Capítulo 1: El dragón que no sabía volar
Había una vez, en un valle muy verde y lleno de flores de todos los colores, un dragón llamado Pompón. Pompón era chiquito, muy redondito y tenía unas alas pequeñitas que parecían dos hojitas de lechuga. No era como los otros dragones grandes y fuertes. Pompón era torpe, pero muy, muy simpático.
—¡Hoy es un día especial! —decía Pompón cada mañana, aunque siempre se tropezaba con su propia cola.
Pompón soñaba con ser un héroe. Pero Pompón no sabía volar. Ni un poquito. Cada vez que lo intentaba, agitaba sus alitas y... ¡zas! Caía de panza sobre la hierba.
—¡Ay, ay, ay! —reía Pompón—. ¡Creo que he aterrizado en una flor!
Un día, su amigo el caracol Don Tico-tico se le acercó muy despacito.
—Hola, Pompón. ¿Quieres venir conmigo a buscar la Gran Galleta Dorada? —preguntó Don Tico-tico, moviendo sus cuernitos.
—¡Sí, sí, sí! ¡Será una aventura fantástica! —saltó Pompón, aunque se resbaló y rodó cuesta abajo hasta el río.
Don Tico-tico se deslizó tras él, dejando una estela brillante en la hierba.
Capítulo 2: El Bosque de los Errores Divertidos
Pompón y Don Tico-tico entraron en el Bosque de los Errores Divertidos. Allí, los árboles crecían torcidos y las piedras cantaban canciones tontas.
—¡Cuidado, Pompón! Por aquí todo es al revés —avisó Don Tico-tico.
Pero Pompón no escuchó. Tropezó con una raíz parlante.
—¡Ay! —exclamó Pompón.
—¡Cuidado, dragón! —dijo la raíz—. ¡No soy para pisar, soy para saludar!
—Perdón, señor Raíz —dijo Pompón, riendo.
Siguieron adelante. Un grupo de ardillas mágicas saltó frente a ellos.
—¡Hola, Pompón! ¿Quieres una nuez voladora? —preguntaron todas a la vez.
—¡Sí, gracias! —dijo Pompón.
Pompón intentó atrapar una nuez, pero la nuez salió volando y Pompón la persiguió. Dio vueltas y vueltas, pero al final terminó colgado boca abajo de una rama.
—¡Oh, no! ¡Estoy atrapado! —gritó Pompón.
Don Tico-tico llegó con calma.
—No te preocupes, Pompón. Yo te ayudo.
Don Tico-tico subió lento, muy lento, pero con mucha paciencia, y soltó la rama. Pompón cayó en un charco de burbujas, que hizo “pop, pop, pop”.
Ambos se rieron mucho.
—¡Esto sí que es una aventura! —dijo Pompón, con la cara llena de burbujas.
Capítulo 3: El Puente Saltarín y el Hada Despistada
Más adelante, encontraron un puente muy raro. El puente saltaba de un lado a otro. Era el Puente Saltarín.
—Para cruzar, hay que saltar, saltar, saltar —cantaba el puente.
Pompón intentó saltar. Pero, en vez de avanzar, saltó hacia atrás, luego a un lado, luego al otro, ¡y terminó encima de Don Tico-tico!
—¡Ay, Pompón! —dijo Don Tico-tico, riendo.
Una pequeña hada apareció volando en círculos. Era el Hada Despistada.
—¡Hola! ¿Alguien ha visto mi varita mágica? —preguntó.
Pompón miró debajo de su barriga.
—¡Aquí está! —exclamó, levantando la varita con la cola.
El hada agitó la varita. ¡Zas! De repente, Pompón y Don Tico-tico flotaron sobre el puente sin necesidad de saltar.
—¡Gracias, Hada Despistada! —gritaron los dos.
El hada sonrió, aunque al instante olvidó por qué estaba allí y salió volando al revés.
Pompón y Don Tico-tico llegaron al otro lado, rodando de la risa.
Capítulo 4: La Gran Galleta Dorada
Al fin, detrás de una gran roca, encontraron la Gran Galleta Dorada. Brillaba como el sol y olía a miel y a canela.
Pero junto a la galleta dormía el Gato Sombrero, un gato muy grande con un sombrero muy, muy pequeño.
—Miau… —ronroneó el gato, despertando—. ¿Quién osa acercarse a mi galleta?
Pompón tragó saliva.
—Hola, señor Gato Sombrero. ¿Podemos probar un pedacito de la galleta? —preguntó, usando su voz más amable.
El Gato Sombrero se rascó la oreja.
—Solo si me cuentas un chiste, dragón redondito —dijo el gato.
Pompón pensó y pensó. Pero solo conocía un chiste:
—¿Qué hace una rana con una calculadora? ¡Calcula-cuac! —dijo Pompón.
El Gato Sombrero abrió los ojos muy grandes. Y luego… ¡se rió tan fuerte que su sombrero salió volando!
—¡Ja, ja, ja! ¡Ese chiste es muy tonto! —dijo el gato—. Pero me gusta. Podéis tomar la galleta.
Pompón y Don Tico-tico partieron la galleta en tres. Compartieron con el Gato Sombrero, que les puso su sombrero (ahora un poco más grande) a ambos.
—¡Somos héroes! —gritó Pompón.
—¡Eres el dragón más divertido del valle! —dijo Don Tico-tico.
Y, aunque Pompón seguía sin saber volar, aprendió que una gran aventura está llena de risas, de errores divertidos y amigos especiales.
—¡Mañana habrá otra aventura! —dijo Pompón, con la barriga llena y el corazón contento.
Y así, rodando, saltando y riendo, regresaron a casa, bajo el cielo de colores mágicos del valle, donde todos los días pueden pasar cosas inesperadas y maravillosas.