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Cuento divertido de fraternidad 11/12 años Lectura 16 min.

El club de hermanos valientes y el tesoro del abuelo Tico

Mara, Leo y Nora se embarcan en una emocionante aventura para encontrar un mando de televisión perdido, descubriendo un mapa del tesoro que los lleva a resolver divertidos desafíos familiares, mientras fortalecen su vínculo como hermanos.

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Una niña de 12 años, Mara, con largos cabellos castaños desordenados y gafas redondas, sonríe con ojos brillantes de emoción. Está agachada frente a un gran mueble, sosteniendo un control remoto brillante en sus manos, rodeada de cojines coloridos. A su lado, su hermano Leo, un niño de 10 años con cabello rubio despeinado y una camiseta azul, hace una mueca cómica, con los brazos extendidos como si intentara atrapar algo. Más lejos, su hermana pequeña Nora, una niña de 7 años con dos coletas rosas, se ríe sosteniendo una caja de galletas, con ojos brillantes de travesura. La escena tiene lugar en una sala acogedora, llena de cojines esparcidos, peluches y juguetes coloridos, con un gran sofá cómodo y una luz suave que entra por una ventana. En el centro de la imagen, Mara y Leo están en plena búsqueda del control remoto, mientras que Nora, divertida, observa la escena, lista para intervenir. La atmósfera es alegre y lúdica, llena de risas y energía, capturando el espíritu de una hermandad unida en una aventura divertida. reportar un problema con esta imagen

1. El sábado del mando desaparecido

El sábado empezó con una batalla épica por el mando del televisor. Yo soy Mara, tengo 12 años y soy la mayor. Mi hermano Leo, que tiene 10, cree que es un ninja del sofá. Y Nora, con 7, lleva coletas y un carácter que te hace pensar dos veces antes de subestimarla.

—¡El mando es mío! —grité, agarrándolo como si fuera un trofeo brillante.

—Ni hablar —dijo Leo, estirándose por encima del respaldo—. Hoy toca partido.

—¡Pues no! —Nora se cruzó de brazos—. Quiero ver la serie de los gatitos rescatistas. Gati-res-catis-tas.

El mando hizo “clic-clic” al pasar de mano en mano. Una, dos, tres veces. Luego “plaf”: cayó al suelo y rodó debajo del mueble.

—Fenomenal —bufé—. Ahora no lo ve ni un topo con linterna.

—Yo tengo un plan —anunció Leo, metiendo el brazo por el hueco—. Plan… ¡Aarg! —su mano se quedó atascada—. Vale, retiro plan.

Mientras intentábamos rescatar el mando, mamá apareció con su taza.

—Sin gritos —pidió con su voz calmada—. Si queréis la tele, primero recogéis la mesa del desayuno.

Miramos el caos de migas y cajas de cereales. Suspiré. Nora cogió la caja más grande y la volcó para ver si había un premio. “Crac-crac-crac”. Salieron copos en cascada.

—Ups —dijo con una sonrisa culpable.

Entre los copos apareció un rollito de papel atado con un hilo rojo. Nos miramos. Leo lo desató con dedos nerviosos.

—¿Un mensaje? —susurré.

Estaba dibujado a mano, con tinta azul y pequeñas flechas. Ponía: “Mapa del Tesoro del Club de Hermanos Valientes. Primera pista: donde la ropa da vueltas y se come calcetines”. Al final, una firma: “De parte del abuelo Tico”.

—¡El abuelo Tico! —dijimos los tres a la vez.

Me mordí el labio para no sonreír como tonta. El abuelo Tico había sido rey de las bromas y de los tesoros raros. Papá siempre contaba historias de sus desafíos.

Leo levantó el mapa.

—Operación Tesoro. ¡Nos vamos!

—¿Y la tele? —preguntó Nora.

—La tele puede esperar —dije—. Esto es mejor.

2. La lavadora hambrienta

El cuarto de la colada parecía una cueva de electrodomésticos. La lavadora, grande y blanca, estaba en silencio, pero a mí me daba la impresión de que respiraba. “Huuuum”.

—Dice que se come calcetines —susurró Nora, con los ojos muy abiertos.

—Eso lo sabemos todos —dijo Leo—. Mis calcetines desaparecen por culpa de ese monstruo.

Me acerqué al tambor y, con cuidado, lo abrí. “Clac”. Dentro, además de ropa dando vueltas húmedas, había una pinza de madera con algo sujeto. Estiré.

—¡Una nota! —anuncié.

La desdoblé: “Para mostrar valor, pulsa el botón rojo solo si lo haces en equipo. Contad hasta tres. Si discutís, la espuma os ganará”.

Miré el botón rojo. Brillaba tentador. Leo levantó una ceja. Nora apretó los labios.

—A la de tres —dije—. Uno… dos…

—¡Tres! —chilló Nora y puso el dedo encima. Leo también. Yo, por si acaso, añadí el mío. “Bip”.

Al principio, nada. Luego, “fssssss”. Un hilo de espuma salió por el borde. Luego otro. Y otro. De repente… “¡Ffff-fff-fff!” La espuma empezó a crecer como nube traviesa.

—¡Apaga, apaga! —gimoteó Leo.

—¡Botón verde! —grité.

“Bip-bip”. La espuma se calmó y quedó una barba blanca en la lavadora. Nora se partió de risa.

—Pareces Papá Noe-espuma —dijo, señalando a Leo, que se había manchado la nariz.

Limpiamos con toallas, resoplando y riendo a la vez. La pinza escondía otra pista: “Siguiente: bajo la montaña de cojines donde los reyes ven películas”. La flecha apuntaba al salón.

—Eso está chupado —sonrió Leo—. ¡Fortaleza de cojines!

—Sin destruir nada —advertí—. O mamá nos destierra.

3. La fortaleza del sofá

El salón nos esperaba como un campo de batalla suave. Cojines por aquí, mantas por allá. Levantamos muros acolchados: “¡flop!”, “¡pof!”, “¡plaf!”.

—Yo soy la arquitecta —dije, colocando las esquinas—. Tú, Leo, trae refuerzos. Nora, pon la bandera.

—¿Qué bandera? —preguntó, con el ceño fruncido.

—Esa servilleta a rayas. Será nuestra bandera valiente.

Cuando estuvo lista, me metí por debajo del sofá en modo exploración. “Ayy”. Algo me rozó la frente. Saqué una mano polvorienta con… el mando de la tele.

—¡Ajá! —exclamé—. Tesoro número cero.

—Genial —dijo Leo—, pero hoy estamos en misión. El mando puede esperar.

Seguí buscando. Toqué algo duro, con cinta. Tiré y apareció un sobre pegado a la madera. Lo abrí con cuidado.

La nota decía: “El guardián peludo lleva la clave al siguiente reino”. Levanté la cabeza. El guardián peludo no tardó en presentarse: por el pasillo apareció Truco, nuestro gato, caminando como si supiera un secreto. En su collar colgaba un papelito.

—¡Truco, ven aquí, bonito! —canturreó Nora.

Truco nos miró con ojos de aceituna… y salió corriendo. “¡Rrrrún!”.

—¡A por él! —gritó Leo.

La fortaleza se convirtió en pista de carreras. Saltamos cojines, esquivamos mantas voladoras. Truco dobló la esquina hacia el pasillo y se metió debajo de la cama de mis padres.

—Yo no entro ahí —dijo Leo, serio—. Eso es territorio oscuro.

—Yo sí —dije, y me tiré al suelo. La madera estaba fresquita. Metí la mano. Truco soltó un “mrrr” indignado. Rozó mis dedos con su cola y yo, con delicadeza, aflojé el papel del collar.

—¡Lo tengo!

Salimos jadeando, con el gato mirándonos desde la penumbra, ofendido y elegante.

4. La carrera de pasillos

El papel estaba doblado como un acordeón. Al abrirlo, apareció un mini laberinto dibujado con bolitas y flechas que atravesaban nuestro pasillo.

—Empieza en la planta del pasillo que hace “ñic-ñic” —leyó Leo—. Y termina donde las cucharas cantan.

—La cocina —dije.

—Pero primero… —Nora puso un pie en la tarima—. “Ñic-ñic”.

Avanzamos a pasitos cortos, siguiendo las flechas. Cuando pisabas una línea, había que decir un “¡hop!”. Si no, volvíamos atrás. Era ridículo y divertido. Yo iba en cabeza.

—¡Hop! ¡Hop! —salté—. Leo, no empujes.

—No empujo, solo te adelanto con elegancia.

Nora nos rebasó como un torbellino de coletas.

—¡Turbo Nora! —gritó, haciendo “¡bruuum!”.

Llegamos a la esquina donde siempre se enreda la alfombra. “¡Zas!”. Me tropecé. Leo me agarró del codo y los dos caímos sobre la alfombra con un “¡plof!” perfecto. Nos quedamos mirando el techo y nos entró la risa floja.

—Te he salvado de una catástrofe —dijo, serio.

—Sí, héroe del pasillo —respondí—. Y tú, búscame una pizza que me lo has ganado.

Nora aplaudió como si hubiera visto un truco de magia.

La última flecha apuntaba a la cocina. Al cruzar la puerta, una nueva nota colgaba del tirador: “Para seguir, el coro de cucharas debe sonar durante diez segundos exactamente. Si os pasáis, volver a empezar”.

—¿Coro de cucharas? —fruncí el ceño.

—Eso suena a orquesta —Leo abrió el cajón de cubiertos—. Señoras cucharas, a escena.

Cada uno cogió dos cucharas. Empezamos a golpear con ritmo suave sobre vasos y tazones: “tin-tin, tan-tan, tin-tin, tan-tan”.

—Voy a contar —propuse—. Uno, dos, tres… ¡Nora, no te aceleres!

—¡Es que me emociono! —rio.

A los ocho segundos, Leo metió un solo improvisado. “Trin-trin-triiin”.

—¡Te pasas! —dije.

—Pero ha sido precioso.

Volvimos a empezar. Esta vez, ajustamos el ritmo. Diez segundos exactos. Paramos con un silencio dramático. “Shhh”. Y entonces, del bote de galletas salió un “clic”. La tapa se movió como por arte de magia. Dentro, había una cajita de metal con estrellas dibujadas.

—Qué raro —susurró Nora, encogiéndose—. ¿No serán galletas fantasmas?

—Sólo lo sabremos si abrimos —dijo Leo, que en realidad estaba igual de nervioso.

Abrí la caja. Dentro había un puñado de pegatinas brillantes, tres monedas de chocolate y otra pista: “El final está donde guardas tus secretos y eliges quién quieres ser cada mañana”.

—Eso es mi armario —dije sin dudar—. O… el espejo.

—Armario —decidió Leo—. Las pelucas de disfraces también viven ahí.

—No son pelucas. Son obras de arte —le corregí.

5. El armario de las decisiones

Mi habitación olía a gel de fresa y a lápices. El armario estaba solo, grande, con sus puertas blancas cerradas. El mapa dibujaba una llave en la parte de arriba.

—¿Y la llave? —preguntó Nora.

Me subí a la silla y palpé por encima del armario. “Ajá”. Algo metálico. Era una llave pequeña con un pompón azul.

—¡Bravo! —Leo hizo un redoble con las palmas—. “Rrrr-tacatatá”.

Introduje la llave. “Clac”. Las puertas se abrieron despacio. Por dentro, entre mis camisetas y los disfraces de otoño pasado, había una caja de cartón con letras pintadas por el abuelo Tico: “Abre sólo si has reído al menos tres veces”. Abajo, con rotulador: “No hagas trampas, que te veo”.

Nos miramos. Sonreímos.

—Nos hemos reído como… ¿ocho? —dijo Leo.

—Yo doce —Nora levantó los dedos, desordenada—. Doce y medio.

Abrimos la caja. “¡Pum!” Estalló una nube de confeti de colores. Nora soltó un “¡iiiih!” que se convirtió en carcajada. A mí me cayó un círculo dorado en la nariz. Leo atrapó uno con la lengua. “Ñam”, como si fueran copos de nieve dulces. Dentro de la caja, había una foto y un sobre.

La foto: el abuelo Tico, joven, con mi padre y mi tía de pequeños. Los tres llevaban coronas de papel y estaban igual de despeluchados que nosotros. En el reverso, leímos: “Si discutís, jugad. Si jugáis, reiréis. Y si reís, no habrá pelea que dure. Firmado: vuestro abuelo bromista”.

En el sobre había tres vales recortados: “Vale por un helado gigante en la heladería de la esquina. Válido sólo si vais juntos. Caduca: nunca”.

—¡Helado! —cantó Nora—. De fresa. Con lluvia de colorines. Y galleta con carita.

—Yo de chocolate triple —dijo Leo.

Yo apreté el sobre contra el pecho. Noté un nudito en la garganta, de los bonitos.

—Gracias, abuelo —susurré.

—Entonces —preguntó Leo, guiñándome un ojo—, ¿misión cumplida?

—Misión cumplidísima —respondí—. Pero falta una cosa.

—¿Cuál? —Nora ladeó la cabeza.

—Volver al salón y decidir juntos qué vemos. El mando es el segundo tesoro de hoy.

6. El final con helado y mando

Recogimos el confeti, pegamos una de las pegatinas de estrella en el borde del televisor y bajamos a la heladería. La puerta hizo “clin-clin” y olía a barquillo. Nos atendió la misma señora que siempre nos guiña el ojo.

—¿Qué tenéis hoy, valientes? —preguntó.

—Tenemos vales —dijo Leo, orgulloso, enseñando el sobre—. Y una misión de helado.

Elegimos sabores. Yo pedí uno de limón con toque de vainilla. Nos sentamos en la mesa de la esquina. Nora mordió su galleta con cuidado. Leo, cómo no, se manchó la nariz. Le apunté con el dedo.

—Tienes un bigote —reí.

—Es un bigote de sabio —replicó, haciéndose el serio—. Sabio heladero.

—¡Que no se derrame! —Nora atrapó una gota que se escapaba—. “Glu-glu”. Rescatada.

Pollo la cabeza para ver la foto del abuelo otra vez. La dejé en la mesa, entre las servilletas. Me imaginé al abuelo Tico preparando las notas, riéndose solito de nuestras futuras caras. Me entró otra risa.

Al volver a casa, el salón parecía un campo de batalla, pero de los buenos: cojines desordenados, una bandera de servilleta a rayas, un gato ofendido subido en la estantería como si fuese un rey. Dejamos los vales guardados en el imán de la nevera, como trofeos.

—Vale, entonces… ¿qué vemos? —preguntó Leo, sosteniendo el mando que por fin había sobrevivido al día.

—Propongo una película de aventuras —dije—. De las que tienen risas y un poco de misterio. Y luego un capítulo de los gatitos rescatistas para Nora.

—¡Bien! —Nora aplaudió—. Y sin pelear, ¿eh?

—Sin pelear —confirmé.

Nos sentamos en el sofá, muy pegados, esa clase de pegados que te calientan los hombros. Truco saltó y se acurrucó en mi regazo, haciéndome un masaje con las patitas. “Pr-pr-pr”, ronroneó. Compartimos una manta. Leo pasó el mando. Yo lo recibí con solemnidad.

—Se abre la sesión del Club de Hermanos Valientes —anuncié—. Normas del día: turnos, helado de postre, y si alguien quiere pausa, dice “¡plim!” en lugar de gritar.

—¡Plim! —dijo Nora, por si acaso, y se rió de su propia broma.

La película empezó. Hubo barcos que chirriaban, personajes que corrían y muchos “¡zas!” y “¡plaf!” en pantalla. Pero lo mejor no estaba en la tele. Era la sensación de que casi habíamos peleado, que sí, que habíamos discutido por un mando, por una alfombra y por una lavadora hambrienta… y que todo eso se había convertido en un juego secreto, un mapa, un tesoro con confeti y vales de helado.

Cuando mamá asomó la cabeza, nos encontró con las manos pegadas al bol de palomitas, los ojos como platos y las sonrisas de lado a lado.

—Así sí da gusto —dijo ella, suave.

—Hemos hecho una misión —informó Nora, importante—. Y la hemos ganado todos.

Mamá sonrió y nos dejó seguir. Yo miré a mis hermanos, a mis dos socios de aventuras. Sentí que el corazón me hacía “tum-tum” tranquilo, como de manta suave.

—Eh, Mara —susurró Leo—. Gracias por no mandar tanto.

—De nada —le devolví—. Gracias por no ser tan pesado.

—Eh —protestó él—. ¡Oye!

Nos miramos con cara seria. Aguantamos… uno, dos, tres segundos. Y estallamos: “¡Ja, ja, ja!”. Truco, que no entiende nada pero entiende la risa, levantó la cabeza y maulló como si también quisiera hablar. “Miau”.

Y así, entre “plim”, “miau” y “ja, ja, ja”, el sábado siguió su camino, sin peleas que duraran, con un tesoro que cabía en una caja y otro que se quedaba donde mejor: justo en medio del sofá, entre nosotros tres.

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