma un sorbo de té y dice: "Aquí estoy. Te he estado esperando."