Parte 1
Leo tiene 4 años. Hoy va a la escuela. Se pone su camiseta azul. Se lava la cara. Se peina un poquito.
“Yo puedo”, dice Leo.
Mamá sonríe. “Sí, tú puedes. Eres responsable.”
En la mochila, Leo mete su botella de agua. Mete una manzana. Mete su estuche.
“Uno, dos, tres”, cuenta Leo.
“Muy bien”, dice mamá. “Revisar la mochila es cuidar de tus cosas.”
En la puerta, Leo se pone los zapatos. Uno… y el otro.
“Listo”, dice Leo.
Papá le da la mano. “Vamos despacio. Sin correr.”
Leo camina. El aire es fresco. El sol es suave.
Llegan a la escuela. Hay dibujos en la pared. Hay mochilas de colores.
Leo ve a su maestra, la seño Clara.
“Buenos días, Leo”, dice ella.
“Buenos días”, dice Leo, con voz bajita y contenta.
En la clase hay una alfombra grande.
“Hoy haremos un mural”, dice la seño Clara. “Con pegamento y papel.”
Leo abre mucho los ojos. “¡Papel!”
“Sí”, dice la seño Clara. “Pero primero, lavamos las manos.”
En el baño hay jabón que huele a limón.
Leo frota y frota.
“Estoy limpio”, dice Leo.
“¡Qué bien!”, dice la seño Clara. “Cuidar la higiene es ser responsable.”
Vuelven al aula. La seño Clara reparte hojas.
“Una para cada uno”, dice.
Leo recibe la suya. La mira.
En la mesa hay tijeras con punta redonda.
“Solo para cortar papel”, recuerda la seño Clara.
Leo asiente. “Solo papel.”
Parte 2
Empieza el mural. Leo quiere pegar una estrella amarilla.
Busca el pegamento. Hay un bote grande. Pero está en la mesa de la seño Clara.
Allí está también Nico, otro niño. Nico aprieta el bote. Sale un poquito. Nico aprieta otra vez. Sale muy poquito.
Nico tarda. Tarda porque lo hace despacio.
Leo espera. Al principio, sus pies se mueven.
“Yo quiero ya”, piensa Leo.
Hace una carita seria.
La seño Clara lo ve. Se agacha a su lado.
“Leo, veo tus ganas”, dice ella, suave. “Es difícil esperar.”
Leo mira el bote. “Nico tarda.”
“Sí”, dice la seño Clara. “A veces las manos van lentas. Y está bien. Esperar también es cuidar de los demás.”
Leo respira. Uno… dos…
La seño Clara le muestra un truco.
“Mientras esperas, puedes preparar tu papel”, dice.
Leo toca su estrella amarilla. La pone cerca.
“Estoy preparando”, dice Leo.
“Eso es”, dice la seño Clara. “Eres responsable con tu trabajo.”
Nico sigue. Aprieta, aprieta.
“Pegamento, por favor”, dice Nico.
El bote hace un sonido gracioso: “plop”.
Leo suelta una risita.
“Plop”, repite Leo.
Nico mira a Leo y se ríe también.
“Plop”, dice Nico.
Leo espera otra vez. Sus dedos quieren agarrar el bote.
Entonces Leo se acuerda del truco.
Mira su hoja. Busca un lugar para la estrella.
“Arriba”, se dice. “Arriba está bien.”
La seño Clara asiente. “Buena idea.”
Por fin, Nico termina.
“Listo”, dice Nico.
Nico pasa el pegamento a la seño Clara.
La seño Clara lo limpia con un papel.
“Gracias por esperar”, le dice a Leo.
Leo levanta la barbilla, un poquito orgulloso.
“Esperé”, dice Leo.
La seño Clara le da el bote.
“Ahora tú”, dice.
Leo aprieta suave. Sale un poquito.
“Poquito”, dice Leo.
“Muy bien”, dice la seño Clara. “Ni mucho ni poco.”
Leo pega su estrella. Presiona con la palma.
“Se queda”, dice Leo.
“Se queda”, repite la seño Clara.
En la mesa, hay un vaso con rotuladores. Leo quiere el rojo. Pero el rojo lo tiene Lola.
Lola dibuja despacio. Muy despacio.
Leo la mira.
“Lola tarda”, dice Leo, como antes.
La seño Clara sonríe. “¿Y qué puedes hacer?”
Leo piensa. Respira.
“Puedo esperar”, dice. “Y puedo usar azul.”
“Tú eliges”, dice la seño Clara.
Leo toma el azul. Dibuja una nube.
“Azul es bonito”, dice Leo.
“Azul es muy bonito”, dice Lola.
Lola termina y le ofrece el rojo.
“Ahora”, dice Lola.
“Gracias”, dice Leo.
Leo dibuja un corazón rojo. Pequeño.
Parte 3
Suena una campanita suave. Es la hora de recoger.
“Cada uno guarda sus cosas”, dice la seño Clara.
Leo mira su mesa. Hay papelitos. Hay tijeras.
Leo recoge los papelitos en una caja.
“Uno, dos, tres”, cuenta.
Luego pone las tijeras en su lugar.
“Las tijeras duermen aquí”, dice Leo.
La seño Clara se ríe bajito. “Sí, aquí duermen.”
Van al rincón de lectura. La seño Clara lee un cuento corto.
Leo se sienta. Su cuerpo está más tranquilo.
Piensa en el pegamento. Piensa en el rotulador rojo.
“Esperé”, se dice, en voz baja.
Después, van al patio. Hay una fila para el tobogán.
Un niño pequeño sube lento.
Leo está detrás.
Sus pies quieren correr.
Pero Leo mira la fila.
“Espero”, dice Leo.
“Así es”, dice la seño Clara, desde cerca. “Esperar es respetar turnos.”
Leo canta bajito mientras espera:
“Uno… dos… tres…”
El niño termina. Baja por el tobogán.
Ahora le toca a Leo.
Leo sube con cuidado. Se agarra fuerte.
“Yo puedo”, dice.
Y se desliza.
“¡Wii!”, dice Leo, riéndose.
Llega la tarde. Mamá viene a buscarlo.
Leo corre, pero se detiene antes de chocar.
“Despacio”, recuerda Leo.
Mamá lo abraza. “Hola, cariño.”
“Hola”, dice Leo. “Hoy esperé.”
“¿Ah, sí?”, pregunta mamá.
“Sí”, dice Leo. “Nico tardó. Y yo esperé. Y luego pegué mi estrella.”
Mamá le besa la frente. “Eso es ser paciente. Y también es ser responsable.”
En casa, Leo deja la mochila en su sitio.
Pone la botella en la cocina.
“Orden”, dice Leo.
Mamá asiente. “Orden.”
Después del baño, Leo se pone el pijama.
Se mete en la cama. La luz es suave.
Mamá le lee dos páginas.
Leo bosteza.
“¿Mañana también espero?”, pregunta Leo, medio dormido.
“Sí”, dice mamá. “A veces otros tardan. Y tú puedes respirar y preparar tus cosas.”
Leo sonríe.
“Yo puedo”, susurra.
La casa está quieta.
Leo cierra los ojos.
Piensa en su estrella amarilla pegada en el mural.
Se siente calentito por dentro.
Y el día termina dulce, dulce, como una manzana.