Capítulo 1: El cuaderno de chistes y el hermano con muelles
Me llamo Luna, tengo once años y, según mi madre, “mirada de jefa” cuando algo va a salir mal. Yo lo llamo instinto de hermana mayor.
En mi mochila llevo lo más importante del mundo (después del móvil, que todavía no tengo): mi cuaderno de chistes. Es un cuaderno azul con una pegatina de un gato guiñando un ojo. Dentro guardo chistes, bromas tontas, adivinanzas y planes de emergencia para cuando mi hermano pequeño, Nico, decide convertirse en una catástrofe con piernas.
—¿Qué llevas ahí, Lunaaaa? —canturreó Nico, pegado a mi espalda como una lapa con zapatillas.
—Nada. Aire. Un poco de dignidad —respondí, apretando la mochila.
Nico es dos años menor, pero tiene energía para tres. Si fuera un sonido, sería “¡boing!”. Si fuera un animal, un mono con patinete.
Ese viernes era el Carnaval del cole. Disfraces, música, puestos, juegos… y, lo más importante para mí, la competencia de “Risas en cadena” donde cada clase contaba chistes. Yo quería ganar. No por presumir, sino por el premio: una cámara instantánea para hacer fotos. Mi cuaderno soñaba con convertirse en “cuaderno y álbum”.
—Prométeme que no harás travesuras —le dije a Nico mientras caminábamos.
—¿Qué tipo de travesuras? ¿Las pequeñas, las medianas o las de “¡ay, mamá!”?
—Las de “cooperemos y no me vuelvas loca”.
Nico puso cara de santo con manchas de chocolate.
—Vale. Hoy seré un ángel… con capa.
Yo suspiré. Eso no sonaba a promesa. Sonaba a anuncio de desastre.
Capítulo 2: Carnaval, confeti y un bocadillo con destino misterioso
El patio del colegio parecía una ensalada de colores: serpentinas, globos, carteles y niños disfrazados de piratas, astronautas, vampiros con brackets y tres “dinosaurs” que no podían sentarse.
Yo iba de detective: gabardina, lupa de plástico y sombrero. Nico insistió en disfrazarse de “superhéroe del bocadillo”, que básicamente era una capa roja y una enorme “B” dibujada en el pecho con rotulador.
—¿La B de “bravo”? —pregunté.
—La B de “bocadillo”. Porque rescato bocadillos en peligro.
—Mientras no los secuestres…
En una mesa nos dieron tickets para juegos. También nos entregaron una bolsa con la merienda: un bocadillo de tortilla, una manzana y un zumo. Yo lo guardé en mi mochila. Nico lo miró como si fuera un tesoro.
—Más tarde —le dije—. Primero, la ronda de chistes. Necesito concentración.
Nico hizo un sonido dramático:
—Ufff… la concentración… esa cosa que siempre se me cae de los bolsillos.
Fuimos a los puestos. Había “Pesca de patitos”, “Tiro al aro” y “La ruleta de las pruebas”. En la ruleta, una maestra disfrazada de payasa decía:
—¡Gira y acepta tu destino!
Nico giró. La flecha cayó en “Imita a un animal”.
—¡Soy un pingüino resbaladizo! —gritó, y empezó a deslizarse por el suelo con las rodillas.
—¡Nico, no…! —intenté agarrarlo, pero él ya iba “ñiiiiic-ñiiiiic” como limpiaparabrisas humano.
De pronto, un empujón suave, un tropiezo, y mi mochila hizo “¡plof!” contra una mesa.
—¡Mi cuaderno! —dije, revisando—. Está… está bien.
Respiré. Pero al tocar el fondo… noté un hueco.
—¿Dónde está mi bocadillo? —murmuré.
—¿El bocadillo? —Nico se congeló a mitad de pingüino—. ¿Qué bocadillo?
—El de tortilla. Estaba aquí.
Nico se llevó la mano al pecho, justo sobre la “B”.
—Yo no he visto nada. ¡Nada de nada! Soy un superhéroe honesto.
Su cara decía “no he hecho nada” pero sus ojos decían “he hecho algo y además me ha gustado”.
Yo entrecerré los ojos. Era momento detective, de verdad.
Capítulo 3: Operación “Bocadillo Perdido”
Nos sentamos detrás del puesto de algodón de azúcar. Olía a nube dulce. Yo abrí mi cuaderno de chistes, pero en vez de chistes empecé a escribir: “CASO 27: El misterio del bocadillo desaparecido”.
—Nico —dije con voz grave de película—, necesito tu cooperación. Sin cooperación, esto será… un drama con migas.
—Las migas son peligrosas —respondió él, muy serio—. Se pegan.
—Exacto. Así que dime la verdad: ¿tocaste mi mochila?
Nico hizo un sonido de tos falsa.
—Cof-cof. Yo… la cuidaba. La protegía de… de pingüinos malvados.
—Nico, solo había un pingüino.
—Precisamente. Era sospechoso.
Yo respiré hondo. No quería discutir. Quería resolverlo.
—Escucha. Si lo has cogido, no pasa nada. Pero necesito saberlo.
Nico miró al suelo. Luego me miró a mí. Luego miró a una hormiga que pasaba como si también fuera cómplice.
—Vale… Puede que… haya ocurrido una cosa pequeñita.
—Ajá.
—La cosa pequeñita es que… cuando te chocaste, la mochila se abrió un pelín. Y el bocadillo asomó la nariz.
—Los bocadillos no tienen nariz.
—¡Ese sí! Era muy olfateador.
—Nico…
—Y entonces lo agarré para salvarlo de caer al suelo.
—¿Y lo salvaste… a tu estómago?
Nico intentó sonreír. Le salió una sonrisa de “yo no fui, fue mi hambre”.
—No me lo comí. Lo guardé. En un lugar seguro.
—¿Dónde?
Nico señaló hacia el gimnasio, donde estaba el “Túnel del Terror” organizado por sexto. De dentro salían gritos y risas.
—Ahí —dijo—. Lo escondí porque… pensé que sería divertido hacer una búsqueda del tesoro. Y luego… se me olvidó exactamente en qué “terror” lo dejé.
Yo me llevé la mano a la frente.
—Nico, mi bocadillo es comida, no un premio misterioso.
—Pero es un premio riquísimo.
Me mordí el labio para no reír, porque la idea era absurda, sí, pero Nico la decía con una convicción que daba ganas de aplaudirle… con suavidad, para que no se emocionara más.
—Bien —dije—. Vamos a recuperarlo. Pero lo hacemos juntos. Cooperación total. Sin correr como pingüino. Sin inventar escondites. Sin “boing”.
—¿Puedo hacer un “boing” pequeño?
—Uno micro, de bolsillo.
—¡Trato!
Chocamos los puños. “¡Poc!”
Capítulo 4: El túnel del terror y la pista pegajosa
Entramos al gimnasio. La luz estaba baja y habían hecho un pasillo con sábanas negras. Había carteles de “¡Cuidado!” y una caja que decía “NO TOCAR” (obviamente, tocada).
Una voz de sexto, con tono de monstruo:
—¡Bienvenidos al Túnel del Terror! Si salen vivos, les damos una pegatina.
—Yo solo quiero un bocadillo —murmuró Nico.
Yo saqué mi lupa de plástico. No veía mejor, pero me hacía sentir lista.
—Buscamos pruebas —dije—. Migas. Servilletas. Huellas de tortilla.
Nico se agachó y olfateó el aire.
—Huele a… plástico… y a miedo… y a chicle de fresa.
—Eso es el suelo del gimnasio.
Avanzamos. De una esquina salió una “momia” con papel higiénico. Nico gritó:
—¡AAAH!
Y la momia gritó:
—¡AAAH!
Y yo dije:
—¡Shhh! Cooperación, por favor.
La momia nos miró.
—¿Buscáis algo?
—Un bocadillo desaparecido —contesté con seriedad detectivesca.
La momia parpadeó, confundida.
—Esto es el Túnel del Terror, no el Buffet del Misterio.
—¡Lo sé! —dije—. Pero mi hermano lo escondió aquí.
—Yo no “escondí”. Yo “protegí temporalmente” —corrigió Nico.
Seguimos. Había una mesa con “pócimas” (agua con colorante) y, justo al lado, un rollo de cinta adhesiva.
Y entonces lo vi: una servilleta blanca pegada al suelo, con una mancha amarilla.
—¡Pista! —dije, señalando.
Nico se agachó.
—¡Es la marca de tortilla! —susurró, como si la tortilla pudiera asustarse.
Tiramos de la servilleta con cuidado. Sonó “ñec”. Estaba pegada con cinta.
—¿Quién pega una servilleta al suelo? —pregunté.
Nico levantó la mano lentamente.
—Yo… para que el bocadillo no se escapara.
—Los bocadillos… tampoco se escapan.
—Ese sí. Era muy aventurero.
Me reí por la nariz: “pfff”. Estaba enfadada, pero también era imposible no imaginar un bocadillo con mochilita.
Seguimos la pista. Había pequeñas migas como estrellas en el suelo, guiándonos hacia una cortina negra. Detrás, sonó un “crac-crac”, como alguien masticando.
Nico abrió mucho los ojos.
—¿Oyes eso?
—Sí —dije—. Eso suena a… traición crujiente.
Empujé la cortina.
Capítulo 5: El bocadillo reaparece… y no estaba solo
Detrás de la cortina, en una esquina del gimnasio, había una caja grande con un cartel: “MONSTRUO DORMIDO. NO MOLESTAR”.
La caja se movía.
—¿Quién está ahí? —pregunté.
La caja hizo “gruñiii”.
Nico, valiente por accidente, se acercó.
—Señor Monstruo… ¿ha visto un bocadillo?
La caja se abrió de golpe.
—¡BUUU! —gritó una voz.
Yo di un salto. Nico también. Luego vimos la cara de… Leo, un compañero de clase, con colmillos de plástico y confeti en el pelo.
—¡Ja! —se rió Leo—. ¡Asusté a alguien! ¡Por fin!
—¿Por fin? —pregunté.
—Sí… normalmente me asustan a mí —dijo, y estornudó confeti: “¡achís!”
Dentro de la caja había… mi bocadillo. Bueno, lo que quedaba. Estaba envuelto, pero un extremo asomaba, con un mordisco pequeño.
Yo miré a Nico. Nico miró a Leo. Leo miró al bocadillo como si fuera testigo de un juicio.
—Yo no fui —dijo Leo rápido—. Bueno… solo un poquito. Tenía que hacer de monstruo muchas horas y me dio hambre.
Nico levantó un dedo, ofendidísimo:
—¡Ese bocadillo estaba bajo mi protección temporal!
—¡Pues estaba en mi caja! —respondió Leo.
Yo levanté las manos.
—¡Alto! Esto se arregla cooperando. Nadie se come a nadie. Ni al bocadillo, que ya bastante ha sufrido.
Nico se acercó al bocadillo con cara triste.
—Luna… lo siento. Solo quería hacer algo divertido. Y luego… se me fue de las manos. Como cuando intento silbar y me sale un estornudo.
Leo también bajó la mirada.
—Yo también lo siento. Me dio hambre de monstruo.
Mi enfado se derritió un poco, como helado al sol. Miré el bocadillo medio mordido y tuve una idea.
—Escuchad —dije—. Ese bocadillo ya es… un superviviente. Pero tenemos tickets, y en el puesto de cocina venden mini bocadillos para recaudar fondos. Podemos comprar uno nuevo. Entre los tres. Y además… necesito ayuda para la competencia de chistes.
Nico abrió los ojos.
—¿Puedo contar uno?
—Si es bueno.
Leo levantó la mano.
—Yo también sé chistes. Mi monstruo interior es muy gracioso.
Yo sonreí.
—Pues venga. Equipo Bocadillo.
Nico extendió la capa.
—¡Equipo B!
—Equipo Cooperación —corregí.
—Equipo Cooperación con B de “brindis” —añadió Nico.
Nos reímos. “¡Ja!”
Capítulo 6: Risas en cadena y la cooperación que hace “¡plin!”
Fuimos al puesto de cocina. Compramos tres mini bocadillos (uno para mí, uno para Nico, y uno para el monstruo hambriento, o sea Leo). Esta vez, los guardé en mi mochila con un nudo que parecía de marinero profesional.
—¿Ves? —le dije a Nico—. Esto es proteger de verdad.
—Yo también puedo hacer nudos —dijo Nico—. Mira.
Intentó hacer un nudo en su capa y se quedó atrapado en su propia espalda.
—¡Auxilio! ¡El superhéroe ha sido capturado por la tela!
Leo y yo lo desenredamos entre risas. “¡Zas! ¡Plaf!” La capa volvió a ser capa y no trampa.
Llegó la competencia. Nuestra clase se formó delante del escenario del patio. La profe nos miró con cara de “no hagáis el ridículo… pero un poco sí, que es carnaval”.
Yo apreté mi cuaderno de chistes. Nico y Leo se pusieron a mi lado.
—Luna —susurró Nico—, tengo un chiste nuevo.
—A ver.
—¿Por qué el bocadillo fue al gimnasio?
—¿Por qué?
Nico sonrió.
—¡Para ponerse en forma… de triángulo!
Yo solté una carcajada involuntaria. Era malísimo. O buenísimo, que a veces es lo mismo.
Leo añadió:
—Yo tengo uno: ¿Qué hace un monstruo cuando tiene frío? ¡Se pone “monstruo-pijama”!
—Ese es… adorablemente horrible —dije.
Nos tocó salir. La profe anunció:
—¡Representantes de sexto B!
Tragué saliva. Miré a Nico. Él me guiñó un ojo. Miré a Leo. Él se colocó los colmillos.
Empecé con uno de mis chistes del cuaderno, con voz de detective:
—Atención, público. Tengo un caso: ¿qué le dijo una lupa a la otra?
La gente se quedó callada, curiosa.
—“¡Te veo muy de cerca!” —rematé.
Risas. Bien.
Luego Nico dio un paso al frente, su capa ondeando como si hubiera viento (no había, pero él sopló discretamente).
—¡Yo investigo el misterio del bocadillo! ¿Por qué el bocadillo fue al gimnasio? ¡Para ponerse en forma de triángulo!
Hubo risas y algunos “¡ay, qué tonto!” que, en idioma de patio, significa “me encanta”.
Leo cerró con su monstruo:
—¿Qué hace un monstruo cuando tiene frío? ¡Se pone monstruo-pijama!
Una niña de quinto se rió tan fuerte que se le cayó una serpentina de la cabeza.
Yo miré mi cuaderno y, en la última página, escribí: “Nota: cuando cooperamos, los chistes salen más valientes”.
Al final, no sé si ganamos el primer premio. Pero ganamos algo mejor: el profe de música nos dio una pegatina gigante de “Equipo Estelar” y dijo:
—Se nota que os habéis ayudado. Eso da gusto.
Nico levantó el puño.
—¡Cooperación!
—Con B —susurró.
—Sin B —le corregí, riéndome.
Capítulo 7: La foto de grupo (y el bocadillo en paz)
Cuando el carnaval estaba terminando, la directora apareció con una cámara del cole.
—¡Foto de grupo! —anunció—. ¡Todos los de sexto, aquí!
Nos amontonamos. Había piratas pisando pies, astronautas con cascos torcidos y una Cleopatra que se quejaba de que su corona pinchaba.
Yo me puse en el centro con mi gabardina de detective. A mi lado, Nico, con su capa ya bien puesta. Al otro, Leo, con colmillos y confeti (todavía).
—Sonreíd —dijo la directora—. ¡Uno, dos, tres!
Justo antes del clic imaginado, Nico susurró:
—Luna… ¿puedo sostener tu cuaderno en la foto? Para que salga “el cerebro del equipo”.
Lo miré sorprendida. Me lo pidió con cuidado, sin tirar, sin “boing”.
Se lo di.
—Pero lo sujetas como si fuera un tesoro —le advertí.
—Como si fuera… el Bocadillo Sagrado —dijo solemne.
Leo se rió:
—Que nadie lo esconda, por favor.
—Ni lo muerda —añadí, mirando el bocadillo mini que asomaba de mi mochila, bien anudada.
—Ni lo proteja temporalmente —murmuró Nico, y los tres nos reímos “je, je, je”.
La cámara hizo “¡clic!” (o al menos, yo lo imaginé así, con un sonido perfecto).
En mi cabeza, la foto quedó clarísima: yo con cara de detective orgullosa, Nico con sonrisa traviesa pero tranquila, y Leo con colmillos torcidos y ojos brillantes. Detrás, el patio lleno de colores, como si el confeti se hubiera quedado flotando para siempre.
De camino a casa, Nico caminó pegado a mí, pero esta vez sin empujar.
—Luna —dijo—, mañana… ¿hacemos un chiste juntos?
—Claro —respondí—. Pero con una regla.
—¿Cuál?
—Nada de esconder comida.
Nico se llevó la mano al pecho.
—Prometido. A partir de ahora, solo esconderé… sorpresas buenas. Como dibujos. O cartas. O… calcetines limpios.
—Eso último sí sería un misterio —dije.
Y nos fuimos riendo, cooperando paso a paso, mientras mi cuaderno de chistes rebotaba suave en la mochila, feliz de estar donde debía: a salvo… y en familia.