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Humor fantástico 5/6 años Lectura 17 min. (1)

Luca y la gramática de los hechizos: la escoba sabia y el dragón del fregadero

Luca descubre un libro de gramática mágica y, junto a una escoba parlante, aprende a ordenar palabras y usar pausas para que los hechizos no creen enredos. En su casa aparecen un dragón de fregadero y un sombrero perdido que ponen a prueba su paciencia y sus nuevas reglas.

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Un niño de 6 años, rostro redondo y mejillas sonrosadas, pelo castaño despeinado, mirada maravillada y sonrisa dulce, brazos alzados para atrapar confeti, lleva camiseta a rayas azul y amarilla y pantalón corto; una escoba antropomórfica (Doña Cepilla) con cerdas doradas y mango barnizado, ojos traviesos dibujados en la cabeza, de pie junto al niño y aplaudiendo con el mango; un pequeño dragón de lavabo, Drago, del tamaño de un gatito, escamas menta y hocico burbujeante, flota dejando burbujas perfumadas e intenta atrapar un confeti con una pata; un mago adulto de unos 40 años, barba trenzada, pijama de estrellas y capa arrugada, aparece al fondo sonriendo y sosteniendo su sombrero puntiagudo; salón acogedor de tonos cálidos con sofá verde envejecido, alfombra a rayas y pared con dibujo de chimenea iluminada, luz suave y polvo de confeti brillante; escena principal: lluvia de confeti multicolor (comas, pequeños escobas y signos de exclamación) en movimiento, ambiente festivo y sereno, cada personaje muestra alegría contenida. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La escoba que quería estudiar

Luca tenía seis años y una paciencia que parecía una tortuga con gafas: lenta, pero muy seria. Vivía en un piso normal, con una cocina que olía a pan tostado y un pasillo donde las medias desaparecían como si fueran ninjas.

Aquella tarde, Luca encontró un libro gordo debajo del sofá. No era de dinosaurios. Tampoco de coches. Era peor.

Decía: “Gramática de Hechizos para Principiantes y Mascotas Curiosas”.

—¿Mascotas curiosas? —murmuró Luca—. Yo no soy mascota. Soy… Luca.

El libro se abrió solo, como si tuviera dedos invisibles que hacían “¡ta-dán!”. Las páginas olían a polvo y a caramelo de limón.

En la primera hoja había una frase enorme:

“LOS HECHIZOS SON COMO LAS FRASES: SI LOS ORDENAS MAL, TE SALE UN RUIDO RARO.”

Luca ladeó la cabeza.

—A mí me salen ruidos raros cuando me río —dijo, y se rió un poco para comprobarlo.

Entonces, una escoba apoyada en la pared carraspeó. Sí, carraspeó.

—Ejem —hizo la escoba, muy educada—. ¿Vas a leer eso o solo a hacer sonidos?

Luca abrió mucho los ojos.

—¡Una escoba que habla!

—No grites —susurró la escoba—. Si gritas, me despeino. Y barrer con el pelo despeinado es una tragedia.

Luca respiró hondo. Su mamá siempre decía: “Primero aire, luego palabras”. Luca lo intentó. Inhaló como si oliera una flor gigante y exhaló como si apagara una vela.

—Hola, escoba —dijo con calma—. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Doña Cepilla —respondió—. Y ese libro es mío. Bueno, era mío. Lo perdió un mago en tu salón hace años. Una cosa muy poco educada.

—¿Un mago en mi salón? —Luca miró alrededor, buscando una capa escondida detrás de la cortina.

—Los magos vienen, dejan migas de magia y se van —dijo Doña Cepilla—. Como palomas, pero con sombrero.

Luca pasó la página. Había dibujos de palabras que bailaban: “sujeto”, “verbo”, “complemento”. Parecían galletas con piernas.

—Yo quiero aprender —anunció Luca—. Quiero aprender la gramática de los hechizos.

—¿Para qué? —preguntó Doña Cepilla—. La magia ya pasa sola. Mira tu casa: calcetines que se fugan, cucharas que se esconden, la puerta que chirría como si contara secretos.

—Porque… —Luca se quedó pensando—. Porque si sé la gramática, puedo pedirle a la magia que se porte bien. Como cuando le digo a mi enfado: “Espera tu turno”.

Doña Cepilla asintió, y sus cerdas hicieron “shh, shh”.

—Eso suena serio. Y divertido. Muy bien. Empezamos con lo básico: no se grita un hechizo. Se pronuncia. Con cariño. Y con orden.

El libro mostró un primer ejercicio:

“Hechizo de Orden Doméstico: ‘Cuchara, vuelve a tu cajón'.”

Debajo había una nota en letra pequeña:

“ATENCIÓN: NO CAMBIAR EL ORDEN DE LAS PALABRAS. NO DECIR ‘CAJÓN, VUELVE A TU CUCHARA'.”

Luca sonrió.

—Yo puedo. Soy paciente.

—Y curioso —añadió Doña Cepilla—. Mala combinación para las alfombras.

Luca se acercó al cajón de los cubiertos. Había una cuchara que siempre aparecía en la habitación, como si tuviera un mapa equivocado.

Luca levantó el libro, aclaró la voz como un cantante pequeñito y dijo despacio:

—Cuchara… vuelve… a tu cajón.

La cuchara tembló, dio un saltito y voló… pero no al cajón. Voló al tarro de galletas.

—¡Oye! —protestó Luca—. ¡Eso no es un cajón!

—Técnicamente es un recipiente —dijo Doña Cepilla—. La magia ama las técnicas. ¿Ves? Por eso la gramática importa. Has dicho “tu cajón” con cara de “me da igual dónde”. La magia lo ha entendido como “tu sitio”. Y la cuchara piensa que su sitio es donde hay galletas.

La cuchara, muy contenta, se acomodó entre las galletas como si fuera una reina.

Luca frunció el ceño, pero se acordó de su truco.

“Aire, luego palabras”.

Respiró.

—Vale —dijo—. Otra vez. Pero con control.

Doña Cepilla aplaudió con el palo, que hacía “toc, toc”.

—Ese es el espíritu. La magia es como un gato. Si la persigues gritando, se sube a un armario. Si le hablas bien, se deja peinar.

Parte 2: La coma traviesa y el dragón del fregadero

El libro pasó a la siguiente lección: “La coma”.

Había un dibujo de una coma con bigote. Parecía un camarero pequeñito.

—La coma —leyó Luca— sirve para respirar y para que el hechizo no se pegue como chicle.

—Exacto —dijo Doña Cepilla—. Sin coma, las palabras se empujan. Y entonces… ¡pum! Malentendidos.

El ejercicio decía:

“Hechizo de Agua Educada: ‘Agua, por favor, sal en un chorrito'.”

Luca fue al fregadero. El grifo goteaba a veces, como si estuviera contando los segundos.

—¿Listo, grifo? —preguntó Luca.

El grifo hizo “plin”, como quien dice “quizá”.

Luca leyó y pronunció:

—Agua, por favor, sal en un chorrito.

El agua salió en un chorrito perfecto. Tan perfecto que parecía una pajita transparente. Luca se rió bajito.

—¡Funciona!

—No te confíes —advirtió Doña Cepilla—. La magia oye las risas y cree que es una fiesta.

Luca quiso probar una variación. En el libro había una página que decía: “No improvisar todavía”. Eso estaba escrito con un dibujo de un dedo señalando, muy serio.

Luca tragó saliva.

—No improviso —se prometió—. Solo… practico.

Cambió una cosa pequeñita. Solo una comita. Una comita no podía hacer daño, ¿verdad? Las comas eran como migas.

Dijo:

—Agua por favor, sal en un chorrito.

Doña Cepilla se llevó las cerdas a la “cara”.

—¡Ay!

El grifo tosió. El agua salió… pero no en un chorrito. Salió en forma de… palabra. Sí, una palabra hecha de agua: “PORFAVOR”. Se pegó en el aire, brillante, y luego se cayó al fregadero con un “plof”.

—He hecho una palabra mojada —dijo Luca, sorprendido.

—Has pegado “agua” con “por favor” —explicó Doña Cepilla—. Sin la coma, se han hecho amigos demasiado rápido. Y la magia, cuando ve amigos, los convierte en pegote.

En ese momento, del desagüe salió un sonido raro: “glub-glub-¡ejem!”.

Luca se inclinó.

—¿Hola?

Del fregadero asomó una cabecita. Era un dragón. Pero no un dragón de montaña. Era un dragón pequeño, con escamas del color del jabón de menta y burbujas en la nariz.

—Buenas —dijo el dragón—. Soy Drago Desagüito. He oído “porfavor” y pensé que era sopa.

—¡Un dragón en mi fregadero! —susurró Luca, esta vez sin gritar.

—Vivo aquí —dijo Drago—. No ocupo mucho. Solo un poquito de cañería. ¿Hay merienda?

Doña Cepilla murmuró:

—Los dragones domésticos aparecen cuando la gramática se desordena. Es una norma no escrita. Bueno, ahora está escrita. En tu cocina.

Luca miró el libro. Tenía ganas de reírse, pero se contuvo. Control. Primero aire.

—Hola, Drago —dijo con voz tranquila—. No tengo sopa. Pero puedo arreglarlo. Si coloco la coma bien, la palabra se separa y tú… no te confundes.

Drago parpadeó.

—¿La coma es comida?

—No —dijo Luca—. Es una pausa. Mira.

Luca respiró. Pensó en la frase como si fuera un tren: cada palabra en su vagón, sin empujones.

—Agua, por favor, sal en un chorrito.

El agua volvió a salir normal, suave. La palabra “PORFAVOR” se deshizo en gotitas y cayó, limpia, por el desagüe.

Drago suspiró, y soltó una burbuja que olía a menta.

—Ah —dijo—. Entonces no hay sopa. Qué pena. Pero me gusta que hables claro. En mi casa, las palabras se atascan.

—Puedes quedarte, pero sin líos —dijo Luca, muy serio, como un policía de pajitas.

Drago levantó una patita.

—Prometo no asar las esponjas.

Doña Cepilla murmuró:

—Este piso está perdiendo la normalidad.

—La normalidad está sobrevalorada —dijo Luca—. Lo que quiero es aprender.

El libro cambió de página solo, como si estuviera orgulloso. Apareció una lección nueva:

“Los signos de exclamación: Úsalos solo en emergencias.”

Y justo entonces, desde el pasillo, se oyó un “¡PLOP!”.

Luca corrió. En la alfombra había un sombrero puntiagudo que no era suyo. El sombrero estornudó.

—¡Achís! —dijo el sombrero—. ¿Dónde está mi mago?

Doña Cepilla se inclinó.

—Eso es grave —susurró—. Un sombrero suelto busca cabeza. Y si no encuentra, se la inventa.

Luca miró el sombrero. El sombrero lo miró de vuelta. O eso pareció, porque tenía una estrella cosida que parecía un ojo.

—No quiero una cabeza inventada —dijo Luca—. Quiero mi cabeza, gracias.

Drago asomó por el pasillo, dejando un rastro de burbujas.

—Ese sombrero huele a truco —dijo.

El sombrero dio un saltito y trató de subirse a la cabeza de Luca.

—¡Ahora! —gritó Doña Cepilla—. ¡Emergencia! ¡Exclamaciones!

Parte 3: El examen final y la lluvia de confeti

Luca sintió un cosquilleo de nervios, como cuando vas a decir un poema en clase. Quería gritar “¡NO!”, pero se acordó de la lección.

Los signos de exclamación eran potentes. Si los tirabas como pelotas, rompían jarrones. Había que usarlos con control.

Luca dio un paso atrás. Respiró. Uno. Dos. Tres.

—Yo mando en mis palabras —se dijo—. No el sombrero.

El sombrero volvió a saltar.

Luca levantó el libro como si fuera un escudo.

—Hechizo de Respeto Craneal —leyó—: “Sombrero, por favor, vuelve a tu dueño”.

Y debajo, una nota: “No te olvides de la coma. Y de la educación”.

Luca lo dijo fuerte, pero no chillando, con un toque de alegría y un toque de orden:

—¡Sombrero, por favor, vuelve a tu dueño!

El aire hizo “fiuu”. El sombrero se frenó en seco, como si hubiera encontrado una señal de tráfico invisible. Luego giró sobre sí mismo, confuso.

—¿Mi dueño? —preguntó—. ¿Cuál de todos? He conocido muchas cabezas. Algunas con ideas raras.

—El que te perdió —dijo Luca—. El mago del salón. El que dejó el libro bajo el sofá.

Doña Cepilla asintió.

—Buen argumento. Claro y educado.

Drago, emocionado, aplaudió con sus patitas mojadas.

—¡Que lo devuelvan! ¡Que lo devuelvan!

El sombrero suspiró.

—Está bien —dijo—. Pero necesito una dirección.

El libro, como si fuera un cartero, mostró una línea nueva:

“Complemento de lugar: ‘a la esquina de la chimenea que no existe'.”

Luca parpadeó.

—Pero… en mi casa no hay chimenea.

—La magia siempre pone una puerta extra —dijo Doña Cepilla—. Es su hobby.

Luca miró la pared del salón. Parecía una pared normal. Muy pared. Pero ahora, en una esquina, había una sombra con forma de chimenea dibujada con tiza.

—Eso no estaba —dijo Luca.

—Ahora sí —dijo Drago—. La magia dibuja rápido.

Luca respiró otra vez. No quería correr como un cohete. Quería ir como un tren: “chucu-chucu”, con estaciones.

Se acercó a la chimenea dibujada. El sombrero flotó detrás, rezongando como una nube.

Luca pronunció, con cuidado, separando las palabras como si fueran fichas de dominó:

—Sombrero, por favor, vuelve a tu dueño, a la esquina de la chimenea que no existe.

La chimenea de tiza brilló. La pared se abrió como una cortina suave. Detrás había un pasillo pequeño con luz morada y olor a chocolate.

De allí salió un señor flaco con barba torcida y pijama de estrellas. Llevaba una cara de “¿dónde he dejado mis cosas?”.

—¡Mi sombrero! —exclamó el mago, feliz—. Lo he buscado por… por… bueno, por un rato muy largo.

El sombrero se le posó en la cabeza como si por fin encontrara su almohada.

—Nunca te separes de mí —regañó el sombrero—. Me entran corrientes.

El mago miró a Luca, a Doña Cepilla y a Drago Desagüito.

—Vaya —dijo—. Veo que mi libro ha encontrado lector. Y escoba con opiniones. Y dragón… ¿de fregadero?

—Soy de cañería —aclaró Drago, ofendido—. Es más elegante.

El mago se rascó la barba.

—Pues, pequeño aprendiz, has hecho algo importante: has usado magia sin perder el control. Eso es difícil. Muchos magos se emocionan y ¡pum!, convierten la sopa en sombreros o los calcetines en peces.

Luca pensó en sus calcetines fugitivos.

—¿Yo puedo seguir aprendiendo? —preguntó—. Quiero hablar bien con la magia. Quiero que entienda lo que digo. Sin líos.

El mago sonrió, y su sonrisa parecía una luna cansada pero amable.

—Claro. La gramática de los hechizos es como lavarse los dientes: un poco cada día y la boca no se vuelve un dragón.

Drago se tocó el hocico.

—Oye.

Doña Cepilla se inclinó hacia Luca.

—Yo te ayudo —dijo—. Pero no le pongas comas a la sopa.

—No pondré comas a la sopa —prometió Luca.

El mago sacó de su bolsillo una bolsita de tela. La agitó.

—Como recompensa —dijo—, te doy una cosa muy seria: confeti encantado.

—¿Confeti? —Luca abrió la boca—. Eso es para fiestas.

—Exacto —dijo el mago—. Y aprender también merece fiesta. Pero ojo: confeti con buena gramática.

El mago levantó su varita. Luca sintió cosquillas en la barriga, como antes de soplar velas.

—Hechizo final —anunció el mago—. Con sujeto, verbo, y un poquito de alegría. Y con autocontrol, que es el mejor sombrero.

Luca lo miró fijamente.

—Yo puedo —dijo Luca—. Estoy tranquilo. Estoy listo.

El mago guiñó un ojo.

—Entonces, a la cuenta de tres. Uno… dos…

Luca respiró. No por miedo. Por orden.

—…¡tres! —dijo el mago.

Y cayó una lluvia de confeti por toda la sala: confeti rojo como fresas, azul como el cielo de verano, amarillo como sol de dibujo. Giraba despacio, como nieve de colores. Algunas piezas tenían forma de comas, otras de signos de exclamación, y una parecía una pequeña escoba bailando.

Drago abrió la boca para atrapar confeti, pero Doña Cepilla le dio un golpecito suave.

—Sin tragar —le dijo—. Control, joven dragón.

—Vale —dijo Drago, y lo dejó caer—. Pero huele a cumpleaños.

Luca levantó las manos y dejó que el confeti le cosquilleara los dedos.

—Lo hice —susurró—. No grité. No me enfadé. Pensé. Puse las palabras en su sitio.

El mago asintió.

—Las palabras en su sitio… y el corazón también. Eso es magia de la buena.

El sombrero estornudó confeti.

—Achís —dijo—. Esto me hace cosquillas en las ideas.

Doña Cepilla, por primera vez, parecía feliz de tener cerdas despeinadas.

—Bueno —dijo—. Admito que una fiesta pequeña no mata a nadie. A menos que el confeti sea de ladrillos.

Luca se rió, pero sin perder el aire.

—Mañana sigo —dijo—. Con puntos y seguido.

La chimenea que no existía se fue borrando poco a poco. El mago se despidió con una reverencia, el sombrero bien puesto.

—Hasta pronto, aprendiz paciente —dijo—. Recuerda: cuando no sepas qué decir, respira. La gramática y el control son amigos.

Cuando la pared volvió a ser pared, Luca se quedó en medio del salón, rodeado de confeti brillante.

Drago volvió al desagüe con una burbuja alegre.

Doña Cepilla se apoyó en la pared, orgullosa.

Luca miró el libro.

—Gracias —le dijo—. Hoy aprendí que la magia no es gritar fuerte. Es hablar claro… y esperar.

Y el confeti siguió cayendo un poquito más, como si el techo también estuviera aplaudiendo en silencio.

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Gramática de Hechizos para Principiantes y Mascotas Curiosas
Título del libro mágico que enseña cómo usar palabras en hechizos.
Carraspeó
Hizo un sonido corto en la garganta para aclararse la voz.
Paciencia
Capacidad de esperar sin enfadarse y con calma.
Hechizos
Frases mágicas que piden a la magia que haga algo.
Sujeto
La palabra que dice quién hace la acción en una frase.
Verbo
La palabra que dice la acción que se hace.
Complemento
Palabras que explican más cosas sobre la acción o persona.
Coma
Signo (, ) que indica una pequeña pausa al hablar o escribir.
Signos de exclamación
Símbolos (!) que muestran sorpresa o una orden fuerte.
ATENCIÓN
Aviso para que mires o escuches con cuidado.

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