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Cuento de pirata 11/12 años Lectura 33 min.

El pirata que rompía cadenas

El capitán Bruno "Mano Lista" y su tripulación se embarcan en una emocionante aventura para liberar a una tortuga atrapada en una red, enfrentándose a los piratas del *Calamar de Hierro*, mientras descubren que la verdadera riqueza se encuentra en las historias y en el respeto al mar. A lo largo de su travesía, deberán aprender a trabajar juntos y encontrar un nuevo rumbo para sus vidas.

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Un hombre pirata, el capitán Bruno, está en la cubierta de su barco, la Gaviota Tuerta, con una expresión decidida y valiente en su rostro. Lleva una chaqueta roja brillante, pantalones negros desgastados y un bandana azul atado en la cabeza, con su cabello castaño ondeando al viento. A su lado, una joven de quince años, Nerea, con cabello largo y negro, viste pantalones de tela y una camiseta sencilla, observa atentamente una tortuga gigante que nada cerca del barco, con una mirada de curiosidad y admiración. El cielo es de un azul brillante, salpicado de algunas nubes blancas, y el agua brilla bajo el sol, creando reflejos dorados. La tortuga, majestuosa, emerge del agua, dejando salpicaduras detrás de ella, mientras el barco se balancea suavemente sobre las olas. La escena captura el momento en que Bruno y Nerea deciden seguir a la tortuga, simbolizando la aventura y la libertad en el mar. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El pirata que odiaba las cadenas

El mar estaba tan liso como una moneda recién pulida cuando el barco pirata La Gaviota Tuerta se deslizó entre olas mansas y reflejos de sol. El capitán Bruno “Mano Lista” se estiró en la barandilla, con su chaqueta roja medio desabrochada y el pañuelo azul torcido como siempre.

Bruno no era un pirata cualquiera. Sabía disparar un cañón, hacer nudos imposibles, cocinar un guiso decente con casi nada y, si era necesario, coserle el pantalón roto a un marinero en plena tormenta. Por eso todos lo llamaban “el pirata todoterreno”.

—¿Ves algo interesante, Grumo? —preguntó Bruno a su lorito verde, que dormía sobre su hombro.

—¡Veo siesta! —replicó el loro, sin abrir un ojo.

Bruno sonrió. A pesar de su fama, había algo que odiaba de verdad: las cadenas, los grilletes, las prisiones. Decía que el mar era demasiado grande para andar encerrando a nadie.

Detrás de él, la tripulación se movía como una coreografía un poco torpe. Había gente de todas partes del mundo: Mei, la navegante china, con sus mapas llenos de símbolos raros; Malik, el cocinero marroquí, que podía hacer magia con una patata y un trozo de pescado seco; y Lila, la artillera de piel oscura y risa fácil, que siempre llevaba flores en el pelo, aunque estuvieran en medio de una batalla.

—¡Capitán! —gritó Lila desde el nido del cuervo—. ¡Hay algo ahí delante!

Bruno se ajustó el catalejo y miró hacia el horizonte. Al principio no vio más que un punto oscuro en el agua. Pero, poco a poco, la imagen se volvió más clara: una tortuga gigante, moviéndose con dificultad, atrapada en algo que brillaba al sol.

—Es una tortuga marina —murmuró Bruno—. Y está enredada en un… ¿un trozo de red?

—Eso no es red de pescador —dijo Mei, frunciendo el ceño—. Parece un invento raro, como una trampa fija.

—Sea lo que sea —añadió Malik—, la está ahogando. Mira cómo se hunde y sale otra vez.

Bruno sintió un nudo en el estómago. No soportaba ver a nadie atrapado, ni siquiera a una tortuga que no conocía.

—Gira el timón hacia ella —ordenó—. ¡A toda vela! Y preparad las cuerdas. Esa tortuga no se hunde hoy.

Grumo abrió por fin un ojo.

—Mala idea, capitán. ¡Las tortugas muerden!

—Pues que muerda —respondió Bruno—. Mejor eso que verla morir.

Capítulo 2: El mar de las trampas invisibles

La Gaviota Tuerta se acercó hasta que casi se podía tocar la tortuga con la mano. Era enorme, con el caparazón lleno de marcas y algas, y unos ojos oscuros que parecían cansados y asustados a la vez. Tenía las aletas enredadas en una especie de red transparente y resistente, llena de nudos raros.

—Esto no es de pescador, no señor —dijo Lila, tirando de la red desde la borda—. Es demasiado fuerte.

—Parece una de esas redes modernas de los grandes barcos factoría —comentó Malik—. Atrapan todo y no sueltan nada.

Bruno apretó los dientes. Había oído hablar de esos barcos, que arrasaban con todo a su paso.

—Mei, calcula el viento. Tenemos que colocar el barco justo a su lado sin aplastarla.

—Eso está hecho —respondió ella, moviendo mentalmente números invisibles—. Giro tres grados a babor… ahora.

La maniobra salió casi perfecta. La tortuga, agotada, apenas se movía.

—Voy a bajar —dijo Bruno, ya atándose una cuerda a la cintura.

—¿Estás loco? —protestó Lila—. ¡Es peligroso!

—Soy un pirata, vivir es peligroso —bromeó él—. Además, alguien tiene que hacerlo, y soy el que mejor nada.

Grumo le picoteó suavemente la oreja.

—Si te ahogas, me voy con Lila. ¡Ella reparte más galletas!

—No pienso ahogarme —contestó Bruno, y se lanzó al agua.

El mar estaba tibio en la superficie, pero más frío en profundidad. Bruno sintió el peso de sus botas, el tirón de la cuerda en su cintura y, delante, la sombra gigante de la tortuga.

Se acercó despacio, con las manos abiertas.

—Tranquila, amiga —murmuró, aunque sabía que ella no entendía sus palabras—. Sólo quiero ayudarte.

La tortuga lo miró con uno de sus ojos negros, y Bruno tuvo la extraña sensación de que sí lo comprendía, al menos un poco. Comenzó a examinar la red: estaba llena de nudos plásticos, de hilos casi invisibles. Tiró, estiró, buscó con paciencia.

Arriba, Lila y Malik sostenían la cuerda.

—No me gusta esto —dijo Lila—. Es demasiado silencioso.

Como si el mar hubiera esperado sus palabras, una ola más alta que las demás golpeó el casco. El barco se ladeó, la cuerda se tensó de golpe y Bruno desapareció un segundo bajo el agua.

—¡Bruno! —gritó Mei, agarrando la cuerda.

Bajo la superficie, Bruno luchaba por no soltar el cuchillo que llevaba en la bota. Con un movimiento rápido, cortó uno de los nudos principales. La red se aflojó un poco. La tortuga, sintiendo el cambio, comenzó a moverse con más fuerza.

El problema era que ahora la red estaba medio suelta… y se enredó en la pierna de Bruno.

Él sintió el tirón y el miedo se le clavó en el pecho. Pataleó, pero la red le sujetaba fuerte. El aire empezaba a escasear. Vio burbujas, luz, sombras… y el gran ojo de la tortuga, mirándole otra vez.

—O los dos libres, o ninguno —pensó Bruno, furioso—. ¡No pienso convertirme en pescado!

Con una calma que no sentía, palpó su bota, encontró el cuchillo otra vez y cortó la parte de red que lo atrapaba. Luego cortó otra, y otra, abriendo un hueco más grande. La tortuga agitó sus aletas, rompiendo lo que quedaba de red. El animal se liberó del todo, y en ese movimiento brusco empujó a Bruno hacia arriba.

Salió a la superficie tosiendo agua salada, con el corazón golpeándole el pecho.

—¡Lo consiguió! —gritó Malik.

La tortuga, ya libre, dio una vuelta lenta alrededor del barco, como si estuviera reconociendo a sus salvadores. Bruno se agarró a la cuerda y la tripulación lo subió a bordo.

—Estás loco —dijo Lila, pero le dio un abrazo tan fuerte que casi le rompe las costillas.

Mei señaló el agua, preocupada.

—No se va. Se queda aquí. Mira.

La tortuga flotaba junto al barco, mirándolos. De cerca se veía que, en su caparazón, había cicatrices antiguas, marcas de otros encuentros con redes y peligros.

—Quizá necesita más ayuda —propuso Bruno—. O quizá…

Antes de terminar la frase, Grumo chilló desde el hombro de Lila:

—¡Barco a estribor! ¡Velas negras!

Capítulo 3: El otro pabellón

En el horizonte apareció un barco grande, con tres mástiles y un casco oscuro. Sus velas eran grises y desgastadas, y en lo alto ondeaba una bandera con un calamar rojo cruzado por un arpón.

—Los del Calamar de Hierro —susurró Malik—. He oído historias. No son precisamente poetas.

—Ni cantantes —añadió Lila—. Una vez me cruzaron el camino y casi me dejan sin oreja.

Bruno se secó la cara y se puso de pie.

—A ver qué quieren. No vamos a pelear si no hace falta.

—Ellos siempre quieren pelear —dijo Mei, sin dejar de observar el barco acercarse—. Pero tienes razón. Primero hablamos.

El Calamar de Hierro se situó a unos metros de la Gaviota Tuerta. Desde la borda del otro barco, un hombre alto con barba trenzada y sombrero adornado con colmillos de tiburón alzó las manos.

—¡Eh, ustedes, los de la tortuga! —gritó—. ¡Están tocando nuestra trampa!

—¿Tuya? —Bruno entrecerró los ojos—. Esa red estaba ahogando a una criatura inocente.

—¡Inocente, dice! —rió el hombre—. Esa tortuga es la llave de un tesoro. La seguimos desde hace semanas. Esa red era nuestra. Soy el capitán Rocco Mar de Fondo, y no me gusta que toquen mis cosas.

Bruno se apoyó en la barandilla.

—Pues a mí no me gusta que enjaulen a nadie —replicó—. Ni personas, ni animales. Si quieres una llave, búscate otra.

Varias risas y murmullos surgieron del barco enemigo. Entre los rostros que los miraban, Bruno distinguió a una chica de unos quince años, morena, con un pañuelo rojo y una expresión seria. No reía con los demás.

Rocco alzó la voz otra vez:

—La tortuga lleva grabado en el caparazón el mapa de una isla escondida. La leyenda dice que quien siga su ruta encontrará un cofre lleno de oro y joyas. Nosotros teníamos la red primero.

Bruno miró a la tortuga, que seguía calmada junto al casco de su barco, como si escuchara la conversación.

—Aunque fuera verdad —dijo—, nadie tiene derecho a encadenarla sólo por un tesoro.

Lila murmuró:

—Capitán, no nos vendría mal un cofre lleno de oro.

—Sí, pero no a ese precio —contestó Bruno, firme.

Rocco frunció el ceño.

—Te daré una opción, Mano Lista. O bajas otra red y llevamos juntos a la tortuga hasta la isla, o te hundo el barco y la recojo entre tus tablones.

La chica del pañuelo rojo dio un paso adelante, dudando.

—Capitán… —empezó a decir.

—¡Silencio, Nerea! —la cortó Rocco—. Aquí mando yo.

Bruno respiró hondo. No quería una pelea, pero tampoco pensaba rendirse.

—Tengo una tercera opción —respondió—. Sigamos a la tortuga sin atarla. Ella sabe su camino mejor que cualquiera de nosotros. Si nos lleva a alguna parte, bien. Si no, nos habremos dado un paseo y ella seguirá libre.

Rocco estalló en una carcajada.

—¿Confiar en un animal para encontrar un tesoro? Sólo un loco haría eso.

—O alguien que respeta al mar —dijo Mei, en voz alta.

Nerea miró a Bruno con interés. Luego miró a la tortuga. Apretó los labios, como si se debatiera entre dos bandos invisibles.

Al final, Rocco escupió al agua.

—Muy bien. Otra opción: una carrera. Nuestro barco contra el tuyo, siguiendo a la tortuga. El que llegue primero a la isla… se lleva el tesoro. Sin encadenarla. ¿Trato hecho?

Bruno dudó. Competir era mejor que pelear. Y, en el fondo, le gustaban los desafíos.

—Hecho —aceptó—. Pero si gano, tú prometes dejar de poner redes como esa.

Rocco sonrió, mostrando un diente de oro.

—Si pierdo, me lo pensaré.

Bruno chasqueó la lengua, pero asintió. Por dentro, ya estaba planeando algo más que una simple carrera.

Capítulo 4: La carrera de las dos tripulaciones

La tortuga, como si hubiera decidido que ya estaba bien de discursos, comenzó a nadar lentamente hacia el este. La Gaviota Tuerta y el Calamar de Hierro se pusieron en marcha detrás, las velas infladas por el mismo viento.

—¡Izad velas! ¡Ajustad las cuerdas! —ordenó Bruno—. Y, por favor, que nadie se caiga al agua, que hoy ya he nadado suficiente.

La tripulación se movió rápida. Lila se encargó de los cañones, “por si acaso”. Malik desapareció en la cocina y volvió con un cubo de naranjas.

—Para la energía —explicó—. Nada de desmayos en mitad de la gloria.

Mientras tanto, Mei observaba la tortuga.

—No nada en línea recta —comentó—. Hace giros, se hunde, vuelve a subir. Es como si siguiera un camino que sólo ella ve.

—Un camino del que formamos parte —dijo Bruno—. Hoy somos sus invitados.

En el otro barco, Rocco gritaba órdenes como un trueno. Los marineros respondían casi a gritos también. Nerea, en cambio, se subió al borde más cercano a la Gaviota Tuerta y, aprovechando un momento de calma, alzó la voz:

—¡Eh, tú, capitán Mano Lista!

Bruno miró hacia ella.

—Dime, pañuelo rojo.

—Mi nombre es Nerea —respondió, con una sonrisa leve—. Tu idea de seguir a la tortuga es rara… pero interesante.

—Gracias, creo —dijo Bruno—. Y tu capitán… parece muy seguro de lo que hace.

—Demasiado —murmuró ella—. No escucha a nadie. Ni al mar.

La tortuga se hundió de pronto. Ambas tripulaciones contuvieron el aliento. Durante unos segundos, sólo se vio la superficie del agua, reflejando el cielo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Lila.

La respuesta llegó en forma de burbujas. La tortuga emergió más adelante, dando un salto suave que salpicó de gotas la proa de ambos barcos. Grumo aleteó, indignado.

—¡Aviso de mojadura la próxima vez!

Las horas pasaron. El sol subió, luego comenzó a bajar. La carrera seguía ajustada: a veces iba delante el Calamar de Hierro, a veces la Gaviota Tuerta. En un momento, el viento cambió bruscamente de dirección, y los dos barcos se encontraron avanzando casi en paralelo, tan cerca que podían verse las pecas en la nariz de los marineros del otro bando.

Bruno aprovechó para hablar con voz más baja, pero lo bastante fuerte para que Nerea escuchara.

—¿Te gusta ser pirata en ese barco?

Nerea se encogió de hombros.

—Me gusta el mar. Me gusta viajar. Pero no me gusta atrapar animales ni hundir barcos pequeños sólo por diversión. El capitán dice que así es la vida pirata.

—La vida pirata puede ser muchas cosas —dijo Bruno—. Depende de cómo la vivas.

Rocco, desde la popa de su barco, rugió:

—¡Nerea! ¡Deja de charlar con el enemigo!

—No son enemigos, capitán —se atrevió a replicar ella—. Sólo van en el mismo camino.

Rocco la fulminó con la mirada.

—Por ahora.

Un rato después, las nubes comenzaron a amontonarse en el cielo. Mei frunció el ceño.

—Esto no me gusta. Tormenta pequeña, pero rápida.

Como si el mar quisiera demostrarle que tenía razón, el viento sopló con más fuerza. Las velas crujieron, las olas se alzaron. La tortuga seguía adelante, imperturbable, como si hubiera pasado por eso mil veces.

—¡Asegurad todo! —gritó Bruno—. No vamos a perder esta carrera por una ducha.

El Calamar de Hierro también luchaba contra el viento. Una ráfaga especialmente fuerte hizo que su mástil principal se inclinara con un ruido siniestro.

—¡Cuidado! —se oyó a lo lejos la voz de Nerea.

De repente, un cable se soltó y un trozo de mástil comenzó a caer hacia la cubierta… justo encima de Nerea.

Capítulo 5: Rescate en medio de la tormenta

Bruno no pensó. Antes de que nadie pudiera detenerlo, agarró una cuerda, la ató a la barandilla y se lanzó hacia el borde, calculando la distancia.

—¡Capitán, ni se te ocurra! —chilló Lila.

Era demasiado tarde. Bruno saltó. Durante un segundo que pareció eterno, voló sobre el espacio que separaba a los dos barcos, con la cuerda en la mano y la tormenta rugiendo alrededor.

Cayó en la cubierta del Calamar de Hierro justo al lado de Nerea, y la empujó fuera del camino cuando el trozo de mástil se estrelló donde ella estaba.

—¡Estás bien! —preguntó Bruno, jadeando.

—Creo que sí —respondió ella, con los ojos muy abiertos—. ¿Estás loco?

—Me lo preguntan mucho —dijo él—. Debe de ser que sí.

Rocco, mojado y furioso, se acercó a grandes zancadas.

—¡¿Qué hace este payaso en mi barco?!

—Te acabo de salvar a una marinera —replicó Bruno—. Un “gracias” no te mataría.

Rocco apretó los puños.

—Nerea, vuelve a tu puesto. Y tú —señaló a Bruno—, vete de mi barco ahora mismo.

Bruno miró al vacío entre los dos cascos, ahora agitado por olas más grandes.

—Si salto ahora, me traga el mar.

—Problema tuyo —gruñó Rocco.

Nerea se interpuso.

—Capitán, no sea injusto. Nos ha ayudado. Además, estamos en la misma tormenta. Si uno se hunde, el otro tampoco sale bien parado.

Hubo un silencio tenso. La lluvia golpeaba las cubiertas, los truenos retumbaban a lo lejos. Rocco miró a Nerea, luego a Bruno, luego a la tortuga, que seguía avanzando como si nada.

Al final, soltó un bufido.

—Muy bien. Te quedas hasta que pase la tormenta. Pero no toques nada.

Bruno sonrió de medio lado.

—Palabra de pirata… moderadamente bien educado.

En la Gaviota Tuerta, Lila tiraba de la cuerda, desesperada.

—¡No puedo creer que haya saltado! ¡No puedo creer que lo haya logrado! ¡No puedo creer que esté en el barco del calamar ese!

—Está vivo —dijo Mei, señalando hacia el otro barco—. Mira, ahí está. Y parece que todavía tiene la cabeza pegada al cuello.

Malik suspiró.

—Lo conozco. Aprovechará para meterse en problemas nuevos.

Durante el resto de la tormenta, Bruno se movió por el Calamar de Hierro ayudando a sujetar velas, apretar cuerdas y estabilizar barriles. Algunos marineros lo miraban con desconfianza, otros con curiosidad.

Uno de ellos, un chico bajito con pecas, murmuró:

—No eres como pensaba que era un enemigo.

—Tal vez es que no lo soy —respondió Bruno—. Tal vez sólo somos… otros piratas.

Nerea trabajaba a su lado, rápida y concentrada.

—Nunca había visto a nadie saltar así por otra persona —dijo, cuando tuvieron un segundo de respiro—. En este barco, si alguien se cae al agua, la orden es seguir adelante.

Bruno la miró con seriedad.

—Eso no es un barco, entonces. Es una cárcel flotante.

Ella bajó la vista, como si esa palabra le doliera.

Cuando la tormenta comenzó a alejarse, la tortuga apareció de nuevo, justo enfrente de ambos barcos, como si hubiera esperado educadamente a que terminaran de hacer el ridículo con el viento.

—Capitán —dijo Nerea a Rocco—. Él podría haberse quedado en su barco y dejarnos apañárnoslas solos. Pero vino. Sin pensar en el tesoro.

Rocco la miró en silencio, luego miró a Bruno.

—No lo hice por ti —aclaró Bruno—. Lo hice por ella —señaló a Nerea—. Y porque, te guste o no, el mar es de todos. Cuando está enfadado, no distingue banderas.

La tripulación del Calamar de Hierro murmuró, incómoda. No estaban acostumbrados a oír hablar de “todos” y “compartir” en su barco.

Capítulo 6: La isla del caparazón

Con el cielo ya más claro y el viento todavía fuerte, la carrera continuó, aunque el ambiente había cambiado. Los marineros de un barco miraban con menos odio a los del otro. Alguno incluso levantó la mano en un saludo tímido.

—Se parece a una fiesta rara —comentó Grumo desde la Gaviota Tuerta—. Una fiesta donde nadie sabe si debe sonreír o sacar la espada.

Varias horas después, Mei gritó desde el nido del cuervo:

—¡Tierra a la vista!

Allí estaba: una isla en forma de media luna, rodeada de rocas bajas y de aguas increíblemente claras. Desde arriba, parecía un caparazón gigante emergiendo del océano.

—La isla del caparazón… —susurró Malik—. Pensé que era sólo un cuento.

La tortuga se dirigió directa hacia una pequeña bahía de arena blanca. Ambos barcos la siguieron y echaron anclas casi al mismo tiempo. No estaba claro quién había llegado primero.

Rocco pisó la arena con su bota pesada.

—Muy bien —dijo—. Aquí se acaba la carrera y empieza el reparto del tesoro.

Bruno lo miró de reojo.

—Primero habrá que encontrarlo, ¿no?

La tortuga avanzó por la orilla, dejando huellas anchas en la arena. Se detuvo frente a una roca con forma de cabeza de serpiente y se quedó quieta, como si posara para un cuadro.

Nerea se acercó, observando el caparazón de cerca.

—Miren —llamó—. Las marcas…

Todos rodearon a la tortuga, manteniendo cierta distancia para no asustarla. En su caparazón, las cicatrices y las líneas formaban algo más que simples daños: parecían un mapa. Curvas, puntos, pequeñas X. Y, en el borde, una marca que coincidía exactamente con la forma de la roca-serpiente.

—Es un mapa de esta isla —dijo Mei, asombrada—. ¡Y ese punto de aquí…!

—…debe de ser el lugar donde está el tesoro —completó Lila.

Rocco chasqueó los dedos.

—Hombres, seguid a la tortuga. Si se ha parado aquí, es por algo.

Bruno se acercó a Nerea.

—¿Te das cuenta? Esta tortuga lleva años guiando a gente codiciosa hacia aquí. Seguramente ha visto de todo.

—Y sobrevivido a todos —añadió ella.

La tortuga, como si hubiera entendido que ya habían descifrado su secreto, comenzó a caminar tierra adentro, lenta pero decidida. La siguieron en una procesión extraña: dos tripulaciones rivales, caminando juntas detrás de un animal silencioso.

El camino los llevó entre palmeras, arbustos llenos de flores de colores y rocas que parecían vigilarlo todo. El aire olía a sal, a fruta madura y a un ligero aroma de tierra húmeda.

Finalmente, llegaron a un claro rodeado de árboles altos. En el centro, medio enterrada, había una vieja caja de madera con herrajes de hierro oxidado.

—Ahí está —susurró Malik.

Los ojos de Rocco brillaron.

—Por fin. ¡Excavad!

Entre todos, comenzaron a quitar la arena y la tierra que cubrían el cofre. Nadie discutió sobre quién empuñaba la pala; el tesoro brillaba demasiado fuerte en sus mentes.

Cuando al fin levantaron la tapa, todos contuvieron el aliento.

Dentro no había montañas de oro ni cascadas de joyas. Había monedas, sí, pero pocas. Había collares, pero hechos de conchas. Lo que más había eran pergaminos, botellas de cristal con mensajes dentro, pequeños objetos de diferentes culturas: una máscara tallada, una brújula antigua, un cuenco de piedra, un trozo de bandera azul muy vieja.

Rocco parpadeó, desconcertado.

—¿Qué broma es esta? ¿Dónde está mi tesoro?

Mei tomó uno de los pergaminos. Lo desplegó con cuidado. Era un mapa de otra parte del mundo, con notas escritas en una letra elegante.

—No es un tesoro de oro —dijo—. Es un tesoro de historias.

Nerea sacó una de las botellas, la abrió y leyó en voz alta:

“Para quien encuentre esta isla: que sepa que la verdadera riqueza es el viaje que ha hecho para llegar hasta aquí, y la gente que ha conocido en el camino. Firmado: el primer capitán que siguió a la tortuga.”

Hubo un silencio raro. Algunos marineros se miraron entre sí, incómodos. Otros sonrieron sin querer.

Bruno cogió la vieja bandera azul. Estaba descolorida, pero se veía todavía un símbolo: una tortuga blanca en el centro.

—Este capitán… —dijo—. No quería oro. Quería que la gente aprendiera algo siguiendo a la tortuga.

Rocco apretó los dientes.

—¿Y yo qué se supone que aprenda? ¿Que he perdido semanas por un cofre de papeles?

—Tal vez —respondió Bruno, tranquilo—, que no tienes que encadenar a nadie para conseguir lo que buscas. Que el mar se comparte. Y que hay algo más valioso que el oro.

—¿Qué cosa puede ser más valiosa que el oro? —rugió Rocco.

Nerea cerró la botella y la sostuvo entre sus manos.

—Poder mirarte al espejo sin avergonzarte —dijo—. Saber que no has tenido que aplastar a nadie para ser quien eres.

Varios marineros del Calamar de Hierro asintieron en silencio. Otros bajaron la mirada.

Capítulo 7: Bajar el pabellón

La tortuga, ya sin interés por el cofre, comenzó a volver lentamente hacia la playa. Nerea la siguió con la mirada.

—Debería poder irse —dijo—. Sin que nadie la use como mapa otra vez.

—Podemos borrar algunas de las marcas del caparazón —propuso Malik—. No le haremos daño si sólo raspamos la superficie. Así, ya no habrá camino que seguir.

—Es su historia —añadió Mei—. Ya ha cargado suficiente tiempo con la nuestra.

Rocco se cruzó de brazos.

—Ni hablar. Esa tortuga nos puede llevar a más tesoros.

Bruno se acercó, sin alzar la voz, pero con una firmeza que se notaba.

—Capitán Rocco Mar de Fondo. Has visto cómo casi pierdes a una de tus marineras en la tormenta. Has visto cómo dos tripulaciones rivales pueden trabajar juntas. Has visto que el gran tesoro de esta isla no es oro, sino memoria. ¿De verdad quieres seguir siendo el tipo que atrapa tortugas?

Rocco lo miró, respirando hondo. Miró a Nerea, que lo observaba con mezcla de miedo y esperanza. Miró a su tripulación, cansada de peleas inútiles. Y miró la vieja bandera azul con la tortuga blanca.

—Mi padre me dijo que un capitán nunca da marcha atrás —murmuró.

—Mi abuela decía que sólo los tontos no cambian de idea —contestó Lila, desde atrás.

Hubo una risita ahogada entre los marineros.

Finalmente, Rocco soltó una carcajada corta, amarga.

—Está bien. Que se vaya la tortuga. Borrad lo que tengáis que borrar. Pero quiero algo a cambio.

Bruno arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Una nueva bandera —respondió Rocco—. Estoy harto de ver ese calamar con arpón todos los días. Quizá ya es hora de tener otro pabellón… uno que no dé tanto miedo.

Nerea sonrió, sorprendida.

—¿Habla en serio, capitán?

—Más me vale —contestó él—, o estos de aquí se me van con el Mano Lista.

De vuelta en la playa, Bruno, Mei y Malik trabajaron con cuidado sobre el caparazón de la tortuga, borrando sólo algunas marcas clave. La tortuga parecía disfrutar del contacto frío del agua que iban echándole encima, como si fuera un baño en un balneario marino.

—Listo —dijo Malik—. Ahora, si alguien quiere encontrar la isla, tendrá que esforzarse sin usarla a ella como brújula.

La tortuga los miró uno por uno. Luego se internó en el agua, avanzando un poco, volviendo la cabeza como en un último saludo.

—Adiós, capitana del mar —susurró Bruno.

Cuando el animal desapareció entre las olas, todos se quedaron un momento en silencio. El viento soplaba suave, como si el océano respirara más tranquilo.

Nerea rompió la calma:

—Sobre la bandera… Tengo una idea.

En la borda de la Gaviota Tuerta, colgaba un trozo de tela blanca que usaban para limpiar las cubiertas. Nerea lo tomó y, con tinta y un pincel que Malik le prestó, dibujó una tortuga estilizada, cruzada no por huesos ni espadas, sino por dos remos.

—Una tortuga libre, que navega con quien respeta el mar —explicó—. Y los remos porque nadie llega a ninguna parte sin esfuerzo.

Bruno la miró, impresionado.

—Me gusta —dijo—. Mucho.

Rocco se aclaró la garganta.

—Pues bájenme ese calamar sangriento —ordenó a sus hombres—. Y suban esta nueva bandera.

Los marineros del Calamar de Hierro obedecieron. Poco a poco, la vieja bandera con el calamar y el arpón comenzó a descender por el mástil, crujiendo al viento. Cuando llegó abajo, Rocco la sostuvo un momento en sus manos.

—No fue un buen símbolo —dijo—. Sólo hablaba de miedo.

Luego la dobló y la guardó, como quien guarda una parte de sí mismo que ya no necesita.

Mientras tanto, Nerea y dos marineros izaban la nueva bandera de la tortuga con remos. El trozo de tela se desplegó, blanco y limpio, con el dibujo oscuro recortándose contra el cielo.

El mar reflejó el nuevo pabellón en sus aguas tranquilas.

Capítulo 8: Dos rumbos, un mismo mar

De regreso a los barcos, algo había cambiado. Las miradas eran distintas, más suaves. Algunos marineros de uno y otro lado se acercaron a hablar, a intercambiar chistes, recetas, incluso canciones.

—Nunca pensé que acabaría cantando con los del Calamar de Hierro —dijo Lila, sorprendida, mientras compartía un estribillo con un marinero que tocaba la flauta desafinada.

—Ni yo con los de la Gaviota Tuerta —respondió él—. Pero me caéis bien. Sois raros, pero bien.

En la cubierta de la Gaviota Tuerta, Bruno y Rocco se estrecharon la mano. No era una amistad perfecta, pero era un comienzo.

—No prometo volverme santo —advirtió Rocco—. El mar sigue siendo duro.

—Mientras no encierres a nadie que no lo merezca, me doy por satisfecho —contestó Bruno.

Nerea se acercó al borde, mirando cómo las olas golpeaban suavemente el casco.

—Gracias por… todo —le dijo a Bruno—. Por salvarme, por hablar, por no tratarme como enemiga.

—Gracias por atreverte a llevar esa bandera —respondió él—. No es fácil cambiar de rumbo.

—Tal vez —sonrió ella— nos crucemos otra vez. En algún puerto, en alguna tormenta.

—O en alguna historia de piratas contada en una taberna —añadió Bruno—. En la que, espero, me dejes ser el guapo.

—Eso habrá que negociarlo —rió Nerea.

Los barcos se prepararon para partir, cada uno hacia un rumbo distinto. Pero antes, Bruno alzó la voz:

—¡Escuchad, todos! Hoy hemos seguido a una tortuga, hemos sobrevivido a una tormenta y hemos encontrado un tesoro que no se pesa en monedas. Hemos bajado una bandera de miedo y levantado una de respeto. No olvidéis esto cuando volváis a ver a alguien diferente a vosotros.

Mei añadió:

—El mar nos mezcla a todos. Las olas no preguntan de dónde vienes, sólo te empujan hacia adelante.

Rocco asintió, serio. Luego se volvió hacia su tripulación.

—A partir de hoy —anunció—, en este barco nadie será encadenado por pensar distinto. Y ningún animal será atrapado sólo porque nos conviene.

Un murmullo de aprobación recorrió la cubierta.

La Gaviota Tuerta se puso en marcha, las velas hinchadas por un viento amable. El Calamar de Hierro, con su nueva bandera, la siguió un rato, en silencio.

En un momento, Bruno levantó la mano en señal de despedida. Rocco respondió del mismo modo. Y, después, los barcos se separaron, como dos líneas que se alejan pero que siempre pertenecen al mismo dibujo.

Grumo, en el hombro de Bruno, graznó:

—¿Y ahora, capitán?

Bruno miró el horizonte, pensativo, pero con una sonrisa en los ojos.

—Ahora, buscamos nuevas aventuras —dijo—. Pero, si alguna vez volvemos a ver una cadena donde no debería estar… ya sabes lo que haremos.

—Romperla —repitió Grumo.

—Romperla —confirmó Bruno.

Mientras el sol se ponía y pintaba el cielo de naranja y violeta, la Gaviota Tuerta navegó en paz, con su propia bandera ondeando libre y orgullosa. Lejos, muy lejos, una sombra redonda emergió un momento de las olas: una tortuga gigante, observándolos desde el agua, antes de sumergirse otra vez en el silencio profundo del mar que, ahora, era un poco más libre.

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Objeto metálico que se usa para cerrar algo y evitar que se abra, como una puerta o una jaula.
Grilletes
Sujeciones de metal que se colocan en las muñecas o tobillos de una persona para impedir que se mueva.
Pabellón
Bandera que representa a un país, grupo o barco. También puede referirse a una estructura cubierta.
Desafío
Situación que pone a alguien en una prueba o que requiere esfuerzo para ser superada.
Cocinar
Preparar alimentos mediante el uso de calor.
Navegante
Persona que se dedica a navegar, es decir, a conducir barcos o embarcaciones por el agua.

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