Primera parte: La mesa redonda
Era casi de noche y el cielo se pintaba de rosa. En la casa de Sami olía a sopa calentita y a pan recién hecho. Era tiempo de Ramadán, y la familia se preparaba para cenar todos juntos.
Sami tenía casi cuatro años y hoy estaba muy serio. Su mamá le dijo:
—Sami, hoy tú me ayudas a poner la mesa. Pero la mesa tiene que estar… muy justa.
—¿Justa? —preguntó Sami, abriendo mucho los ojos.
—Sí —dijo mamá, sonriendo—. Justa quiere decir igual para todos. Todos importantes. Todos con sitio.
Sami miró la mesa redonda del comedor. Era grande, y pronto iban a llegar sus amigos: Amina, Leo y Nuria. Todos tenían casi cuatro años, como él.
Primero, Sami puso los platos.
—Un plato para mamá, uno para papá… y uno para mí —decía, concentrado.
Luego se quedó quieto.
—¿Y mis amigos? —murmuró—. ¡También necesitan plato!
Buscó más platos pequeños, de colores. Puso uno azul, uno verde, uno amarillo y uno rojo.
—¿Así está justo, mamá?
Mamá miró la mesa.
—Sí, Sami. Cada persona tiene su plato. Buen trabajo.
Pero Sami pensó un poquito más.
—También necesitan vasos —dijo.
Puso vasos frente a cada plato. Luego cucharas. Miró la mesa y sintió algo calentito en el pecho. Todo estaba ordenado, todo era igual. Parecía una rueda de colores.
De pronto, una cosa muy pequeñita brilló en la ventana. Era un puntito de luz, como una estrellita mini.
La mini estrella se acercó, se escondió debajo de la mesa y… ¡shhh! Se quedó ahí, muy quieta.
Sami no la vio, pero sintió que la mesa brillaba un poquito más.
Segunda parte: Escuchar con el corazón
Tocaron el timbre. Primero llegó Amina, con un pañuelo rosa en el pelo y una sonrisa grande.
—¡Hola! —dijo—. Huele rico.
Luego llegó Leo, con su coche rojo en la mano.
—¿Puedo poner mi coche en la mesa? —preguntó.
—No en la mesa —dijo Sami suave—. Pero puede estar aquí, en la silla de al lado. Así come con nosotros.
Leo rió y acomodó su coche.
Después llegó Nuria, con un dibujo en la mano.
—He dibujado la luna —dijo—. Porque mi mamá dice que en Ramadán miramos mucho la luna.
Todos miraron el dibujo. Era una luna amarilla muy grande, con una cara sonriente.
—Nuestra mesa también parece luna —dijo Sami—. Redonda y brillante.
Debajo de la mesa, la mini estrella dio un saltito de alegría. ¡Le gustaba que hablaran de la luna!
Se sentaron todos. Un momento, todos empezaron a hablar a la vez.
—Yo hoy corrí muy rápido —decía Leo.
—Yo hice plastilina —decía Amina.
—Yo pinté un sol —decía Nuria.
Sami no entendía nada. Era como una sopa de palabras.
Mamá levantó un dedito.
—Uno por uno —dijo suave—. En Ramadán aprendemos a escuchar. Cuando escuchamos con el corazón, la paz se sienta con nosotros en la mesa.
—¿La paz se sienta? —preguntó Sami, curioso.
En ese instante, la mini estrella se estiró un poquito y tomó forma de un puntito suave, como un besito de luz. Nadie la veía, pero todos la sentían.
—Primero habla Leo —dijo mamá.
Todos miraron a Leo. Leo sonrió, feliz de ser escuchado, y contó su carrera.
Luego habló Amina. Todos escucharon cómo hizo una serpiente de plastilina.
Después habló Nuria. Todos miraron su sol.
Cuando terminaban, los demás decían:
—Te escuché.
Y el puntito de luz bajo la mesa se hacía un poquito más grande.
Tercera parte: La paz en la mesa
La comida llegó a la mesa. Sopa, pan, un poco de arroz, trocitos de fruta. Colores y olores suaves.
—Sami puso la mesa muy justa —dijo papá—. Todos tenemos lo mismo.
Sami se sintió orgulloso.
—Quiero que todos estén contentos —dijo—. La mesa es para compartir.
Amina tomó un trocito de pan y lo partió en dos.
—Mira, comparto contigo, Nuria.
Nuria sonrió y también partió su trocito para Leo.
Leo miró a Sami.
—Yo comparto mi pan contigo.
Debajo de la mesa, la mini estrella giró despacito, como bailando. La paz estaba creciendo.
De pronto, se escuchó un pequeño “clin”. Un sonido suave, como de campanita.
—¿Oyeron eso? —preguntó Leo.
—Parece una risa chiquitita —dijo Amina.
La mini estrella se asomó un poquito, muy poquito, por entre las patas de la mesa. Sus rayitos eran tan suaves que solo se veían si uno miraba con calma.
Nuria la vio de reojo.
—Creo que la mesa tiene una lucecita —susurró.
—Es la paz —dijo mamá, con voz tranquila—. A veces la paz brilla un poquito, cuando todos nos escuchamos y compartimos.
Sami miró alrededor. Sus amigos reían. Papá y mamá se miraban con cariño. La comida olía rico. La mesa estaba justa, redonda y llena.
Sentía algo muy quieto y muy feliz en su barriguita. Era como una luna chiquita ahí dentro.
—Me gusta el Ramadán —dijo Sami—. Me gusta cuando todos estamos juntos, escuchando y compartiendo. Me gusta cuando la paz se sienta en la mesa.
La mini estrella se hizo un poquito más grande, pero no demasiado. Justo para que la noche fuera más suave.
Afuera, la luna real miraba por la ventana, redonda y brillante. Adentro, los niños comían despacio, se escuchaban con atención y se reían bajito.
Cuando terminaron, Sami acarició la mesa.
—Gracias, mesa justa —susurró.
Y la paz, invisible y brillante, se quedó allí, sentadita con ellos, muy tranquila, como una amiga que no tiene prisa y que siempre escucha.