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Cuento de pirata 11/12 años Lectura 27 min.

La capitana Mar Salobre y el faro de Cobreazul

La capitana Mar Salobre y su tripulación, perseguidos por la Hermandad de la Neblina, usan ingenio y valentía para proteger un mapa antiguo y descubrir un secreto que puede cambiar la navegación en la bruma.

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Una capitana serena y decidida, rostro redondo con pecas, pelo castaño corto bajo un sombrero de cuero gastado y abrigo azul marino arrugado, enciende una cerilla en el centro de una cueva-faro metálica mientras mira un gran mecanismo antiguo. A su lado, Nilo (unos 12 años), ansioso pero valiente, cabello negro alborotado y chaqueta a rayas, gira una gran manivela de cobre iluminada por la cálida llama. Detrás, Bruna (contramaestre, ~35 años), robusta, piel bronceada y trenzas, blande un sable para repeler a un pirata en la entrada. En la bruma exterior, Don Vaho (unos 40 años), elegante y siniestro, delgado con fina mostacha, sostiene un paraguas cerrado en la playa rocosa y observa. La cueva tiene paredes de piedra húmeda, engranajes de bronce, grandes espejos circulares y una linterna masiva lista para proyectar un potente rayo múltiple; suelo mojado con charcos reflectantes y objetos marineros (madera, cuerdas y nudos). Momento dramático: la pequeña llama prende la pólvora/aceite del mecanismo; contraste entre la cálida luz de la llama y el frío azul-gris de la bruma, composición dinámica, expresiones intensas; estilo claro, líneas nítidas, colores saturados pero suaves, encuadre medio cerrado con el faro y la bruma al fondo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La capitana que contaba hasta diez

En el Puerto de las Anclas Torcidas, donde las gaviotas robaban galletas con la misma elegancia con la que un pirata roba un sombrero, la capitana Mar Salobre tenía una costumbre rara: medía todo.

Medía los pasos desde la pasarela hasta la cubierta, medía el tiempo que tardaba el cocinero en quemar la sopa, medía el silencio antes de una tormenta. Y, sobre todo, medía su paciencia.

—Uno… dos… tres… —murmuró, contando mientras el grumete Nilo corría por el muelle con un barril que parecía perseguirlo.

—¡Capitana! ¡El barril me eligió a mí! —gritó Nilo, esquivando a un vendedor de redes.

—Los barriles no eligen, Nilo. Se caen. Tú decides si también —respondió Mar, con una sonrisa torcida.

El barco, su barco, se llamaba La Bruma Alegre. No era el más grande ni el más rápido, pero tenía algo que otros no: una tripulación que se quería como familia, aunque se gruñeran como gatos mojados.

En el bolsillo interior de la chaqueta de Mar, protegida por un forro de cuero y una bolsita de sal “por si acaso”, estaba la razón de tantas medidas: la carta del Tesoro de Cobreazul. Un mapa viejo, manchado de tinta y de historia, con una X tan roja que parecía una herida.

Mar no quería el tesoro. O no solo. Quería proteger el mapa, porque la última vez que cayó en manos equivocadas, un puerto entero terminó en ruinas por una pelea absurda.

—Capitana —dijo la contramaestre Bruna, una mujer grandota con un lunar en la barbilla y una risa que hacía temblar las cuerdas—. Hay un tipo mirando el barco desde hace rato. Lleva un paraguas… sin lluvia.

Mar alzó la vista. Ahí estaba: un hombre flaco, con bigote afilado, sosteniendo un paraguas cerrado como si fuera un bastón. Miraba La Bruma Alegre como quien mira una tarta y decide por dónde empezar.

Mar midió la distancia: doce pasos hasta él. Midió el peligro: demasiadas sombras en su sonrisa.

—Nilo —susurró—. ¿Cuántas salidas tiene el muelle?

—Eeeh… dos, si no cuentas saltar al agua.

—Cuenta el agua. Siempre cuenta el agua.

La capitana se ajustó el sombrero, respiró hondo y caminó hacia el hombre del paraguas. Contó en voz baja.

—Nueve… diez.

Cuando llegó, el hombre se inclinó con exageración.

—Capitana Mar Salobre. Qué honor. Me llaman Don Vaho.

—Buen nombre. ¿También desaparece cuando lo miran? —dijo ella.

Don Vaho rió, pero su risa no calentaba.

—He oído que usted guarda algo… valioso. Algo que otros no deberían perder.

Mar sintió el mapa como si pesara el doble en su pecho. Sonrió.

—Yo guardo muchas cosas. Hasta guardo secretos de mi cocinero, y eso sí que es valioso.

—No se burle. —Don Vaho abrió un poco el paraguas, lo justo para mostrar un símbolo pintado por dentro: una calavera con ojos de niebla—. La Hermandad de la Neblina quiere esa carta.

Mar no se movió, pero su mente ya estaba corriendo: rutas, trampas, aliados. Y la primera medida de supervivencia: no mostrar miedo.

—Dígale a su hermandad que la niebla no muerde… pero yo sí.

Volvió al barco sin prisa. Cada paso era una decisión.

—Bruna —ordenó en cuanto subió—. Zarpamos esta noche. Sin luces. Nilo, guarda el barril donde no pueda “elegirte”. Y que alguien vigile el bolsillo de mi chaqueta… aunque esté cosido a mí.

Nilo tragó saliva.

—¿Nos persiguen?

—Aún no. —Mar alzó un dedo—. Y vamos a procurar que, cuando lo intenten, ya estemos lejos.

La tripulación se puso en marcha. El puerto seguía con su ruido normal, como si no supiera que la aventura acababa de afilarse los dientes.

Capítulo 2: Una noche sin estrellas

Esa noche, el cielo se quedó sin estrellas, como si alguien las hubiera guardado en un cajón para ahorrar. La Bruma Alegre se deslizó fuera del puerto con las velas oscuras y el corazón despierto.

—¿Seguro que no deberíamos encender al menos una lucecita? —susurró Nilo, tropezando con una cuerda.

—Claro —dijo Bruna—. Encendemos una luz y también un cartel que diga “MAPA AQUÍ”.

—Era una sugerencia… —protestó Nilo.

Mar se acercó a la proa. El mar olía a algas y a promesas. Sacó la carta solo un instante, lo suficiente para orientarse. La X quedaba más allá de los arrecifes de Diente de Tiburón, en una isla que casi no aparecía en los mapas nuevos: Isla Cobreazul.

—Capitana —dijo el timonel Berto, un hombre con ojos curiosos—. Viento del oeste. Bueno para avanzar, malo para volver.

—Perfecto —respondió Mar—. No pienso volver hasta que esto termine.

Guardó el mapa de nuevo, pero notó algo: el papel estaba más rígido de lo normal. Se le erizó la piel. A la luz débil de una linterna tapada, vio que el borde del mapa tenía un corte finísimo, como una boca cerrada.

—¿Quién lo tocó? —preguntó, y su voz fue más fría que el agua.

Nadie respondió al principio. Luego, Nilo levantó la mano despacio, como si estuviera en clase.

—Yo… lo vi cuando usted lo guardaba. Pensé que era solo… papel. Quería aprender a leerlo.

Mar lo miró sin gritar. Midió su enfado. Midió el miedo del chico. Y midió algo más importante: la sinceridad.

—La curiosidad es un buen motor —dijo al fin—. Pero en un barco, la curiosidad sin permiso es una tormenta. Ven.

Llevó a Nilo a un rincón resguardado del viento.

—Mira bien —susurró, sacando el mapa otra vez—. ¿Ves ese corte?

—Sí… ¿lo hice yo?

—No. Parece una marca de cuchilla. Alguien intentó abrir el forro de mi chaqueta sin que me diera cuenta.

Nilo se puso pálido.

—¿Un ladrón a bordo?

Mar asintió, sin dramatizar. La peor mentira en un barco es la que se esconde bajo la manta.

—No diremos nada todavía. Si el ladrón cree que no sospechamos, cometerá errores. Y yo… soy muy buena midiendo errores.

De repente, un silbido cortó el aire. Una cuerda se tensó sola. Luego otra. Y otra. Las velas crujieron.

—¡Alguien está en el aparejo! —gritó Bruna.

Sombras se movían arriba, rápidas, como gatos. Y desde la popa, un objeto redondo cayó rodando: el paraguas de Don Vaho.

—Nos encontraron —dijo Berto.

Mar no perdió tiempo en lamentos.

—¡Todos a sus puestos! —ordenó—. Bruna, sube con dos marineros. Nilo, conmigo.

—¿Con usted? —Nilo abrió los ojos.

—Sí. Hoy vas a aprender otra cosa: el valor no es no temblar. Es moverse aunque tiemble todo.

Corrieron hacia la bodega. Mar levantó una tabla del suelo y sacó una caja pequeña, de metal. La puso en manos de Nilo.

—No la abras. Es más terca que un pulpo.

—¿Qué hay dentro?

—Lo que quieren. Pero esta caja es un señuelo. El mapa verdadero está en un lugar que nadie imagina.

Nilo parpadeó.

—¿Dónde?

Mar se señaló la sien.

—Aquí. Me lo aprendí. Cada curva, cada mancha, cada número. Si pierdo el papel… aún nos queda el camino.

Arriba, un golpe. Gritos. Un “¡Ay!” que sonó como si alguien hubiera besado un mástil con la cara.

Bruna apareció con el pelo revuelto.

—Dos de los nuestros están bien. Uno de ellos… no era nuestro.

Tras ella, arrastraban a un marinero joven, con manos finas y una sonrisa demasiado perfecta.

—Se llama Ledo —dijo Bruna—. O eso dijo. Tenía una navaja escondida en la bota.

Ledo escupió al suelo.

—No lo entenderán. La Hermandad paga mejor. Y Don Vaho no perdona.

Mar lo observó. Midió su mentira: pesada. Midió su miedo: enorme, aunque lo escondiera tras la arrogancia.

—¿Cuántos vienen? —preguntó.

Ledo dudó. Nilo apretó la caja y dio un paso adelante.

—Si no habla, lo encierro con el barril que me eligió —amenazó el chico, muy serio.

Hasta Mar soltó una risa breve.

Ledo tragó saliva.

—Dos barcos. El Velo Gris y La Sombra Baja. Se mueven sin faroles. Llegarán al amanecer.

Mar respiró profundo. No tenían mucho tiempo.

—Muy bien —dijo—. Entonces no esperaremos el amanecer.

Capítulo 3: El arrecife de Diente de Tiburón

El mar se volvió una boca llena de dientes: rocas puntiagudas asomaban como colmillos. El arrecife de Diente de Tiburón no perdonaba errores, y por eso era perfecto.

—¿De verdad vamos a pasar por aquí? —preguntó Berto, aferrado al timón—. Los barcos sensatos rodean.

—Y los barcos perseguidos se esconden donde nadie sensato entra —contestó Mar.

La niebla empezó a aparecer, como si la misma noche respirara sobre el agua. La Bruma Alegre se metió entre los colmillos de piedra. El casco crujió, pero aguantó.

Mar se colocó junto a Berto con una cuerda en la mano, lista para ajustar una vela en un instante.

—A la derecha, roca baja —avisó Bruna desde proa—. ¡A la izquierda, espuma rara!

Nilo, con la caja señuelo abrazada como si fuera un bebé de metal, miraba el agua.

—La espuma “rara” siempre me mira a mí —murmuró.

—No seas dramático —dijo Bruna—. Si te comiera un pez, al menos dejarías de hablar dormido.

—¡Yo no hablo dormido!

—Anoche dijiste “mamá, el pulpo quiere mi cuchara”.

Nilo se puso rojo.

—¡Era un sueño científico!

A pesar del peligro, esa discusión tonta aflojó la tensión como una cuerda bien soltada. Mar agradeció el humor: en la oscuridad, una risa es una lámpara.

Pero entonces, un sonido grave llegó desde atrás. Un “fuuuu” profundo, como un suspiro gigante. Y una sombra enorme se deslizó bajo el agua, paralela al barco.

—Eso no es una roca —dijo Berto, con voz temblorosa.

El agua se levantó un poco, como si algo se estirara. Dos ojos amarillos, casi invisibles, brillaron bajo la superficie.

—Tiburón de arrecife —susurró Bruna—. Uno grande.

Mar apretó los dientes. No era momento para entrar en pánico… ni para hacer el valiente sin pensar.

—Nilo —dijo—. Dame esa caja.

—¿Qué? ¡Pero usted dijo que era…!

—Confía. —Mar tomó la caja, le ató una cuerda larga y la mojó con un cubo de agua salada—. Bruna, ¿queda algo de la sopa quemada?

Bruna sonrió como si le hubieran pedido su mejor arma.

—Un barril entero.

—Perfecto. Al tiburón le encantan los aromas… intensos.

En segundos, mezclaron la sopa apestosa con restos de pescado. Mar untó la caja señuelo con aquella mezcla terrible.

Nilo se tapó la nariz.

—Eso debería ser ilegal.

—En alta mar, casi todo es legal si te salva la vida —dijo Mar.

Se asomó por la borda y lanzó la caja lejos, arrastrándola con la cuerda para que dejara un rastro oloroso. El tiburón giró, atraído como si alguien hubiera tocado una campana de cena.

—Ahora —ordenó Mar—. Berto, giro suave a babor. Bruna, velas medio. Sin ruido.

La Bruma Alegre se deslizó entre las rocas mientras el tiburón perseguía la “deliciosa” caja. De pronto, un golpe: la caja chocó contra una piedra sumergida. La cuerda se tensó, y el tiburón embistió con furia… contra el colmillo de roca.

El agua se agitó. El animal huyó, confundido y molesto. Mar recuperó la cuerda vacía.

—Adiós, caja —susurró Nilo, con una pequeña pena.

—Cumpliste tu parte —le dijo Mar—. Un buen señuelo no se queja.

Salieron del arrecife con el casco entero y el orgullo un poco más firme. Pero el alivio duró poco. Detrás, entre la niebla, se dibujaron dos formas oscuras: velas negras, silenciosas.

—Ahí vienen —dijo Bruna—. Dos barcos. Tal como dijo Ledo.

Mar sintió el cansancio como arena en los párpados, pero su voz no se quebró.

—Que nos sigan. Lo importante es que crean que aún llevamos el mapa en papel.

Nilo frunció el ceño.

—¿Y si suben a bordo y lo registran todo?

Mar lo miró de reojo.

—Entonces les daremos una búsqueda que no olviden.

Capítulo 4: La trampa de los barriles cantores

La niebla se espesó hasta volverse casi una pared. Los barcos enemigos se acercaban, lentos pero seguros, como lobos que no necesitan correr porque saben que su presa se cansará.

—Capitana —dijo Berto—. Nos alcanzarán antes de mediodía.

Mar estudió el mar. Vio algo a lo lejos: un conjunto de boyas viejas, marcando un canal estrecho hacia una ensenada escondida. Un lugar perfecto para una trampa… si se hacía con cabeza.

—Entraremos ahí —decidió—. Y prepararemos nuestra bienvenida.

Bruna se frotó las manos.

—¿Con cañones?

—Con algo mejor: vergüenza.

Bajaron a la bodega. Mar abrió un compartimento secreto tras sacos de arroz y sacó cuatro barriles.

—¿Qué son? —preguntó Nilo.

—Barriles cantores —dijo Mar, orgullosa—. Los fabricó un viejo amigo que odiaba a los enemigos… y también a los silencios.

Bruna golpeó uno. Sonó un “BOOOO” grave, como una vaca enfadada dentro de una cueva.

—¿Esto canta? —se burló.

Mar le dio un golpecito justo en una junta. El barril soltó una melodía desafinada, pero reconocible: una canción de taberna, tocada por aire y madera.

Nilo abrió la boca.

—¡Es como un instrumento!

—Es como una broma peligrosa —corrigió Mar—. Dentro hay aire comprimido y un mecanismo que vibra cuando rueda. Los haremos bajar por la cubierta en el momento justo. Ruido, confusión… y, con suerte, un choque entre ellos.

—¿Y si nos chocamos nosotros? —preguntó Berto.

—Por eso medimos —dijo Mar.

Se pusieron manos a la obra. Colocaron los barriles en la borda, listos para soltarse. Untaron el suelo con jabón de lavar para que rodaran más rápido. Nilo, con el ceño concentrado, ataba cuerdas con nudos bien hechos.

—Estás mejorando —le dijo Mar.

—Es que… no quiero que me recuerden como “el chico que soltó el mapa” —admitió.

—Te recordarán como el chico que aprendió a tiempo.

Cuando los barcos enemigos entraron en el canal, la niebla los envolvía y los separaba lo suficiente para que no se vieran bien entre ellos. El Velo Gris iba delante; La Sombra Baja detrás, como una sombra obediente.

Una voz llegó desde el primero, amplificada por un cuerno.

—¡Capitana Mar Salobre! ¡Entréguenos la carta y no habrá sangre!

Bruna se asomó y gritó de vuelta:

—¡No prometo nada sobre la sangre, pero sí sobre la sopa!

Nilo soltó una risita nerviosa.

Mar levantó la mano.

—Ahora.

Los barriles rodaron como toros de madera. En cuanto tocaron la pendiente jabonosa, empezaron a “cantar” con estruendo: melodías raras, mugidos, silbidos y un “¡ay, ay, ay!” que sonaba sospechosamente humano.

Los piratas enemigos se asomaron, desconcertados.

—¿Qué demonios…?

—¡Son barriles embrujados!

—¡No, son… canciones! ¡Me está dando vergüenza!

El primer barril golpeó el costado del Velo Gris. El segundo rebotó y se metió entre dos marineros, que resbalaron con el jabón y cayeron como bolos. El tercero, con la melodía más escandalosa, rodó directo hacia La Sombra Baja.

Desde la niebla se oyó un grito:

—¡Cuidado, que canta!

Demasiado tarde. La Sombra Baja giró para esquivar el barril cantor… y chocó con el Velo Gris. Madera contra madera. Un crujido como de dientes apretados.

Mar aprovechó el caos.

—¡Velas al máximo! ¡Salimos de aquí!

La Bruma Alegre se lanzó hacia la ensenada escondida, dejando atrás gritos, golpes y una canción desafinada que se perdía en la niebla.

Nilo miró hacia atrás, asombrado.

—¡Funcionó!

—Las mejores trampas son las que hacen reír al enemigo… justo antes de que se enfade —dijo Mar.

Pero el triunfo duró lo que tarda un trueno en pensar. Una bengala verde iluminó la bruma desde el Velo Gris, como un ojo venenoso.

—No se rendirán —murmuró Bruna.

Mar asintió.

—Entonces nosotros tampoco.

Capítulo 5: Isla Cobreazul y el secreto de la X

Al caer la tarde, la niebla se convirtió en una manta húmeda. Entre esa manta apareció Isla Cobreazul: acantilados oscuros, árboles torcidos por el viento y una playa estrecha que parecía morder el mar.

—Bonito lugar para perderse —dijo Berto.

—Bonito lugar para encontrarse —corrigió Mar.

Desembarcaron rápido. Mar no llevaba el mapa, pero lo veía en su mente como si estuviera dibujado en el aire. Contó pasos desde una roca con forma de silla. Luego giró hacia un árbol partido. Luego siguió el sonido de un arroyo.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó Nilo, jadeando.

—Porque cuando algo es importante, no lo miras una vez. Lo estudias hasta que te habla —respondió ella.

Llegaron a una pared de piedra cubierta de musgo. Mar tocó tres puntos exactos con los nudillos: tac, tac, tac. El eco sonó diferente.

—Aquí —dijo.

Bruna intentó mover la roca, pero no cedió.

—Está más terca que yo.

Mar sacó una daga pequeña y, en lugar de usarla como arma, la usó como palanca en una grieta escondida. La piedra se deslizó un poco, revelando un hueco.

Dentro no había montones de oro. Había una caja de madera simple, atada con cuerda vieja.

Nilo se inclinó.

—¿El tesoro es… una caja?

—Las historias siempre engañan —dijo Mar, y su voz se volvió más suave—. Abre.

Nilo desató la cuerda con cuidado. Dentro encontraron un cuaderno de tapa azul, una brújula de cobre y una carta doblada.

Bruna frunció el ceño.

—¿Dónde están las monedas? ¿Los diamantes? ¿El loro que insulta en cuatro idiomas?

—Ah, el loro estaba de vacaciones —bromeó Mar, y luego tomó el cuaderno—. Esto vale más.

Abrió el cuaderno. Era el diario de una pirata antigua: Capitana Cobreazul, una mujer famosa por robar a los ricos comerciantes y dejar comida en los puertos pobres. En sus páginas, hablaba de rutas seguras, de tormentas traicioneras… y de la Hermandad de la Neblina, incluso en aquellos tiempos.

Nilo leyó una frase en voz alta:

“El verdadero tesoro no es lo que brilla, sino lo que guía.”

Mar asintió. Sus ojos brillaron, pero no de codicia.

—Este diario prueba que la Hermandad ha manipulado mapas y puertos durante años. Si lo entregamos al Consejo de Mareas, podrán detenerlos.

Bruna se cruzó de brazos.

—¿Y el mapa?

Mar sacó la carta doblada. Era un dibujo del mismo mapa… pero con algo distinto: la X no marcaba un cofre, sino un punto de observación. Desde allí se veía un faro oculto en una cueva, un faro que podía encenderse en noches de niebla para guiar barcos lejos de los arrecifes.

—Cobreazul no escondió oro —susurró Nilo—. Escondió una forma de salvar gente.

—Exacto —dijo Mar—. Y eso es lo que quieren robar: la posibilidad de controlar el mar a oscuras.

Un ruido entre los árboles los cortó. Un crujido. Luego otro. Voces apagadas.

—Nos siguieron —dijo Bruna, sacando su sable.

Mar guardó el cuaderno y la brújula en una bolsa impermeable.

—No lucharemos aquí. No les daremos este lugar.

—¿Entonces qué? —preguntó Berto.

Mar miró hacia los acantilados. La niebla subía, lenta, envolviendo la isla.

—Entonces corremos… y pensamos al mismo tiempo.

Capítulo 6: El faro en la cueva y la risa en la bruma

La persecución por la isla fue como correr dentro de un sueño húmedo. Los árboles parecían moverse, las sombras se estiraban, y cada paso podía ser una raíz traicionera.

—¡Por aquí! —gritó Mar, guiándose por el recuerdo del mapa y el sonido del mar golpeando la piedra.

Llegaron a una entrada de cueva medio oculta por enredaderas. Dentro, el aire olía a sal y a hierro. Un túnel descendía hasta una cámara amplia donde descansaba el faro: una estructura antigua, de metal verdoso, con una lámpara enorme y un mecanismo de espejos.

—¿Esto se puede encender? —preguntó Nilo, tocando una manivela.

—Se debe encender —dijo Mar—. Pero no como ellos quieren.

Las voces enemigas se acercaban. Entre la niebla, apareció Don Vaho, impecable, como si la humedad lo respetara. Detrás venían seis piratas con pañuelos grises y ojos fríos.

—Capitana Mar Salobre —dijo Don Vaho—. Veo que encontró el regalo de Cobreazul. Entregue el diario y la carta. La niebla nos pertenece.

Mar dio un paso al frente. Su corazón golpeaba fuerte, pero su voz no tembló.

—La niebla no pertenece a nadie. Solo pasa… como los mentirosos.

Don Vaho sonrió.

—Qué discurso tan bonito. Lástima que termine aquí.

Uno de sus hombres avanzó. Bruna lo detuvo con el sable, chocando metal con metal. Berto empujó a otro con una cuerda. Nilo se quedó junto a la manivela, dudando.

Mar lo miró un segundo.

—¿Recuerdas lo que te dije? El valor es moverse.

Nilo apretó los dientes y giró la manivela. El mecanismo chirrió, despierto después de años. Los espejos se alinearon con un “clac” que sonó como una decisión firme. La lámpara, sin encender aún, apuntó hacia la salida de la cueva.

—¡No! —gritó Don Vaho—. ¡Apágalo!

—Aún no está encendido —dijo Mar—. Pero lo estará… a nuestra manera.

Mar sacó la bolsita de sal de su chaqueta.

—Bruna, ¿tienes la pólvora pequeña?

Bruna, sin dejar de pelear, lanzó una bolsita a los pies de Mar.

—¡Guárdala bien, que no es confeti!

Mar mezcló un poco de sal con la pólvora y la extendió en una línea sobre el suelo húmedo, hasta un charco de aceite viejo que aún quedaba junto al faro. Luego miró a Nilo.

—Cuando diga “ahora”, giras el espejo superior hacia la salida. ¿Entendido?

Nilo asintió, serio como un capitán en miniatura.

Don Vaho avanzó, irritado.

—¡Basta de trucos!

Mar encendió una cerilla. La llama titiló, pequeña y valiente en tanta oscuridad.

—Uno… dos… tres… —contó, midiendo el momento.

Don Vaho alzó su espada.

—¡Ahora! —gritó Mar.

Nilo giró el espejo. Mar dejó caer la cerilla sobre la línea de pólvora. La chispa corrió, veloz, como un pensamiento brillante. El aceite prendió y una llamarada iluminó la lámpara del faro desde abajo.

El faro no explotó. Se encendió.

Un haz de luz atravesó la cueva y salió directo a la bruma, abriéndola como si partiera una cortina. La niebla, confundida, empezó a girar en remolinos, y el reflejo en los espejos hizo que pareciera que había diez faros encendidos, apuntando a distintos lugares.

Los hombres de Don Vaho se taparon los ojos.

—¡No veo nada!

—¡La luz se multiplica!

—¡Es magia!

—No —dijo Mar, con una sonrisa maliciosa—. Es ciencia vieja… y un poco de audacia.

Afuera, los barcos de la Hermandad, guiados por sus propias señales falsas, se movieron hacia donde creían seguro. Pero la luz múltiple los empujó hacia un banco de arena. Se oyó un “¡CRAC!” lejano. Luego gritos y chapoteos.

Don Vaho retrocedió, furioso.

—¡Usted no entiende! Sin la niebla, no somos nada.

—Entonces aprende a ser algo con luz —respondió Mar.

Bruna le dio un empujón final a uno de los piratas enemigos, que resbaló y cayó sentado en un charco.

—¡Eso te pasa por venir sin invitación! —se burló.

Don Vaho intentó huir hacia la salida, pero la niebla, iluminada y enloquecida por el faro, se arremolinó alrededor de él. Por un instante, su figura se desdibujó como si fuera de verdad humo.

Mar no lo persiguió. No hacía falta. Su prioridad era proteger lo importante, no ganar una venganza.

—¡Al barco! —ordenó.

Volvieron a La Bruma Alegre con el diario y la brújula bien guardados. El faro seguía lanzando su haz, abriendo rutas seguras en la bruma como un dedo gigante señalando el camino correcto.

Ya en cubierta, con el mar otra vez bajo sus pies, Nilo exhaló aliviado.

—Capitana… ¿y si vuelven?

Mar apoyó una mano en el hombro del chico.

—Volverán. Los problemas son insistentes. Pero ahora tenemos pruebas, y tenemos luz. Y lo más importante… tenemos una tripulación que no se rinde.

Bruna se acercó, empapada y sonriente.

—Además, todavía me queda sopa para otro tiburón.

Berto soltó una carcajada.

La bruma se cerró alrededor del barco, suave como algodón mojado. En ese silencio extraño, se oyó una risa: primero pequeña, luego contagiosa. Fue Nilo, que empezó a reír sin saber por qué, y luego Bruna, y luego Berto, y al final la propia Mar, que soltó una risa clara, libre, que se mezcló con la niebla hasta volverse parte de ella.

La Bruma Alegre avanzó, y su risa quedó flotando en la bruma, como una promesa de nuevas aventuras.

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Contramaestre
Persona que ayuda al capitán y organiza el trabajo de la tripulación en el barco.
Grumete
Joven que aprende a ser marinero y hace tareas sencillas en el barco.
Muelle
Lugar fijo en la orilla donde los barcos amarran para subir o bajar gente y cosas.
Aparejo
Conjunto de cuerdas y piezas que sostienen y mueven las velas del barco.
Proa
Parte delantera del barco, la que va hacia adelante.
Popa
Parte trasera del barco, la que queda atrás.
Babor
Lado izquierdo del barco cuando miras hacia la proa.
Arrecife
Formación de rocas bajo el agua que puede ser peligrosa para los barcos.
Ensenada
Entrada del mar en la costa, como una playa pequeña y resguardada.
Pólvora
Polvo que arde y sirve para hacer fuego o explosiones pequeñas en antiguas armas.
Manivela
Palanca que se gira con la mano para mover una máquina o abrir algo.
Timonel
Persona que maneja el timón y guía la dirección del barco.
Bodega
Espacio bajo la cubierta donde se guardan provisiones y objetos del barco.

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