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Cuento divertido de fraternidad 11/12 años Lectura 20 min. (1)

La carta de las gentilezas y la lluvia de confeti

Nico, el hermano pequeño, crea una “Charte de las Gentilezas” para que su familia aprenda a expresar emociones y resolver conflictos, y una salida al parque pone a prueba sus reglas cuando una caja misteriosa y una lluvia de confeti desencadenan una inesperada aventura.

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Un niño de 12 años de cabello castaño despeinado y rostro salpicado de confeti mira al cielo sosteniendo una hoja arrugada en la mano izquierda con expresión alegre y algo avergonzada; a su derecha, su hermana mayor de unos 16 años, pelo castaño en coleta, mira divertida sorprendida mientras intenta atrapar confeti; a la izquierda, el hermano de 14 años de pelo negro corto sonríe culpable con los brazos en alto rodeado de papeles de colores; detrás, la madre de treinta años de rodillas con vestido floreado extiende la mano hacia una caja de cartón volcada con una estrella; más lejos, un niño de unos 6 años con corona de papel levanta los brazos maravillado; todo ocurre en una zona de picnic bajo árboles, con mesa de madera, manteles y cojines, mientras una caja de fiesta se abre y deja caer una lluvia de confeti brillante (rojo, azul, dorado, verde) que hace reír y jugar a la familia. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El hermano pequeño y su gran idea

Me llamo Nico, tengo once años y, según mis hermanos, soy “pequeño pero ruidoso”. Lo de pequeño es verdad. Lo de ruidoso… depende de cuántas veces me pisen las zapatillas.

Ese sábado por la mañana, el salón olía a tostadas y a guerra fría.

—¡Ese cojín es mío! —gruñó Lara, mi hermana mayor, agarrándolo como si fuera un trofeo.

—¡Pero yo lo vi primero! —protestó Dani, el mediano, estirando del otro lado.

Yo estaba en el suelo, construyendo una torre con libros viejos. La torre era alta, elegante y… claramente una mala idea. Aun así, la defendía con la mirada.

—Si seguís tirando, vais a explotar el sofá —dije, intentando sonar como un juez importante.

Dani soltó el cojín un segundo para señalarme:

—Tú no mandas, renacuajo.

—Renacuajo tú —contesté, y mi torre hizo “crac”. Un libro cayó en mi cabeza: PUM.

Me quedé quieto, con el libro sobre el pelo, como un sombrero triste. Sentí una mezcla rara: rabia por dentro, calor en la cara y ganas de gritar.

Mamá apareció en la puerta con su voz de “esto va en serio”.

—Hoy vamos al área de picnic del parque. Aire, bocadillos y… —miró el salón como si fuera un campo de batalla— paz.

Lara y Dani se miraron. Luego me miraron a mí. Yo, con el libro en la cabeza, dije:

—Propongo una solución científica.

—¿Cuál? —preguntó Lara, con esa ceja levantada que usa cuando cree que voy a decir una tontería.

Me levanté y fui al escritorio. Saqué una hoja, un rotulador y escribí, enorme:

“CHARTE DE LAS GENTILEZAS”

—Se dice “carta” —susurró Dani.

—Se dice “charte” porque suena a cosa importante —respondí, y subrayé fuerte. ZAS.

Mamá se rió por la nariz, como cuando intenta no reírse pero pierde un poquito.

—Me gusta. Pero que sirva para algo, Nico.

Yo asentí, con el rotulador como si fuera una espada.

—Regla número uno —anuncié—: cuando me enfado, lo digo sin gritar.

—¿Y si te enfadas por una tontería? —preguntó Dani.

Tragué saliva. La rabia de antes seguía ahí, pequeñita, como una avispa en el pecho.

—Entonces… lo digo igual, pero… con palabras normales —dije, y escribí: “Decir: ‘Estoy enfadado'”.

Lara cruzó los brazos.

—Regla número dos: no llamarnos renacuajos.

Dani hizo una mueca.

—Vale, pero… ¿puedo llamarle “mini-tornado”?

—¡No! —dije, y me salió demasiado fuerte. Me detuve, respiré, y lo intenté otra vez—. No. Estoy… un poco enfadado. Pero lo digo sin gritar. ¿Ves? Estoy practicando.

Mamá aplaudió una vez.

—Venga, equipo. Al parque.

Y así empezó la aventura de mi “Charte”, con bocadillos, una mochila demasiado llena y dos hermanos que se peleaban por quién llevaba el agua.

Capítulo 2: Bocadillos, hormigas y una firma sospechosa

El área de picnic estaba bajo unos árboles enormes, con mesas de madera y un olor a hierba recién aplastada. El sol hacía brillar las migas viejas en el suelo como si fueran confeti de galleta.

—¡Mirad! —dije—. Mesa libre.

Lara corrió y puso su chaqueta en el banco, como si marcara territorio.

—Esta es mi esquina.

Dani dejó la mochila con un “plof”.

—Yo me siento aquí. Porque sí.

Yo elegí el extremo, el más cercano a la papelera, por si mi torre de emociones volvía a caerse y necesitaba tirar un pañuelo dramáticamente.

Saqué la “Charte de las Gentilezas”, ahora doblada en cuatro, y la extendí como un mapa del tesoro.

—Hoy la probamos en modo real —anuncié—. Firmamos y todo.

—¿Firmamos? —Lara entrecerró los ojos—. ¿Qué eres, un notario?

—Un notario pequeño —dije.

Mamá estaba sacando los bocadillos.

—Si firmáis, luego no hay “yo no sabía” —dijo ella, y me guiñó un ojo.

Dani cogió el rotulador.

—Yo firmo, pero con un dibujo.

Escribió su nombre y, al lado, un dragón con cara de “me acabo de comer tu merienda”. Lara firmó con una firma elegante que parecía una ola.

Yo firmé con letras enormes y un punto al final, porque me gustan los finales claros.

Entonces llegó el primer problema: un zumo.

—Ese es de fresa —dijo Lara, estirando la mano.

—No, es de fresa… y es mío —dijo Dani, más rápido.

Yo vi cómo sus caras se tensaban. Ese momento en el que la chispa salta y tú ya te imaginas el “¡EH!” y el “¡DAME!”.

Mi barriga hizo “glup”.

—¡Charte! —dije, señalando la hoja como un árbitro—. Regla tres: “Pedir con calma y negociar”.

Lara bufó, pero bajó el brazo.

—Vale. Dani, lo quiero porque el de manzana me da… como cosquillas en la lengua.

Dani frunció la nariz.

—A mí me gusta la manzana. Pero no quiero que te dé cosquillas raras.

Se quedaron mirándose. Yo conté mentalmente: uno, dos, tres… como me enseñó la profe para no explotar.

—Propuesta —dije—: lo compartís. Un sorbo tú, un sorbo él. Y si uno bebe más, el otro se queda con el último trozo de bocadillo.

Dani hizo “mmm”.

—Acepto, pero yo me quedo el último trozo.

—¡Trato! —dijo Lara, y chocaron los puños.

Mamá levantó las cejas, orgullosa.

Y entonces, como si el parque quisiera participar, una fila de hormigas apareció en la mesa, avanzando hacia las migas.

—¡Invasión! —grité.

Lara se levantó de un salto.

—¡Qué asco! ¡Bajad, micro-monstruos!

Dani se rió.

—Son hormigas, no helicópteros.

Yo miré la fila y sentí una cosa nueva: risa mezclada con nervios.

—Regla cuatro —dije, y escribí rápido—: “Cuando algo da asco o miedo, no gritamos; respiramos y pedimos ayuda”.

Lara me miró, sorprendida.

—Eso… me sirve.

Con una servilleta, limpiamos migas y desviamos la ruta de hormigas como si fuéramos guardias de tráfico. “Shh, por aquí no, señoras hormigas”.

Fue tan absurdo que acabamos riéndonos.

La “Charte” parecía funcionar. Demasiado bien.

Casi daba miedo.

Capítulo 3: La caja misteriosa del banco de al lado

Después de comer, Dani se tumbó en el banco como una foca satisfecha.

—No me muevo nunca más.

Lara sacó el móvil, pero mamá le dio esa mirada de “hoy no”.

Yo, como hermano pequeño con energía de sobra, exploré alrededor de las mesas. Había una papelera, un cartel de “No alimentar a los patos” y… un banco con una caja de cartón.

Una caja cerrada con cinta adhesiva y un dibujo de una estrella en rotulador.

Volví corriendo.

—¡He encontrado una caja sospechosa!

—Todo lo que encuentra Nico es sospechoso —dijo Dani, sin levantarse.

—¿Qué pone? —preguntó Lara, curiosa.

La caja tenía escrito: “PARA LA FIESTA SORPRESA”.

Mis ojos hicieron “¡plin!”.

—¿Fiesta? ¿Sorpresa? —susurré—. Eso suena a confeti.

Mamá se acercó.

—No toquéis cosas que no son vuestras.

Yo levanté las manos.

—No la he tocado. Solo la he mirado con intensidad.

Dani por fin se sentó.

—Seguro que es de los del cumpleaños de la mesa de allí.

Señaló un grupo al fondo: una familia con globos atados a una mochila y un niño con corona de papel. Cantaban algo bajito mientras inflaban un globo que hacía “fiuu fiuu”.

Lara se mordió el labio.

—¿Y si se les pierde?

Mi corazón empezó a correr dentro del pecho, como si tuviera zapatillas.

—Podemos ser héroes amables —dije—. Regla cinco: “Si vemos un problema, ayudamos sin mandar”.

Me acerqué al grupo con la “Charte” en la mano como si fuera una acreditación oficial.

—Hola —dije—. Soy Nico. Eh… ¿esa caja es vuestra?

Una señora con delantal de flores me miró.

—¡Ay! Sí, la dejamos un momento para montar la mesa del pastel. Gracias, campeón.

—De nada. Tenemos una Charte de las Gentilezas —añadí, porque cuando estás orgulloso, lo dices.

El niño de la corona nos miró y preguntó:

—¿Gentilezas? ¿Eso se come?

—A veces sí —dijo Dani, acercándose—. Como cuando compartes patatas.

Todos rieron. Yo también. Me sentí grande, aunque seguía siendo el pequeño.

Entonces la señora agarró la caja, pero la cinta estaba floja. Un extremo se despegó con un “prrrt”.

—Uy… —dijo ella—. Casi.

Yo vi, dentro, algo brillante. Bolsitas. Colores. Un borde de papel picado.

Confeti. Lo sabía.

Lara me dio un codazo suave.

—No mires como si fueras un mapache.

—No soy mapache —susurré—. Soy… inspector de confeti.

La señora volvió a dejar la caja en el banco, más cerca del grupo. Todo parecía bajo control.

Demasiado.

El viento sopló. “Fuuuush”.

Y la caja, que era ligera, se deslizó unos centímetros.

Yo di un paso hacia ella. Solo para… evitar que se cayera.

—Nico —dijo mamá—. Manos en los bolsillos.

Metí las manos en los bolsillos. De verdad. Lo prometo.

Pero mis pies, esos traidores, se movieron.

El banco crujió.

Y en ese instante, Dani decidió levantarse de golpe para estirar.

Su codo chocó con el borde del banco.

“CLONK”.

La caja tembló. La cinta se abrió del todo.

Durante un segundo, el mundo se quedó en silencio.

Luego pasó.

Capítulo 4: La lluvia de confeti más accidental del universo

La caja se abrió como una boca sorprendida y… ¡PFFFFFT!

Una nube de confeti salió disparada al aire. Rojo, azul, dorado, verde. Parecía que el cielo estornudaba colores.

—¡NOOO! —gritó Dani, mirando su propio codo como si fuera culpable.

—¡SÍÍÍ! —grité yo, porque mi cerebro tardó medio segundo en entender que era un desastre.

El confeti empezó a caer. Lentamente al principio. Luego más y más, como si alguien hubiera volcado una fábrica de fiesta.

Lara intentó atraparlo con las manos.

—¡Recoged, recoged! ¡Que esto es para el cumpleaños!

Pero el confeti no se recoge. El confeti se ríe de ti. Se te pega en el pelo, se mete en los calcetines, se posa en la nariz. Hace cosquillas. Es el caos con brillantina.

El niño de la corona abrió la boca.

—¡Guau!

La señora del delantal se quedó congelada… y luego se echó a reír.

—Bueno —dijo, mirando el cielo de papelitos—, sorpresa adelantada.

Yo noté cómo Dani se ponía rojo. Lara apretó los labios. Yo sentí una punzada en el estómago: esa culpa que te hace pequeñito.

Mamá se agachó a la altura de Dani.

—Respira. ¿Qué sientes?

Dani tragó saliva.

—Estoy… avergonzado. Y nervioso. Como si tuviera un tambor dentro.

Lara soltó el aire.

—Yo estoy… enfadada. Pero más con el viento que con Dani.

Yo levanté la “Charte”, que ahora tenía confeti pegado.

—Regla seis —dije, intentando que no me temblara la voz—: “Si metemos la pata, pedimos perdón y buscamos soluciones”.

Me acerqué a la señora.

—Lo sentimos muchísimo. Fue un accidente. Podemos ayudar a recoger… aunque el confeti sea un enemigo.

Dani asintió rápido.

—Sí, lo siento. Mi codo… es muy expresivo.

La señora se rió otra vez.

—Tranquilos. De verdad. —Miró al niño de la corona—. ¿Qué dices, cumpleañero? ¿Te gusta la lluvia?

El niño levantó los brazos.

—¡Me encanta! ¡Parece magia!

Los adultos del grupo empezaron a aplaudir, y los niños saltaron para atrapar confeti como si fueran mariposas cuadradas.

Lara me miró, incrédula.

—¿Nos… salió bien?

Yo me encogí de hombros, y un papelito se me quedó pegado en la ceja.

—No sé. Pero mi ceja está de fiesta.

Dani se rió, por fin.

—Te queda bien. Pareces una piña elegante.

Yo me toqué la ceja, serio.

—Regla siete: “No llamar piña a tu hermano”.

—Vale, vale —dijo Dani—. Estoy contento. Y un poco aliviado.

La señora sacó otra bolsa de confeti de la caja, intacta.

—Ya que el cielo decidió colaborar, vamos a hacer algo: cuando el niño sopla las velas, tiramos el resto. Pero esta vez… apuntando hacia arriba.

Lara levantó la mano como en clase.

—Nosotros podemos ayudar a que sea… controlado.

Así que, de repente, estábamos trabajando con desconocidos como si fuéramos un equipo de “Operación Fiesta”.

Yo guardé mi “Charte” en la mochila. Sentía que latía, como si fuera un corazón de papel.

Capítulo 5: La Charte se convierte en misión

El grupo del cumpleaños nos invitó a quedarnos. Mamá preguntó con la mirada. Yo hice ojos de “por favor, por favor, por favor” tan fuertes que casi me dolieron.

—Está bien —dijo mamá—. Pero con educación y ayudando.

Nos pusimos manos a la obra. Dani sujetaba globos para que no se escaparan. Lara ordenaba platos como si fuera directora de un restaurante de cinco estrellas.

—Aquí van las servilletas. Aquí el pastel. Aquí… Nico, no metas la nariz en el merengue —dijo.

—No era mi nariz —dije—. Era mi curiosidad.

El cumpleañero, que se llamaba Leo, me señaló.

—¿Tú eres el de la Charte?

—Sí. Soy el presidente. Bueno… el único socio fundador.

Leo se acercó conspirador.

—¿Tiene reglas para cuando tu hermana te mira como si fueras una patata?

Lara escuchó eso y abrió los ojos.

—¿Una patata?

Yo puse cara de “ups”.

—Regla ocho —improvisé—: “Si alguien te mira raro, preguntas qué pasa en vez de imaginar un drama”.

Leo se giró hacia Lara.

—¿Por qué lo miras como patata?

Lara se quedó tan sorprendida que se le escapó una carcajada.

—Porque… a veces hace cosas de patata. Pero me cae bien.

Yo sentí algo cálido, como si alguien me hubiera puesto una manta por dentro.

—Gracias —dije—. Yo también… te caigo bien. Digo, tú también me caes bien. Eh.

Dani aprovechó para intervenir:

—Regla nueve: “Cuando te salga una frase rara, te ríes y sigues”.

Y todos nos reímos.

En ese momento, el viento volvió a soplar. Un globo casi se escapa. Dani lo atrapó con un salto impresionante.

—¡HA! —gritó—. Soy un ninja del helio.

—Más bien un pulpo torpe —dijo Lara, pero con cariño.

Yo noté que mi pecho se inflaba de orgullo. Mis hermanos no estaban peleando. Estaban… jugando.

La señora del delantal, que se llamaba Marisa, puso el pastel en el centro.

—Hora de las velas.

Leo cerró los ojos.

—Voy a pedir un deseo… muy grande.

Yo pensé en mi deseo: que mi casa tuviera menos “¡ES MÍO!” y más “¿estás bien?”. No es un deseo espectacular, pero es útil.

Marisa nos repartió bolsitas de confeti.

—A la cuenta de tres, arriba, ¿vale?

Lara me miró.

—Nico, si te emocionas, respira.

Asentí muy serio.

—Regla diez: “La emoción también se gestiona”.

Dani me guiñó un ojo.

—¿Ves? El renac… —se detuvo—. El hermano menor está hecho un sabio.

—Gracias por no decirlo —dije, satisfecho.

Leo sopló: FUUU.

Las velas se apagaron.

—¡TRES! —gritó alguien.

Y ahora sí: ¡PFFF!

Lluvia de confeti oficial, hacia arriba, perfecta. El cielo se llenó de colores y risas. Esta vez no era accidente. Era celebración.

Yo miré a Lara y Dani. Los dos estaban llenos de papelitos en el pelo.

Parecían… felices y ridículos.

O sea: mis hermanos.

Capítulo 6: Un coro para cerrar el día

Cuando la fiesta terminó, ayudamos a recoger. El confeti seguía apareciendo de sitios imposibles: debajo de una uña, dentro de un bolsillo, pegado a una oreja.

Dani sacudió su camiseta.

—Creo que voy a encontrar confeti hasta en los sueños.

Lara se miró el pelo en la pantalla del móvil.

—Tengo un dorado aquí. Me hace parecer una estrella cansada.

Yo saqué la “Charte de las Gentilezas”. Estaba arrugada, con manchas de zumo y un confeti pegado en la palabra “gentilezas”. Parecía que la hoja también había vivido la aventura.

Mamá se sentó con nosotros en la mesa del área de picnic, ya más tranquila.

—A ver, presidente —dijo—. ¿Qué aprendimos hoy?

Yo respiré. No quería ponerme pesado, pero sí quería decirlo bien.

—Que cuando me enfado… puedo decirlo. Sin explotar. Y que pedir perdón no te hace pequeño, te hace… valiente.

Dani asintió.

—Yo aprendí que mi codo es peligroso. Y que cuando me da vergüenza, si lo digo, se me pasa un poco.

Lara se encogió de hombros, pero sonrió.

—Yo aprendí que puedo estar enfadada y aun así ser amable. Y que Nico no es una patata. La mayoría del tiempo.

—Regla once —dije, señalando la hoja—: “Las bromas van con cariño”. Aprobada.

Nos miramos los tres. Hubo un silencio pequeñito, cómodo.

Entonces Leo, el cumpleañero, pasó corriendo con su corona torcida y gritó desde lejos:

—¡Gracias por la lluvia mágica!

Dani levantó la mano como un famoso.

—¡De nada! ¡Fue nuestro… ejem… plan secreto!

Lara le dio un codazo suave.

—No mientas.

Dani se rió.

—Vale, fue el viento. Pero yo lo apoyo.

Yo me levanté de golpe.

—¡Idea final! Para cerrar el día: una canción. Como un pacto. Un canto en coro.

—¿Qué canción? —preguntó mamá.

Pensé rápido. Necesitábamos algo simple, ridículo y pegadizo. Como nosotros.

Aclaré la garganta.

—Se llama “Respira, habla, abraza”. Va así.

Y canté, con ritmo de palmas:

“Res-pi-ra, res-pi-ra… ¡shhh!

Di lo que sientes… ¡ahh!

Si te equivocas… ¡ups!

Y luego abrazas… ¡ja!”

Dani empezó a palmear.

—Eso es malísimo —dijo, riéndose—. Me encanta.

Lara puso los ojos en blanco, pero ya estaba sonriendo.

—Vale, pero yo hago la segunda voz.

Mamá se unió con palmas.

Cantamos los cuatro, allí mismo, en el área de picnic, con el pelo todavía lleno de confeti y el sol bajando despacito entre los árboles.

“Res-pi-ra, res-pi-ra… ¡shhh!

Di lo que sientes… ¡ahh!

Si te equivocas… ¡ups!

Y luego abrazas… ¡ja!”

Al final, nos miramos y nos dio un ataque de risa tan grande que casi se nos caen las palmas.

Yo guardé la “Charte” en la mochila como si fuera un tesoro.

No había borrado las peleas del mundo, claro. Pero había una cosa nueva: un camino para volver a estar bien.

Y, por si acaso, una regla extra escrita al margen, pequeñita:

“Regla doce: si llueve confeti… reír primero, ordenar después.”

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Charte
Una hoja con reglas que las personas acuerdan para actuar bien juntos.
Confeti
Trocitos pequeños de papel de colores que se lanzan en fiestas.
Invasión
Cuando muchas cosas o personas entran en un sitio sin permiso.
Avergonzado
Sentir calor en la cara y querer esconderse por algo que hiciste.
Improvisé
Hacer o decir algo sin plan, pensando en el momento.
Brillantina
Polvo o trocitos brillantes que se usan para decorar y que relucen.
Controlado
Que se hace de forma segura y con cuidado para que no salga mal.
Conspirador
Alguien que hace planes secretos con otras personas.
Intensidad
La fuerza o grado con que se siente o se hace algo.
Servilleta
Papel o tela para limpiar la boca y las manos al comer.

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