Parte 1: La terraza de Nube Clara
En la estación espacial Nube Clara había una terraza tranquila, con suelo de vidrio y barandillas plateadas. Por debajo se veía el espacio: negro como una manta suave, salpicado de puntitos que brillaban.
Liro flotaba allí cada tarde.
Liro era un pequeño dron redondo, del tamaño de una sandía. Tenía una luz azul en la frente, dos alitas que zumbaban bajito y una cámara que hacía “clic” cuando le gustaba algo.
Le encantaba mirar las estrellas y contar las nubes de gas que parecían algodón de colores. A veces pasaba una cometa solar lenta, como una hoja dorada.
—Hola, estrella número uno… hola, estrella número dos… —susurraba Liro, como si las estrellas pudieran oírle.
Aquella tarde, algo diferente pasó por su lente.
Un bultito verde, brillante, como gelatina con chispitas, estaba pegado a la barandilla.
Liro se acercó despacio, con cuidado de no asustarlo.
—Eh… hola —dijo Liro, con voz de altavoz suave—. ¿Te has perdido?
La cosa verde tembló. Luego se estiró como un chicle y formó una carita simple: dos ojitos negros y una boca redonda.
—Soy Nura —dijo, y su voz sonó como burbujas en un vaso—. No estoy… donde debo estar.
—Eso suena a “perdida” —respondió Liro.
Nura se hizo una bolita y volvió a crecer, como si estuviera respirando.
—Vine en una cápsula pequeña. Pero hizo “¡pum!” y “¡paf!” y… cayó en el depósito de cosas viejas. Ahora no encuentro mi camino.
Liro giró su luz azul de un lado a otro.
—¿De qué planeta eres?
Nura brilló más.
—De Blando-7. Es un planeta muy blandito. Allí las montañas son como almohadas. Y los ríos hacen “plop plop”.
Liro soltó un zumbido que parecía una risita.
—Suena divertido. Yo soy de aquí. Soy dron de ayuda. Puedo… ayudarte.
Nura se pegó un poquito a la barandilla.
—Necesito volver. Mi familia me espera. Y yo traje… esto.
Del centro de su cuerpo sacó algo que parecía una chapita. Era un distintivo estelar: redondo, con una estrella dibujada y una línea luminosa que cambiaba de color.
—Es mi permiso para viajar —explicó Nura—. Sin esto, las puertas no se abren.
Liro parpadeó con su luz.
—Entonces es muy importante.
Nura asintió, y el distintivo brilló como un caramelo.
De pronto, un pitido sonó en el pasillo.
“BIP-BIP. LIMPIEZA. BIP-BIP.”
Un robot grande y cuadrado se acercaba empujando un carrito.
Nura se encogió, asustada, hasta quedar como una gota.
—¡Se lo llevará! —susurró—. ¡El carrito de cosas perdidas!
Liro se puso delante, valiente como un faro pequeño.
—No te preocupes. Soy dron de ayuda. Sé hablar con robots.
El robot cuadrado llegó, miró con ojos rojos y dijo:
—OBJETO GELATINOSO NO REGISTRADO. A RECICLAJE.
—¡Alto! —dijo Liro—. Es una visitante. Se llama Nura. Tiene permiso.
—PERMISO NO ESCANEADO —respondió el robot.
Nura tembló. El distintivo estelar, nervioso, cambió a color naranja.
Liro pensó rápido. Muy rápido.
—Podemos escanearlo ahora —dijo—. Yo tengo un lector pequeño. En mi panza.
Era verdad… más o menos. Liro tenía un lector, sí, pero hacía tiempo que no lo usaba. Ojalá no se hubiera dormido.
El robot cuadrado hizo un sonido como una caja cerrándose.
—SE ADMITEN ESCANEOS. TIEMPO: DIEZ SEGUNDOS.
—Diez segundos —repitió Liro—. ¡Nura, dame el distintivo!
Nura lo sacó con cuidado y lo puso sobre la superficie lisa de Liro. Liro conectó su lector. Salió una luz finita, como un hilo.
Cinco segundos.
Seis.
Siete.
La luz tembló. El lector tosió: “prrr”.
Ocho.
Liro sintió calor en su batería. No, no, no…
Nueve.
En el último instante, el distintivo hizo “ding” y se puso azul brillante.
—PERMISO VÁLIDO —dijo el robot—. OBJETO GELATINOSO: VISITANTE. NO RECICLAR.
Nura soltó un “fiuuu” de alivio y volvió a su tamaño normal.
—Gracias, Liro —dijo—. Me salvaste.
Liro se acomodó, orgulloso, aunque su motor todavía hacía “ñi-ñi” del esfuerzo.
—Ahora necesitamos encontrar tu cápsula —dijo—. ¿Dónde cayó?
Nura señaló un pasillo con una lucecita violeta.
—Por allí. Huele a… tornillos.
—Entonces vamos —dijo Liro—. Juntos.
Y se fueron, uno zumbando y la otra rebotando como gelatina feliz.
Parte 2: El depósito de misterios
El depósito de Nube Clara era enorme. Había cajas, tubos, piezas de metal, cables como serpientes dormidas y cascos de colores.
Una luz amarilla parpadeaba arriba, como si estuviera guiñando un ojo.
—Aquí todo parece perdido —susurró Nura—. ¿Y si mi cápsula está muy escondida?
—No está perdida si la buscamos —respondió Liro—. A veces las cosas solo juegan al escondite.
Nura se rió con burbujas.
—En mi planeta, jugamos al escondite dentro de gelatina gigante.
Liro intentó imaginarlo y casi se le cruzaron los sensores.
Avanzaron entre montones de objetos. En una esquina había una caja que decía: “COSAS QUE BRILLAN”. En otra: “COSAS QUE SUENAN”.
Liro acercó su cámara.
—Buscamos algo que… ¿cómo era tu cápsula?
Nura se estiró y dibujó en el aire una forma ovalada.
—Pequeña, plateada. Con una ventanita redonda. Y una raya rosa.
—Perfecto —dijo Liro—. Plateada, ventanita, raya rosa. Fácil.
En ese momento, algo brilló entre dos cajas.
—¡Ahí! —exclamó Liro.
Se acercaron. Era plateado. Tenía ventanita… pero no tenía raya rosa.
Era un tostador espacial.
El tostador, muy serio, dijo:
—No soy cápsula. Soy tostador.
Nura se quedó quieta un segundo, y luego soltó una risita.
—Perdón, señor tostador.
—Acepto el perdón —dijo el tostador—. Pero no me vuelvan a confundir. Me ofendo y quemo pan.
Liro y Nura siguieron, aguantando la risa.
Más allá, encontraron algo con una raya rosa. Y era plateado. Y tenía una ventanita…
—¡Sí! —dijo Nura, dando un saltito.
Pero al acercarse, vieron que la “ventanita” era un ojo de robot. Y el robot dormía. Tenía una etiqueta: “ROBOT DRAMÁTICO”.
El robot abrió un ojo y recitó con voz profunda:
—¡Ay! ¡He sido despertado del sueño de los tornillos!
—Lo sentimos —dijo Liro—. Buscamos una cápsula.
El robot dramático puso una mano en su frente.
—Una cápsula… ¡como un pequeño corazón de metal perdido en la noche!
Nura parpadeó.
—Sí… algo así.
Liro tosió para volver a lo simple.
—¿Has visto una cápsula con raya rosa?
El robot dramático señaló con gesto lento y muy teatral.
—En el pasillo de atrás… donde el polvo canta.
—Gracias —dijo Liro—. Y… duerme bien.
Caminaron por el pasillo de atrás. El polvo sí parecía cantar, porque unas motitas flotaban en la luz y hacían un “shhhh” suave.
De repente, Nura se detuvo.
Su distintivo estelar, guardado en su cuerpo, cambió a color rojo.
—Algo pasa —susurró—. Mi distintivo… está triste.
—¿Triste? —preguntó Liro—. ¿Cómo se pone triste un distintivo?
—Cuando se aleja mucho de su ruta —explicó Nura—. Necesita… la señal del Faro Estelar.
Liro recordó algo.
—El Faro Estelar es una antena grande, en la parte alta de la estación. Da señales para las naves.
Nura se encogió un poquito.
—Sin señal, mi distintivo no podrá abrir la puerta de salida. Y mi cápsula no sabrá a dónde ir.
Liro miró hacia arriba, como si pudiera ver el faro desde allí.
—Entonces tenemos dos cosas: la cápsula y el faro.
Nura hizo una carita preocupada.
—¿Y si no podemos con las dos?
Liro se acercó y bajó la voz, como quien cuenta un secreto bueno.
—Podemos. Porque somos dos.
Y además, Liro tuvo una idea.
—Primero encontramos tu cápsula. Luego vamos al faro. ¿De acuerdo?
Nura asintió.
Siguieron buscando hasta que, detrás de un montón de cascos viejos, vieron un brillo suave.
Era una cápsula pequeña, plateada. Tenía una ventanita redonda. Y una raya rosa, clarita como algodón.
—¡Mi cápsula! —gritó Nura.
Corrió… bueno, se deslizó… y la abrazó como si fuera una almohada.
La cápsula respondió con un “piiip” alegre, como si reconociera a Nura.
Pero entonces se oyó un “clac”.
Una reja metálica cayó detrás de ellos. No muy fuerte, pero sí lo suficiente para cerrar el camino.
En la pared, una luz roja se encendió.
—CIERRE AUTOMÁTICO —dijo una voz—. DEPÓSITO EN ORDENAMIENTO.
Nura se quedó helada… o, mejor dicho, se quedó muy dura para ser gelatina.
—¿Estamos atrapados?
Liro probó empujar la reja. Era firme.
—No para siempre —dijo—. Solo… un ratito. Vamos a pensar.
Nura apretó su distintivo. Seguía rojo.
—Necesitamos el faro —susurró—. Pero está lejos.
Liro miró alrededor. Había tubos, ruedas, una escalera plegable y un montón de globos de prueba.
—Podemos salir por arriba —dijo Liro—. ¿Ves esa rejilla de ventilación?
Nura miró. Era una rejilla grande en el techo, con tornillos.
—Está muy alta.
Liro zumbó con decisión.
—Yo puedo volar. Y tú… puedes estirarte.
Nura sonrió.
—Puedo ser escalera.
—¡Exacto! —dijo Liro.
Nura se estiró, formando una columna suave, como un trampolín. Liro subió un poco, luego voló, luego se apoyó. Con cuidado, aflojó los tornillos con su mini-herramienta.
Uno… dos… tres…
La rejilla se abrió con un “toc”.
—Paso secreto —dijo Liro, contento.
Nura se hizo una bolita y metió la cápsula primero, empujándola despacio. Luego se deslizó ella. Liro entró el último.
En el conducto, hacía eco. Nura susurró:
—Esto sí es un misterio.
—Un misterio amable —respondió Liro—. Como una caja de sorpresas.
Parte 3: El Faro Estelar y el distintivo
El conducto los llevó a un pasillo alto, cerca de la parte superior de la estación. Allí las ventanas eran enormes. El espacio parecía aún más grande, como un océano sin fin.
Al fondo, se veía el Faro Estelar: una torre con anillos luminosos que giraban despacito. Cada anillo cambiaba de color: azul, violeta, verde.
—Es hermoso —dijo Nura.
—Y útil —añadió Liro—. Ven, rápido antes de que cierren otra reja.
Llegaron al faro. Había un panel con botones grandes, como galletas de colores. Encima, un cartel decía: “FARO: SOLO PERSONAL AUTORIZADO”.
Nura miró su distintivo rojo y bajó la voz.
—Yo no soy personal.
Liro se enderezó.
—Yo soy dron de ayuda. Un poquito personal. Un poquito no. Pero… podemos pedir permiso.
Justo entonces apareció una holograma: una cara simpática, con gafas redondas y bigote de luz.
—Soy el Guardián del Faro —dijo el holograma—. ¿Qué hacen aquí, pequeñines?
Liro habló claro.
—Nura necesita la señal del faro para volver a casa. Su distintivo está rojo. Y su familia la espera.
Nura levantó su distintivo, que parecía un farolito triste.
El Guardián del Faro inclinó la cabeza.
—Hmm. Las reglas son importantes. Pero también lo es ayudar. ¿Tienen una solución que no haga lío?
Liro pensó. Nura también. Nura hizo una burbuja que estalló con un “pop”, como si fuera una idea.
—¡Mi distintivo! —dijo—. Si lo conecto a una señal pequeña, solo un momento, no cambiará nada en la estación. Solo se pondrá contento y recordará la ruta.
Liro añadió:
—Podemos usar el modo “visita breve”. ¿Existe?
El Guardián del Faro sonrió.
—Existe. Pero necesitan un gesto de confianza: compartir algo.
Nura parpadeó.
—¿Compartir?
—Sí —dijo el Guardián—. En Nube Clara, la energía funciona mejor cuando hay amistad. Compartan una cosa sencilla. Una palabra, un recuerdo, una luz.
Liro miró su luz azul.
—Yo puedo compartir mi luz.
Nura se miró a sí misma, toda brillante.
—Yo puedo compartir… mi brillo.
Se acercaron. Liro bajó su luz azul. Nura abrió su brillo verde. Las dos luces se tocaron en el aire y formaron un color nuevo, como turquesa.
El Faro Estelar respondió con un “hummm” cálido. Uno de sus anillos cambió al mismo color.
—Gesto aceptado —dijo el Guardián—. Modo visita breve: activado.
En el panel apareció un botón grande que decía: “SEÑAL AMIGA”.
Liro lo pulsó.
El faro lanzó una onda luminosa que viajó por el pasillo y salió por las ventanas hacia el espacio, como un saludo.
El distintivo de Nura pasó de rojo a naranja… y luego a un azul brillante, feliz.
—¡Ya! —dijo Nura, con voz burbujeante—. ¡Ahora recuerda!
La cápsula hizo “piiip-piiip” y encendió una luz rosa suave en su raya.
Pero entonces, mini-rebote: el panel del faro emitió un pitido rápido.
—ALERTA: PUERTA DE SALIDA CERRÁNDOSE EN TRES MINUTOS —dijo el Guardián—. Cambio de turno. Seguridad automática.
Nura abrió mucho los ojos.
—¡Tres minutos! ¿Y si no llegamos?
Liro giró sobre sí mismo, buscando.
—Hay un tubo de transporte —dijo—. Un tobogán para paquetes. Va directo a la puerta de salida.
Nura miró el tubo: era un cilindro grande con una boca redonda.
—¿Cabemos?
Liro se midió con la mirada.
—Yo sí. Tú… si te haces pequeña. Y tu cápsula… también.
Nura respiró hondo y se convirtió en una bolita compacta, como una canica grande. La cápsula se cerró, lista.
—Estoy lista —dijo Nura, desde su forma pequeñita.
Liro habló al Guardián:
—Gracias por confiar.
—Gracias por compartir —respondió el Guardián—. Y recuerden: lo desconocido puede ser amable.
Liro puso la cápsula primero en el tubo.
—Nos vemos abajo —dijo.
La cápsula se fue con un “fuuush”.
Nura miró a Liro.
—¿Vienes?
—Siempre —dijo Liro.
Y se lanzaron.
El tubo era oscuro, pero tenía líneas de luz que corrían como luciérnagas. Se oía un “whooo” divertido, como cuando el viento juega.
—¡Esto da cosquillas! —gritó Nura.
—¡A mi hélice también! —contestó Liro, riendo con zumbidos.
Salieron disparados en la zona de salida, una sala amplia con una gran puerta circular. Un contador marcaba: “00:45”.
La cápsula estaba allí, esperando. Tenía su ventanita encendida.
Nura se acercó, volvió a su tamaño normal y acarició la cápsula.
—Gracias por no dejarme sola —dijo a Liro.
—Gracias por enseñarme tu planeta blandito —respondió Liro—. Ahora quiero conocer Blando-7 algún día.
Nura se rió.
—Te haré un sombrero de gelatina.
El contador: “00:20”.
La puerta hizo “clonc” y comenzó a abrirse. Afuera, un túnel corto llevaba al espacio, protegido por un campo brillante.
El distintivo estelar de Nura se iluminó y proyectó una flecha de luz hacia la cápsula.
—Es hora —dijo Nura, con un poquito de emoción en la voz—. Pero… me da un pelín de pena.
Liro se acercó.
—Las despedidas son como puertas —dijo—. Se cierran… y luego se abren otras.
Nura lo miró con ternura.
—¿Puedo darte algo?
Liro dudó.
—No necesitas.
—Quiero —dijo Nura.
De su cuerpo sacó una mini-chispita del distintivo, como una estrellita pequeña, sin romperlo. La estrellita se quedó flotando.
—Un brillo de Blando-7 —explicó—. Para que no olvides que tienes una amiga lejos.
Liro guardó la estrellita en una ranura segura. Su luz azul se volvió un poquito más brillante.
—Yo también tengo algo —dijo Liro.
Proyectó una foto que había tomado en la terraza: Nura junto a la barandilla, el espacio detrás, como un mar nocturno.
—Para tu familia —dijo—. Para que vean dónde estuviste.
Nura tocó la foto y la guardó en su cápsula.
El contador llegó a “00:05”.
Nura entró en la cápsula. La ventanita mostró su carita de gelatina, sonriente.
—Liro —dijo—. Gracias por ayudarme. Gracias por compartir.
—Vuelve cuando quieras —respondió Liro—. Nube Clara tiene sitio para amigos.
La puerta terminó de abrirse. El campo brillante hizo una ola suave.
La cápsula salió despacito, como una burbuja en el agua, y luego aceleró, dejando una estela rosa.
Liro la siguió con la mirada hasta que fue un puntito.
En el panel de la sala, una luz cambió a verde.
—SALIDA SEGURA —dijo una voz amable.
Liro volvió a la terraza, más tarde. El espacio seguía allí, inmenso y tranquilo. Pero ahora, para él, el cielo no era solo un montón de estrellas.
Era un lugar donde vivían amigos.
Sacó la estrellita de Blando-7. Brillaba suave, como una promesa.
—Hola, estrella número uno… —susurró Liro—. Hoy tengo una nueva para contar.
Y en algún lugar muy lejos, en un planeta blandito, una cápsula plateada con raya rosa llegaba a casa, guiada por un distintivo estelar azul y por la fuerza sencilla de una amistad compartida.