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Cuento de pirata 11/12 años Lectura 25 min.

La bandera robada del Brisa Tuerta y el faro roto

El capitán Darío y su tripulación parten en busca de su pavellón robado, enfrentando nieblas, trampas y un coleccionista obsesionado, y descubren que el valor y la identidad se forjan en las acciones más que en la bandera.

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Hombre adulto, el capitán Darío Malacara, barbudo y bronceado, orgulloso y aliviado, sube al mástil para izar una gran bandera negra; mujer adulta, Lía “Cuerda Fina”, contramaestre, pelo castaño en moño y ropa práctica manchada de tinta, sujeta la driza al pie del mástil y sonríe detrás de Darío a babor; chico de unos 14 años, Nico, marinero joven de pelo corto y ojos abiertos, salta en la cubierta riendo con una cuerda en la mano a estribor mirando la bandera; varios marineros al fondo vitorean con los puños alzados y un gato gris sobre una caja cerca de la popa; cubierta de madera barnizada y gastada con cabos enrollados, cielo azul amplio con nubes finas y mar brillante en el horizonte bajo una luz dorada de tarde; la gran bandera negra ondea en lo alto del mástil, tela arrugada por el viento con un dibujo blanco de una calavera guiñando, ambiente de triunfo cálido, colores ricos y texturas visibles de pintura acrílica. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El palo sin bandera

El mar amaneció de color cobre, como si alguien hubiera derramado una moneda gigante sobre el horizonte. El bergantín Brisa Tuerta avanzaba con una alegría sospechosa: las velas hinchadas, la madera crujiente y la tripulación cantando tan desafinada que hasta las gaviotas parecían quejarse.

En la popa, el capitán Darío Malacara miraba el palo mayor con los ojos entrecerrados. Era un hombre adulto, de barba oscura y risa fácil, pero su mirada era de las que encuentran una aguja en un pajar… y también una mentira en una sonrisa.

Y justo ahí estaba el problema: arriba, donde debía ondear su pavellón —una calavera guiñando un ojo sobre dos sables cruzados— no había nada. Solo aire y vergüenza.

—Esto… —murmuró Darío— es como ir a un duelo en calcetines.

La contramaestre Lía “Cuerda Fina” se acercó con una libreta manchada de tinta.

—¿Duelo? Yo diría que es peor. Sin pavellón no somos nadie. Un barco sin bandera es… un bote con pretensiones.

—O una invitación a que nos tomen por mercaderes —gruñó Darío—. Y ya sabes lo que les pasa a los mercaderes en estas aguas: les “pierden” las cosas… como por magia.

Un marinero joven, Nico, apareció corriendo con una cuerda enrollada como si fuera una serpiente dormida.

—¡Capitán! ¡Yo vi algo anoche! Una sombra en cubierta. Pensé que era el gato, pero el gato estaba… —señaló al gato, que estaba masticando un trozo de pescado con expresión culpable— …ocupado.

Darío se inclinó hacia él.

—¿Sombra de hombre o sombra de remordimiento?

—De hombre, capitán. Y olía a clavo y a ron barato.

Lía frunció la nariz.

—Clavo… Eso lo usan en el puerto de Salmuera para disimular el aliento.

Darío golpeó la barandilla con los nudillos.

—Entonces iremos a Salmuera. Recuperaremos nuestro pavellón. Y el que lo haya robado, aprenderá que a un Malacara no se le roba… se le devuelve con intereses.

—¿Intereses? —preguntó Nico, tragando saliva.

—Sí —sonrió Darío—: en forma de vergüenza pública y trabajo extra fregando cubierta.

La tripulación celebró esa idea. Nadie temía tanto como al cepillo de fregar cuando Darío estaba de mal humor.

Aun así, cuando el sol subió y el puerto apareció como un puñado de dientes de piedra en la costa, Darío sintió un pinchazo en el pecho. Su pavellón era más que tela: era historia, promesa y orgullo. Sin él, el Brisa Tuerta parecía un cuento al que le arrancaron la última página.

—Vamos, valientes —dijo, ajustándose el cinturón—. Hoy demostramos que el coraje también sabe buscar cosas perdidas.

Capítulo 2: El puerto de Salmuera y el hombre del clavo

Salmuera olía a algas, a pescado y a secretos mal guardados. Las tabernas se apretaban unas contra otras como viejos marineros en invierno, y las calles eran un laberinto donde los gatos mandaban más que los guardias.

Darío bajó del barco con Lía y Nico. Lía llevaba su libreta y una pluma; Nico, la cuerda; Darío, su calma peligrosa.

—Recuerden —dijo Darío—: ojos abiertos, bocas cerradas… salvo para pedir comida.

—¿Y si nos preguntan quiénes somos? —susurró Nico.

Darío se tocó la barba.

—Diles que somos vendedores de… —miró alrededor y vio un puesto con montones de cebollas— …perfume de cebolla.

Nico parpadeó.

—Eso no existe.

—Por eso nadie nos lo pedirá —contestó Darío, muy serio.

En la taberna “El Ancla Chismosa”, el ruido era tan espeso que casi se podía cortar con un cuchillo. Darío se acercó al mostrador y dejó una moneda.

—Busco una tela robada. Negra. Con una calavera muy guapa.

El tabernero, un hombre ancho como un barril, levantó una ceja.

—Aquí solo se roba el corazón, capitán… y a veces el reloj. ¿Qué calavera?

Lía se inclinó hacia Darío.

—Mire allí.

En una esquina, un tipo flaco olía una bolsita de clavo como si fuera un tesoro. Tenía dedos manchados de tinta y una sonrisa rápida.

Darío se acercó y se sentó frente a él sin pedir permiso.

—Bonito aroma —dijo—. ¿Te tapa el aliento o las mentiras?

El flaco se atragantó.

—¿Yo? No miento. Solo… cuento versiones.

—Perfecto. Cuéntame la versión donde me devuelves mi pavellón.

El hombre miró a ambos lados. En sus ojos bailaba el miedo, pero también la chispa del oportunista.

—No lo tengo. Lo juro por… por mi última muela sana.

—Entonces te quedan pocas garantías —comentó Darío, señalando su boca desdentada.

Lía sacó su libreta.

—Nombre.

—Me llaman Risco.

—¿Risco qué? —insistió Lía.

—Risco… el que no se cae —dijo con orgullo.

Darío apoyó los codos en la mesa.

—Risco, escucha bien. Quien haya tomado mi bandera ha hecho dos cosas: ha insultado mi barco y ha tentado a la mala suerte. Y la mala suerte, cuando se enfada, muerde.

Risco tragó saliva.

—Fue… fue una mujer. Una capitana de falda roja. La llaman la Capitana Carmesí. Se llevó un paquete envuelto en lona, y juraría que era una bandera. Dijo que la vendería en la Isla del Faro Roto. Esta noche zarpa un balandro hacia allí.

Nico abrió mucho los ojos.

—¿La Isla del Faro Roto? Dicen que hay niebla que te roba el nombre.

—Y cangrejos que te roban los zapatos —añadió Lía, sin levantar la vista.

Darío sonrió apenas.

—Entonces iremos calzados… y con el nombre bien agarrado.

Risco se inclinó, bajando la voz.

—Pero si la Capitana Carmesí se mete en algo, hay trampa. Siempre deja una.

Darío se levantó.

—A mí me gustan las trampas. Me hacen pensar. Y cuando pienso, me pongo creativo.

Al salir, Nico susurró:

—¿Y si es una trampa para nosotros?

Darío le dio una palmada en el hombro.

—Entonces la desarmamos. Con inteligencia. Con coraje. Y con suerte… con un poco de humor, que también es un arma.

Esa tarde, el Brisa Tuerta zarpó hacia la Isla del Faro Roto, y el mar pareció oscurecerse como si estuviera guardando la respiración.

Capítulo 3: La niebla que prueba el valor

La niebla llegó sin pedir permiso. Primero fue una cinta blanca sobre el agua, luego una pared que tragó el horizonte. El sonido cambió: las olas se volvieron susurros y el crujido del barco sonó como pasos en un pasillo vacío.

Darío no levantó la voz. No hacía falta.

—Velas a media —ordenó—. Que el Brisa Tuerta camine, no corra. Y campana cada minuto.

Nico tocaba la campana con tanta seriedad que parecía estar avisando a los fantasmas de que se apartaran.

—¿Capitán? —preguntó Lía, acercándose—. ¿De verdad la niebla roba nombres?

Darío miró la bruma como si fuera una persona.

—La niebla no roba nada. Solo confunde. Y la gente asustada se desprende de cosas sin darse cuenta. El valor es recordar quién eres cuando no ves ni tus propias manos.

Un golpe seco sonó a estribor.

—¡Roca! —gritó alguien.

—¡No, bote! —corrigió otro—. ¡Un bote sin nadie!

Darío corrió al borde. Entre la niebla apareció una barquita, dando tumbos. En ella había un farol apagado y un mapa sujeto con una piedra.

Lía lo levantó con cuidado. El papel estaba húmedo, pero se leía:

“PARA QUIEN BUSQUE LO QUE NO ES SUYO:

EL FARO ROTO LOS ESPERA.

NO OLVIDEN MIRAR ARRIBA.”

Nico se rascó la cabeza.

—Pero… el pavellón sí es nuestro.

—Para la ladrona, no —dijo Darío—. Y “mirar arriba” suena a truco.

—¿Una trampa que cae del cielo? —Nico levantó la vista de golpe—. ¡No me gusta!

Darío soltó una risa breve.

—Tranquilo. Si algo cae del cielo, lo esquivamos con elegancia. O con un grito muy feo.

Avanzaron despacio hasta que, de pronto, la niebla se abrió como una cortina y apareció la isla: una masa oscura con árboles torcidos y rocas afiladas. En la cima, un faro inclinado, partido como un diente roto, parpadeaba con una luz débil.

Al acercarse al muelle, algo chocó contra el casco: cadenas ocultas bajo el agua intentaban engancharse.

—¡Ahí está el “mirar arriba”! —exclamó Lía—. Nos distraen para atraparnos abajo.

Darío tomó el timón con firmeza.

—Nico, cuerda al ancla. Lía, mira esas rocas: ¿ves corriente?

Lía cerró un ojo, observando el agua.

—Sí. Una corriente lateral empuja hacia el muelle. Si soltamos vela un momento y giramos… la corriente nos saca de las cadenas.

Darío asintió.

—¡Todos a sus puestos! ¡Ahora!

El Brisa Tuerta giró con un gemido de madera, como si se quejara del esfuerzo. Las cadenas rozaron el casco, chillando. Nico tensó la cuerda con los dientes apretados. Lía gritó medidas y direcciones como si cantara una canción rápida.

Por un instante, el barco pareció quedarse atrapado. Luego, con un tirón y una ola que empujó como una mano gigante, se soltó.

La tripulación vitoreó. Nico se dejó caer sentado.

—¡Pensé que nos convertíamos en sopa de pirata!

Darío respiró hondo.

—No. Todavía no. Aún tenemos un pavellón que recuperar.

Miró la isla y el faro roto, y sintió la emoción de la aventura mezclada con un hilo de miedo. Pero el miedo no era un muro: era una señal que decía “pon atención”.

—Vamos a tierra —dijo—. Y que nadie mire arriba sin mirar también a los lados.

Capítulo 4: El faro inclinado y la risa en el túnel

Subieron por un sendero de piedra, entre arbustos que olían a sal y a tierra mojada. El faro, de cerca, parecía más triste: su puerta estaba medio arrancada y su escalera interior subía en espiral, como el interior de una caracola vieja.

Dentro hacía frío. El viento se colaba por grietas, silbando como si contara chistes malos.

Nico susurró:

—Si aquí vive alguien, seguro que tiene la voz rara.

—O el sentido del humor torcido —contestó Darío.

Encontraron una cuerda colgando del techo con un cartel: “TIRA SI TE ATREVES”.

Nico la miró como si fuera una serpiente despierta.

—Eso es claramente una trampa.

Darío se encogió de hombros.

—O una invitación. A veces la diferencia es el valor.

Lía se agachó, examinando el suelo.

—Polvo movido. Algo ha pasado por aquí hace poco.

Darío tomó la cuerda… pero no tiró de golpe. Se apartó un paso, apoyó el pie en una baldosa firme y tiró suavemente.

Se oyó un “clac”. Del techo cayó una red… justo donde ellos habrían estado si Darío no se hubiera movido.

Nico soltó el aire que estaba guardando.

—¡Uf! Gracias, capitán. Yo habría tirado y luego… —hizo un gesto como de pez atrapado.

—Yo también lo habría hecho —admitió Lía—. Pero con más dignidad.

—La dignidad es difícil dentro de una red —dijo Darío—. Sigamos.

Subieron hasta un descanso donde había una puerta lateral. Al abrirla, encontraron un túnel estrecho excavado en la roca, iluminado por una lámpara de aceite. Y, desde el fondo, llegó una risa.

No una risa malvada. Era una risa divertida, como la de alguien que acaba de ganar a las cartas y está intentando no presumir… sin éxito.

Darío caminó con la mano cerca de la empuñadura de su sable, pero sin sacarlo.

—Capitana Carmesí —llamó—. Buen escondite. Lástima que no te quede mi bandera.

La risa se detuvo. Una voz respondió, clara:

—Malacara, Malacara… siempre tan directo. Si vinieras a pedir azúcar, lo harías con un cañón.

Al final del túnel, en una sala abierta, estaba ella: una mujer alta con chaqueta roja, botas impecables y una trenza negra. En su mano giraba una moneda, como si el tiempo fuera suyo.

A su lado, apoyado contra una pared, había un rollo de tela negra. Darío lo reconoció al instante. Su pecho se apretó.

—Ahí está —dijo, y su voz sonó más baja.

Carmesí sonrió con descaro.

—Sí. Y antes de que te lances como tiburón hambriento, escucha. No la robé por capricho. La tomé porque alguien la quería más que tú.

—Eso no tiene sentido —dijo Lía.

—Claro que lo tiene —respondió Carmesí—. Hay un coleccionista. Un hombre que guarda banderas como otros guardan mariposas. Las clava en vitrinas. Les quita el viento, la sal, la historia. Me ofreció oro… y yo soy pirata, no santa.

Nico se cruzó de brazos.

—Pues devuélvala. Ya tuvo su diversión.

Carmesí levantó una ceja.

—¿Diversión? Aún no empezó. El coleccionista vive en una gruta al otro lado de la isla. Si quieren su pavellón, tendrán que llegar antes que su barco. Yo solo… aceleré las cosas.

Darío dio un paso adelante.

—¿Por qué ayudarnos?

Carmesí guardó la moneda.

—Porque me caes bien cuando te enfadas. Y porque ese coleccionista me debe una… discusión. Además, robarle a un ladrón elegante tiene su encanto.

Lía habló con calma.

—¿Qué gana usted?

Carmesí sonrió, como si esa pregunta fuera música.

—Gano ver si de verdad mereces tu bandera. Si eres capitán por la tela… o por lo que haces sin ella.

Darío sintió un golpe de orgullo. Quiso decir algo mordaz, pero se tragó la frase. El valor también era controlar el impulso.

—Muy bien —dijo—. Juguemos a tu juego. Pero una cosa: mi tripulación no es una prueba. Es mi gente.

Carmesí inclinó la cabeza, con respeto inesperado.

—Entonces cuídalos. El camino a la gruta está lleno de trucos.

Nico murmuró:

—¿Trucos como redes del techo?

—Peores —dijo Carmesí—. Trucos que te hacen dudar de ti mismo.

Darío respiró hondo, miró el rollo de tela y luego a su tripulación.

—Vamos —ordenó—. Recuperaremos el pavellón. Y de paso, le enseñaremos a un coleccionista que las banderas no se encierran. Se conquistan.

Capítulo 5: La gruta del coleccionista y el pavellón al viento

El sendero hacia la gruta cruzaba un bosque de árboles retorcidos. Las ramas parecían dedos señalando acusadores. El suelo estaba resbaladizo, y cada piedra podía ser un tropiezo.

De pronto, encontraron señales pintadas en rocas: flechas que apuntaban en direcciones contradictorias.

Nico se desesperó.

—¡Nos están mareando! ¿Cuál es la buena?

Lía sacó su libreta y dibujó rápidamente el camino.

—Las señales mienten, pero el terreno no. Miren el musgo: crece más en el lado que mira al mar. Si seguimos ese lado, no daremos vueltas.

Darío sonrió.

—Eso es inteligencia. Y paciencia.

Caminaron hasta escuchar el rumor del agua dentro de la tierra. La gruta era una boca enorme en un acantilado, con una entrada protegida por una reja oxidada. En el centro colgaba un candado grande como un puño.

—Perfecto —dijo Nico—. ¿Y ahora?

Darío se agachó, observando. Junto al candado había un pequeño hueco con un mecanismo de engranajes.

—No es un candado normal. Es un acertijo.

Una placa decía: “TRES VERDADES DEL MAR. UNA MENTIRA DEL HOMBRE. ELIGE”.

Había cuatro símbolos: una ola, una brújula, un ancla y una corona.

Lía leyó en voz alta una inscripción debajo, casi borrada:

“La ola nunca se cansa. La brújula nunca duda. El ancla nunca traiciona. La corona nunca se hunde.”

Nico frunció el ceño.

—La corona sí se hunde si la tiras.

Darío asintió.

—Exacto. “Mentira del hombre”: la corona. —Presionó el símbolo de la corona.

El mecanismo hizo “clac” y la reja se abrió lentamente, quejándose como un abuelo al levantarse.

—Me encanta cuando el mundo es lógico —dijo Lía.

Entraron. Adentro, la gruta estaba iluminada por lámparas y… por vitrinas. Muchas. Filas de vidrio con banderas dobladas con obsesión: colores brillantes, telas viejas, emblemas de todo tipo. El lugar olía a cera y a polvo, como un museo que se hubiera perdido.

En el centro, un hombre con chaleco elegante y bigote fino pulía una vitrina con una suavidad casi cariñosa. Sin volverse, habló:

—Han pisado mi suelo con barro. Qué falta de educación.

Darío dio un paso al frente.

—Y usted ha pisado mi orgullo con guantes blancos.

El hombre se giró. Sus ojos eran grises y fríos, como monedas en el fondo de un pozo.

—Capitán Malacara. Su fama lo precede… como la mala música.

—Y a usted lo precede el olor a encierro —respondió Darío—. Devuélvame mi pavellón.

El coleccionista sonrió con una calma irritante.

—Aquí no se devuelve nada. Aquí se conserva. La bandera es más segura conmigo.

—¿Segura de qué? —saltó Nico—. ¿De tener viento?

—El viento la desgasta —dijo el hombre, ofendido—. La sal la rompe. La aventura la mancha.

Lía se adelantó.

—La aventura también le da sentido.

El coleccionista chasqueó la lengua.

—Qué románticos. No entienden. Las banderas son trofeos. Y yo soy su guardián.

Darío sintió la rabia subirle como una ola. Pero la domó. Miró alrededor: vitrinas, pasillos estrechos, una sola salida. El hombre quería control.

Darío habló con voz tranquila.

—Si es guardián, debería saber algo: una bandera no es tela. Es el valor de quienes la levantan. Y ese valor… no cabe en su vitrina.

El coleccionista hizo un gesto, y de las sombras salieron dos guardias con garrotes. Eran grandes, pero torpes, como osos con prisa.

Nico susurró:

—¿Plan?

Darío miró el suelo: charcos, cera derramada, vitrinas resbaladizas.

—Plan: no pelear como ellos esperan.

Darío arrojó una lámpara al suelo. La llama se apagó en un charco, pero el aceite dejó el piso brillante y traicionero.

—¡Ahora! —gritó.

Lía corrió hacia un estante y empujó una cuerda que sostenía un montón de banderines. Cayeron como lluvia de telas, enredando a uno de los guardias. Nico, con su cuerda, hizo un lazo rápido y tiró del otro guardia hacia el suelo. El hombre resbaló con un “¡Oof!” muy poco digno.

Darío avanzó hacia la vitrina principal. Allí, doblado con cuidado enfermizo, estaba su pavellón. La calavera guiñaba desde el cristal, como pidiendo aire.

El coleccionista se interpuso, indignado.

—¡No lo toque! ¡Lo arruinará!

Darío lo miró fijo.

—Eso es lo que usted no entiende. Lo arruinó cuando lo encerró.

Con un golpe preciso, Darío rompió el cierre de la vitrina. No lo hizo por rabia, sino con decisión. Tomó la bandera y la sintió pesada, viva, con olor a humo antiguo y mar.

El coleccionista gritó, pero Lía ya había tomado una lámpara y la levantó como si fuera una antorcha.

—Nadie se mueve —dijo, y hasta Nico la miró con respeto—. O le hacemos una “ventana” nueva a todas sus vitrinas.

El coleccionista palideció.

Darío enrolló el pavellón contra su pecho.

—Nos vamos. Y le doy un consejo: coleccione historias, no jaulas.

Salieron corriendo, con la bandera a salvo. Afuera, el viento golpeó la tela y pareció despertar la calavera guiñadora.

Nico se rió, sin poder evitarlo.

—¡Mire, capitán! ¡Está feliz!

Darío levantó el pavellón, y por un segundo el cielo pareció más grande.

—No solo feliz —dijo—. Libre.

Capítulo 6: Regreso al Brisa Tuerta y una llave guardada

Volvieron al muelle con el corazón saltando en el pecho. Detrás, en la isla, se oían voces y el eco de pasos: el coleccionista no iba a aplaudirles la salida.

Cuando llegaron al Brisa Tuerta, la tripulación los recibió con gritos de alegría. Darío subió a bordo y, sin perder tiempo, trepó parte del palo mayor con la agilidad de quien ha trepado tormentas y malos días.

Lía sujetó la driza. Nico miró hacia la isla, nervioso.

—Capitán, vienen barcos pequeños… ¡dos!

Darío no contestó. Ató el pavellón con un nudo firme, de esos que parecen promesas. Luego, cuando la tela se desplegó, el viento la infló como un pecho orgulloso. La calavera guiñó al mundo.

La tripulación rugió.

—¡Ahora sí! —gritó alguien— ¡Ahora somos nosotros!

Darío bajó y tomó el timón.

—¡A mar abierto! ¡Que prueben alcanzarnos!

Los dos botes enemigos se acercaron. Uno llevaba a un grupo de hombres con remos; el otro, una vela pequeña y mal cosida.

Nico tragó saliva.

—No son muchos, pero…

—Pero creen que pueden —dijo Darío—. Y eso es suficiente para ser peligrosos.

Lía señaló el agua.

—Hay rocas cerca, capitán. Si los llevamos hacia allí, tendrán que elegir: seguirnos y arriesgarse, o detenerse.

Darío sonrió.

—Eso es. El coraje no siempre es chocar. A veces es pensar más rápido.

El Brisa Tuerta giró cerca de las rocas con precisión. Los botes intentaron imitarlo. El de remos se desordenó; el de vela se inclinó demasiado, su vela se enganchó con una rama seca que sobresalía del acantilado y se rasgó con un sonido triste.

Nico soltó una carcajada.

—¡La isla les mordió!

Darío mantuvo el rumbo. Los perseguidores se quedaron atrás, gritando cosas que el viento se llevó por educación.

Cuando por fin el mar se abrió, limpio y amplio, la tripulación se relajó. Darío se apoyó en la barandilla. Lía se acercó con algo en la mano: una pequeña llave de metal, oscura, encontrada en el suelo de la gruta cuando salían.

—Creo que esto es del coleccionista —dijo ella—. La tenía cerca de la vitrina. Tal vez abre un cajón… o una caja.

Darío la miró. Por un instante, pensó en lanzarla al mar. Pero se detuvo. Si la guardaban, podría servir para devolver algo robado algún día… o para evitar que otro guardara banderas como si fueran peces muertos.

—La llave no es un tesoro —dijo Darío—, pero puede abrir un camino. Y los caminos se cuidan.

Nico levantó una ceja.

—¿La vamos a usar?

—No hoy —respondió Darío.

Caminó hasta su camarote, abrió un pequeño cofre de madera y lo apartó de un lado al otro como quien ordena su pensamiento. En el fondo había recuerdos: una moneda agujereada, un botón dorado, una brújula rota que aún olía a aventura.

Darío colocó la llave allí, con cuidado.

La guardó.

Luego salió de nuevo a cubierta. El pavellón ondeaba arriba, fuerte, cantando con el viento. Darío respiró hondo y miró a su tripulación.

—Buen trabajo —dijo—. Hoy demostramos que el valor no se compra ni se exhibe. Se practica. Se comparte. Y se levanta bien alto.

Lía sonrió.

—Como una bandera.

Nico miró hacia el mar, con los ojos brillantes.

—¿Cuál será la próxima aventura?

Darío se encogió de hombros, malicioso.

—Depende. ¿Qué prefieren perder mañana: un sombrero… o la paciencia?

Las risas estallaron en cubierta, y el Brisa Tuerta siguió navegando, con su identidad recuperada y una llave guardada, esperando silenciosa su momento.

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Bergantín
Un tipo de barco de vela antiguo, con dos palos y que navega con viento.
Popa
La parte trasera de un barco, donde suele estar el timón.
Pavellón
Una bandera grande que identifica a un barco o a su capitán.
Contramaestre
Marinero que ayuda a dirigir el trabajo y cuida la cubierta.
Driza
Cuerda que se usa para subir o bajar una vela en el palo del barco.
Balandro
Un barco pequeño de vela, rápido y fácil de manejar.
Vitrina
Caja de vidrio donde se muestran y protegen objetos valiosos.
Coleccionista
Persona que reúne y guarda objetos por gusto o por valor.
Engranajes
Piezas con dientes que giran y hacen mover máquinas.
Estribor
El lado derecho de un barco cuando miras hacia la proa.
Muelle
Lugar donde los barcos atracan para subir o bajar gente y cosas.
Gruta
Cueva o cavidad natural en la roca, a menudo con entrada estrecha.
Candado
Cerradura con llave que sirve para cerrar y asegurar cosas.

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