En la mesa del salón hay una hoja blanca, muy blanca. Y un rotulador negro, muy negro. Sami, que tiene tres años, saca la lengua un poquito, como cuando se concentra mucho.
“Voy a escribir mi nombre”, dice.
Hace una S… o algo parecido a una serpiente con sueño. Luego una A que parece una tienda de campaña. Luego una M que sale con tres montañitas. Y una I que se queda solita, como un palito con sombrero.
Sami mira su hoja. Parpadea. Vuelve a mirar.
“Mi nombre parece un tren chiquito que se ha cansado”, dice, y se ríe con una risa suave.
Mamá se sienta a su lado. Huele a jabón y a pan tostado.
“¿Quieres probar caligrafía?”, pregunta mamá. “Es como dibujar letras despacito.”
“¿Calí… qué?”, pregunta Sami.
“Caligrafía”, dice mamá. “Letras bonitas. Como si las letras bailaran.”
Sami abre los ojos, redondos como dos galletas.
“¿Bailan?”, pregunta.
“Si tú las invitas, sí”, responde mamá.
Mamá le enseña a sujetar el rotulador. “Suave, suave. Como si acariciaras un gatito.”
Sami acaricia el rotulador. “Miau”, susurra, y mamá se ríe.
Traza otra S, más lenta. Otra A. Otra M. Otra I. Esta vez, la I tiene un puntito perfecto.
Y entonces pasa algo pequeñito y maravilloso: el puntito de la I brilla, como una chispita de azúcar.
Sami se queda quieto.
“¿Lo has visto?”, pregunta en voz bajita.
“Lo he visto”, dice mamá. “A veces, cuando ponemos cariño, las cosas hacen ‘hola'.”
Sami mira su nombre. “Hola, Sami”, le dice a la hoja.
Desde la cocina llega un olor rico, rico. Huele a sopa y a pan calentito. También suena una cuchara, clinc-clinc.
Papá aparece con una sonrisa. “Hoy es Ramadán”, dice con voz tranquila. “Un mes para ser pacientes, para pensar en los demás y para compartir.”
Sami frunce la nariz. “¿Compartir… mis gusanitos?”
Papá pone una mano en el pecho, como si le doliera de mentira. “¡Ay! Eso es muy difícil.”
Sami se ríe. “Yo comparto… uno.”
“Eso es generoso”, dice papá muy serio, pero con ojos que se ríen.
En la mesa ponen un mantel de colores. Mamá coloca dátiles, sopa, agua y pan. Sami coloca su hoja con su nombre, porque también quiere que su nombre “cena”.
“¿Por qué comemos cuando el sol se va?”, pregunta Sami.
“Porque durante el día intentamos esperar”, explica mamá. “Los mayores. Los peques como tú no tenéis que esperar si no queréis. Pero puedes aprender el espíritu: ser amable, ayudar, compartir.”
Sami se endereza. “Yo puedo ayudar.”
“Claro”, dice papá. “¿Quieres llevar estas servilletas?”
Sami las coge. Son suaves. Las lleva como si fueran alas.
“¡Mira, soy un avión de servilletas!”, anuncia. “¡Brrrr!”
Mamá aplaude bajito. “El avión más elegante del mundo.”
Sami las deja en la mesa. Luego mira su nombre otra vez. Las letras parecen más derechas. Como si hubieran estirado la espalda.
“Mi nombre está aprendiendo”, dice Sami.
“Y tú también”, dice mamá.
Cuando el cielo empieza a ponerse naranja, papá mira por la ventana.
“Ya casi”, dice.
Sami se acerca también. Afuera, una luna finita asoma, tímida, como una sonrisa pequeña.
“Hola, luna”, susurra Sami.
La luna, muy callada, parece brillar un poquito más. Y Sami cree escuchar, en su barriga, un “ding” suave, como un timbre de bicicleta.
“Creo que mi barriga también hace caligrafía”, dice.
Papá se ríe. “Tu barriga escribe ‘tengo hambre' con letras grandes.”
Por fin, se sientan. Dicen “gracias” por la comida. Sami toma un sorbito de agua. Luego prueba un dátil. Sus ojos se abren.
“¡Sabe a caramelo de árbol!”, dice.
“Eso es”, responde mamá. “En Ramadán, muchas familias empiezan así.”
Sami mastica despacio. Muy despacio. Como si el dátil fuera un secreto.
Después comen sopa. Sami sopla la cucharita: fuuu, fuuu. Una gota le cae en la barbilla.
“¡Soy un pez!”, grita, y hace glup-glup.
Papá le limpia con la servilleta-avión. “Aterrizaje en barbilla.”
Todos se ríen, sin prisas.
Más tarde, cuando ya están contentos, mamá saca una cajita.
“Hoy vamos a preparar una bolsita para compartir”, dice. “Para la vecina, la señora Rosa.”
Sami conoce a la señora Rosa. Le huele el pasillo a colonia y siempre dice: “Qué grande estás”, aunque Sami se siente del tamaño de una cuchara.
Mamá pone pan dulce. Papá pone fruta. Sami mira sus gusanitos.
Los gusanitos lo miran a él.
Sami los mira otra vez.
“Uno”, recuerda.
Se queda pensativo. Luego mete dos.
“Dos”, dice, como si fuera una palabra valiente.
Mamá le besa la frente. “Eso es generosidad.”
Sami se toca la frente, como si allí hubiera quedado un brillo.
Van al pasillo. La bolsita hace shh-shh al moverse. Sami la sostiene con las dos manos.
Tocan el timbre. Ding-dong.
La puerta se abre. Aparece la señora Rosa con sus gafas y su sonrisa.
“Buenas noches”, dice mamá. “Te traemos un detalle.”
Sami levanta la bolsita. “Es de compartir”, explica.
La señora Rosa se agacha a su altura. “Gracias, Sami. Qué bonito.”
Sami se pone un poquito rojo. “Mi nombre también es bonito”, dice, y se acuerda de su hoja.
De vuelta en casa, Sami corre a la mesa y mira su caligrafía. El puntito de la I sigue ahí, como una estrella pequeñita.
“¿Sabes qué aprendí hoy?”, pregunta Sami, bostezando ya.
“¿Qué?”, dice papá, levantándolo en brazos.
Sami apoya la cabeza en su hombro. “Que mi nombre puede bailar. Que esperar es difícil. Que compartir es como dar un abrazo con cosas.”
Mamá apaga una luz. La casa queda suave, como una manta.
“Eso es”, susurra mamá. “Y mañana será otro día para aprender un poquito más.”
En su cama, Sami abraza su peluche. Afuera, la luna sonríe finita. Dentro, Sami piensa en letras que bailan, en dátiles de caramelo, y en dos gusanitos valientes.
“Buenas noches, Ramadán”, murmura.
Y se duerme tranquilo, con una sonrisa pequeñita, como la luna.