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Cuento africano 11/12 años Lectura 17 min.

La olla cantarina y la calabaza de la palabra bajo el baobab

Amina, con una olla de sopa de cacahuete y una calabaza para hablar, reúne a un pueblo dividido para compartir comida, palabras y pequeñas semillas de confianza.

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Amina, mujer de unos 40 años, rostro suave y sonriente, ojos vivaces, piel morena, pañuelo azul índigo, de pie junto a una gran olla de barro removiendo una sopa espesa de cacahuete con una cuchara grande de madera; su expresión es serena y benevolente, manos hábiles. Kofi, niño de unos 11 años, delgado, pelo corto, tez bronceada, camisa sencilla, agachado a la derecha de Amina con una pequeña calabaza de madera, mirada curiosa y entusiasta. Dalia, mujer de unos 30 años, piel oscura, brazos cruzados, rostro desconfiado que se suaviza, sentada en una estera a la izquierda, mirando la olla. Osei, hombre de unos 45 años, corpulento, barba corta, expresión grave pero apacible, de pie detrás de Dalia con un cuenco vacío listo para servirse. Escena bajo un gran baobab de tronco grueso y corteza rugosa, suelo polvoriento ocre, esteras, piedras junto al fuego, cestas de mimbre con mijo y cacahuetes, cielo amarillo‑anaranjado con polvo. Estilo pop art: contrastes nítidos, colores planos y saturados (índigo, ocre, rojo tierra, verde oliva), contornos negros gruesos y motivos repetitivos en las telas. Situación: escena convivial alrededor de la olla central con la calabaza de palabra en el medio, de desconfianza a relajación, ambiente cálido, gestos de compartir y humo fino elevándose del fuego. reportar un problema con esta imagen

1. El cielo de polvo y la olla cantarina

Dicen los mayores, y lo repiten los tambores cuando la tarde se pone roja, que hay cielos que no son azules: son de polvo. Un polvo fino, como harina de mijo, que se mete en las pestañas y hace que el mundo parezca dibujado con carbón.

Bajo uno de esos cielos caminaba Amina, mujer de paso tranquilo y mirada suave, tan suave que hasta las cabras dejaban de discutir cuando ella pasaba. Llevaba un pañuelo color añil y una olla de barro envuelta en tela, apretada contra el pecho como si fuera un bebé.

Amina no buscaba oro ni fama ni un tambor nuevo. Su objetivo era sencillo, y por eso era grande: compartir una comida.

—Una comida compartida es una sombra fresca —decía—. Y la sombra fresca cura el enfado.

El viento traía arena y también noticias: en el pueblo de N'Golo, el pozo estaba bajo, los ánimos estaban altos y las palabras se habían vuelto espinas. Dos familias discutían por una parcela de tierra. Nadie quería sentarse junto a nadie. Hasta el fuego, en las cocinas, parecía arder con mala cara.

Amina llegó al borde del pueblo, donde un baobab viejo extendía sus ramas como brazos de abuelo. Allí la esperaba Kofi, un muchacho de once o doce años, flaco como caña y curioso como mono.

—Tía Amina —la saludó, limpiándose el polvo de la nariz—. ¿De verdad vas a hacer que coman juntos? Aquí la gente mastica, pero no traga la paz.

Amina sonrió con la calma de quien conoce canciones antiguas.

—La paz, Kofi, no entra por la boca. Entra por los ojos cuando ves a otro comer sin miedo.

Kofi miró la olla.

—¿Y qué hay ahí dentro?

—Hoy —dijo ella—, hay paciencia, hay mijo, hay cacahuete… y un poquito de risa.

Y el baobab, que había visto muchas cosas, dejó caer una hoja, como si aprobara el plan.

2. La calabaza de la palabra y el mercado gruñón

En el mercado, los puestos parecían islas en un mar de polvo. Las mujeres vendían tomates como pequeñas lunas rojas, los hombres discutían por el precio del pescado seco, y las gallinas corrían como si tuvieran prisa por llegar a mañana.

Amina caminó entre la gente con su olla al hombro. Su voz, cuando saludaba, era un hilo de agua en un día caliente.

—¡Amina! —la llamó la vieja Sira, que vendía sal y chistes—. ¿Vienes a comprar o a arreglar corazones?

—Hoy, un poco de las dos cosas.

Sira soltó una carcajada.

—Entonces llévate esta sal. La sal despierta la lengua… pero no la dejes morder.

Kofi cargaba una calabaza seca, limpia, con una abertura en la parte de arriba.

—¿Para qué es eso? —preguntó, haciendo equilibrios.

—Es la calabaza de la palabra —explicó Amina—. Quien la sostenga, habla. Quien no la sostiene, escucha. Así la pelea se cansa de correr y se sienta.

Kofi frunció el ceño.

—¿Y si nadie quiere escuchar?

Amina se inclinó y le habló como si le contara un secreto al polvo.

—Entonces empezaremos por lo más fácil: hacer que huelan.

En el mercado compraron mijo, hojas verdes y una pasta de cacahuete espesa como una promesa. También un poco de jengibre.

—Para que la sopa tenga carácter —dijo Amina—. La paz no tiene que ser aburrida.

Al pasar junto al puesto de un hombre llamado Bemba, éste gruñó sin mirar.

—Aquí no hay crédito.

—No quiero crédito —respondió Amina—. Quiero una cebolla.

Bemba la miró de arriba abajo, como si midiera su sombra.

—¿Para qué?

—Para que llore en la olla y no en la plaza.

El hombre se quedó quieto un momento. Luego, con un gesto rápido, le lanzó una cebolla.

—Que llore lo que quiera —murmuró.

Kofi sonrió.

—Tía Amina, hasta los gruñones te obedecen.

—No me obedecen a mí —corrigió ella—. Obedecen a la idea de que, tal vez, hoy sea un día distinto.

3. El fuego que escucha y la sopa de cacahuete

Amina eligió cocinar cerca del baobab, donde el suelo era firme y la sombra era ancha. El cielo seguía cargado de polvo, como si alguien hubiera sacudido una alfombra gigante sobre el mundo. Pero debajo del árbol, el aire parecía más amable.

Kofi juntó ramas secas. Unas niñas trajeron agua en bidones. Un anciano se acercó con leña y con una mirada que decía “no lo admito, pero tengo curiosidad”.

Amina colocó la olla sobre tres piedras. Encendió el fuego y el fuego, como todos los fuegos, empezó a contar su historia con crepitaciones.

—Fsss… fsss… —decía el fuego—, yo sé de cocinas y sé de secretos.

Amina lavó el mijo, cortó la cebolla, machacó el jengibre. Sus manos se movían con ritmo, como si fueran tambores pequeños.

Kofi olfateó.

—Huele a casa… aunque no sea mi casa.

—La comida compartida —dijo Amina— hace casas temporales. Casas que duran lo que dura un cuenco lleno.

Mientras la sopa espesaba, el aroma se levantó y caminó por el pueblo como un mensajero invisible. Tocó narices, despertó estómagos, ablandó cejas fruncidas.

Una mujer, Dalia, se acercó con los brazos cruzados.

—¿Qué haces, Amina? —preguntó, con voz afilada.

—Cocino —respondió ella—. ¿Quieres ayudar o sólo vas a vigilar la olla?

Dalia soltó un bufido.

—Mi familia no se sentará con la familia de Osei. Antes me trago una piedra.

Amina removió la sopa con una cuchara de madera.

—No te pido que tragues piedras. Te pido que pruebes cacahuete.

Dalia miró a Kofi, y Kofi, sin saber por qué, se puso recto como si lo hubieran nombrado guardián del baobab.

—Ella cocina rico —dijo el chico—. Y no muerde.

Dalia casi sonrió, pero se contuvo, como quien guarda una moneda.

—Ya veremos —dijo, y se alejó.

Un rato después apareció Osei, un hombre grande, con la frente sudada y la rabia guardada en el cuello. Miró la olla como si fuera sospechosa.

—Amina, dicen que quieres jugar a ser jueza.

—No soy jueza —contestó ella—. Soy cocinera.

—¿Y una sopa arregla una parcela?

Amina levantó la cuchara, dejó caer la sopa lentamente. Parecía una cuerda cremosa.

—Una sopa no mueve la tierra —dijo—. Pero puede mover los pies. Y cuando los pies se acercan, la boca se cansa de gritar.

Osei se rascó la barbilla.

—Si alguien me falta al respeto…

—Entonces yo le faltaré al respeto a la sopa —bromeó Amina— y la sopa se ofenderá y se irá a otro pueblo.

Kofi se rió. Y esa risa, pequeña como una semilla, se coló en el ambiente.

Osei carraspeó, atrapado entre el enfado y el olor.

—Traeré cuencos —dijo al fin, como si hubiera tomado una decisión muy dura.

Amina asintió, como si eso fuera lo más normal del mundo.

4. La calabaza en el centro y las palabras que se descalzan

Cuando el sol empezó a inclinarse, Amina puso una estera grande bajo el baobab. Colocó la calabaza de la palabra en el centro, como un tambor silencioso.

La gente llegó en grupos: unos con curiosidad, otros con desconfianza, otros simplemente guiados por el estómago, que es un animal sincero. Las dos familias rivales se sentaron en lados opuestos, dejando un espacio vacío en medio, como si el aire fuera una valla.

Amina llenó cuencos. La sopa era dorada, espesa y brillante; olía a cacahuete y a bosque después de la lluvia.

—Antes de comer —dijo—, vamos a hacer algo sencillo. Quien quiera hablar, toma la calabaza. Quien no la tenga, escucha. No para atacar. Para entender.

Un murmullo recorrió la estera. Kofi sostuvo la calabaza primero, con manos un poco temblorosas.

—Yo… —empezó, tragando saliva—. Yo no sé mucho de tierras. Pero sé que cuando mi madre se enfada, su cara se vuelve como un mango verde: duro y ácido. Y cuando se calma, es como mango maduro: dulce. Yo quiero mango maduro en el pueblo.

Alguien soltó una risita. Otra persona carraspeó, pero ya no sonó a guerra.

Dalia tomó la calabaza.

—Yo estoy cansada —dijo—. Cansada de mirar al suelo para no ver a los otros. Cansada de hablar con mi hermana y sentir que mi voz está llena de piedras. La parcela era de mi padre, y me duele pensar que la perderemos.

Su voz no era espina; era herida. Y una herida, cuando se muestra, pide cuidado.

Osei tomó la calabaza después. La sostuvo como si pesara.

—Mi abuelo plantó allí un árbol de karité —dijo—. Cuando era niño, me escondía detrás de su tronco. Para mí esa parcela es… —buscó palabras— es como un cuento que no quiero que me roben.

Amina los miró a ambos y dijo en voz baja, como quien canta:

—Mismo dolor, dos caminos. Mismo río, dos orillas.

El anciano que había traído leña, llamado Amadou, tomó la calabaza.

—Cuando dos cabras pelean —dijo—, la hierba sufre. Y el pueblo es la hierba.

Hubo silencio. El polvo en el aire parecía bajar un poco, como si también quisiera escuchar.

Amina levantó un cuenco.

—Ahora coman. Coman despacio. La sopa no se pelea. La sopa se mezcla.

Y comenzaron a comer. Primero con cuidado, luego con más ganas. El calor de la comida hizo que algunos hombros se soltaran. El cacahuete pegó sus manos invisibles a los corazones y los acercó un poquito.

Kofi miró el centro vacío y se le ocurrió empujar su cuenco hacia ahí, como quien empuja una ficha en un juego.

—Si alguien quiere más, puede servirse —dijo.

Dalia lo miró. Osei lo miró. Y, sin que nadie lo anunciara, el espacio vacío se hizo un poco más pequeño.

5. El viento bromista y el talismán de semillas

Cuando ya habían repetido cuenco, el viento decidió contar su propio chiste: sopló con fuerza y levantó un remolino de polvo. La estera crujió, algunas personas se taparon los ojos, y la calabaza de la palabra rodó como una calabaza traviesa.

—¡Eh! —gritó Kofi, persiguiéndola—. ¡Vuelve aquí, lengua de madera!

La calabaza rodó hasta el borde de la estera, justo entre Dalia y Osei. Se quedó quieta allí, como si hubiera elegido su lugar.

Amina alzó las cejas.

—Miren —dijo—. Hasta el viento quiere que la palabra esté entre ustedes.

Dalia soltó una risa corta, casi sin permiso.

—El viento siempre se mete donde no lo llaman.

—Y a veces trae buenas ideas —respondió Osei, sorprendiéndose a sí mismo por el tono.

Amina aprovechó ese pequeño hueco, esa rendija por donde entra la luz.

Sacó de su bolsa un talismán: una bolsita de cuero cosida con hilo rojo, pequeña como un puño de niño. Sonaba al moverla, como si llevara dentro semillas secas.

—Este talismán —explicó— me lo dio mi abuela. Dijo que no era magia de fuegos artificiales. Era magia de recordar.

Se lo mostró a todos.

—Dentro hay tres semillas: una de mijo, una de karité y una de baobab. Cada una tiene su manera de crecer. Pero todas necesitan tierra, agua y calma.

Kofi abrió la boca.

—¿De verdad funciona?

Amina guiñó un ojo.

—Funciona si tú funcionas.

Dalia tocó el talismán con la punta de los dedos, como si fuera una brasa suave.

—¿Y qué hay que hacer?

—Decidir una cosa pequeña hoy —dijo Amina—. No resolver todo el mundo. Sólo una cosa pequeña: hablar mañana sin gritar. Medir la parcela con un anciano de testigo. Dejar que el árbol de karité y el baobab sean jueces silenciosos.

Osei miró hacia el baobab.

—El baobab no miente —murmuró.

Amadou asintió.

—Mañana al amanecer, mediré con mi cuerda. Y ustedes vendrán con agua, no con insultos.

Hubo un “de acuerdo” que sonó raro al principio, como una sandalia nueva, pero luego sonó mejor, como una sandalia ya domada por el camino.

El viento se calmó, satisfecho de su broma.

Amina se recostó un momento. Sus ojos brillaban. No era victoria de tambor y danza todavía, pero era un inicio, y los inicios son semillas.

6. Amanecer, cuerda y una mano que aprieta

Al día siguiente, el cielo seguía con su manta de polvo, pero el sol salió igual, terco y dorado. En la parcela discutida, Amadou extendió una cuerda larga. Dalia y Osei llegaron con sus familias. Nadie traía palos. Traían bidones de agua y caras serias, sí, pero serias de pensar, no de atacar.

Amina estaba allí, con Kofi a su lado. El muchacho llevaba el talismán colgado del cuello, porque Amina se lo había prestado “para que el corazón no se te pierda por el camino”.

—¿Y si vuelven a gritar? —susurró Kofi.

—Entonces recordaremos el sabor de ayer —susurró Amina—. La memoria también alimenta.

Amadou midió. Habló despacio. Hizo preguntas. Señaló piedras antiguas y marcas en el suelo que parecían letras de un idioma viejo. El árbol de karité estaba allí, tranquilo, como si escuchara.

En un momento, Dalia respiró hondo.

—Mi padre decía que el límite estaba donde la sombra del karité cae cuando el sol está alto —dijo.

Osei se rascó la nuca.

—Mi abuelo decía algo parecido… pero hablaba de una roca con forma de tortuga.

Buscaron la roca. La encontraron, medio enterrada. Rieron un poco, porque parecía que la tortuga tuviera sueño.

—Hasta la tierra es tímida —comentó Kofi.

Las familias, con Amadou como testigo, acordaron un límite que respetaba el árbol y la roca. No era perfecto para nadie, por eso era justo para todos. Y prometieron turnarse para cuidar el sendero de acceso al pozo, porque el agua no entiende de apellidos.

Amina miró a Kofi.

—¿Ves? —dijo—. La paz no llega montada en un caballo blanco. A veces llega en una cuerda vieja y una conversación nueva.

Kofi tragó saliva, como si también tragara una lección.

Regresaron al pueblo. Bajo el baobab, alguien encendió un fuego pequeño. No para discutir, sino para hacer té. El humo subió recto, como una columna de calma.

Amina se arrodilló frente a Kofi.

—Ahora el talismán no es mío —dijo—. Es de quien lo necesite para recordar lo que ya sabe: que compartir es más fuerte que separar.

Kofi tomó el talismán. Sus dedos lo apretaron con fuerza. Se notaron las semillas dentro, firmes y diminutas, como tres ideas que no se dejan aplastar.

Y así, bajo un cielo todavía cargado de polvo, una mano de niño cerró el puño alrededor de un talismán, y el pueblo sintió, aunque fuera por un instante largo, que la paz puede ser un plato, una palabra que escucha, y una semilla esperando su momento.

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Baobab
Un árbol muy grande y viejo con tronco ancho, típico de algunas regiones africanas.
Cacahuete
Fruto seco que se come, con cáscara fina y sabor suave y algo mantecoso.
Calabaza
Fruto grande y duro que se usa para comer o como recipiente seco.
Tambores
Instrumentos que se golpean para hacer ritmo y llamar la atención.
Añil
Color azul intenso que se usa en telas y pañuelos.
Pozo
Lugar profundo en el suelo donde se saca agua con cubo o bomba.
Parcela
Porción de tierra marcada para sembrar o tener una casa.
Karité
Árbol cuyo fruto da una grasa usada para cocinar y para la piel.
Talismán
Objeto pequeño que se guarda porque se cree que trae buena suerte o recuerdo.
Mijo
Pequeño grano que se cocina como cereal y sirve de alimento.
Estera
Tela o tapete hecho de fibras, usado para sentarse en el suelo.
Remolino
Movimiento de aire o polvo que gira en círculo y se eleva.
Crepitaciones
Ruido de pequeñas chispas o golpes que hace el fuego al arder.
Carraspeó
Hizo un sonido con la garganta para aclarar la voz o llamar la atención.

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