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Cuento de pirata 11/12 años Lectura 23 min.

El cofre sin llave y las tres pruebas del honor

Mateo, un pirata medido, y la tripulación del Brisa Negra buscan abrir un misterioso cofre que exige tres pruebas, enfrentando arrecifes, tormentas y la prueba de la lealtad entre compañeros. Su aventura pone a prueba su ingenio y su unión mientras siguen pistas ocultas y enfrentan tentaciones.

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Mateo, un hombre de unos treinta años, rostro redondo con una cicatriz fina en la mejilla, cabello castaño despeinado y mirada serena y orgullosa, tiene las dos manos sobre la pesada tapa del cofre listo para abrirlo; Lía, adolescente de rostro vivaz y salpicado de curiosidad, con trenza pelirroja, está junto a él con una mano también sobre el cofre y una sonrisa traviesa; la capitana Bruna, mujer de unos cuarenta años, de hombros anchos, pañuelo rojo y sonrisa severa suavizada, los observa con los brazos cruzados; Tino, cocinero corpulento de cincuenta años, con delantal manchado y cazo en la mano, mira el cofre con alivio cómico; Roque y Silas, dos jóvenes con aire culpable, están atrás con las manos en los bolsillos; la cubierta del barco Brisa Negra tiene tablones desgastados, cordajes gruesos enrollados, una mayor robusta con un banco nuevo clavado debajo, cielo naranja de tarde y mangas de viento aún húmedas de la tormenta; el cofre es macizo, metal ennegrecido con tres hendiduras simbólicas (ola, estrella, ancla) y en su interior se ve un cuaderno envuelto, una brújula antigua y algunas monedas de cobre que brillan débilmente; escena centrada en la tripulación reunida, expresión de confianza y alivio, calor de camaradería tras la tormenta, paleta cálida y texturas de madera, líneas suaves y contornos ligeramente redondeados para un estilo de cómic tierno. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El pirata medido y el cofre sin llave

El mar amaneció con olor a sal y promesas de líos. La brisa hinchaba las velas del Brisa Negra y, bajo el sol, el barco parecía una bestia feliz, con la proa mordiendo olas como si fueran manzanas.

Mateo Cuerda, el contramaestre, caminaba por cubierta con una cuerda enrollada al hombro y una expresión que no era ni seria ni alegre, sino… calculada. En el Brisa Negra decían que era “pirata medido” porque, incluso cuando el cañón temblaba, él contaba hasta tres antes de gritar. Medía las distancias, el viento, los riesgos. Y también las palabras, aunque a veces se le escapaban por la borda.

—¡Mateo! —gritó la capitana Bruna Dienteclaro desde el castillo de popa—. Hoy te toca la misión más terca del océano.

Mateo subió los escalones. La capitana le señaló un cofre colocado sobre una manta. Era de madera oscura, con refuerzos de hierro y una cerradura que parecía sonreír de forma desagradable. No había llave. Ni agujero de llave. Solo una placa con letras grabadas.

—Lo encontramos en el pecio de la Bahía de los Susurros —dijo Bruna—. Y juro por mi pañuelo que ese cofre guarda algo que nos conviene.

—¿Y por qué yo? —preguntó Mateo, levantando una ceja.

Bruna le dio un golpecito en el hombro.

—Porque tú no rompes las cosas antes de pensar. Y porque eres leal. Cuando el cofre se abra, no quiero que nadie meta la mano a escondidas.

Mateo tragó saliva. No le asustaban los tiburones ni los abordajes, pero los secretos cerrados lo ponían nervioso. Aun así, asintió.

—Lo abriré sin llave —dijo—. Pero con cabeza.

A su lado apareció Lía, la grumete, con una sonrisa que parecía un anzuelo.

—Con cabeza y con manos, si no te molesta —dijo—. Yo también quiero ayudar. Además, soy experta en mirar cosas como si fueran culpables.

—Eres experta en meterte donde no te llaman —murmuró Mateo.

—Exacto. ¡Eso también sirve!

Desde la escotilla asomó Tino, el cocinero, limpiándose harina en el delantal.

—Si ese cofre trae maldiciones, avisad antes de abrirlo —dijo—. No quiero que me embrujen el guiso. Ya bastante cuesta que las lentejas no sepan a calcetín mojado.

Mateo se agachó frente al cofre. La placa decía:

“NO SE ABRE CON FUERZA,

SINO CON HONOR.

TRES PRUEBAS,

UN CORAZÓN.”

—Qué poético —dijo Lía—. ¿Será un cofre romántico?

—Si es romántico, que no sea conmigo —gruñó Tino desde lejos.

Mateo apoyó los dedos en la cerradura. Estaba fría, como si guardara una noche dentro.

—Tres pruebas… —repitió él—. Bien. Entonces no se trata de serrar, ni de martillar. Se trata de entender.

El Brisa Negra siguió su rumbo. Y el cofre, mudo y pesado, pareció esperar, como un gato que finge dormir para escuchar mejor.

Capítulo 2: El mapa que no se ve y la primera prueba

En la bodega, Mateo y Lía rodearon el cofre con una lámpara. La luz hacía bailar sombras como piratas diminutos en las paredes.

Mateo inspeccionó los bordes. Encontró tres ranuras finísimas, casi invisibles, en la tapa: una con forma de ola, otra de estrella y otra de ancla.

—Tres pruebas —dijo—. Tres símbolos.

Lía se inclinó tanto que casi besa el hierro.

—¿Y si hay que meter algo ahí? ¿Un diente? ¿Una uña? ¿Una galleta?

—Si metes una galleta, Tino te persigue hasta el fin del mundo —respondió Mateo.

Probaron con alfileres, con una moneda, con un trocito de cuerda. Nada. El cofre ni se inmutó.

Esa noche, el Brisa Negra ancló cerca de una isla pequeña, con palmeras dobladas como si estuvieran saludando. La capitana reunió a la tripulación.

—Dicen que aquí vive el farero viejo, el que ve rutas que no salen en los mapas —anunció Bruna—. Si el cofre tiene pruebas, quizá ese hombre sepa algo.

Mateo caminó por la playa junto a Lía, con las botas hundiéndose en arena húmeda. Encontraron un faro torcido, como si hubiera recibido un empujón del cielo. Dentro, el farero era flaco y tenía barba que parecía espuma seca.

—Piratas… —dijo el farero, sin sorpresa—. Siempre venís por cosas cerradas.

—Buscamos abrir un cofre sin llave —explicó Mateo—. Dice que se abre con honor. ¿Sabe algo?

El farero rió, una risa que sonó como madera vieja.

—Ese cofre no se abre para el más fuerte, sino para el más fiel. La primera prueba es la de la Ola: encontrar un mapa que no se ve.

—¿Un mapa invisible? —Lía abrió los ojos—. ¡Me encanta!

—No es invisible —corrigió el farero—. Está escondido donde nadie mira: en el reverso de lo obvio. El mar enseña eso. Mirad detrás de lo que todos miran de frente.

Mateo frunció el ceño, como quien ajusta una brújula.

—¿Y cómo se encuentra?

El farero les tendió un frasco con una tinta lechosa.

—Agua de luna. Se activa con paciencia y sal. No lo gastéis en dibujar bigotes a las gaviotas.

Lía tosió disimulando una risa.

De vuelta al barco, Mateo llevó el frasco a su camarote. Sacó el papel que encontraron junto al cofre en el pecio: parecía un trozo sin nada, una hoja aburrida.

—Si el mapa está en el reverso de lo obvio… —murmuró.

Lía lo miró de reojo.

—¿Vas a darle la vuelta al papel? Eso sí que es una idea revolucionaria.

Mateo la ignoró. Humedeció los dedos con agua salada y, con la punta de una pluma, rozó el papel con el agua de luna. Poco a poco, aparecieron líneas, como venas de luz: una isla, un arrecife, un símbolo de estrella marcado.

—¡Aparece! —susurró Lía—. ¡Es como si el papel estuviera despertando!

Mateo sintió un escalofrío, pero no de miedo: de emoción.

—Primera prueba superada —dijo—. Ahora sabemos adónde ir.

En la tapa del cofre, la ranura con forma de ola brilló un segundo. No se abrió, pero algo dentro pareció asentir.

Capítulo 3: La Estrella en el arrecife de los dientes

El arrecife se llamaba “de los Dientes” por razones evidentes: rocas afiladas asomaban como colmillos, listas para morder el casco.

—Cualquiera diría que el mar tiene problemas de dentista —comentó Lía, agarrándose al palo mayor.

Mateo calculó la distancia y el ángulo de entrada. Miró la corriente, escuchó el golpe del agua contra las piedras.

—Si entramos recto, nos partimos —dijo—. Si entramos demasiado lento, la corriente nos empuja. Hay que entrar con decisión, pero sin orgullo.

—Eso suena a consejo de abuela —dijo Lía.

—Mi abuela habría sido una gran pirata —respondió Mateo, y Lía soltó una carcajada.

La capitana Bruna confió en él.

—Timón a su mando, Mateo. No me haga sufrir más arrugas, que luego me cobran por ellas.

Mateo tomó el timón. Sintió el barco vibrar bajo sus manos. La tripulación guardó silencio, incluso Tino, que normalmente hablaba con sus cucharones.

—Ahora —ordenó Mateo.

Giró. El Brisa Negra se deslizó entre rocas como una aguja en tela. Una ola golpeó el costado. Otra intentó empujarlos. Mateo no soltó el timón. Contó en su cabeza, midió la fuerza del viento, ajustó un grado.

—¡Eso! —gritó alguien.

Pasaron. Los Dientes quedaron atrás, rechinando de rabia.

En el centro del arrecife, el mapa señalaba una boya vieja con una estrella tallada. Debajo, según la marca, debía haber algo.

—Buceo yo —dijo Lía, ya arremangándose.

Mateo negó.

—No. Corriente fuerte, piedras. Lo haré yo.

Lía se cruzó de brazos.

—Eres medido, sí. Pero a veces mides tanto que te olvidas de que somos equipo.

Mateo la miró. Tenía razón, y eso era lo peor: las verdades duelen como astillas.

—De acuerdo —cedió—. Equipo. Pero con cuerda de seguridad y señales claras. Nada de heroísmos tontos.

Tino apareció con una máscara de buceo que parecía un insecto.

—Si os come un pez, por favor, que sea uno pequeño. Que luego no cabéis en la olla —dijo.

Bruna les lanzó una cuerda y una bolsa de red.

—Traed lo que haya ahí abajo. Y no peleéis… demasiado.

Mateo y Lía saltaron al agua. Estaba fría, con un sabor metálico. Descendieron, con la cuerda rozándoles la cintura. Abajo, el arrecife era un laberinto. Entre algas, vieron un cofre pequeño de piedra con el símbolo de estrella.

Lía señaló una grieta: dentro había un objeto, atrapado. Mateo tiró, pero la roca lo sujetaba como una mandíbula.

Se le ocurrió forzar. Sus dedos se tensaron. Pero recordó la placa: “no se abre con fuerza”.

Miró a Lía. Ella lo observaba, esperando.

Mateo respiró hondo. Sacó una pequeña cuña de madera de su cinturón—una herramienta que usaba para ajustar tablas sin romperlas—y la metió con cuidado en la grieta. Movió, milímetro a milímetro, como si pidiera permiso.

La roca cedió.

Dentro estaba una estrella de cobre, con tres puntas y un agujero en el centro. No brillaba como tesoro, sino como algo útil. Como una pieza que encaja.

Subieron. En cubierta, Bruna les recibió con ojos ansiosos.

—¿Eso es? —preguntó.

Mateo asintió.

—Segunda prueba: la Estrella. Pero no la conseguí solo.

Lía infló el pecho.

—Yo fui la inspiración. Sin mí, Mateo habría luchado a cabezazos con la roca.

—Y tú te habrías quedado pegada por curiosa —replicó él, pero sonrió.

Cuando acercaron la estrella al cofre grande, la ranura de estrella la atrajo como un imán suave. Encajó con un clic. La tapa tembló. La ranura del ancla, la tercera, siguió oscura.

—Falta una —susurró Mateo.

Y el mar, como si escuchara, lanzó un trueno lejano.

Capítulo 4: La tercera prueba y el motín de las manos largas

Al día siguiente, el cielo estaba del color del plomo. Las nubes colgaban bajas, como velas mojadas.

—Tormenta en camino —dijo Mateo, oliendo el aire.

—Y problemas dentro —añadió Bruna, señalando con la barbilla.

Dos marineros, Roque y Silas, cuchicheaban cerca de la bodega. Roque tenía manos grandes y mirada inquieta. Silas sonreía demasiado, como quien esconde una carta bajo la manga.

Mateo sintió una punzada. Lealtad. La palabra sonaba bonita hasta que la ponían a prueba.

Esa tarde, cuando el barco se mecía como una cuna enfadada, Mateo bajó a revisar el cofre. Lo encontró movido. Y vio marcas recientes en el hierro.

—Han intentado forzarlo —dijo, apretando los dientes.

Lía apareció detrás, empapada por la lluvia.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero alguien quiere abrirlo sin pasar las pruebas.

En ese momento, un ruido de pasos. Roque y Silas bajaron, fingiendo sorpresa.

—¿Qué hacéis aquí, Mateo? —preguntó Silas con voz dulce.

Mateo los miró, midiendo no el viento, sino las intenciones.

—Vigilo el cofre. Alguien lo está dañando.

Roque alzó las manos.

—Nosotros solo… queríamos asegurarnos de que no fuera una trampa. Por la tripulación.

Lía se echó a reír, una risa corta.

—Claro. Por la tripulación. ¿Y también por vuestro bolsillo?

Silas frunció el ceño.

—La capitana se quedará con todo, ya veréis. Siempre es lo mismo.

Mateo dio un paso adelante.

—No en este barco. Aquí nos repartimos lo ganado. Y lo que no se gana con honor, no se toca.

Roque avanzó también, más grande que Mateo.

—¿Y quién te hizo juez?

Mateo sintió miedo. No el miedo que paraliza, sino el que avisa. Tenía dos opciones: gritar y hacer ruido, o mantener la calma y ganar tiempo.

Escuchó arriba: el viento aullaba. La tormenta no ayudaría.

—Nadie me hizo juez —dijo—. Solo soy el encargado de que el barco no se rompa. Y el barco se rompe cuando se rompe la confianza.

Silas sacó un cuchillo pequeño.

—Entonces aparta.

Lía dio un paso al frente, con una cuerda en la mano.

—Si quieres jugar a las manos largas, yo tengo cuerda corta —dijo con una sonrisa traviesa.

Mateo aprovechó. Tiró de una lámpara, apagándola con un gesto. La bodega quedó en penumbra. Silas maldijo. Roque dudó.

Mateo, en la oscuridad, sabía dónde estaba cada barril. Había medido ese espacio mil veces.

—¡Lía, a la escalera! —ordenó.

Lía corrió. Mateo golpeó con el hombro un barril, que rodó y chocó contra las piernas de Roque. Roque cayó con un “¡ay!” muy poco pirata.

Silas intentó seguir, pero Lía lanzó la cuerda como un lazo y le atrapó el brazo.

—¡Vaya! —dijo ella—. Parece que el honor te queda apretado.

Mateo encendió la lámpara de nuevo. Los dos estaban en el suelo, enfadados y mojados.

La capitana bajó con dos marineras más.

—¿Qué significa esto? —rugió Bruna.

Mateo habló sin levantar la voz. Contó lo ocurrido. No exageró. No insultó. Solo dijo la verdad, como quien pone una tabla recta sobre una mesa.

Bruna miró a Roque y Silas con frialdad.

—En mi barco, la lealtad no es un adorno —dijo—. Es el mástil. Y sin mástil, no hay viaje.

Los encerró en el calabozo del barco, con pan y agua. No por crueldad, sino por seguridad.

Cuando quedaron solos, Lía miró el cofre.

—La tercera prueba es el ancla, ¿no? Quizá no sea un objeto. Quizá sea… esto.

Mateo entendió.

—Mantenerse firme —susurró—. No dejar que la ambición nos arrastre.

La ranura del ancla pareció brillar un instante, como si hubiera escuchado. Pero aún no se abrió.

—Entonces falta demostrarlo de verdad —dijo Mateo.

Arriba, el trueno rugió más cerca. El mar no daba exámenes fáciles.

Capítulo 5: Tormenta, ancla y una decisión difícil

La tormenta cayó sobre el Brisa Negra como un cubo gigante. La lluvia golpeaba la cubierta. El viento intentaba arrancar las velas. El barco crujía, protestando como un viejo que no quiere levantarse.

—¡Rizad velas! —gritó Bruna—. ¡Asegurad la carga!

Mateo corrió con su equipo. Sus botas resbalaban. Cada ola era un muro. Una cuerda se soltó y le golpeó el brazo.

—¡Maldita serpiente! —murmuró, sacudiéndola.

Lía estaba en el mástil, atando una vela con rapidez.

—¡Eh, Mateo! —gritó—. ¡Si me caigo, dile a Tino que me debe dos galletas!

—¡No te caigas y se las cobras tú! —respondió él.

En medio del caos, un golpe seco: algo se soltó en la bodega. El cofre.

Mateo bajó, sujetándose a las barandillas. Encontró el cofre grande deslizándose de un lado a otro, a punto de romperse contra un poste.

—¡No ahora! —gruñó.

Intentó sujetarlo, pero era pesado. Cada sacudida lo empujaba. El hierro chilló.

Entonces vio la solución: el ancla de repuesto, colgada en un soporte. No era el ancla principal, pero podía servir. Si lograba asegurar el cofre con una cadena al ancla, se mantendría firme, anclado al barco mismo.

Pero la cadena estaba oxidada. Había que liberarla, y eso llevaba tiempo. Tiempo que afuera necesitaban.

Mateo dudó. Si subía, el cofre podía romperse y quizás perderse. Si se quedaba, la cubierta podía quedar sin su ayuda.

La lealtad no era solo a una cosa. Era a la gente.

Respiró hondo y tomó una decisión medida, pero valiente.

—Lía —gritó hacia la escalera—. ¡Necesito un minuto! ¡Dile a la capitana que aguante!

Lía asomó empapada.

—¡¿Aquí abajo?! ¡Estás loco!

—¡Solo un poco!

Mateo liberó la cadena con un golpe preciso de martillo y cuña. Se cortó un dedo con el óxido. La sangre se mezcló con agua salada.

—¡Ay! —dijo—. Esto no estaba en el mapa.

Amarró la cadena al cofre, luego al ancla. Tiró fuerte. El cofre quedó fijo. El ancla, firme, parecía decir: “Aquí no se mueve nadie”.

En ese instante, la ranura con forma de ancla en la tapa emitió un clic suave. Mateo se quedó quieto, sorprendido. La cerradura ya no parecía una sonrisa. Parecía una puerta que se abre despacio.

Subió corriendo a cubierta. La situación era peor: una vela se había rasgado y el palo mayor se quejaba. Bruna estaba empapada, pero sus ojos ardían.

—¿Dónde estabas? —gritó por encima del viento.

—Asegurando lo que podía romperse —dijo Mateo—. Y ahora… ¡a asegurar lo que nos mantiene vivos!

Se lanzó a ayudar. Con Lía, trepó, ató, cortó, ajustó. Tino pasaba cubos, aunque cada vez que una ola le mojaba, gritaba:

—¡Mis especias! ¡Pensad en mis especias!

El humor, incluso en tormenta, era una cuerda más.

Tras una hora eterna, el viento aflojó. Las nubes empezaron a abrirse, dejando un cielo lavado.

La tripulación se desplomó, jadeando. El Brisa Negra seguía a flote. Y eso, en días así, era una victoria.

Mateo bajó a la bodega. El cofre estaba intacto, sujeto al ancla. La tapa vibró, como si tuviera pulso.

—Creo… —susurró— que ya está.

Capítulo 6: El cofre se abre y el banco bajo la bôme

Reunieron a todos en cubierta, cuando el mar volvió a respirar tranquilo. Incluso Roque y Silas fueron sacados del calabozo, vigilados, porque Bruna decía que los errores también se miran a la cara.

El cofre estaba en el centro. La estrella de cobre seguía encajada. Las ranuras de ola y ancla brillaban discretas, como ojos que han decidido confiar.

Mateo puso ambas manos sobre la tapa. Notó calor, como si el cofre recordara la tormenta.

—No lo abriré solo —dijo, mirando a la tripulación—. Esto nos pertenece como viaje, no como botín.

Bruna asintió. Lía se acercó y apoyó una mano también.

—A la cuenta de tres —dijo ella—. Que a Mateo le gusta contar.

—Me gusta sobrevivir —respondió él.

—Una cosa lleva a la otra —dijo Tino, y alguien rió.

Mateo contó:

—Uno… dos… tres.

La tapa se levantó sin crujir. No hubo chispa mágica ni humo verde. Solo el sonido limpio de un cierre que por fin deja de resistirse.

Dentro no había oro. Ni joyas. Ni un mapa a un tesoro más grande, como habría soñado Roque. Había un cuaderno envuelto en tela impermeable, una brújula antigua, y una pequeña caja con monedas suficientes para reparar velas y comprar comida, no para comprar islas.

En el cuaderno, una nota:

“Para quien llegue con honor:

El verdadero tesoro es una tripulación que no se traiciona.

Usad esto para seguir navegando, no para hundiros por codicia.”

Roque bajó la mirada. Silas apretó la mandíbula. La capitana Bruna no gritó. Eso fue lo más duro.

—Os daré una segunda oportunidad —dijo—. No porque lo merezcáis, sino porque este cofre nos está mirando a todos. Pero la lealtad se demuestra, no se promete.

Roque tragó saliva.

—Capitana… yo… —empezó.

—Empieza por trabajar —lo cortó Bruna—. Y por pedir perdón a quien intentasteis engañar.

Silas miró a Mateo.

—Perdón —dijo, como si la palabra pesara.

Mateo asintió.

—Acepto el perdón si aceptas el cambio —respondió—. Si no, es solo aire.

Lía abrió el cuaderno. Había dibujos de rutas, notas sobre corrientes, consejos para entrar en puertos difíciles. No era un tesoro brillante, pero era valioso de verdad: conocimiento.

—Esto es mejor que oro —dijo Mateo—. Esto nos mantiene vivos.

Tino examinó las monedas.

—Y esto mantiene vivas mis especias —añadió—. Lo cual, sinceramente, es casi lo mismo.

Esa tarde, cuando el sol se inclinó y el mar se volvió naranja, la tripulación colocó un banco de madera en cubierta, justo bajo la bôme, la botavara que cruzaba el mástil como un brazo largo. Era un banco sencillo, pero firme, recién clavado con tablas sobrantes.

—¿Un banco aquí? —preguntó Lía—. ¿Para que el primero que se despiste se lleve un golpe?

—Para sentarnos juntos —dijo Bruna—. Y para recordar que, aunque la bôme pueda golpearte si no miras, la tripulación te avisa antes. Si es leal.

Mateo se sentó en el banco bajo la bôme. Lía se dejó caer a su lado, cansada y feliz. Tino llegó con una jarra de algo caliente que olía a canela y a victoria.

—No preguntéis qué es —dijo—. Solo bebed y fingid que lo pedisteis.

Bruna se apoyó en la barandilla, mirando el horizonte.

—Mateo —dijo—. Cumpliste tu misión.

Mateo miró el cofre, ahora abierto, y luego a la gente que tenía alrededor. Sintió algo parecido a orgullo, pero sin arrogancia. Un orgullo tranquilo, medido.

—La cumplimos —corrigió—. Y… gracias por confiar.

Lía le dio un codazo.

—¿Ves? Al final eres poético.

—No te acostumbres —dijo él, y luego añadió, más suave—: Pero me gusta este banco.

El barco navegó con el viento a favor. Sobre ellos, la bôme crujía como si también quisiera escuchar. Y bajo ella, en ese banco sencillo, la tripulación del Brisa Negra aprendió que la aventura no solo estaba en las tormentas y los arrecifes, sino en mantenerse fieles cuando el cofre —o el corazón— pide una prueba más.

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Contramaestre
El marinero que ayuda a dirigir la tripulación y arreglar las tareas del barco.
Cofre
Caja fuerte y cerrada donde se guardan objetos valiosos o importantes.
Cerradura
Parte del cofre o puerta que se cierra y necesita llave o mecanismo.
Pecio
Restos de un barco hundido o naufragado en el fondo del mar.
Popa
Parte de atrás del barco, opuesta a la proa.
Proa
Parte de delante del barco, la que corta el agua.
Grumete
Niño o joven que aprende a trabajar en un barco como marinero.
Bodega
Espacio bajo la cubierta donde se guardan cargas y cosas del barco.
Arrecife
Formación de roca o coral cerca de la superficie del mar, peligrosa para barcos.
Cuña
Pieza de madera o metal que se mete para separar o ajustar algo.
Calabozo
Lugar cerrado donde se encierra a alguien como castigo o seguridad.
Botavara
Barra que sujeta la vela al mástil y la ayuda a moverse.
Bôme
Palabra francesa usada para indicar la botavara, la barra que mueve la vela.
Timón
Parte que se usa para dirigir el barco y cambiar su rumbo.

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