Capítulo 1: Un banco con patas
En la ciudad de Luminaria, la mañana brillaba con ventanas que guiñaban y globos de papel en los parques. Entre los edificios, vivía Lila Lentejuelas, una mujer que por la noche se ponía una capa rosa chicle y se convertía en la Superordenadora. Tenía poderes muy extraños: podía hablar con los objetos, entender sus dolores y convencerlos de volver a su sitio. ¡Plin-plin!
Una niña llamada Sofía vio a Lila en el parque y gritó:
—¡Mira, mamá! ¡La Superordenadora!
Lila sonrió y saludó con la mano. De repente, un banco parecía inquieto. Sus tablones crujían: «¡Ñam-ñam!», como si tuvieran cosquillas.
Lila se acercó. El banco, que se llamaba Benito, movía sus patas de hierro como si bailara.
—¿Benito? —preguntó Lila con voz suave— ¿qué te pasa?
Benito respondió con un susurro de madera:
—¡No puedo estar quieto! Quiero ver la ciudad. ¡Quiero bailar en la plaza mayor!
Lila rió por dentro, porque su poder la entendía. Pero también sabía que Benito debía estar donde la gente pudiera descansar. Un banco libre no sirve de mucho si está en medio de la fuente. ¡Plaf-plaf!
—Tranquilo, Benito —dijo Lila—. Te acompaño a un sitio seguro, pero primero te doy un baño de barniz calmante.
—¡Y un baile! —pidió Benito, que ya se imaginaba con luces.
Lila le pidió a Sofía que la ayudara a cantar una canción de calma. Sofía y otros niños cantaron: «Suave, suave, suave. Banco contento, banco amable». El banco dejó de dar saltitos. ¡Zas!
Pero mientras caminaban, una ráfaga de viento traviesa sopló y Benito, que todavía soñaba con aventuras, dio un gran brinco. Se soltó de la correa que Lila había atado y rodó calle abajo como una rueda de helado. ¡Brrr! Los niños aplaudieron y Lila corrió tras él, sus botas brillaron y su capa hizo un ruido de campana: «¡Ting!».
Capítulo 2: El depósito de autobuses y la carrera risueña
Benito rodó por la avenida y, sin querer, llegó hasta la entrada del enorme Depósito de Autobuses del Norte. Ahí los autobuses dormían en fila como patos gigantes. Uno bostezó: «¡Huuuuu!». Benito se detuvo justo delante de una fila de ventanas que reflejaban la ciudad como un espejo de agua.
Lila vio el letrero: DEPÓSITO. Sus ojos brillaron. Nunca había entrado a un sitio tan lleno de ruedas y bocinas. De pronto, una puerta se abrió: el guardián del depósito, don Ramón, un señor amable con bigote en forma de nube, miró sorprendido.
—¿Qué hace un banco aquí? —preguntó, rascándose el bigote.
Lila explicó rápido:
—Benito es un banco viajero. Se escapó. Lo traje para ponerlo a salvo.
Don Ramón sonrió:
—Pues aquí hay sillones, pero ningún banco bailón. ¡Jejeje! —dijo—. Puedes dejarlo, pero primero, mira esto.
Don Ramón llamó a los autobuses como si fueran perros: «¡Chu! ¡Chú!» Los autobuses respondieron con bocinas suaves: «¡Bip-bip!». Uno, el autobús azul llamado Azulito, parpadeó sus faros y dijo con voz profunda:
—Bienvenida, Superordenadora. Tenemos un problema en el taller: las herramientas llevan un día juguetón. Si quieres guardar a Benito, quizá las herramientas te hagan cosquillas.
Lila se miró las manos y contuvo una risa. Había aceptado misiones raras antes, pero esta era especial. Benito, contento, ya hacía una reverencia: «¡Uuuh!».
En el taller, las llaves inglesas danzaban sobre bancos de trabajo; los destornilladores contaban chistes: «¡Cli-clac!», y una escoba barría sola. Lila habló con ellas con su voz dulce. Algunas herramientas querían jugar: «¡Tic-tac!», «¡Pim-pam!». Lila les propuso un trato:
—Si me ayudáis a poner a Benito en su lugar, luego nos organizamos una fiesta de herramientas. ¿Qué decís?
Las herramientas chispearon de alegría. Azulito formó una fila para empujar a Benito con suavidad. Don Ramón dirigió la operación con silbatos: «¡Puf!». Sofía y varios niños empujaron con risas: «¡Hoy sí que colaboramos!».
Pero justo cuando Benito iba a subirse a una plataforma especial para bancos, se oyó un ruido: «¡Clang!». Un viejo autobús, el Verde Viejo, destapó una trampilla y... ¡oh no!, una lluvia de almohadillas saltarinas salió del interior. Eran almohadillas de descanso que habían vivido demasiado tiempo dentro y ahora rebotaban por todas partes. Una almohadita pegó en la nariz de Lila y le hizo un cosquilleo: «¡Aaaah!».
—¡Plop! —dijo Benito confundido—. ¡Esto es una fiesta inesperada!
Lila estornudó y soltó una carcajada. Los niños empezaron a saltar con las almohadas y las herramientas tocaron música con ritmos «¡tin-tin!». Fue un mini-caos lleno de risas. Pero Lila sabía que tenía que terminar la misión: colocar a Benito donde la gente mayor y los niños pudieran descansar juntos.
Con la ayuda de Azulito y don Ramón, formaron una cadena humana y mecánica: manos, ruedas, llaves y risas. Benito, que había aprendido a ser menos inquieto, decidió dar un salto final. «¡Boing!». Se acomodó en una estación nueva que don Ramón estaba arreglando para el parque cercano. Era un sitio perfecto: a la sombra de un árbol, con vista a la fuente y espacio para ruedas de cochecitos. Lila le dio una palmadita.
—Gracias, Benito. Ahora todos podrán sentarse contigo.
Benito emitió un pequeño suspiro de felicidad: «¡Mmm!». Azulito tocó su bocina en un tono melodioso: «¡Biiip!». Todos aplaudieron. ¡Hurra!
Capítulo 3: Risas, inclusión y una nueva misión
Mientras celebraban, Lila observó algo que le hizo el corazón grande. Un grupo de niños jugaba alrededor de las herramientas; uno de ellos, Tomás, tenía una silla de ruedas con pegatinas de estrellas. Al principio dudó en acercarse porque el banco estaba alto. Lila se agachó y habló con Benito:
—Benito, ¿te gustaría tener una rampa para que todos puedan subirse y sentarse juntos?
Benito pensó en su barriga de madera y dijo con voz ronca:
—Siempre quise ser banco para todos. ¡Sí!
Don Ramón y Azulito trabajaron enseguida. Con cuerdas suaves, tablas amigas y muchas sonrisas, hicieron una rampa pequeñita y firme. Tomás llegó con cuidado, sus amigos le ayudaron y todos aplaudieron cuando él y su mamá se sentaron en Benito.
—¡Gracias! —dijo Tomás con alegría—. Ahora todos podemos compartir el descanso.
Lila sintió que su capa se llenaba de luz. La inclusión, pensó, era tan simple como una rampa y tanta, tanta voluntad.
Los autobuses contaron chistes tontillos: «¿Qué hace una rueda en la escuela? ¡Gira la lección!», y todos rieron. Las herramientas terminaron su fiesta y se acomodaron en sus estantes, satisfechas. Benito parecía más tranquilo que nunca; ya no quería bailar sin saber dónde estaba su sitio. Lila le susurró:
—Eres un banco maravilloso, Benito.
—Y tú, Superordenadora —respondió Benito—, eres una amiga de los objetos y de la gente.
Lila sonrió y se sentó un momento. Desde allí veía a la ciudad y a sus habitantes. Pensó en otras cosas que podrían necesitar ayuda: una farola llorosa, un lápiz perdido, un gato que hablaba en rimas. Su mente hizo pequeñas chispas: «¡Zing!».
Don Ramón le ofreció a Lila un sándwich de aceitunas y queso como agradecimiento. Las aceitunas hicieron «¡Ñam!» y los niños dijeron que era el mejor final de misión. Azulito tocó una última vez la bocina con un sonido divertido: «¡Bop-bop!». Lila acarició a Benito y le prometió que volvería para contarle historias de otras misiones.
Antes de irse, Lila alzó la vista y dijo a los niños:
—Recordad, si algo diferente necesita ayuda, no hay que asustarse. Se puede hablar con cariño y encontrar una solución para todos.
Sofía, Tomás y los demás gritaron al unísono:
—¡Superordenadora, Superordenadora!
Lila se puso de pie, ajustó su capa, abrió las manos y, con un gesto cómico, salió volando (o por lo menos, corriendo muy rápido con una capa que hacía «¡Fwhoosh!»). Los autobuses la despidieron con un último «¡Bip!» amistoso.
Mientras se alejaba, Lila vio en su pulsera una luz parpadeante: era su comunicador de equipo. Un mensajero diminuto, con voz de reloj, dijo: «Pip-pip, nueva misión: una cometa atascada en la torre del reloj que canta canciones». Lila soltó una risa de alegría y dijo en voz alta:
—¡Vamos, equipo! ¡A por la cometa cantarina!
Y con ese guiño prometedor, la Superordenadora corrió hacia su próxima aventura, dejando atrás a Benito rodeado de risas y a una ciudad que ya sabía que todos los lugares y todas las personas tienen un sitio donde pertenecer.