Cargando...
Cuento sobre la Pascua 11/12 años Lectura 21 min.

La campanita del cielo y el secreto de la gratitud

Dos niños siguen a una campana voladora hasta un almacén secreto de Pascua y, guiados por la bondad, emprenden una misión para devolver el color y la alegría al barrio ayudando a sus vecinos.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Hay tres personajes: un niño, Diego, ~10 años, pelo castaño corto, rostro redondo, camiseta azul claro y pantalón corto caqui, sostiene una pequeña cesta de mimbre en la mano izquierda y se inclina hacia un banco a la derecha; un niño, Tomás, ~11 años, pelo castaño rizado, camiseta verde menta y sonrisa traviesa, a la izquierda de Diego ofreciendo un trozo de envoltorio dorado para decorar un huevo; un hombre mayor, Mateo, ~75 años, piel clara, pelo y barba canos, abrigo beige demasiado grande, sentado en un banco central con un gran huevo de cartón gris en las rodillas al que coloca suavemente mosaicos de colores. Lugar: un banco en una pequeña plaza vecinal al crepúsculo, pavimento beige, farol de hierro negro y un balcón con jardineras rojas y cintas pastel, algunas hojas y una tienda de dulces al fondo con escaparate reflectante. Situación: los dos niños ayudan a Mateo a decorar un huevo de Pascua gris pegando piezas brillantes y plumas blancas; una pequeña campana dorada con alas translúcidas flota sobre el banco soltando chispas ligeras; ambiente cálido, colores suaves saturados, contrastes nítidos y formas sencillas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La campana que no debería volar

A Diego le faltaban tres semanas para cumplir once, y a Tomás le faltaban dos días. En el patio del colegio, los dos discutían un asunto serio: qué color era “más de Pascua”, si el amarillo limón o el verde menta.

—El amarillo parece un pollito con prisa —dijo Diego, pateando una piedrita.

—Y el verde menta parece… chicle de abuela —respondió Tomás, riéndose.

El viernes por la tarde, ya en el barrio, el aire olía a pan recién hecho y a hierba húmeda. Las ventanas tenían cortinas abiertas, como si las casas también quisieran mirar la fiesta que se acercaba. En la plaza, el ayuntamiento había colgado cintas de colores y un cartel enorme: “Búsqueda de Huevos — Domingo de Pascua”.

—Este año gano yo —prometió Tomás—. Tengo un sistema.

—Tu sistema es correr como un loco —se burló Diego.

Iban hablando cuando, de repente, un sonido cortó el aire: “clin-clin”. No venía del suelo, ni de ninguna iglesia. Venía de arriba.

Los dos levantaron la cabeza.

En el cielo, justo encima de la plaza, flotaba una campana pequeña, dorada, como las de los belenes… pero esta tenía alas finas, casi transparentes, como de libélula. Tintineaba despacio, y cada “clin” parecía dejar una chispa de luz.

Diego abrió la boca.

—¿Lo estás viendo? —susurró.

Tomás se frotó los ojos con fuerza.

—Si esto es una broma, es la mejor del universo.

La campana se movió, no como algo empujado por el viento, sino como si eligiera el camino. Dio un giro elegante y avanzó hacia el parque, dejando tras de sí un rastro de destellos que duraban lo justo para decir: “ven”.

Diego tragó saliva. Tenía esa sensación de cuando estás a punto de hacer algo prohibido y emocionante a la vez.

—Vamos —dijo, decidido.

Tomás sonrió, como si ya estuviera guardando la historia para contarla mil veces.

—Pues claro. ¿Quién le dice que no a una campana voladora?

Y los dos, casi onceañeros, se lanzaron tras ella, con el corazón brincando como un huevo de chocolate dentro del bolsillo.

Capítulo 2: El rastro de luz y chocolate

La campana cruzó el parque a baja altura, por encima de los columpios vacíos. Cada vez que sonaba, las ramas de los árboles parecían inclinarse un poquito, como saludando.

—No corras tanto —dijo Diego—. Si nos ve mi madre…

—Tu madre no mira al cielo —contestó Tomás, sin parar—. Mira si te has lavado las manos.

La campana bajó hasta rozar un seto. “Clin”. Y de pronto, entre las hojas, apareció un huevo envuelto en papel brillante, con dibujos de estrellas.

Tomás se quedó quieto, como si hubiera visto un tesoro pirata.

—¡Primer huevo! —exclamó.

Diego lo levantó con cuidado. Pesaba lo suficiente para prometer algo serio.

—¿Y si es para la búsqueda del domingo?

—Esto es… una pre-búsqueda —dijo Tomás, inventándose la palabra—. Una búsqueda VIP.

La campana siguió, ahora por una calle estrecha con farolas. “Clin-clin”. Otra chispa cayó sobre el suelo y, donde tocó, apareció una pluma blanca, pequeña, suave, como de almohada recién estrenada.

Diego la cogió.

—¿Una pluma? Eso no se come.

—No todo en la vida es comerse las cosas —dijo Tomás, muy filósofo—. Aunque casi todo mejora si se puede.

La campana giró hacia una tienda de dulces. En el escaparate había conejos de chocolate alineados como soldados. La campana tintineó, y uno de los conejos… guiñó un ojo. No con malicia, sino con una simpatía descarada.

Tomás dio un saltito.

—¡Ese conejo me acaba de mirar!

Diego también lo vio, y se le escapó la risa, nerviosa y feliz.

—Estamos metidos en algo raro.

—En algo genial —corrigió Tomás.

La campana voló hasta el final de la calle y se detuvo frente a una puerta vieja de madera, en un callejón que ninguno de los dos recordaba haber visto antes. En la puerta había un dibujo grabado: una campana sobre un huevo.

“Clin”.

La puerta se abrió sola, muy despacio, como si respirara.

Los dos se miraron.

—¿Entramos? —preguntó Diego.

Tomás se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban.

—Si no entramos, me arrepiento hasta los treinta.

Y entraron.

Capítulo 3: La sala de los colores imposibles

Dentro no había polvo ni oscuridad. Había luz. Una luz suave, como la de la mañana cuando te despiertas sin alarma.

La habitación era amplia y olía a vainilla y a lluvia. En el techo colgaban cintas que se movían sin viento, y en el suelo había montones de cestas llenas de huevos de todos los tamaños. Algunos tenían manchas de pintura, otros estaban envueltos en papeles que parecían hechos de atardecer.

—Esto parece el almacén secreto de la Pascua —murmuró Diego.

—O el sueño de un dentista malvado —dijo Tomás.

La campana se posó sobre una mesa y dejó de batir las alas. Sonó una última vez, muy bajito, como un suspiro.

En ese momento, apareció una figura desde detrás de una cortina de cuentas de colores. No era un conejo gigante ni un hada con varita. Era una mujer mayor, con delantal de flores, gafas en la punta de la nariz y las manos manchadas de pintura.

—Ay, por fin —dijo, como si los hubiera pedido por internet y hubieran tardado—. Dos niños puntuales… más o menos.

Diego retrocedió un paso.

—Perdón. Nosotros… seguimos a la campana.

La mujer se rió, con una risa que hacía cosquillas al aire.

—La Campanita del Cielo. Sí, sí. Tiene esa costumbre. Yo soy Clara, la encargada de los detalles. La gente cree que la Pascua se organiza sola… pero si vieran mis listas.

Tomás se acercó, curioso.

—¿Entonces esto es real?

Clara alzó una ceja.

—¿Tú te inventarías un lugar con tanto brillo y tantas cestas y no te cobrarías entrada?

Diego soltó una carcajada. El miedo se le aflojó un poco.

—¿Y por qué nos ha traído aquí?

Clara señaló la mesa. Encima había un mapa del barrio, pero no era normal: tenía dibujitos de campanas, conejos y flechas hechas con purpurina. En el centro, una zona estaba marcada con una mancha gris.

—Tenemos un problema —dijo Clara, seria de repente—. La Alegría de Pascua se está apagando en una parte del barrio. Los huevos salen sin brillo, los lazos se desatan, y el chocolate… —hizo una pausa dramática— se pone aburrido.

Tomás abrió los ojos, horrorizado.

—¿Chocolate aburrido? Eso no puede pasar.

—No debe pasar —corrigió Clara—. Y la campana os eligió porque sois… —miró una libreta— leales. De esos que no dejan a un amigo atrás, aunque el amigo se distraiga con un charco.

Diego miró a Tomás. Tomás miró a Diego. Era cierto: una vez, Diego se había quedado con Tomás bajo la lluvia porque Tomás quería “escuchar cómo hablaba el agua” y no se movía.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Diego.

Clara les dio una cesta pequeña con tres cosas: un huevo de chocolate envuelto en azul, la pluma blanca y una campanilla diminuta.

—Seguid a la Campanita del Cielo —explicó—. Encontrad la mancha gris y devolvedle el color. Pero atención: el color no se pinta solo. Se agradece.

Tomás frunció el ceño.

—¿Agradecer… a quién?

Clara sonrió con un brillo travieso.

—A quien haga falta. Ya lo veréis.

“Clin”. La campana grande alzó el vuelo otra vez y salió por la puerta, como si el mundo de afuera la estuviera llamando.

Diego apretó la cesta.

—Pues vamos.

Y salieron detrás de ella, con la sensación de estar caminando dentro de un cuento que se había escapado de un libro.

Capítulo 4: La mancha gris en la esquina de siempre

La campana los guió de vuelta a las calles conocidas, pero algo era distinto: al acercarse a la zona del mapa marcada en gris, los colores del barrio parecían lavados. Las flores del balcón de la señora Elvira estaban mustias. Las cintas de Pascua colgaban sin ganas, como si estuvieran cansadas.

En la esquina de siempre, donde la gente se saludaba y los niños jugaban a la pelota, había un banco. Y en el banco, un hombre mayor con un abrigo demasiado grande y una bolsa de plástico arrugada. Miraba al suelo como si el suelo le hubiera contado una noticia triste.

La campana se detuvo sobre él, flotando en silencio. Ni un “clin”.

Tomás bajó la voz.

—Creo que la campana está… esperando.

Diego se acercó despacio. En el banco, junto al hombre, había un huevo de Pascua de cartón, gris, sin dibujo. Parecía una promesa incumplida.

—Hola —dijo Diego, con cuidado—. ¿Está bien?

El hombre levantó la mirada. Tenía ojos amables, pero cansados.

—Estoy… aquí —respondió, como si fuera una respuesta suficiente—. Antes venía mi nieta a pintar huevos conmigo. Este año no puede. Y yo ya no tengo pulso para estas cosas.

Tomás tragó saliva. Se acordó de su abuelo, que siempre decía “las manos también se ponen viejas”.

Diego miró la cesta. El huevo azul brillaba, como si quisiera ser útil. La pluma blanca parecía ligera, pero importante.

La campana grande dejó caer un destello justo sobre el huevo gris de cartón.

Diego entendió algo sin que nadie se lo explicara.

—¿Le ayudamos a pintarlo? —propuso.

Tomás asintió rápido.

—Sí. Y con un sistema de verdad, no el mío de correr.

El hombre los observó, sorprendido.

—¿Vosotros… queréis?

—Claro —dijo Diego—. Es Pascua. Y además… —miró a Tomás— somos leales.

Tomás hizo una mueca.

—No lo digas como si fuéramos un equipo secreto… aunque un poco sí.

Sacaron el huevo gris y lo apoyaron en el banco. No tenían pinturas, solo la pluma y el huevo de chocolate.

Tomás levantó el huevo azul.

—¿Y esto sirve para pintar?

Diego miró la envoltura brillante y tuvo una idea.

—La envoltura tiene color. Podemos recortar trocitos y pegarlos como un mosaico.

El hombre soltó una risa corta, inesperada.

—Eso es nuevo.

Con cuidado, Diego empezó a rasgar la envoltura en pedacitos: triángulos, tiras, pequeños rombos. Tomás, con la pluma, extendía un poco de pegamento que encontraron en el fondo de la bolsa del hombre (un pegamento escolar, medio seco, pero valiente). El hombre, con manos temblorosas, colocaba los trocitos donde podía, despacio, concentrado.

Mientras trabajaban, Diego dijo:

—Gracias por el pegamento.

El hombre lo miró.

—¿Gracias… a mí?

—Sí —respondió Diego—. Y gracias por contarnos lo de su nieta.

Tomás añadió, sin pensarlo demasiado:

—Y gracias por seguir viniendo al banco, aunque sea triste. Porque si usted no viniera, este sitio estaría más gris.

El hombre se quedó quieto. Sus ojos brillaron un poco, como si una luz pequeña hubiera encendido dentro.

La campana, entonces, sonó. “Clin”.

Y el aire cambió. Las cintas del poste se sacudieron como si alguien hubiera abierto una ventana. Las flores del balcón recuperaron un poquito de color. Incluso el huevo de cartón, a medio mosaico, parecía menos triste.

—Me llamo Mateo —dijo el hombre, con voz más firme—. Gracias, chicos.

Diego sintió calor en el pecho. Era una alegría diferente a encontrar un huevo escondido: más profunda, como un secreto bonito.

Tomás sonrió.

—De nada, don Mateo. Y… feliz Pascua.

La campana dio una vuelta alrededor del banco, alegre de nuevo, y se elevó.

Diego recogió la cesta.

—Creo que todavía no hemos terminado.

Tomás miró el cielo.

—Ni de lejos.

Y siguieron.

Capítulo 5: El susto del conejo y el puente de las risas

La campana los llevó hacia el río, donde había un puente pequeño con barandillas de hierro. Normalmente, allí colgaban candados y la gente se hacía fotos. Pero ahora el lugar tenía un brillo raro, como si el agua estuviera ensayando reflejos.

Sobre el puente, un conejo de chocolate —sí, de chocolate— estaba sentado como un guardia. Tenía una pajarita roja y cara de “hoy no se pasa”.

Tomás se quedó boquiabierto.

—¿Desde cuándo los conejos de chocolate bloquean puentes?

El conejo cruzó los brazos (crujieron un poquito).

—Desde que algunos niños se olvidan de dar las gracias —dijo con voz grave. Demasiado grave para un conejo con pajarita.

Diego miró la campana; ella flotaba al lado, como si dijera: “arregladlo vosotros”.

—Nosotros damos las gracias —protestó Tomás.

El conejo levantó una ceja de chocolate.

—¿Ah, sí? A ver. ¿Gracias por qué? Pero no vale decir “por todo”, eso es trampa.

Tomás abrió la boca y se quedó en blanco. Diego también. Era fácil decir “gracias” cuando te daban un regalo. No tanto cuando alguien te pedía razones.

Entonces Diego pensó en don Mateo, en el banco, y en cómo había cambiado el aire.

—Gracias por el río —dijo Diego al fin—. Porque hace que el barrio no sea solo calles. Y porque suena como si estuviera contando historias.

El conejo parpadeó, sorprendido.

Tomás, picado, buscó su propia respuesta.

—Gracias por… —miró alrededor— por los puentes. Porque si no, tendríamos que nadar y yo nado como una tostada.

El conejo soltó una risita involuntaria. Se llevó una pata a la boca, como avergonzado de reír.

—Eso ha sido bastante honesto —admitió.

La campana sonó, “clin-clin”, y el conejo se apartó con un gesto teatral.

—Pasad, pasad. Pero cuidado: al otro lado está el lugar donde se esconden los huevos más traviesos.

—¿Huevos traviesos? —repitió Tomás, emocionado.

—Huevos que cambian de sitio cuando no miras —aclaró el conejo—. Y que a veces te hacen preguntas.

Diego levantó la cesta.

—Ya estamos acostumbrados a las preguntas.

Cruzaron el puente. En la otra orilla, entre arbustos, vieron varios huevos brillantes. Tomás se lanzó, pero el huevo rodó solo, como si tuviera ruedas.

—¡Eh! ¡Vuelve aquí! —gritó Tomás, persiguiéndolo.

Diego se rió tanto que casi se le cae la cesta.

El huevo travieso se metió bajo un banco, y allí, pegado con cinta, había un papel doblado. Diego lo tomó y leyó en voz alta:

“Para encontrar el color que falta, buscad el lugar donde se guarda el primer recuerdo de Pascua.”

Tomás se detuvo, respirando agitado.

—¿Primer recuerdo? ¿Tú te acuerdas del tuyo?

Diego pensó. Vio una imagen: su padre escondiendo huevos detrás de una maceta, creyendo que Diego no lo miraba. Y Diego, pequeño, fingiendo sorpresa como si fuera el mejor actor del mundo.

—Creo que sí —dijo—. Y creo que tiene que ver con casa.

La campana, como si estuviera de acuerdo, voló hacia el barrio otra vez.

Tomás recogió el huevo travieso, esta vez con cuidado, y lo guardó.

—Vale, campana. Guíanos. Pero que conste que yo sigo ganando el domingo.

—Claro —dijo Diego—. En tu imaginación.

Y se fueron, riéndose, con el sol bajando y pintando el camino como una cinta dorada.

Capítulo 6: El primer recuerdo y el último brillo

La campana los condujo hasta la calle de Diego. Allí, en la entrada del edificio, estaba la vecina del tercero, la señora Nuria, cargada con bolsas. Una bolsa se rompió y naranjas rodaron por el suelo como si jugaran a escapar.

—¡Oh, no! —exclamó ella.

Tomás se agachó al instante.

—¡Operación naranja! —dijo, recogiendo una.

Diego recogió otra y se la pasó.

—Tome, señora Nuria.

Ella suspiró, aliviada.

—Gracias, chicos. De verdad. Hoy voy como una peonza.

Diego notó que la campana tintineó suavemente. “Clin”. Como si cada agradecimiento le diera fuerza al aire.

Subieron corriendo al piso de Diego. La puerta estaba entornada, y desde dentro llegaba el olor de un bizcocho.

—¿Mamá? —llamó Diego.

La madre de Diego apareció con un delantal manchado de harina.

—¿Dónde estabais? —preguntó, con esa voz de “estoy preocupada” mezclada con “no hagas como si no pasara nada”.

Diego respiró hondo. No podía decir: “seguimos a una campana voladora a un almacén secreto de Pascua”. O sí… pero quizá no.

—Ayudamos a don Mateo y a la señora Nuria —dijo, sincero—. Y… tuvimos una aventura.

La madre lo miró, intentando leer entre líneas. Luego vio la cesta y la pluma.

—Mientras no sea una aventura peligrosa —dijo al final—. Lavaos las manos. Y si vais a comer chocolate, dejad sitio para el bizcocho.

Tomás levantó dos dedos, jurando.

—Prometido.

En el salón, sobre una estantería, Diego tenía una caja de zapatos donde guardaba cosas importantes: una canica azul, una entrada de cine, una carta de su primo. Y, en el fondo, un huevo de plástico pintado torpemente con rayas rojas y verdes: su primer huevo de Pascua.

Diego lo sacó y lo sostuvo como si fuera frágil.

La campana grande entró por la ventana abierta, sin romper nada, como si la casa la conociera. Se posó junto al huevo viejo.

Entonces, la mancha gris del mapa —que Diego todavía tenía en la cabeza— pareció concentrarse en una idea: no era un lugar, era un olvido. Un olvido de agradecer lo pequeño.

Tomás señaló el huevo antiguo.

—Ese es el primer recuerdo.

Diego asintió.

—Lo pinté con mi padre. Me manché la nariz de rojo y lloré porque pensé que no se iba.

Tomás soltó una carcajada.

—Te imagino perfectamente.

Diego miró el huevo y, de pronto, sintió ganas de decir algo que casi nunca decía en voz alta.

Fue a la cocina, donde su madre sacaba el bizcocho del horno.

—Mamá —dijo—. Gracias.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Por qué?

Diego se encogió de hombros, pero sus ojos estaban serios.

—Por… por hacer que los días normales tengan olor a casa. Y por dejarme crecer aunque a veces dé miedo.

La madre parpadeó, y sonrió con ternura.

—De nada, cariño. Gracias a ti por decirlo.

En el salón, la campana sonó con alegría. “Clin-clin-clin”. Un chorro de luz cayó sobre el huevo viejo, y las rayas torpes se encendieron como si fueran nuevas. La pluma blanca se levantó sola, girando en el aire, y dejó caer una lluvia finísima de destellos.

Tomás, impresionado, susurró:

—Creo que… lo hemos conseguido.

La campana voladora dio un giro victorioso, pasó cerca de sus cabezas y, antes de salir por la ventana, dejó caer algo en la cesta: un último huevo de chocolate, envuelto en dorado, con una palabra escrita: “GRACIAS”.

Diego y Tomás se miraron. Se sentían más altos por dentro, como si les hubieran puesto un escalón secreto en el corazón.

Tomás agarró el huevo dorado y lo levantó como un trofeo.

—Vale —dijo—. Esto sí que es Pascua.

Diego se rió.

—Y mañana seguimos siendo nosotros, pero con más brillo.

La campana se alejó por el cielo del atardecer, tintineando como una despedida ligera.

Tomás se asomó a la ventana y gritó, sin vergüenza:

—¡Hasta pronto!

Diego, a su lado, repitió, suave pero claro:

—A bientôt.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Libélula
Insecto con cuerpo delgado y alas transparentes que vuela sobre el agua.
Destellos
Pequeñas luces que aparecen y desaparecen rápidamente.
Delantal
Prenda que se pone sobre la ropa para no mancharse al cocinar o trabajar.
Almacén
Lugar donde se guardan muchas cosas ordenadas para usarlas después.
Mancha gris
Zona que ha perdido color y se ve apagada o sucia.
Pegamento
Sustancia que une dos cosas cuando se seca.
Ensayando
Probando algo antes para ver cómo queda o funciona.
Suspiró
Hizo un aire largo con la boca al sentir alivio, tristeza o cansancio.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.