En un jardĂn verde y brillante, un pequeño conejo llamado Rufi saltaba feliz. Rufi tenĂa orejas largas y suaves, y un pelaje blanco como la nieve. Hoy querĂa hacer algo especial.
—¡Hola, Rufi! —dijo su amigo, el ratón Miguel, al asomarse de detrás de una flor gigante—. ¿Qué haces?
—¡Hola, Miguel! Estoy buscando un lugar para hacer una fiesta —respondió Rufi, moviendo su colita—. ¡Quiero muchas zanahorias y risas!
—¡Eso suena divertido! —exclamó Miguel—. ¿Dónde será la fiesta?
—En el gran árbol, ¡será genial! —dijo Rufi, imaginando la fiesta.
Miguel pensĂł un momento y dijo:
—¿Y si llueve? ¡No queremos que las zanahorias se mojen!
—¡Oh, tienes razón! —dijo Rufi, rascándose la cabeza—. ¡Construiremos una casa de zanahorias!
—¿Una casa de zanahorias? —preguntó Miguel, riendo—. ¡Eso es loco!
—SĂ, usaremos muchas zanahorias grandes. ¡Vamos! —gritĂł Rufi.
Los dos amigos comenzaron a recolectar zanahorias. Rufi saltaba y Miguel corrĂa. ¡Era un espectáculo!
—¡Mira, Rufi! —dijo Miguel, levantando una zanahoria—. ¡Es la más grande!
—¡Perfecto! —respondió Rufi, sonriendo—. ¡Esta será la puerta!
Después de mucho trabajo, al fin la casa de zanahorias estaba lista. Era amarilla, roja y muy divertida.
—¡Está lista! —gritó Rufi.
Cuando llegĂł la hora de la fiesta, todos los animales del jardĂn vinieron. Saltos y risas llenaron el aire. ¡La casa de zanahorias era un Ă©xito!
—¡Viva la fiesta! —gritaron todos.
Y asĂ, Rufi y Miguel disfrutaron de un dĂa lleno de alegrĂa y zanahorias.