Parte 1: La sonrisa que abre la puerta
Lola tenía cinco años y una risa que sonaba como cucharitas chocando en una taza. Esa mañana, al abrir la mochila, encontró una pegatina que decía: “¡Hoy es el Día de Poner Sillas Donde No Van!”
—¿Eso existe? —preguntó Lola, con los ojos redondos.
Su papá se encogió de hombros y sonrió.
—Si la pegatina lo dice… quizá el universo está de acuerdo.
Lola agarró su sillita pequeña, de plástico rojo, con lunares blancos. Era ligera, como si estuviera hecha de galleta sin mojar.
—La voy a poner en el medio del parque —anunció, muy seria, como si estuviera planeando una misión secreta.
Al llegar, el parque estaba normal… casi. El viento olía a hierba y a jabón, y los columpios chirriaban como ratoncitos cantando. En una esquina, una paloma llevaba una ramita en la cabeza, como si fuera una corona.
—Mira, papá. Es la Reina Paloma.
—Entonces habrá que saludar —dijo él.
Lola saludó con la mano, y la paloma hizo una reverencia. O eso pareció, porque justo estornudó.
—¡Achís! —dijo la paloma.
—¿Las palomas hablan? —susurró Lola.
—Solo las que estornudan con educación —respondió su papá.
Lola avanzó hasta el centro del parque, ese lugar donde todos se cruzan: niños corriendo, pelotas rodando, perros oliendo cosas importantes. Y allí, justo allí, Lola puso su silla.
—¡Listo! Silla en el medio. Perfecta.
La silla se quedó quieta, orgullosa, como un tomate en una ensalada.
Parte 2: La silla que quería ser famosa
No pasaron ni diez segundos cuando apareció un patito con bufanda amarilla, caminando con paso de jefe.
—Cuac. Disculpa —dijo el patito—. Esa es mi autopista.
—¿Tu autopista? —Lola miró alrededor—. Pero esto es el parque.
—Exacto. Parque, autopista, pista de baile… todo es lo mismo cuando tienes bufanda —explicó el patito, muy convencido.
Lola se agachó y habló con la silla, como si fuera su mejor amiga.
—Silla, ¿quieres ser autopista?
La silla no respondió, porque era silla, pero Lola juró que los lunares se movieron un poquito.
—Creo que quiere ser… famosa —decidió Lola.
El patito se subió a la silla y empezó a dar vueltas sin moverse, como si estuviera montando un carrusel invisible.
—¡Cuac! ¡Soy un patito en una montaña alta!
En ese momento llegó un perro pequeño, con orejas como dos tostadas.
—Guau, guau. ¿Quién puso una isla en medio del parque? —preguntó.
—Es mi silla —dijo Lola—. La puse en el medio.
—Entonces es una isla. En las islas se hacen fiestas —declaró el perro, y se sentó abajo, mirando la silla como si esperara música.
Y, como si el parque quisiera ayudar, un árbol cercano sacudió sus hojas.
—Frrrrf —sonó el árbol.
—¡Está aplaudiendo! —gritó Lola.
Más niños se acercaron. Una niña con coletas preguntó:
—¿Para qué es la silla?
Lola pensó rápido, con la lengua fuera de concentración.
—Es… la Silla del Medio. Sirve para… para sentarse en el centro de las ideas.
—¿Y qué ideas hay? —preguntó la niña.
Lola cerró los ojos, escuchó el viento, y dijo:
—Una idea: que el patito baile.
—¡Cuac, cuac, cuac! —cantó el patito, y empezó a mover la bufanda como una serpiente feliz.
Todos rieron. La silla parecía más roja.
Entonces apareció un señor con bigote y silbato: el guardaparques.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, intentando ser serio, pero el silbato le colgaba como una sonrisa.
Lola se puso recta.
—Estoy colocando una silla en el medio.
—Eso… normalmente… —empezó el guardaparques.
Y en ese instante, la paloma reina volvió a estornudar.
—¡Achís!
El estornudo levantó una nube de polvo brillante, como si alguien hubiera sacudido un paquete de purpurina invisible. El guardaparques parpadeó, y su bigote se curvó hacia arriba, como dos comas contentas.
—Eh… —dijo—. Hoy el parque se ve… especial.
—¡Es el Día de Poner Sillas Donde No Van! —anunció Lola, mostrando la pegatina.
El guardaparques la leyó, frunció el ceño… y luego se rió.
—Bueno. Si el universo está de acuerdo, yo también. Pero con una regla: que nadie se caiga, y que la silla tenga su turno de descanso.
—¡Hecho! —dijo Lola.
Parte 3: El centro del parque y el final suave
Para que nadie chocara con la Silla del Medio, Lola inventó un plan.
—Vamos a hacer una fila de ideas —explicó—. Primero se sube uno, dice una idea divertida, y baja despacito.
—Yo primero —dijo el perro tostada—. Mi idea: que todos caminemos como gelatinas.
Y todos caminaron: rebotando, temblando, haciendo “blub blub”. Hasta el guardaparques lo intentó, y su silbato hizo “piii” con cada rebote.
Luego subió la niña de coletas.
—Mi idea: que las hojas sean confeti —dijo.
El árbol, obediente, dejó caer dos hojas, solo dos, como si fueran monedas verdes. No era confeti de verdad, pero parecía confeti tímido.
Lola subió al final. Se sentó en su silla, en el centro, como una reina pequeñita. Miró a su papá.
—Mi idea es… que el parque sonría.
—¿Y cómo sonríe un parque? —preguntó su papá.
Lola señaló: el patito con bufanda, el perro-isla, la paloma reina, los niños caminando como gelatina, el guardaparques riendo sin querer.
—Así —dijo—. Cuando todos juegan sin pelear y se escuchan.
El guardaparques se aclaró la garganta, suave.
—Creo que la silla ya trabajó mucho. Ahora le toca… descansar en un lugar menos… del medio.
Lola acarició el respaldo.
—Gracias, silla famosa. Has sido isla, montaña, autopista y centro de ideas.
La levantó con cuidado. En el suelo, justo donde había estado, quedó un círculo de hierba un poquito más verde, como si el parque hubiera guiñado un ojo.
De regreso a casa, Lola caminó más despacio. El sol bajaba como una naranja cansada.
—Papá —dijo en voz bajita—, ¿mañana también habrá una pegatina?
—No lo sé —respondió él—. Pero si no la hay, tú puedes inventar una.
Lola apretó su silla contra el pecho.
—Entonces mañana será el Día de Saludar a los Árboles.
El viento sopló, y el árbol más cercano susurró “frrrrf”, como un aplauso de buenas noches. Lola sonrió, tranquila, y el mundo, por un momento, pareció sentarse cómodamente en su propio centro.