Capítulo 1: El día en que Tomás se despertó pegajoso
Tomás se despertó una mañana y notó algo muy raro. ¡Estaba pegajoso! Sus manos, sus pies, hasta su pelo. Todo Tomás estaba pegajoso como una piruleta olvidada debajo del sol. Se levantó de la cama con un sonido: “¡Plop, plop, plop!” Cada vez que caminaba, ¡se pegaba al suelo!
—¡Mamá, soy una piruleta gigante! —gritó Tomás, riéndose.
Su mamá lo miró y se rió también. Pero cuando fue a darle un abrazo, ¡sus manos se quedaron pegadas a la camiseta de Tomás!
—¡Ay, Tomás, ahora los dos estamos pegajosos! —dijo mamá, sacudiendo las manos.
Tomás pensó que era muy divertido. Corrió al baño para lavarse, pero cuando tocó la toalla, la toalla se pegó a su cabeza. Ahora era Tomás, la piruleta pegajosa con una toalla en la cabeza.
—¡Mamá, tengo un sombrero nuevo! —dijo Tomás, bailando por el pasillo.
Tomás se reía tanto que casi se le cae la toalla-sombrero. Pero no se caía, porque estaba pegada.
—¡Esto es absurdo! —dijo Tomás, y se rió aún más fuerte.
Al mirar por la ventana, vio que el jardín brillaba de colores. Los árboles parecían tener caramelos en vez de hojas y las flores tenían caras sonrientes.
—Hoy es un día especial, lo siento en mis dedos pegajosos —pensó Tomás.
De repente, sintió un cosquilleo en la punta de los pies. ¡Podía dar un salto y quedarse pegado en el techo! Lo intentó y… ¡Zas! Ahora caminaba por el techo como si nada, dejando pequeñas huellas pegajosas.
—¡Mira mamá, soy un niño techo! —gritó, riendo y colgando boca abajo.
Mamá se rió y le lanzó una almohada. La almohada voló, voló, y… ¡se quedó pegada también!
Tomás se sentía feliz. Ser pegajoso era fantástico. ¿Qué más cosas locas podría hacer hoy?
Capítulo 2: Las Reglas del Reino Pegajoso
Después de desayunar pegajoso (el pan se pegó a su cara y el vaso de leche a su mano), Tomás salió al jardín. Afuera, todo estaba aún más raro. Los caracoles llevaban patines y las ardillas usaban gafas de sol. Una rana le saludó:
—¡Hola, Tomás pegajoso!
Tomás saludó con la mano, pero la rana saltó y se pegó a su palma.
—¡Ahora eres mi rana guante! —dijo Tomás, y la rana croó de risa.
En el jardín apareció un cartel grande y brillante. Decía:
“Reglas del Reino Pegajoso:
1. Todo lo que toques se pega.
2. Si saltas tres veces, puedes volar.
3. Si cantas una canción tonta, puedes hablar con las flores.
4. Si te ríes muy fuerte, puedes hacer aparecer globos.”
Tomás no podía creerlo. ¡Esto sí que era absurdo! Quería probar todas las reglas.
Primero, tocó una piedra. La piedra se pegó a su pie y ahora caminaba “plop-plop-plop” con una piedra-zapato.
Después, saltó tres veces: “Uno, dos, tres…” ¡Y empezó a flotar como un globo! Volaba por el aire, con la rana-guante, la piedra-zapato y la toalla-sombrero.
Las flores le miraban y le sonreían. Tomás, muy serio, empezó a cantar:
—La flor baila, la flor ríe, la flor se pone un calcetín…
¡De repente, las flores empezaron a bailar! Una margarita le dijo:
—¡Hola Tomás! ¿Quieres unirte a nuestro baile tonto?
Tomás giró en el aire, volando, bailando y riendo. Cada vez que se reía, aparecían más globos de colores. Los globos se pegaban a los árboles, a las piedras, a los caracoles patinadores, y hasta a la rana-guante.
El jardín ahora parecía una fiesta de cumpleaños absurda.
Capítulo 3: El encuentro con Don Pepino y la Gran Carrera de Zapatillas
Mientras Tomás flotaba y bailaba, escuchó una voz seria y muy graciosa:
—¡Alto ahí, niño pegajoso! ¡Soy Don Pepino, el rey de las verduras saltarinas!
Tomás miró hacia abajo. ¡Era un pepino gigante con bigote y corona! Don Pepino llevaba botas de lunares y un abrigo de lechuga.
—En mi reino, hay una sola regla especial —dijo Don Pepino—: Todos deben correr la Gran Carrera de Zapatillas Pegajosas.
Tomás miró sus pies. Tenía una piedra-zapato y un calcetín de rana. Eso sí que era absurdo.
—¡Quiero correr! —gritó Tomás, y todos los caracoles, ardillas y flores bailadoras se alinearon a su lado.
Don Pepino sopló un silbato hecho de zanahoria.
—¡Listos, preparados, pegajosos… YA!
Todos empezaron a correr. Tomás corría y cada paso hacía “plop, plop, plop”. Las ardillas rebotaban, los caracoles patinaban, las flores saltaban con sus raíces. Hasta los globos querían correr.
Pero la carrera tenía reglas locas:
—Saltad solo en una pierna si veis una nube con cara de pato.
—Si oís el canto de la rana, debéis girar tres veces.
—Si veis un pepino bailando, tenéis que bailar también.
Tomás veía nubes con cara de pato, así que saltaba en una pierna. La rana-guante croaba, y Tomás giraba tres veces. Don Pepino bailaba como una peonza, y todos bailaban con él.
Era tan divertido que todos se reían. Las piedras hacían cosquillas, las flores lanzaban pétalos de colores, y los globos explotaban en carcajadas.
—¡Esto sí que es una carrera absurda! —gritó Tomás, riéndose sin parar.
La meta era una montaña de gelatina. Cuando Tomás y sus amigos llegaron, todos se pegaron en la cima, formando una torre pegajosa de risas.
Capítulo 4: El gran final pegajoso y feliz
En lo alto de la montaña de gelatina, todos estaban pegados y felices.
Don Pepino levantó su corona y dijo:
—¡El ganador es… todos! Porque todos reímos, bailamos y saltamos juntos.
Las flores aplaudieron con sus hojas. Los caracoles hicieron piruetas. La rana-guante dio un gran salto y aterrizó en la cabeza de Don Pepino, que se rio como nunca.
De repente, el cielo se llenó de globos sonrientes. Cada globo tenía una cara graciosa. Uno tenía bigote, otro gafas, otro una nariz de zanahoria. Todos reían y decían:
—¡Feliz día pegajoso para todos!
Tomás miró sus manos pegajosas, sus pies con piedra-zapato y rana-calcetín, su toalla-sombrero y su gran sonrisa.
—¡Ser pegajoso es lo mejor del mundo! —dijo Tomás.
Mamá apareció volando con una escoba de chuches.
—¿Listo para volver a casa, Tomás pegajoso?
Tomás asintió. Mamá le dio un abrazo pegajoso y juntos bajaron volando, dejando una estela de globos y risas.
En casa, Tomás se metió en la bañera. El agua era de gelatina de fresa y olía a chicle. Al sumergirse, todo lo pegajoso desapareció… menos la sonrisa de Tomás.
—Mamá, ¿mañana puedo ser un niño pegajoso otra vez?
—Claro que sí, mi amor. En el Reino Pegajoso, cada día es una aventura.
Tomás se quedó dormido con la rana a su lado y la toalla-sombrero en la almohada. Soñó con carreras absurdas, globos sonrientes y montañas de gelatina.
Y así, Tomás descubrió que la vida es mucho más divertida cuando todo es un poquito absurdo y muy, muy pegajoso.