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Cuento africano 11/12 años Lectura 13 min.

El secreto de las hormigas y el agua escondida

Kofi observa las hormigas junto al marigot seco y, inspirado por su cooperación, convence al pueblo de compartir recursos y buscar soluciones juntos ante la sequía.

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Kofi, adolescente de piel morena, rostro ovalado, ojos vivos y sonrisa asombrada, agachado junto a una grieta señalando una pequeña fuente de agua cristalina con una calabaza vacía a su lado; Sali, niña de unos 10 años con trenzas, sorprendida y alegre, de pie detrás de Kofi inclinada para mirar; Griomé, anciano griot de piel arrugada y cabello gris con su bastón de tambor, sentado en una piedra observando con orgullo; la madre de Kofi, mujer adulta fatigada pero aliviada, con una pequeña taza de barro lista para llenar la calabaza; otros habitantes del pueblo al fondo cavando suavemente con palas y palos; hormigas en primer plano transportando migas y trozos de barro hacia la grieta; lugar: marigot seco de suelo agrietado ocre y marrón, hierbas secas, termiteros y palmeras lejanas; escena: descubrimiento de una minúscula poza de agua que refleja un brillo plateado en una grieta, ambiente de ayuda y asombro al atardecer con luz dorada y sombras alargadas, composición centrada en Kofi, la grieta y la pequeña lámina de agua. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El marigot que guardaba silencio

Dicen los viejos, dicen las viejas, que cuando el agua se va, el suelo aprende a hablar. Y aquel día, en el borde de un marigot reseco, la tierra hablaba con voz de grietas: crac, crac, como si masticara el sol.

Allí llegó Kofi, joven alto y delgado, con ojos despiertos como dos luciérnagas que no se dejan engañar por la oscuridad. Llevaba una calabaza vacía colgada al hombro y una sombra corta, porque el mediodía era un martillo.

—Marigot —dijo Kofi, como quien saluda a un anciano—, ¿dónde escondiste tu espejo de agua?

El marigot no respondió, pero el viento sí: le sopló polvo en la nariz y le arrancó una risa.

Kofi no venía a buscar peces ni a contar cocodrilos. No. Su deseo era más pequeño y más grande a la vez: quería observar a las hormigas trabajando. Decía su abuela que las hormigas son “personas diminutas con corazón de tambor”, y Kofi quería ver ese tambor en acción.

Se agachó junto a una orilla cuarteada. Allí, como una carretera fina, una fila de hormigas avanzaba llevando migas, semillas, pedacitos de hoja. Iban y venían, iban y venían, como si el mundo dependiera de sus patas.

—Hola, pequeñas constructoras —susurró—. Muéstrenme su secreto.

Y mientras Kofi miraba, el sol parecía escuchar también, bajando un poquito la voz para no interrumpir.

Capítulo 2: La reina sin corona y el grano de mijo

Kofi siguió el camino de hormigas hasta un montículo de arena. A un lado, una hormiga más grande empujaba un grano de mijo que para ella era una piedra de montaña. Patinaba, resbalaba, insistía.

—¿Te ayudo? —preguntó Kofi, con una sonrisa.

Como las hormigas no hablan con palabras grandes, la hormiga le habló con su terquedad. Kofi entendió. Tomó una ramita y, con cuidado de no aplastar a nadie, hizo una pequeña rampa. La hormiga subió el grano por la rampa como quien sube una colina cantando.

—Ahí tienes —dijo él—. No soy fuerte como un búfalo, pero puedo ser útil como un palo bien puesto.

Siguió observando. Vio cómo unas hormigas tocaban antenas con antenas, como dos vecinas que se cuentan noticias. Vio a otras formar un puente vivo con sus cuerpos para cruzar una grieta. Kofi abrió los ojos más, porque el trabajo de aquellas pequeñas era una lección sin maestro.

Entonces escuchó un “¡Ajá!” detrás de él. Era Sali, una niña del poblado, con trenzas apretadas y una risa que saltaba como cabra.

—¿Qué haces ahí, Kofi? —dijo—. Pareces estatua. ¿Te tragó el marigot?

—Estoy aprendiendo —respondió él—. Las hormigas trabajan como si tuvieran un plan escrito en el viento.

Sali se inclinó, miró un momento y frunció la nariz.

—Yo solo veo bichitos que se cargan cosas. Eso lo hace cualquiera.

Kofi señaló una hormiga que, al tropezar, recibió ayuda de dos más.

—¿Ves? No van solo. Van juntas. Eso no lo hace cualquiera.

Sali se quedó callada un instante, como quien mastica una idea.

—Bueno —dijo al fin—, si te vuelves hormiga, avísame. Te llevaré migas.

Y se fue riendo. Kofi siguió allí, paciente. La paciencia, pensó, es una cuerda que no se rompe si la sabes tensar.

Capítulo 3: El tambor del hambre

Por la tarde, el cielo se puso color de mango maduro y luego color de ceniza. En el poblado, las voces eran más bajas: la estación seca había estirado sus dedos sobre los graneros. Había menos mijo, menos maíz, menos todo.

En la plaza, el anciano Griomé, el griot del lugar, contaba historias para que el hambre no cantara tan fuerte.

—Escuchen, escuchen —decía, golpeando su pequeño tambor—. Cuando el río se esconde, el corazón debe salir a buscar.

Kofi escuchaba desde un lado, pero su mente regresaba al marigot y a las hormigas. “Ellas no se asustan cuando el suelo se agrieta”, pensó. “Se organizan.”

Esa noche, su madre le mostró una bolsita con granos contados como dientes.

—Kofi —dijo—, esto es para varios días si caminamos despacio con el estómago.

Kofi miró la bolsita como si fuera un pájaro frágil.

—Mamá, ¿y los vecinos? La tía Awa tiene dos pequeños. He oído que hoy cocinaron agua con sal.

Su madre suspiró. El suspiro era un viento dentro de la casa.

—No podemos alimentar a todo el mundo, hijo.

Kofi no discutió. Pero al día siguiente, al volver al marigot, su deseo de observar hormigas se mezcló con otra cosa: una pregunta que le picaba como arena en el pie. ¿Cómo se comparte cuando hay poco? ¿Cómo se da sin quedarse vacío?

Se sentó y miró de nuevo la fila. Una hormiga llevaba un pedazo de hoja demasiado grande; otra llegó y mordió una esquina para aligerarla. El pedazo se dividió. La carga se volvió posible.

—Ah —murmuró Kofi—. No es magia. Es reparto.

En ese momento, una sombra alargada cruzó el suelo. Era una garza vieja, huesuda, con mirada de quien ha visto muchas sequías. Picoteó cerca del hormiguero, buscando lo que no había.

—Garza —dijo Kofi—, tú buscas comida en un plato vacío.

La garza lo miró, inclinó el cuello y, como si entendiera, dio un paso lento hacia el polvo. Parecía un bastón con plumas. Y se alejó.

Kofi se quedó pensando: “Si hasta la garza camina con calma, ¿por qué mi corazón corre de miedo?”

Capítulo 4: La calabaza que se volvió mesa

Ese día, Kofi tuvo una idea sencilla, de esas que parecen pequeñas pero hacen ruido por dentro. Tomó su calabaza, la limpió bien y fue casa por casa.

—¿Me regalas un puñadito? —preguntó a quienes todavía podían—. Un puñadito de mijo, un puñadito de cacahuete, lo que sea. No para mí solo.

Algunos lo miraron con cejas altas.

—¿Para qué? —dijo un hombre—. ¿Para jugar al rico?

Kofi respondió con calma:

—Para que nadie cene solo con agua. Para que el hambre no elija siempre a los mismos.

Hubo quien se rió, hubo quien cerró la puerta con vergüenza, y hubo quien, en silencio, dejó caer unos granos en la calabaza como si dejara caer esperanza. La calabaza fue pesando, pesando, como si se llenara de pequeñas promesas.

Sali apareció corriendo.

—¡Kofi! —dijo—. Mi madre dijo que no tenemos mucho, pero… —y metió dos puñados—. Dice que dos puñados no matan a nadie.

Kofi la miró con gratitud.

—Dile que su generosidad es como una lámpara: ilumina incluso cuando el aceite es poco.

Sali frunció los labios, fingiendo que no le importaba.

—No te pongas poeta. ¿Qué vas a hacer con eso?

—Una mesa —respondió Kofi—. Una mesa de calabaza.

En la plaza, extendió una estera y puso la calabaza en el centro. No era un banquete; era una señal. Llegaron niños, ancianos, madres cansadas. Cada uno aportó un poquito: una pizca de sal, unas hojas secas para infusión, un trozo de ñame pequeño como un puño. Y lo que había, se repartió.

Griomé, el griot, golpeó su tambor y cantó:

—Un grano solo es un grano. Muchos granos son camino. Un corazón solo se cansa. Muchos corazones hacen sombra.

La gente rió con esa risa que no borra la tristeza, pero la vuelve más ligera.

Esa noche, Kofi volvió al marigot para agradecer a las hormigas. Sí, agradecer. Porque hay maestros que no necesitan pizarra.

Capítulo 5: El secreto bajo la grieta

En el borde del marigot, la luna era una moneda blanca tirada en el polvo. Kofi se sentó y escuchó el silencio. Pero el silencio no estaba vacío: estaba lleno de pequeños pasos.

De pronto, vio algo extraño. Las hormigas no solo llevaban comida. Llevaban pedacitos de barro húmedo, oscuro, como si lo hubieran encontrado en el fondo del mundo. ¿Cómo había barro húmedo si el marigot estaba seco?

Kofi siguió la fila con cuidado, como quien sigue una historia sin perder una palabra. Las hormigas entraban por una grieta ancha y salían por otra más allá, llevando su barro como tesoro. Kofi se tumbó boca abajo y miró dentro. Sopló despacio para apartar el polvo. Sintió, muy abajo, una brisa fresca. Y un olor: el olor del agua escondida.

—Así que ahí estás —susurró—. Agua pequeña, agua tímida.

No podía cavar él solo, y además no quería destruir el trabajo de las hormigas. Volvió al poblado y buscó a quienes escuchan antes de negar: los jóvenes, las madres, el propio Griomé.

—Las hormigas encontraron humedad bajo el marigot —dijo—. No es un río, pero es una pista. Si cavamos con respeto, quizá hallamos agua para todos.

Un hombre resopló.

—¿Ahora sigues órdenes de hormigas?

Griomé levantó la mano.

—Si una hormiga encuentra camino, ¿por qué un hombre con piernas largas no lo verá? —dijo el griot—. A veces la sabiduría se sienta en lo pequeño.

Al amanecer, fueron al marigot. Cavaron donde Kofi señaló, sin prisas, turnándose, cuidando no derrumbar el hormiguero. El sol vigilaba, serio. Las palas mordían la tierra. El polvo subía como humo.

Y entonces, un suspiro fresco subió desde abajo. Luego, un brillo. Luego, una gota. Una gota que cayó sobre el barro y se extendió como una sonrisa.

—¡Agua! —gritó Sali.

No era un lago. No era un río. Era un pequeño ojo de agua, apenas suficiente para llenar calabazas con paciencia. Pero en la sequía, una gota es una campana.

Kofi no celebró solo. Dijo:

—Primero los pequeños. Luego los ancianos. Luego todos. Como hormigas: sin empujones.

Y así fue.

Capítulo 6: La brasa bajo la ceniza

Pasaron los días. El marigot seguía seco en la superficie, pero el poblado ya no caminaba con el estómago tan vacío. El agua escondida, cuidada y compartida, era como un secreto bueno.

Kofi continuó observando hormigas. Ya no solo por curiosidad, sino por respeto. Veía cómo trabajaban cuando nadie las aplaudía, cómo ayudaban sin pedir nombre.

Una tarde, mientras el cielo se pintaba de rojo, Kofi se sentó junto a su madre frente al fuego. En la olla, una sopa sencilla burbujeaba, y ese sonido era música.

—Hijo —dijo su madre—, hiciste algo grande con manos normales.

Kofi miró las llamas. Pensó en los que habían dado un puñado y en los que habían recibido un cuenco. Pensó en las hormigas, en su fila paciente, en su generosidad sin discurso.

—No fui yo solo —respondió—. Fue el “nosotros”. Y fueron ellas también.

Su madre asintió.

—La generosidad —dijo— es como el fuego: si la escondes, se apaga; si la compartes, calienta más.

Cuando terminaron de comer, Kofi removió las brasas con un palo. Cubrió el fuego con ceniza para guardarlo hasta la mañana, como se hace en muchas casas: dormir con la promesa del calor.

La ceniza quedó quieta, gris, como si el fuego hubiera muerto. Pero Kofi sabía la verdad. Se inclinó, sopló apenas, y una lucecita naranja apareció, pequeña y terca.

Una brasa recubierta de ceniza.

Kofi sonrió en la oscuridad. Porque entendió, como entiende quien ha mirado de cerca a las hormigas: la generosidad también puede parecer escondida, pero si la cuidas, sigue viva; y cuando el mundo lo necesita, vuelve a encenderse.

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Marigot
Pequeña laguna o charco, a menudo en zonas tropicales, con agua estancada.
Griot
Persona que cuenta historias y canta canciones antiguas del pueblo.
Terquedad
Actitud de no cambiar de idea o de seguir insistiendo en algo.
Hormiguero
Montículo o casa donde viven muchas hormigas y trabajan juntas.
Sequía
Tiempo largo sin lluvia, cuando falta agua para plantas y personas.
Brasa
Pedazo de carbón o madera caliente que queda después del fuego.
Ceniza
Polvo gris que queda cuando algo se quema en el fuego.
Mijo
Pequeño cereal, grano que se usa para comer en varios lugares.
ñame
Tubérculo comestible, parecido a una raíz grande y almidonada.
Calabaza
Fruta grande con cáscara dura, que se come o se usa como recipiente.

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