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Cuento de extraterrestre 5/6 años Lectura 13 min.

Bruno y Lila: la regla de seguridad espacial en la establa limpia

Bruno, un oso cuidadoso, encuentra a Lila, una criatura del espacio cuya nave cayó en su establo; juntos siguen reglas de seguridad para reparar la nave y afrontar la llegada de sus familiares.

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Bruno, un gran oso pardo de pelaje suave y espeso, de expresión tranquila y bondadosa, está de pie sobre sus patas traseras junto a un montón de heno y extiende una pata como para tranquilizar; Lila, una pequeña extraterrestre redonda y luminosa del tamaño de una manzana con ojos grandes y brillantes y sonrisa tímida, sostiene una mini-nave plateada sobre el heno; Tono, un extraterrestre alto y delgado de piel nacarada, observa flotando cerca de la puerta del granero; Pif, un personaje pequeño de orejas redondas, toca con asombro una vieja brocha de madera a la derecha de Bruno; el granero es de madera clara con tablas visibles, luz dorada filtrándose por una grieta del techo, fardos de heno apilados, un cubo de metal brillante y una puerta de madera algo oxidada; la mini-nave reposa sobre un cojín de heno con una antena erguida y pequeñas piedras cometarias azules a un lado; la escena transmite calma, ayuda y amistad en una atmósfera cálida y segura, con estilo 3D suave, texturas mullidas para el oso, metal liso y brillante para la nave y una iluminación dorada de final de tarde. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La luz que cayó en el heno

En un claro del bosque, donde la hierba olía a menta y a sol, vivía un oso llamado Bruno. Era grande, pero caminaba despacio, como si escuchara el mundo con las patas. Bruno tenía una cosa especial: se fijaba en los detalles. Si una hoja caía, él veía por qué. Si un pájaro cambiaba de canción, él notaba la nota nueva.

Aquella tarde, Bruno entró en la establa limpia que cuidaba con mucho esmero. No había vacas ni caballos. Solo montones de heno dorado, cubos ordenados, y una escoba apoyada como un soldadito. Bruno había barrido tanto que el suelo de madera brillaba.

—Aquí todo está en su sitio —murmuró, contento.

Entonces, una luz azul, finita como una cinta, se coló por una rendija del techo.

—¿Eh? —dijo Bruno, levantando la cabeza.

La luz no se quedó quieta. Hizo un círculo en el aire, como jugando a la comba, y luego… ¡plaf! Algo cayó en el heno con un sonido suave, como una pelota de lana.

Bruno se quedó quieto. Sus orejas se pusieron tiesas.

—Regla de seguridad espacial —se recordó a sí mismo, porque le gustaba decir reglas cuando tenía nervios—: “Si algo cae del cielo, primero miro, luego llamo, y solo después me acerco”.

Él no sabía de dónde había sacado esa regla. Tal vez de un cuento que se contó a sí mismo una noche. Pero le funcionaba.

Bruno miró.

Del heno asomó una puntita plateada. Luego otra. Y por fin, una cabeza pequeña, redonda, con ojos enormes que brillaban como canicas mojadas.

—Hola —dijo la cabecita, muy bajito.

Bruno tragó saliva. No quería asustar a nadie, pero su corazón hacía “tum-tum” como un tambor.

—Hola —respondió—. ¿Eres… una estrella?

La cabecita se sacudió el heno como si fuera confeti.

—No. Soy Lila. Soy de… de muy lejos.

—Yo soy Bruno. Este es mi… bueno… mi lugar de guardar cosas. Una establa limpia —aclaró, orgulloso.

Lila miró alrededor y sonrió. Su sonrisa era rara: parecía dibujada con luz.

—Muy limpia, sí. Yo… perdí mi nave pequeñita.

Bruno inclinó la cabeza.

—¿Una nave? ¿Como un barco que vuela?

—Sí —dijo Lila—. Pero no hace “plash”, hace “piiii”.

Y, como para demostrarlo, sacó de entre el heno un objeto redondo, del tamaño de una calabaza. Tenía ventanitas, un botón rojo y otro verde, y una antena doblada.

—Se cayó. Y ahora no recuerda el camino —susurró Lila, como si la nave pudiera oír.

Bruno sintió una mezcla de miedo y curiosidad. Pero su regla seguía ahí, firme.

—Antes de tocarla, me pongo a distancia segura —dijo, dando dos pasos atrás—. Y pregunto: ¿es peligrosa?

Lila abrió mucho los ojos.

—No, no. Es tímida. Cuando se asusta, se apaga.

Bruno soltó un pequeño suspiro.

—Ah… como yo cuando escucho truenos.

Lila rió con un sonido como campanitas.

—Entonces somos parecidos.

En ese momento, la nave hizo un “bip” triste, como un pajarito que se quedó solo.

—Necesita energía —dijo Lila—. Y una antena derecha. Y… una palabra amable.

Bruno levantó una ceja.

—¿Una palabra amable también?

—Sí. En mi planeta, las cosas escuchan.

Bruno miró su establa limpia. Vio el cubo de agua, el heno, la escoba. Pensó: “Si las cosas escuchan, esta escoba debe estar orgullosa”.

—De acuerdo —dijo—. Cooperamos. Pero con calma. Y con mi regla.

Parte 2: El plan del oso y la llave de luz

Bruno se acercó despacio. Olía a metal nuevo y a aire frío, como cuando abres una cueva. Lila se colocó a su lado, tan pequeña que parecía una semilla con ojos.

—Primero: la antena —dijo Bruno.

La antena estaba doblada como una ramita después de la lluvia. Bruno la tocó con una uña, muy suave.

—¿Puedo? —preguntó.

—Sí —dijo Lila—. Pero no la dobles más, pobrecita.

Bruno la enderezó con paciencia, como endereza una flor. La nave hizo “bip-bip”, un poco más alegre.

—Bien —dijo Bruno—. Segundo: energía.

Lila abrió una bolsita brillante que llevaba colgada. Dentro tenía piedritas transparentes que brillaban por dentro, como si guardaran amaneceres.

—Son migas de cometa —explicó—. Dan energía. Pero… se mojaron un poco.

Bruno miró el cubo de agua limpio. Luego miró el techo, donde entraba la luz.

—En mi establa, lo que se moja, se seca —dijo.

Extendió un paño en el suelo de madera, y puso las migas de cometa encima, separadas, como galletas.

—No las respires —advirtió Lila—. Te pueden hacer cosquillas en la nariz por tres días.

—¡Eso sí sería peligroso! —dijo Bruno, y estornudó solo de pensarlo.

Lila se rió. Y la nave, como si también quisiera reír, hizo un “piiii” cortito.

Cuando las migas estuvieron secas y más brillantes, Lila las puso en un huequito de la nave. Encajaron como si fueran piezas de un rompecabezas.

—Ahora falta la palabra amable —dijo Lila, seria.

Bruno se quedó pensando. Él era bueno con los detalles, pero no siempre sabía qué decir.

—¿Sirve “hola”? —preguntó.

—Es amable, sí. Pero… tal vez necesita algo más valiente —susurró Lila.

Bruno miró la nave. Parecía un insecto asustado, hecho de plata.

—Está bien —dijo Bruno. Se aclaró la garganta—. Nave, escucha: eres pequeña, sí. Pero puedes. Estoy contigo.

La nave se encendió con una luz suave, verde y azul, como una luciérnaga que aprendió un truco nuevo.

—¡Funcionó! —dijo Lila, dando un saltito.

Entonces, un mini-rebondito: la nave soltó un sonido fuerte, “BIIIIP”, y una rayita de luz salió disparada hacia el techo.

—¡Uy! —exclamó Bruno, dando un paso atrás. Su regla lo ayudó: distancia primero.

Lila se llevó las manos a la boca.

—Oh no… activó el Llamador de Nubes.

Bruno parpadeó.

—¿Eso qué llama? ¿Nubes?

—No solo nubes —dijo Lila, preocupada—. Llama a… a mis familiares. Y vienen rápido. Muy rápido.

Bruno miró la rendija del techo. El cielo se estaba poniendo más oscuro, como si alguien hubiera pintado con un pincel gris.

—Yo no quiero que se asusten al ver un oso —dijo Bruno—. Ni que tú te asustes.

Lila lo miró con confianza.

—Si les explicamos, todo irá bien. Ellos son buenos. Solo… muy curiosos.

Bruno respiró hondo. El valor, pensó, no era rugir. Era quedarse y hablar.

—Entonces haremos esto con orden —dijo—. Yo abro espacio en la establa, y tú les dices la regla: “Primero mirar, luego llamar, y después acercarse”.

Lila asintió.

—Me gusta esa regla.

Parte 3: Visita del cielo y un portillo cerrado

Un zumbido suave llegó desde arriba, como un enjambre que canta. Por la rendija del techo entró una luz dorada. Luego otra. Y de pronto, la establa se llenó de puntitos brillantes.

Del aire bajaron tres extraterrestres más. Eran como Lila, pero uno era alto y muy delgado, otro tenía orejas redondas como platos, y el tercero llevaba un chaleco lleno de botones que parpadeaban.

Se quedaron flotando un poco, mirando todo.

Bruno, recordando su regla, habló con calma.

—Hola. Soy Bruno. Esta es una establa limpia. Aquí no se corre, no se grita, y se pregunta antes de tocar.

Los tres parpadearon a la vez, como si esa frase fuera música.

—Hola, Bruno —dijo el alto—. Soy Tono.

—Yo soy Pif —dijo el de orejas redondas, y estornudó una chispa.

—Y yo, Miri —dijo el del chaleco—. Huele a heno feliz.

Lila se acercó a ellos.

—Me caí —explicó—. Bruno me ayudó. Y me enseñó una regla de seguridad espacial.

—¿Seguridad… espacial? —repitió Miri, curioso.

Bruno levantó un dedo.

—Sí. Cuando algo cae del cielo: primero mirar, luego llamar, y solo después acercarse.

Los extraterrestres se miraron, y luego asintieron.

—Es una regla clara —dijo Tono—. Nos gusta.

Pif miró la escoba.

—¿Esa cosa pelea?

—No —dijo Bruno, riendo un poco—. Esa cosa limpia.

Pif se acercó, pero Lila lo detuvo.

—Pregunta antes de tocar —le recordó.

Pif se puso rojo, o al menos, más brillante.

—¿Puedo tocar la escoba?

—Sí —dijo Bruno—. Pero solo un poquito.

Pif tocó la escoba con un dedo. La escoba no hizo nada, claro, pero Pif dijo:

—Ohhh. Es suave. Como una cola de cometa.

Todos rieron. Incluso Bruno, que se sintió más ligero.

Entonces, Miri miró la nave.

—El Llamador de Nubes se activó —dijo—. Eso puede atraer a más cosas del espacio. Cosas perdidas.

Bruno abrió mucho los ojos.

—¿Cosas perdidas como… piedras grandes?

—Sí —dijo Miri—. O chatarra. O… una vieja señal.

Lila dio un paso hacia la nave.

—Podemos apagarlo, pero necesitamos un lugar tranquilo.

Bruno miró la puerta de la establa. Al lado había un portillo de madera, pequeño, que daba al corral vacío. Ese portillo siempre chirriaba un poco, como si contara secretos.

—Podemos cerrar el portillo —dijo Bruno—. Así el aire se queda quieto. Y nadie entra sin permiso.

—¡Una frontera amable! —dijo Tono.

Entre todos, con cuidado, llevaron la nave hasta el rincón más limpio, sobre un montón de heno como una cama. Lila y Miri tocaron dos botones a la vez. La nave hizo “piii… pii…” y bajó la luz.

Bruno sostuvo el cubo de agua lejos, por si acaso, porque era prudente. Pif sostenía la escoba como si fuera un cetro, sin barrer nada. Tono observaba el techo, atento.

De pronto, el zumbido de afuera se calmó. Las nubes grises se despegaron, como si alguien hubiera soplado.

—Ya está —dijo Lila, aliviada—. Se apagó.

Bruno sintió una alegría cálida, como beber miel.

—Lo hicimos —dijo—. Sin correr. Sin asustarnos. Con regla.

Los extraterrestres lo miraron con respeto. No un respeto grande y pesado, sino uno ligero, como una pluma.

—Bruno —dijo Tono—, tu valor es tranquilo. Es el mejor.

Lila se acercó a Bruno y le dio algo: una pequeña piedra de cometa, del tamaño de una uña. Brillaba con un azul que parecía decir “gracias” sin palabras.

—Para que recuerdes que tienes amigos lejos —dijo Lila.

Bruno la guardó con cuidado.

—Y ustedes recuerden mi regla —dijo él.

—La recordaremos —prometieron los tres a la vez.

Lila entró en su nave. La nave se encendió suave, como una lámpara de noche.

—Adiós, Bruno —dijo por la ventanita—. Tu establa limpia es un buen lugar para caer.

—Preferiría que nadie se cayera —respondió Bruno—. Pero si pasa, ya sabemos qué hacer.

La nave subió despacio, sin prisa, y salió por la rendija del techo como una burbuja luminosa. El cielo volvió a ser azul.

Bruno caminó hasta la puerta. El aire olía a heno y a aventura. Miró el corral vacío y el portillo pequeño.

Con un gesto firme y tranquilo, cerró el portillo.

Clac.

Y se quedó un momento con la pata en la madera, sintiendo la seguridad de lo simple: una regla clara, un lugar ordenado, y un final bonito.

—Buenas noches, espacio —susurró Bruno.

La piedra de cometa brilló en su bolsillo, como si también dijera:

—Buenas noches.

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Rendija
Abertura estrecha en el techo o la pared por donde entra luz o aire.
Heno
Paja seca que usan los animales para comer o para dormir encima.
Antena
Palito o pieza que sirve para recibir señales o mensajes.
Migas de cometa
Pequeñas piedras brillantes que traen energía en la historia.
Llamador de Nubes
Aparato que llama a cosas del cielo cuando se activa.
Corral
Lugar cercado donde se guardan animales en la granja.
Portillo
Puerta pequeña que da acceso a un espacio cerrado.
Rompecabezas
Juego con piezas que se unen para formar una imagen.
Chaleco
Prenda sin mangas que se lleva sobre la ropa.
Zumbido
Ruido continuo y suave, como el sonido de insectos o máquinas.

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