Capítulo 1: Una broma muy bromista
En el pequeño pueblo de Carcajadal, donde los árboles parecían susurrar secretos y las nubes formaban bigotes en el cielo, vivía una niña llamada Brillantina. No era ni la más alta ni la más bajita del barrio, pero sí la más rápida en reírse de cualquier cosa. Sus trenzas brillaban como el sol y sus ojos chispeaban como estrellas traviesas.
Brillantina tenía un deseo muy especial: quería atrapar una broma. Pero no una broma cualquiera, sino aquella que todos decían que corría por el pueblo, haciéndole cosquillas a los gatos, poniendo los calcetines de los vecinos en los buzones y cambiando las cucharas de sitio cuando nadie miraba. Era la famosa “broma que corría”, tramposa y saltarina.
Esa mañana, Brillantina se lo contó a su abuela mientras tomaba chocolate caliente.
—Hoy la atrapo, abuela. ¡Prometido! —dijo, con la boca llena de migas.
—Ten cuidado, nieta —respondió la abuela, guiñando un ojo—. Las bromas suelen ser más listas de lo que parecen… y llevan zapatillas de correr.
Pero Brillantina ya tenía un plan: usaría el atrapa-bromas que había inventado. Era un colador atado a un hilo, decorado con pegatinas de estrellas y gatos. Si la broma pasaba por allí, seguro que quedaría atrapada.
Capítulo 2: El plan chispeante
Brillantina salió al jardín con el colador y buscó huellas sospechosas. ¿Dónde podía esconderse una broma que corría? Miró detrás de los rosales, bajo la mesa del jardín, incluso dentro del buzón (donde sólo encontró una carta dirigida a “Señor Sombrero”, que ni siquiera vivía allí).
De pronto, algo saltó: ¡una risa pequeñita y saltarina! Parecía venir del seto. Brillantina se acercó de puntillas, el corazón le latía como un tambor. Cuando apartó las ramas, vio una sombra diminuta y peluda saltando de un lado a otro. ¡Era la broma!
La broma era como un pompón azul con patas. Giraba, saltaba, desaparecía y volvía a aparecer detrás de una maceta. Silenciosa, pero dejando una estela de pequeñas plumas de colores.
—¡Te veo, broma bromista! —gritó Brillantina, lanzando el colador.
La broma se escabulló veloz, dejando caer una pluma sobre la nariz de Brillantina. Ella estornudó. ¡Achís! Cuando abrió los ojos, la broma ya estaba sentada sobre la rama de un árbol, sacando la lengua y bailando como una bailarina de ballet.
Entonces, de la nada, apareció el gato del vecino, Don Mostacho, ese que nunca maullaba y siempre lucía un sombrero de copa. Se sentó a su lado y miró a Brillantina como diciendo: “¿Ahora qué vas a hacer?”
Brillantina pensó: “Si quiero atraparla, debo pensar como una broma”.
Capítulo 3: Pensar como una broma
Brillantina se sentó bajo el árbol y sacó su cuaderno de ideas. Escribió:
1. A las bromas les gustan las sorpresas.
2. Las bromas van donde no las esperan.
3. Las bromas se ríen de todo.
Miró al cielo y vio una nube con forma de tortuga sonriendo. “¿Y si le hago una broma a la broma?”, susurró.
Corrió a casa y preparó una trampa: puso una caja llena de plumas, una cuerda, y una nota que decía: “Broma, aquí hay un chiste para ti”.
Se escondió detrás de un arbusto y esperó. Al poco rato, la broma saltó curiosa, olfateó la caja y… ¡zas! Un montón de plumas voló por el aire, cubriendo todo de azul y verde. La broma rió tanto que empezó a dar volteretas, y Brillantina también se echó a reír.
Pero la broma no estaba atrapada. Al contrario, parecía más feliz que nunca. Se acercó a Brillantina y le dejó una pluma detrás de la oreja. Luego, se estiró, se encogió, se hizo redonda y, de repente, se escondió dentro del zapato de Brillantina.
—¡Ay! —gritó Brillantina, mientras la broma cosquilleaba sus dedos de los pies.
Don Mostacho, el gato, la miraba con cara de “esto se pone interesante”.
Capítulo 4: Una conclusión de risas y manos
Brillantina pensó mucho. Había intentado atrapar la broma de mil maneras. Le había puesto trampas, le había dejado dulces, incluso le había contado un chiste de osos y elefantes. Pero la broma siempre escapaba, siempre reía, siempre estaba un paso delante.
De pronto, comprendió. No se atrapan las bromas. Las bromas se comparten. Por eso siempre están corriendo, buscando a quién hacer reír.
Se puso de pie y miró a la broma, que ahora saltaba de su zapato al hombro de Don Mostacho. Brillantina sonrió y dijo:
—Gracias, broma. Hoy me has hecho reír mucho. ¿Quieres pasear conmigo y contarle un chiste al cartero? Le gustan mucho los chistes de plátanos.
La broma dio una voltereta y aterrizó en la nariz de Brillantina, haciéndole guiños. Luego, se subió a la pared y, justo antes de desaparecer, levantó una manita azul, saludando con energía, como diciendo: “¡Nos vemos en la próxima broma!”
Brillantina le devolvió el gesto y, mientras el sol brillaba sobre Carcajadal, salió a la calle acompañada de Don Mostacho. Sabía que, a veces, lo más divertido no es atrapar una broma, sino dejarse atrapar por su risa.
Y así, con una última mirada, la broma que corría dejó una estela de risas en el aire y una pluma azul en el bolsillo de Brillantina, recordándole que en la vida siempre hay espacio para el juego, la imaginación y, sobre todo, para pensar diferente.