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Cuento africano 11/12 años Lectura 13 min.

El regalo que escuchó el río

Amina, una joven que habla con las cosas, decide agradecer al río escuchándolo y cuidándolo, reuniendo a su pueblo para limpiar la orilla y crear símbolos que recuerden la responsabilidad común.

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Amina, joven, arrodillada al borde del río, sonriente y concentrada, ata una pequeña tapicería colorida a dos postes de madera; Nana Kadi, anciana, detrás a la izquierda, la observa y guía; Bakari, adolescente, agachado a la derecha, sostiene una vieja caja metálica recogida del agua; Fanta y Mariam, dos niñas, curiosas y risueñas, sujetan ramitas al frente a la izquierda. La orilla: arena parda clara, hierbas oliva, piedras mojadas y troncos de baobab; cielo de atardecer color mango con reflejos azules y naranjas en el agua. Escena comunitaria de limpieza y ordenación de la ribera: cuelgan una tapicería de hilos y cuentas azules y colocan una calabaza con ranura para promesas. Ambiente visual de colores cálidos y contrastes (ocre, azul cielo, verde oliva), texturas de tejido y madera, luz suave del ocaso, composición centrada en Amina y la tapicería, estilo claro, infantil y moderno con trazos definidos y formas redondeadas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

Dicen los mayores, y lo repiten los niños cuando el fuego se queda pequeño, que el río no es solo agua: es una garganta que canta y un camino que nunca se cansa. Y así, cerca de una casa redonda de barro y paja, donde el techo parecía un sombrero enorme, vivía Amina, una joven mujer con ideas saltarinas como cabritillos.

Amina tenía una risa fácil y una costumbre extraña: hablaba con las cosas. Con la calabaza donde guardaban el mijo, con la escoba de ramas, con el mortero que hacía “toc-toc” como un tambor tímido. Y también hablaba con el río.

—Gracias por traer frescor cuando el sol muerde —le decía al agua al llenar su cántaro.

El río, claro, no respondía con palabras. Respondía con remolinos, con reflejos, con el sonido “shhh” de las orillas. Amina, que era fantasiosa, entendía esos sonidos como si fueran frases.

Una tarde, mientras el cielo se ponía del color del mango maduro, Amina se sentó junto a la puerta de la casa redonda. Su abuela, Nana Kadi, trenzaba una cuerda y miraba sin mirar.

—Nana —dijo Amina—, quiero agradecerle al río de verdad. No solo con mi boca.

Nana Kadi alzó una ceja, como quien levanta una puerta.

—¿Y cómo se agradece a un río, hija de mi hija?

Amina abrió los brazos.

—Con un regalo. Con una fiesta. Con algo que no sea ruido vacío.

La abuela sonrió, y su sonrisa era como sombra fresca.

—El río escucha más que habla. Si le llevas algo, primero aprende a escuchar tú. Porque quien no escucha, regala sin entender.

Amina se quedó quieta. Y en ese silencio, oyó la noche empezar a caminar.

Capítulo 2

Al día siguiente, Amina fue al mercado. El mercado era un collar de voces: cada puesto, una cuenta; cada regateo, un brillo. Había montones de cacahuetes como pequeñas lunas, telas que parecían ríos de colores, y olor a pescado seco que entraba en la nariz como un chiste.

Amina se acercó a Salia, la tejedora, que movía sus manos como dos pájaros rápidos.

—Salia, necesito algo para el río. Algo que diga “gracias” sin hablar.

Salia soltó una carcajada.

—Entonces no compres una campana, Amina. Compra paciencia.

—La paciencia no la venden —respondió Amina, y las dos rieron.

Salia le mostró hilos fuertes.

—Te puedo enseñar a hacer un pequeño tejido. Un paño, una cinta… Pero, antes, dime: ¿qué te dio el río?

Amina pensó. Iba a decir “agua”, pero el agua era la palabra fácil.

—Me dio tiempo —dijo al fin—. Sin el río, caminaríamos más lejos por agua y el día se nos rompería en pedazos. Me dio descanso.

Salia asintió.

—Entonces tu regalo debe ser útil. Lo útil es un canto que dura.

Amina compró hilo, sal, unas hojas de karité para perfumar, y un puñado de cuentas azules que parecían pedacitos de cielo.

En el camino de vuelta, se encontró a Bakari, un muchacho de su edad que siempre hacía bromas como si tuviera un tambor en la lengua.

—¿A dónde vas con tanto tesoro? —preguntó, mirando las cuentas.

—A agradecer al río.

Bakari hizo una reverencia exagerada.

—¡Oh, gran río! ¡Yo también quiero agradecerle… por no mojarme cuando me caigo!

Amina le dio un empujoncito suave.

—Si vienes, vienes en serio. Aquí no hay chistes que tapen los oídos.

Bakari abrió los ojos, sorprendido.

—¿Tú sabes regañar sin gritar? Eso sí es magia.

Amina siguió caminando. Y, mientras caminaba, recordó las palabras de Nana Kadi: primero, escuchar.

Capítulo 3

Esa tarde, Nana Kadi llevó a Amina a la sombra de un baobab, viejo como una historia sin final. Allí se reunían algunos vecinos, no para hablar, sino para oír. Porque en la aldea, cuando el calor pesa, las palabras se vuelven caras y se guardan.

Nana Kadi levantó un dedo.

—Amina quiere regalar al río. Pero el río no come orgullo. Primero, que escuche.

Amina se sentó. Al principio, oyó lo de siempre: hojas, insectos, una gallina discutiendo con su propio pico. Pero luego, poquito a poco, las capas del mundo se abrieron como una cebolla.

Oyó a la señora Djeneba suspirar.

—Mi hijo se fue a la ciudad y no manda noticias…

Oyó a un hombre murmurar.

—El agua baja más turbia estos días.

Oyó a dos niños decir, casi cantando:

—Ayer alguien tiró basura en la orilla, ¡qué feo!

Amina sintió que esas voces eran semillas. Si una semilla no se escucha, no germina.

—Nana —susurró—, el río necesita… respeto.

La abuela cerró los ojos, satisfecha.

—Ajá. ¿Y cómo se muestra el respeto?

Amina miró sus manos. Eran manos jóvenes, pero podían aprender.

—Limpiando. Cuidando. Enseñando.

Bakari, que se había colado detrás, levantó la mano como en una escuela.

—¿Y si hacemos una canción? Las canciones entran en la cabeza aunque uno sea terco.

Nana Kadi lo miró de arriba abajo.

—Tú, tambor con piernas, ¿sabes escuchar?

Bakari tragó saliva y bajó la mano.

—Estoy… practicando.

La abuela soltó un “hm” que era medio risa.

—Entonces practicarás con ellos. Mañana al amanecer, al río. Sin prisa. Sin ruido que aplaste.

Esa noche, Amina soñó con el río como una serpiente de cristal que se enrollaba alrededor de la aldea, no para apretar, sino para abrazar. Al despertar, ya tenía una idea: el regalo no sería una cosa sola, sino un gesto que enseñara.

Capítulo 4

El amanecer llegó con pies ligeros. Amina, Nana Kadi y Bakari caminaron hacia el río. La casa redonda quedaba atrás, redonda como un tambor, como un ojo, como una promesa.

Cuando llegaron, el río estaba allí, tranquilo y atento. Parecía dormido, pero Amina sabía que los ríos nunca duermen; solo parpadean.

Amina se arrodilló.

—Río —dijo—, hoy vengo a escucharte con mis manos.

Bakari susurró:

—¿Con las manos se escucha?

Nana Kadi le dio un golpecito en la nuca, cariñoso.

—Shh. Mira y aprende.

Amina empezó a recoger basura de la orilla: un trozo de plástico, una cuerda vieja, hojas secas mezcladas con cosas que no eran hojas. Cada objeto que levantaba era como sacar una espina de un pie.

—Mira, río —murmuraba—. Te quito lo que no te pertenece.

Bakari, al principio, hizo una mueca.

—Esto huele a… derrota.

—Huele a responsabilidad —respondió Amina.

Poco a poco, Bakari se agachó y empezó a ayudar. Encontró una lata y la levantó como un trofeo.

—¡Ajá! ¡He atrapado a un monstruo de metal!

Amina se rió.

—No lo alimentes con aplausos. Llévalo al montón.

Mientras trabajaban, se acercaron dos niñas, Fanta y Mariam, curiosas como cabras.

—¿Qué hacen? —preguntó Fanta.

—Le estamos dando un saludo limpio al río —dijo Amina—. ¿Quieren ayudar?

Las niñas miraron a Nana Kadi. La abuela asintió.

—El río es de todos, y todos cabemos en su espejo.

Pronto, más niños y algunos adultos se sumaron. Nadie gritaba órdenes. Amina solo decía:

—Aquí. Allí. Despacio. Miren bien.

Y, sin darse cuenta, enseñaba a escuchar: a ver lo que el río “decía” con su orilla sucia, con su corriente más lenta en ciertos lugares, con su olor distinto cerca de unas plantas aplastadas.

Cuando terminaron, la orilla parecía más grande, como si hubiera respirado. El río hizo un remolino pequeño, y Amina lo sintió como un guiño.

Capítulo 5

De vuelta a la casa redonda, Amina preparó el segundo gesto: el tejido. Sentada en el suelo fresco, con el hilo entre los dedos, tejía una red pequeña, como una telita de araña hecha por una araña paciente.

Bakari se sentó cerca, mirando.

—¿Eso es para pescar?

—No. Es para recordar.

Amina trenzó el hilo con cuidado. Cada nudo era una palabra sin sonido: “cuida”, “espera”, “comparte”.

Nana Kadi llegó con una calabaza llena de agua y la dejó a un lado.

—El río te presta su fuerza —dijo—. Tú no le devuelves la misma agua. Le devuelves un corazón atento.

Amina metió las cuentas azules en algunos nudos, como si sembrara pedazos de cielo en la red.

—Quiero colgarla cerca del río —explicó—. Para que, cuando alguien pase, se acuerde de no ensuciar. Y para que, cuando yo pase, me acuerde de escuchar.

Bakari inclinó la cabeza.

—Es como una trampa, pero para atrapar pensamientos.

—Exacto —dijo Amina—. Una trampa amable.

Por la tarde, reunieron a la gente. No fue una fiesta ruidosa, sino una reunión con ritmo. Nana Kadi habló como los griots, con pausas que eran también parte del cuento.

—Oigan, oigan —dijo—, el río da, el río lleva, el río enseña. Si no escuchas al río, el río te escucha igual, pero tú no aprendes.

Entonces Amina cantó una melodía simple, repetida, para que se pegara como miel:

“Río, río, paso ligero,

te cuidamos, compañero.

Si escuchamos tu canción,

nuestro día tiene razón.”

Bakari, sorprendentemente serio, marcó el ritmo con dos palos. Los niños repitieron. Los adultos también, algunos riéndose de sí mismos por cantar como pequeños. Y en esa risa hubo unión, como cuando muchas manos sostienen una misma calabaza.

Después, Amina habló, sin alargar.

—No vine a mandar. Vine a agradecer. Y agradecer es cuidar. Si ven basura, no miren a otro lado. Si alguien no entiende, explíquenle sin humillar. Escuchar también es eso.

Un silencio cálido cayó sobre todos, como una manta en la noche. Ese silencio decía: “sí”.

Capítulo 6

Al día siguiente, llevaron la red al río. Buscaron dos postes de madera cerca de la orilla, entre dos arbustos que olían a limón. Amina ató la red con firmeza y colgó, junto a ella, una pequeña calabaza vacía con una ranura.

—¿Para qué es eso? —preguntó Mariam.

—Para dejar promesas —respondió Amina—. Una piedrita, una semilla, una nota. No para comprar al río, sino para recordarnos.

Bakari se cruzó de brazos.

—Yo dejo… mi mejor chiste.

Nana Kadi lo miró.

—Déjalo, pero primero escúchalo por dentro. Si hace daño, no es chiste, es piedra.

Bakari se quedó pensando, y al final metió en la calabaza una piedrita lisa.

—Prometo no reírme cuando alguien se equivoca —dijo, bajito—. Mejor lo ayudo.

Amina lo miró con una sonrisa que no se burlaba.

Luego, Amina tomó otra red más grande, la que usaban para pescar en temporada, la lavó en el río con paciencia y la colgó en un cordel entre dos ramas para que se secara al sol. El hilo goteaba y cada gota parecía una nota musical cayendo al suelo.

—¿Ves? —le susurró Nana Kadi—. El río te dio agua para lavar, y tú le das descanso al hilo para secarse. Todo se responde.

Amina se quedó mirando el filet suspendido, balanceándose como una nube atrapada. El viento lo movía suavemente, y el río, abajo, seguía su camino sin presumir.

Amina juntó las palmas.

—Gracias, río —dijo—. Hoy te escuché. Mañana también.

Y como dicen los mayores, y lo repiten los niños cuando el fuego se queda pequeño: quien escucha al agua, aprende a escuchar a las personas. Y quien cuida lo que da vida, encuentra vida que lo cuida.

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Mortero
Recipiente fuerte donde se trituran semillas o especias con un mano.
Remolinos
Movimientos circulares del agua que giran en un lugar.
Regateo
Acción de discutir el precio para pagar menos en una compra.
Cacahuetes
Frutos secos pequeños y alargados que se comen como snack.
Trenzaba
Unía tres o más tiras o hilos entrelazándolos para formar una cuerda.
Baobab
Árbol muy grande y viejo con tronco ancho, típico de zonas secas.
Griots
Narradores o músicos que cuentan historias y tradiciones en la comunidad.
Ranura
Abertura larga y estrecha en un objeto donde cabe algo delgado.
Humillar
Hacer sentir a alguien menor o avergonzado delante de otros.
Nudos
Puntos donde se cruza y aprieta un hilo o cuerda para unirlo.
Telita
Pequeña tela muy fina, como la que hace una araña.

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