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Cuento africano 11/12 años Lectura 14 min.

La miel sin guerra en la lengua de arena

Awa, con la ayuda de su sobrino y los vecinos, busca recoger miel sin dañar a las abejas usando respeto, humo suave y paciencia. En el camino enfrentan vientos caprichosos y peligros de la lengua de arena que pondrán a prueba su ingenio y cooperación.

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Awa, mujer serena y concentrada de piel morena y cabello trenzado bajo un pañuelo colorido, vierte gota a gota miel ámbar de un pequeño cuenco en una grieta de una colmena; Kofi, niño de unos 10 años, asombrado y cauto, con cesta de mimbre, mira la colmena desde abajo; Issa, hombre de unos 40 años, serio y vigilante con barba corta, agita un gran abanico de hojas de palma para dirigir una ligera nube de humo gris; Mariam, joven de unos 25 años, atenta y serena, con vestido color terracota, sostiene una jarra de barro envuelta en tela lista para recibir la miel. La escena ocurre en una estrecha franja de arena entre un mar azul profundo y una laguna verde esmeralda, con arena dorada, algunos arbustos y rocas lisas, y una colmena oscura colgando de un arbusto; ambiente tranquilo de cooperación y cuidado mientras el viento mueve los tejidos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

Dicen los mayores, dicen los tambores, dicen las olas cuando se peinan con el viento: “Escucha, pequeña oreja, que una historia es una calabaza llena de agua; si la agitas con cuidado, canta”.

En la costa, donde el sol es una moneda de oro que rueda despacio por el cielo, existía una lengua de arena fina, tan estrecha que parecía la sonrisa de la tierra. A un lado, el agua salada brillaba como escamas de pez; al otro, el agua dulce respiraba tranquila como un búfalo dormido. Allí caminaba Awa, mujer de paso firme y ojos atentos, como si llevara un mapa invisible en el pecho.

Awa tenía una idea tan clara como la luna en noche seca: quería recoger miel sin enfadar a las abejas. No una gota robada, no un zarpazo de prisa, sino miel ganada con respeto.

—Las abejas no son enemigas —decía Awa, ajustándose el pañuelo—. Son guardianas. Si les hablas bien, te responden con dulzura.

Su sobrino Kofi, que la seguía con un cesto y una sonrisa traviesa, soltó una risita.

—Tía Awa, ¿hablar con abejas? Yo apenas entiendo a la cabra de la abuela.

Awa le guiñó un ojo.

—La cabra grita. Las abejas zumban. Cada quien tiene su idioma.

El pueblo necesitaba miel: para endulzar el mijo, para curar gargantas, para untar heridas. Pero el último intento de un muchacho orgulloso terminó con carreras, manos hinchadas y una risa amarga.

—Esta vez lo haremos distinto —prometió Awa—. Y no lo haré sola.

Capítulo 2

Antes de tocar la arena de la lengua estrecha, Awa visitó a quienes guardaban conocimientos como semillas.

Primero fue con Nana Sira, la anciana que trenzaba historias con la misma facilidad con que trenzaba fibras de palma. Nana Sira olía a humo suave y a hojas secas.

—Nana —preguntó Awa—, ¿cómo se toma miel sin recibir picaduras?

La anciana rió, una risa que sonaba a cuentas de collar chocando.

—No se “toma”, hija. Se “pide”. Las abejas conocen la cortesía. También conocen la prisa, y la prisa les parece un ladrón.

Nana Sira le dio una pequeña calabaza con tapa.

—Aquí dentro hay ceniza de madera de karité. No para quemar, sino para hablar. La ceniza es como una nube humilde: les dice “no vengo con fuego, vengo con calma”.

Luego Awa buscó a Issa el pescador, que remendaba redes y problemas por igual.

—Issa, necesito humo… pero sin guerra.

Issa levantó una ceja.

—Humo sin guerra es el sueño de todos los peces. ¿Qué tramas, Awa?

—Quiero miel. Sin herir.

Issa se rascó la barba.

—En la lengua de arena sopla un viento caprichoso. Si el humo va hacia las abejas, ellas se inquietan. Si el humo va hacia ti, tú lloras y tropiezas. Te haré un abanico grande, de palma. No para mandar, sino para guiar.

Por último, Awa se acercó a Mariam, la joven alfarera, que modelaba vasijas como si acariciara barro vivo.

—Necesito un recipiente suave por dentro —explicó Awa—. Que no lastime a la miel ni haga ruido.

Mariam le mostró una vasija pequeña, redonda como una mejilla.

—Llévala envuelta en tela. La miel es tímida; si oye golpes, se esconde.

Kofi escuchaba todo y, por primera vez, no bromeó. Se le estaba formando una idea: la ayuda era un puente. Y un puente, aunque sea de palabras, sirve.

Capítulo 3

Al amanecer, la lengua de arena los recibió como una alfombra dorada. El agua salada susurraba a la derecha; el agua dulce contaba secretos a la izquierda. Awa avanzó, y el paisaje parecía una canción con dos voces.

—No pises fuerte —advirtió—. La arena se ofende si la golpeas.

Kofi intentó caminar ligero, pero una ola traviesa le mojó los tobillos.

—¡Eh! —protestó—. ¡El mar me está mordiendo!

—No muerde —rió Awa—. Te saluda con lengua fría.

Más adelante, sobre un arbusto robusto cerca del extremo de la lengua, se alzaba el hogar de las abejas: una colmena oscura, redonda, como un tambor pequeño colgado del mundo. El zumbido era un murmullo constante, como cuando un grupo de personas conversa sin gritar.

Awa se detuvo a una distancia respetuosa. No levantó la voz, pero habló como quien reza y conversa al mismo tiempo.

—Abuelas abejas, madres abejas, hermanas abejas… Vengo a pedir un poco de lo que ustedes guardan. No traigo piedra ni palo. Traigo manos limpias y corazón tranquilo.

Kofi tragó saliva. Quería creer, pero la memoria de los aguijones ajenos le pinchaba la imaginación.

Awa sacó la calabaza de ceniza y la frotó suavemente entre sus palmas, dejando que una nube gris, ligera, danzara como un fantasma amable alrededor de sus muñecas.

—La ceniza es mi promesa —susurró—: no habrá fuego.

Issa, que los acompañaba hasta allí, desplegó el abanico de palma. Lo movió despacio, no como quien espanta, sino como quien mece a un bebé.

—Viento pequeño, viento amigo… camina a nuestro lado —canturreó.

Y ocurrió algo extraño y hermoso: el zumbido bajó un poco, como si las abejas inclinaran la cabeza para escuchar.

Capítulo 4

La colmena estaba alta. Demasiado alta para manos impacientes. Pero Awa no llevaba prisa en los bolsillos.

—Kofi —dijo—, tú serás mis ojos desde abajo. Si ves que se agitan, me lo dices. No para huir, sino para esperar.

—¿Y yo? —preguntó Mariam, que había llegado con la vasija envuelta en tela, curiosa y valiente.

—Tú serás la guardiana del silencio.

Mariam asintió con seriedad, como si el silencio fuese un animal que podía escaparse.

Con cuerdas suaves y una rama resistente, Awa improvisó un soporte. No tiró de la colmena. No la sacudió. Solo acercó un pequeño cuenco de barro a una grieta donde la miel asomaba, brillante como ámbar, como si el sol se hubiera derretido allí.

—Despacio, despacio —repetía Awa, y su voz parecía poner música a sus manos.

Las abejas volaban alrededor, sí, pero no enojadas: en vigilancia. Una se posó en el antebrazo de Awa. Kofi contuvo el aliento.

—Tía… —susurró—. Está en tu piel.

Awa no la aplastó ni la sacudió. Miró a la abeja como se mira a una vecina en el mercado.

—Bienvenida —dijo—. Yo también estoy aquí.

La abeja movió sus patas como si escribiera una palabra secreta y luego se fue, ligera.

Kofi abrió la boca, sorprendido.

—¿Te entendió?

—Tal vez no con palabras —respondió Awa—, pero sí con intención.

Una gota de miel cayó dentro del cuenco. Luego otra. La miel avanzaba lenta, como un río pequeño que sabe dónde va.

De pronto, el viento cambió de humor. El humo suave de la ceniza se movió hacia la colmena, y el zumbido se volvió más agudo.

Issa frunció el ceño.

—El viento está jugando al escondite.

Awa no se lanzó a terminar rápido. Hizo lo contrario: se quedó quieta. Bajó el cuenco y retrocedió un paso.

—Si el viento grita, nosotros escuchamos —dijo.

Esperaron. Esperaron como esperan las semillas bajo tierra: sin quejarse, confiando. El zumbido volvió a ser murmullo. Entonces Awa retomó el trabajo.

Mariam, nerviosa, soltó una risita.

—Nunca pensé que recoger miel fuera como bailar.

—Es un baile —afirmó Awa—. Y las abejas llevan el tambor.

Capítulo 5

Cuando el cuenco estuvo lleno lo suficiente, Awa lo cubrió con la tela para que no brillara como un tesoro gritón. El grupo dio unos pasos atrás, dejando a la colmena en paz.

Kofi, al fin, soltó el aire que guardaba.

—¡Nadie corrió! —dijo, como si acabara de descubrir que el cielo también se sostiene.

Pero el camino de regreso por la lengua de arena tenía su propia prueba. La marea subía y el paso estrecho se hacía más delgado, como si la tierra apretara la cintura.

—Tenemos que cruzar antes de que el agua decida tragarse la sonrisa —advirtió Issa.

Mariam cargó la vasija con cuidado. Kofi sujetó el cesto. Awa iba delante, leyendo la arena como se lee un libro abierto.

De pronto, escucharon un gemido. Cerca de unas piedras, un niño pequeño del pueblo, Amadou, estaba atrapado. Su pierna se había hundido en un parche de arena blanda, engañosa como una promesa fácil.

—¡No puedo! —lloraba—. ¡La arena me muerde de verdad!

Kofi dio un paso hacia él, pero Awa lo detuvo con la mano.

—Sin saltos —ordenó—. La arena blanda es una boca: si le das el pie, te lo besa y no te suelta.

Issa clavó su bastón y probó el terreno.

—Aquí hay que hacer un puente —dijo.

No tenían madera larga, pero sí ingenio y comunidad. Issa extendió su red en el suelo como una alfombra resistente. Mariam entregó la cuerda que llevaba para amarrar su carga. Kofi corrió a cortar dos ramas secas de un arbusto cercano, sin arrancarlo de raíz.

—Solo lo necesario —murmuró Awa—. La tierra también merece respeto.

Armaron un apoyo firme, una especie de pasarela humilde. Awa se acercó a Amadou.

—Mírame —le dijo—. No pelees con la arena. Respira como si inflaras un tambor lento.

Amadou respiró, temblando. Awa y Issa tiraron de la cuerda con ritmo, no con tirones. Mariam sostuvo el puente. Kofi animó al pequeño con una voz que se le quebraba de preocupación.

—¡Vamos, Amadou! ¡Piensa en la miel! ¡Piensa en pan con miel!

Amadou soltó una risa entre lágrimas, y esa risa fue como aceite en bisagra: ayudó al cuerpo a moverse. Con un último esfuerzo, su pierna salió, cubierta de arena. Todos cayeron sentados, jadeando.

—La lengua de arena nos estaba probando —dijo Issa.

Awa asintió, mirando la vasija.

—Y nosotros respondimos juntos.

Capítulo 6

De regreso al pueblo, el sol ya no era una moneda nueva, sino una moneda caliente, gastada por el día. Awa colocó la miel en el centro de la plaza, y el olor dulce se levantó como un saludo.

Los niños se acercaron, con ojos redondos. Las madres sonrieron. Nana Sira llegó apoyada en su bastón, con pasos lentos pero curiosos.

—¿Y las picaduras? —preguntó alguien, mostrando las manos como si esperara ver hinchazones.

Awa extendió sus brazos. Piel intacta. Solo un poco de ceniza en las muñecas, como pulsera gris.

—No hubo guerra —dijo—. Hubo conversación.

Kofi no pudo guardarse el orgullo.

—¡La abeja se posó en mi tía y no la picó! ¡Porque mi tía no la trató como enemigo!

Nana Sira tomó una cucharadita de miel, la probó y cerró los ojos.

—Está dulce —dijo—, pero no solo por el néctar. Está dulce por la manera.

Awa repartió una parte a quienes estaban enfermos, otra a las familias, y reservó un poco para Amadou, que cojeaba aún pero sonreía.

—Esto es por tu valentía —le dijo—. Y por aprender que pedir ayuda no te hace pequeño.

Amadou bajó la mirada.

—Yo… pensé que debía salir solo. Me dio vergüenza gritar.

Awa le tocó el hombro.

—El orgullo es una calabaza vacía: hace ruido, pero no alimenta. La ayuda, en cambio, es un mijo compartido.

Esa noche, alrededor del fuego, el griot del pueblo golpeó el tambor suavemente y repitió la historia con ritmo de oleaje: la lengua de arena, las dos aguas, el humo humilde, el viento juguetón, el puente de red, la miel que no nació del miedo.

Awa escuchó en silencio. Sentía el corazón como un lago después de la lluvia: lleno, tranquilo, sin piedras rodando.

Y mientras la luna colgaba sobre el mundo como una lámpara paciente, Awa pensó: “Cuando cuidas a los demás y pides con respeto, hasta las abejas guardan su aguijón. Y cuando caminas con otros, la arena deja de ser trampa y se vuelve camino”.

Así lo dicen los mayores, así lo dicen los tambores, así lo dicen las olas cuando se peinan con el viento. Y el corazón, por fin, se quedó apaciguado.

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Calabaza
Fruto seco con cáscara dura que sirve como recipiente o instrumento.
Ceniza
Polvo que queda después de quemar madera u otra materia vegetal.
Colmena
Casa donde viven las abejas y guardan la miel.
Zumbido
Ruido continuo y vibrante que hacen las abejas al volar.
Griot
Persona que cuenta historias y canta la memoria del pueblo.
Tambor
Instrumento de percusión que se golpea para hacer ritmo.
Vasija
Recipiente de barro usado para guardar líquidos o comida.
Mijo
Cereal pequeño que se usa como alimento en muchas comunidades.
Aguijón
Parte puntiaguda de la abeja que puede picar y doler.
Karité
Árbol de África cuyo fruto da una grasa usada en cremas.
Murmullo
Ruido bajo y suave, como una conversación tranquila.
Marea
Subida y bajada del nivel del mar por la acción del viento y la luna.
Pasarela
Camino estrecho y firme para cruzar un lugar difícil.
Humilde
Actitud sencilla y sin presumir, respetuosa con los demás.
Ofende
Lastimar o molestar; en el texto, la arena se siente herida.

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