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Cuento de extraterrestre 5/6 años Lectura 12 min.

La casa mitad Tierra, mitad estrellas

Luna y su amiga Vera esperan en la orilla de un río tranquilo, soñando con la llegada de extraterrestres, mientras Luna dibuja casas para mostrarles. Cuando una nave aparece, las niñas descubren que la paciencia y la imaginación pueden unir mundos diferentes.

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Hay 3 personajes principales: - Luna, una niña de 5 años, lleva un lazo azul en su cabello rubio y sostiene un dibujo de una casa. Está sentada a la izquierda, cerca del borde del río. - Vera, una niña de 5 años, tiene una gran sonrisa y cabello castaño rizado. Está sentada en el centro, alineando piedras de colores en una bonita fila. - Maia, una niña de 5 años, está en silla de ruedas, con cabello negro corto, y sostiene un lápiz en su mano derecha. Está a la derecha, dibujando un plano en un cuaderno. El lugar es una orilla de río brillante, bordeada de piedras redondas y hierbas verdes. El sol poniente colorea el cielo de tonos anaranjados y rosados, y el agua refleja estos colores en suaves olas. La situación principal muestra una pequeña esfera luminosa flotando sobre el río, emitiendo un suave resplandor. Tres pequeñas criaturas extraterrestres, con piel plateada y ojos brillantes, emergen de la esfera. Observan los dibujos de las niñas con curiosidad y asombro. Las niñas, con expresiones de sorpresa y alegría, comparten un momento mágico con estos visitantes de otro mundo. reportar un problema con esta imagen

Primera orilla

Luna, Vera y Maia esperaban sentadas junto a un río que brillaba como una cinta de plata. El sol bajaba despacio y el río decía cosas suaves al tocar las piedras. Las tres tenían cinco años. Luna llevaba un lazo azul. Vera tenía una sonrisa ancha. Maia empujaba su silla con una mano y con la otra sostenía un lápiz. No era importante que estuviera en silla; era parte de su manera de moverse, como el viento tiene su forma de soplar.

Luna dibujaba casas sobre un cuaderno. Hacía casitas con puertas grandes y ventanas redondas. A veces dibujaba una puerta que no se cerraba nunca. A veces ponía escaleras que subían hasta las nubes. Dibujaba con cuidado para que las casas fueran fáciles de entender para ojos de otros mundos. "Si vienen los extraterrestres", pensó, "tendrán que encontrar un lugar donde descansar".

Vera recogía piedras de colores. Las alineaba en filas como si fueran pequeñas lunas. Reía cuando las piedras hacían ruido al chocar. Maia hacía mapas con líneas suaves. Dibujaba el río, el prado, un árbol que parecía un paraguas. En el centro del mapa, dibujó una casa mitad tierra, mitad estrellas: un dibujo que se mezclaba con rayas verdes y puntos plateados.

El aire olía a hierba y a pan recién hecho de la panadería del pueblo. Todo parecía tranquilo. Las niñas hablaban poco. Hicieron un juego de mirar lejos sin hablar. Era un juego para sentir paciencia. La paciencia era una puerta que abrían con los ojos.

De pronto, algo movió la superficie del río como si una mano invisible tocara el agua. No era un pez ni un barquito. Era una luz que flotaba y respiraba. Las niñas se miraron y sonrieron. No tuvieron miedo. Habían soñado con esto muchas noches, con la misma calma con que ahora esperaban.

La luz bajó en forma de una esfera pequeña. No hacía ruido, solo humedecía el aire con un olor dulce. Se posó sobre una roca y parpadeó como una luciérnaga gigante. Luna alargó el dibujo de la casa y lo sostuvo al lado de la luz. La luz, como si entendiera el color, cambió a un azul que a Luna le gustó.

Encuentro en la arena

La esfera se abrió como una flor. De dentro salieron tres figuras pequeñitas que no eran ni muy altas ni muy bajas. Tenían piel que parecía papel de aluminio y ojos como gotitas. No hablaron con palabras. Emitieron sonidos suaves, como campanitas, y sus manos brillaron en colores. Las niñas se quedaron quietas, con las manos en las rodillas, como si el mundo hubiera pedido silencio para escuchar.

Las criaturas no parecían peligrosas. Uno de ellos señaló con un dedito hacia el cuaderno de Luna. Otro movió la cabeza para mirar el mapa de Maia. El tercero tomó una piedra de las que Vera había puesto en fila y la dejó caer en el agua. La piedra no se hundió; danzó sobre la superficie como si tuviera alas. Las niñas rieron sin ruido.

Luna mostró su dibujo de la casa mitad tierra, mitad estrellas. Las criaturitas se acercaron. Cada vez que tocaban el dibujo, una luz pequeña se prendía en sus ojos. Era como si reconocieran la idea. Entonces una de las criaturitas tocó la parte de la casa que era tierra y de la tierra salieron hojas dibujadas que se movían. Tocaron la parte de estrellas y salieron puntitos que parecían mini-luces. Las niñas comprendieron algo simple y grande: la imaginación servía de puente.

El puente no se hizo en un minuto. Primero, las niñas aprendieron a escuchar sonidos nuevos: pitidos largos que significaban alegría, y zumbidos cortos que eran preguntas. Sonidos que no exigían traducción. Maia dibujó un círculo en su mapa y señaló la silla tratando de mostrar que ella podía moverse de otras maneras. La criatura que tenía los ojos en forma de gotita inclinó la cabeza y tocó la rueda de la silla. La rueda brilló y, por un segundo, hizo un pequeño dibujo en el aire: una rueda con alas. Ninguno se rió de la silla. Todos la vieron como parte de Maia, y eso hizo que Maia quisiera bailar con sus manos.

Los alienígenas sacaron de su nave unos objetos que parecían semillas de luz. Las colocaron sobre la arena y las semillas se transformaron en puertas diminutas, como de casitas para insectos. Una puerta se abrió y de dentro salió un holograma de una ciudad pequeña. Las niñas se acercaron y miraron las casas diminutas: eran redondas, tenían ventanas que cantaban y árboles que cambiaban de color. Todo se movía despacio, con paciencia.

Vera puso una piedra cerca de la holografía. La luz la recogió como si fuera un tesoro y la convirtió en una estrella que voló hacia el cielo. Las niñas comenzaron a entender que lo que para ellas era una cosa simple, para otros era algo mágico. Y que lo simple también podía volverse mágico si lo compartían.

Puentes de papel y estrellas

La nave era brillante como un plato antiguo. No tenía alas, pero se movía con ondas suaves. Cuando la nave giró, proyectó imágenes en la arena: casas del otro planeta, niños que miraban como ellas miraban ahora, y un gran jardín donde todo crecía con canciones. Los sonidos no eran palabras, eran melodías que hacían cosquillas en la piel. Las niñas sentían calor en el pecho, como cuando reciben un abrazo.

Luna sacó su cuaderno otra vez. Dibujó una casa nueva para los visitantes: una casa con una ventana que daba al río, una escalera para subir hasta las nubes y una puerta que siempre estuviera abierta. Puso en la puerta un dibujo de un corazón. Con sus dedos temblorosos de emoción, mostró el dibujo. La criatura que tenía los dedos finos tocó el corazón y, por un momento, su pecho brilló. Nada se dijo con palabras. Todo se dijo con colores y gestos.

Entonces ocurrió un pequeño problema divertido. Un mini-drone del tamaño de una manzana, que venía en la nave, se soltó y se fue a revolotear entre las niñas. Hizo piruetas y dejó caer confeti de luz sobre los peinados. Vera gritó una risa y tuvo que atrapar al dron con ambas manos. En ese intento, una piedra rodó y cayó al río. Las niñas miraron la piedra desaparecer. Las criaturas hicieron una fila y, una tras otra, soplaron una bocanada de aire que devolvió la piedra justo a la orilla, como si el río también quisiera ayudar. Fue un pequeño triunfo. Todo el mundo aplaudió con sonidos suaves.

Las niñas, las criaturas y la nave pasaron la tarde enseñándose cosas. Las criaturas mostraron cómo encender una luz con una sonrisa; las niñas les enseñaron cómo hacer un bote de papel que flota como un barco de verdad. Hicieron reglas sencillas: no tomar nada sin preguntar, compartir lo que tengan, y siempre volver a casa antes de que la noche sea muy oscura. Las reglas fueron dibujadas en la arena con un palo. Parecían las más sabias del mundo.

Un adiós con promesa

La noche llegó despacio con un manto de terciopelo y millones de ojos que parpadeaban en el cielo. La nave dijo que tenía que irse. No fue una despedida triste. Fue como cuando cierras un libro esperando leer el siguiente capítulo. Las criaturas dieron a cada niña una pequeña semilla de luz. "Para que recuerden", parecía decir cada semilla. No hablaban, pero los ojos brillaban con cariño. Maia abrazó su semilla como si fuera un pollito tibio.

Antes de irse, la nave dejó una cosa más: un timbre que sonó como campana de tarde. Las niñas supieron que si alguna vez querían encontrar a sus amigos, solo tenían que tocar el timbre y mirar al cielo con los ojos abiertos como platos. No era una llave mágica que obligara a los extraterrestres a aparecer. Era una promesa de que los puentes hechos con paciencia y dibujos siempre pueden volver a abrirse.

La nave se elevó con la suavidad de una caricia. Las luces se hicieron pequeñas y se fueron mezclando con las estrellas. Las niñas se quedaron en la orilla, con las manos frías y el corazón caliente. Luna miró su cuaderno. Había dibujado muchas casas esa tarde. Algunas eran para la tierra, otras para las estrellas, y una, la mejor, era mitad tierra, mitad estrellas. La casa no estaba terminada; quedaba espacio para más ventanas, para más escaleras, para más risas.

Vera dejó caer una piedra en el río. Esta vez no buscó que volviera. La piedra hizo un circulito perfecto y luego se hundió. Las niñas sabían que las cosas cambian cuando se comparten. Maia giró la rueda de su silla y se adelantó un poco, como si quisiera correr hacia la noche. No necesitaba alas. Las estrellas eran un camino que se podía seguir con la imaginación.

Regresaron a su casa con semillas en los bolsillos. Cada semilla brillaba suavemente cuando una niña miraba el cielo. No fue una luz que iluminara la ciudad. Fue una luz que iluminó el corazón de cada una. Comprendieron que en su cuaderno, en sus mapas y en las piedras de colores había caminos para otros mundos.

Antes de dormir, Luna puso su cuaderno bajo la almohada, como si un sueño pudiera guardar los dibujos. Vera guardó sus piedras en una caja que olía a verano. Maia colocó la semilla junto a la rueda de su silla. Las tres se durmieron pensando en puertas abiertas y en pequeños drons que hacían confeti. Soñaron que la casa mitad tierra, mitad estrellas crecía y crecía hasta que el río la abrazó por completo.

Al día siguiente el mundo parecía igual y, sin embargo, distinto. Las niñas habían aprendido que la paciencia, la imaginación y la amistad son ventanas que pueden unir lo que está lejos. Sabían que no necesitaban entender todas las palabras para ser amigas. Solo bastaba mirar con cuidado, dibujar con cariño y, sobre todo, esperar con el corazón abierto. Así, en la orilla del río, donde el agua contaba historias antiguas, las niñas convencieron a dos mundos de que podían vivir juntos, al menos por una tarde, y de que siempre habría más tardes por venir.

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Orilla
La parte del borde de un río o lago.
Cinta de plata
Algo que brilla como el metal plata.
Extraterrestres
Seres que vienen de otros planetas.
Puente
Una construcción que conecta dos lugares.
Holograma
Imagen que parece estar en el aire.
Esfera
Un objeto redondo, como una pelota.
Lucíérnaga
Insecto que emite luz en la oscuridad.
Paciencia
Esperar con calma sin enojarse.
Melodías
Sonidos agradables que forman música.
Cosquillas
Sensación que causa risa al tocar la piel.

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