Hoy el sol entraba por la ventana como una manta amarilla. Martina, que tenía tres años y unos rizos que brincaban, caminaba por la casa en puntitas. Era un día especial: el Día del Padre.
En el salón, la lámpara del techo estaba muy fuerte, muy blanca, como un ojo abierto.
“¡Ay, qué luz tan grande!”, dijo Martina, y se tapó la cara con las manos.
Mamá estaba poniendo música suave y tarareaba. “¿Te molesta?”
“Sí… me pica la luz”, respondió Martina, con voz chiquita.
Mamá se agachó a su altura. “Entonces la apagamos. Así la casa se queda tranquila.”
Martina estiró su bracito, tocó el interruptor con toda su fuerza de hormiguita y… clic. La luz fuerte se fue. La sala se quedó con la luz del sol, tibia y dulce.
“Mejor”, suspiró Martina. “Ahora parece una galleta.”
Mamá rió bajito. “Una galleta de domingo.”
Martina miró alrededor. Quería hacer algo grande para papá, algo de “¡ta-dá!”, como cuando aparece una sorpresa. Pero Martina era pequeña, y sus ideas venían en burbujas.
En una esquina había una caja vieja, de cartón, con una cinta azul. Martina la había visto antes, pero hoy le guiñó como si dijera: ven, ven.
Martina se acercó y la tocó. “¿Qué es esto, mamá?”
Mamá se sentó a su lado. “Es una caja de cosas de papá. Cosas de antes.”
“¿De antes de mí?”
“De antes de ti, sí.”
Martina abrió la caja con cuidado. Dentro había un pañuelo, una entrada de cine, y una foto un poquito doblada. En la foto, papá era más joven y tenía una bici roja. Sonreía mucho, como si el viento le hiciera cosquillas.
Martina la miró muy seria, como una detective pequeñita. “¿Este es papá?”
“Sí”, dijo mamá. “Ese día se compró su primera bici. Estaba tan contento que no paraba de cantar.”
Martina pegó su nariz a la foto. Había una mancha gris en una esquina, como una nube triste.
“Está sucia”, dijo.
Mamá asintió. “Está viejita. Pero podemos cuidarla.”
Los ojos de Martina brillaron. “¡Yo cuido! Para el Día del Papá.”
“Buena idea”, dijo mamá. “La ponemos bonita para regalársela.”
Martina aplaudió una vez, suave, para no asustar a la foto. “Hola, foto. Te vamos a ayudar.”
Mamá trajo un paño muy blandito, como una caricia, y un poquito de algodón. Puso la foto sobre la mesa, lejos del vaso de agua, porque el agua es traviesa.
Martina se subió a una silla. “Yo limpio la nube”, anunció.
“Despacito”, dijo mamá. “Como cuando tocas a un gatito dormido.”
Martina tocó la mancha con el algodón. Frotó suave, suave. Hizo una cara de concentración tan grande que parecía que estaba empujando una montaña.
“¿Se va la nube?”
“Un poco”, dijo mamá. “Mira, ya se ve mejor la bici.”
Martina sonrió. “La bici está feliz.”
Mientras limpiaban, mamá contó más cosas.
“Papá guardó esa foto porque le recuerda que, aunque algo sea difícil al principio, él puede aprender. Se cayó dos veces… y luego pedaleó sin manos. Bueno, sin manos no, con manos sí. Sin manos, solo un poquito”, dijo mamá riendo.
Martina abrió los ojos como platos. “¿Papá se cayó?”
“Sí, pero se levantó rápido. Y siempre tuvo a alguien que le decía: ‘Tú puedes'.”
Martina levantó el mentón. “Yo le digo ‘tú puedes' a papá.”
“Eso le encanta”, respondió mamá.
Cuando la foto estuvo más limpia, todavía tenía una esquina doblada. Martina la tocó con el dedo.
“Está arrugada”, dijo con pena pequeñita.
Mamá sacó un libro gordo y plano. “La vamos a dejar aquí un ratito. El libro la abraza y la alisa.”
“¿El libro abraza?”, preguntó Martina, divertida.
“Sí. Es un abrazo silencioso.”
Martina puso la foto debajo del libro, muy ceremoniosa. “Abrazo silencioso para la foto.”
Después, buscaron una cartulina. Martina eligió una verde, “verde como guisante”, dijo. Mamá recortó un marco grande y Martina pegó la foto en el centro, con pegamento que olía un poco dulce.
“Ahora hacemos un dibujo”, propuso mamá.
Martina agarró ceras. Dibujó un sol, una bici y tres personas: una alta (papá), una mediana (mamá) y una chiquitita con pelo saltarín (Martina).
Luego escribió con ayuda. Mamá dijo las letras y Martina las “pintó” como pudo:
“TE QUIERO, PAPÁ.”
Martina leyó en voz alta, orgullosa: “Te… quiero… pa-pá.”
Mamá le dio un beso en la frente. “Perfecto.”
Se oyó una llave en la puerta. Papá llegó con una bolsa de pan. Entró en el salón y miró alrededor.
“Qué luz tan suave hoy”, dijo. “Me gusta.”
Martina corrió hacia él, pero sin chocar, como un cochecito cuidadoso. “Papá, papá, ¡feliz Día del Papá!”
Papá la levantó en brazos. “Gracias, mi estrella.”
Martina señaló la mesa. “Tenemos una sorpresa. Pero primero… no prendemos la luz grande. Pica.”
Papá rió. “De acuerdo. La luz del sol es la mejor.”
Mamá le entregó el regalo: la cartulina verde con la foto enmarcada.
Papá la miró. Sus ojos se hicieron brillantes, como cuando el agua juega con el sol. “¡Mi bici roja!”
Martina se pegó a su pecho. “La foto estaba con nube. Yo limpié la nube.”
“Lo hiciste tú…”, dijo papá, despacio, como saboreando las palabras. “Gracias, Martina. Es un regalo muy, muy bonito.”
“¿Te gusta mucho?”
“Muchísimo. Me recuerda que aprendí a pedalear… y que ahora tengo a mi hija que también aprende cosas cada día.”
Martina se rió. “Yo aprendo a poner calcetines. A veces al revés.”
“Eso es un arte”, dijo papá, haciendo una cara seria muy graciosa. “Calcetín al revés: nivel experto.”
Los tres se sentaron en el sofá. La casa olía a pan calentito. La música suave seguía. La luz del sol pintaba el suelo con cuadros dorados.
Papá puso la foto en una estantería, donde se veía bien. “Aquí, para verla siempre.”
Martina suspiró contenta. “Foto feliz. Papá feliz. Casa galleta.”
Papá la abrazó. “Casa galleta, sí. Y tú eres la chispita de chocolate.”
Martina se acurrucó. Todo estaba en su sitio: una luz suave, una foto cuidada, y un Día del Padre lleno de “te quiero” pequeños y enormes a la vez.