Cargando...
Cuento sobre la Pascua 11/12 años Lectura 24 min.

El mapa invisible de Leo y el huevo de la aurora

Un niño con memoria prodigiosa y su hermana ayudan al Conejo de Pascua a reorganizar los huevos perdidos, enseñando al vecindario a buscar y repartir con justicia frente a travesuras mágicas.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Un niño de 12 años, Leo, alegre pero concentrado, cabello castaño despeinado, ojos avellana, con suéter verde y vaqueros, se arrodilla y levanta suavemente una piedra plana con forma de tortuga para revelar un gran huevo luminoso; a su lado Nora, niña de unos 10 años, traviesa y protectora, pelo pelirrojo en coletas y orejas de conejo de tela, lista para ayudar; Claudia, de unos 7 años, tímida y luego maravillada, con vestido de flores, sostiene un pequeño huevo azul que canta y sonríe desde atrás; el Conejo de Pascua antropomorfo, pequeño, con chaleco azul y reloj de bolsillo, observa desde una mesa baja, aliviado; el jardín del barrio con un pequeño campanario de piedra, círculo de piedras planas entre margaritas y césped, guirnaldas y mesas con cestas al fondo; momento de descubrimiento colectivo: la piedra se eleva, el huevo brilla con halo rosado y dorado, luz suave y atmósfera cálida; estilo: trazos de tinta fluidos, lavados suaves, textura de papel, contraste de tinta negra con toques sutiles de rosa y dorado. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El chico que se sabía todos los escondites

Leo tenía once años y una memoria que parecía una libreta invisible. Si alguien escondía una llave debajo de una maceta, Leo lo recordaba. Si su hermana Nora guardaba caramelos en el cajón de los calcetines “solo por si acaso”, Leo lo recordaba también… aunque fingía no saberlo, porque ser justo era parte de su superpoder.

La mañana de Pascua, el barrio olía a pan tostado, a hierba mojada y a pintura de huevos. En el salón, su madre colocaba una cesta con cintas amarillas y verdes.

—Hoy toca búsqueda —anunció ella, con una sonrisa de esas que hacen cosquillas en la barriga.

—¿Búsqueda de huevos o búsqueda de secretos? —preguntó Leo, guiñando un ojo.

—De huevos. Los secretos los dejamos para los magos —contestó su madre.

Nora apareció con unas orejas de conejo que le quedaban torcidas, como si el viento le hubiera contado un chiste.

—¡Este año voy a encontrar más que tú! —dijo, en tono desafiante.

—No se trata de ganar —respondió Leo, optimista—. Se trata de repartir. Si encuentro algo, comparto.

Nora lo miró de arriba abajo, como si intentara decidir si era una trampa.

—¿Compartes de verdad?

—De verdad. Y además… —Leo señaló su cabeza— aquí dentro tengo un mapa.

Salieron al patio comunitario. Habían colgado guirnaldas de papel con conejos y zanahorias. Los vecinos charlaban, y los más pequeños correteaban como canicas sueltas. El sol se reflejaba en los huevos pintados que decoraban una mesa larga: rojos como tomates, azules como el cielo justo antes de anochecer, dorados como un secreto bien guardado.

En una esquina, junto al seto, algo brilló un segundo. Leo se quedó quieto.

—¿Has visto eso? —susurró.

—¿Qué cosa? ¿Una hormiga con gafas? —bromeó Nora.

Leo se agachó. Entre las hojas, había una pelusa blanca… no, una cola. Una cola de conejo, pero demasiado limpia para ser de verdad. Parpadeó y desapareció, como si el aire se la hubiera tragado.

—Creo que el Conejo de Pascua está aquí —dijo Leo, con los ojos como platos.

Nora soltó una risa.

—Claro. Y yo soy una zanahoria parlante.

Pero entonces, en el suelo, apareció una huella diminuta, marcada con purpurina.

Capítulo 2: Una huella de purpurina y un trato extraño

Leo siguió la huella como si fuera una flecha brillante. Iba del seto al banco, del banco a la fuente, y de la fuente a un árbol viejo que tenía un agujero en el tronco.

—¿Vas a meter la mano ahí? —preguntó Nora, arrugando la nariz.

—Si me come una ardilla, me vengas —dijo Leo.

Metió la mano. Notó algo suave, como un guante de terciopelo. Tiró con cuidado y sacó… una zanahoria de madera, pintada con espirales verdes. En la punta tenía un botón.

—No la pulses —advirtió Nora, justo cuando Leo ya lo estaba pulsando.

La zanahoria vibró, soltó un “plim” y proyectó una lucecita que dibujó letras en el aire, como un mensaje flotante:

“REPARTO DESORDENADO. NECESITO AYUDA. —C.P.”

—¿C.P.? —repitió Leo—. ¿Conejo de Pascua?

—O “Cocodrilo Pérez” —dijo Nora, pero ya no sonaba tan segura.

La lucecita se apagó y, del agujero del árbol, salió un conejo… pequeño, blanco, con un chaleco azul y un reloj colgando. Su nariz se movía tan rápido que parecía que estaba contando chistes en secreto.

—¡Por fin! —dijo el conejo, sin dejar de mirar el reloj—. ¡Llegáis tarde!

—Perdón, veníamos a ritmo humano —contestó Leo, intentando no reírse.

—Soy C.P., sí. Conejo de Pascua. Encantado, pero no hay tiempo para reverencias ni para selfies mentales —añadió, mirando a Nora—. Y tú, orejas torcidas, también vienes.

—¡Se llaman orejas de estilo! —protestó Nora.

El conejo sacó un saquito y lo agitó. Sonó como si dentro hubiera canicas de chocolate.

—Escuchad: este año, mi lista de escondites se mezcló. ¡Se me han cruzado los lugares! He escondido huevos para los pequeños en sitios difíciles y huevos para los mayores en sitios demasiado fáciles. Si esto sigue así, habrá llantos, enfados y… —bajó la voz— injusticia.

Leo sintió un nudo en el estómago. La palabra “injusticia” le pinchaba como una etiqueta mal puesta.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó.

—Vosotros tenéis algo que yo necesito: ojos frescos y un cerebro que recuerda escondites —dijo el conejo, señalando la cabeza de Leo—. Tú, chico-mapa, podrías memorizar y corregir.

—¿Corregir cómo? ¿Recolocar huevos? —Nora cruzó los brazos.

—Reequilibrar —dijo C.P., con solemnidad—. Que cada quien tenga un reto justo y una sorpresa bonita. Ni demasiado fácil, ni imposible.

Leo asintió. Le gustaba esa palabra: “reequilibrar”. Sonaba a poner el mundo recto, como enderezar un cuadro torcido.

—Lo hacemos —dijo.

El conejo suspiró de alivio y sacó una pluma brillante.

—Entonces, trato hecho. Pero cuidado: la magia de Pascua tiene reglas. Regla uno: nada de quedárselo todo. Regla dos: si encuentras un huevo, apunta su lugar aquí —le tendió a Leo una libreta diminuta—. Regla tres: cuando escuches un “¡achís!” a tu espalda… corre.

—¿Por alergia? —preguntó Nora.

—No. Por mi primo. —C.P. miró alrededor con miedo—. El Conejo de las Bromas Pesadas.

Capítulo 3: El mapa invisible y el huevo que cantaba

Empezaron por el patio, porque ahí estaban los niños más pequeños, listos para la búsqueda. C.P. les señaló un arbusto enorme.

—Ahí escondí un huevo gigante… con acertijo para mayores. Un niño de cinco no tiene por qué resolver “¿qué pesa más, una nube o un pensamiento?” —se quejó.

—Mi primo Dani con cinco años diría que pesa más su mochila —murmuró Leo.

—Y tendría razón —dijo Nora—. Siempre lleva piedras.

Leo se acercó al arbusto. Entre las ramas encontró un huevo grande, azul oscuro, con letras plateadas. Lo abrió: dentro había una nota con un acertijo larguísimo y un bombón de chocolate amargo.

—Demasiado serio —decidió Leo.

C.P. chasqueó los dedos y el huevo se volvió más pequeño, de color verde claro, y el bombón se transformó en una mini galleta con forma de estrella.

—Perfecto —dijo el conejo—. Eso sí es para pequeños.

Leo anotó en la libretita: “Arbusto junto a la fuente: huevo verde, galleta estrella”.

Siguieron. Detrás del cubo de reciclaje, había un huevo dorado escondido a medias, como si alguien lo hubiera dejado caer sin querer.

—Ese debería estar mejor escondido —dijo Nora—. Si lo ve un bebé, lo agarra y se lo come con cáscara.

Leo se agachó y notó que el huevo vibraba. De repente, se abrió solo y salió una voz finita:

—¡La-la-lá! ¡Buscadme con dignidad! ¡No soy un plátano olvidado!

Nora dio un salto.

—¡Canta!

—No canto, declamo —corrigió el huevo, indignado.

C.P. se llevó una pata a la frente.

—¡Ay, no! Ese es un Huevo de Ópera. Estaba destinado a la plaza, para el concurso de talentos de los mayores.

Leo miró alrededor. Los niños pequeños estaban cerca. Si el huevo seguía cantando, lo encontrarían todos a la vez y habría empujones.

—Necesitamos moverlo —dijo Leo—. Pero con justicia. Si lo movemos, no se lo damos a “los de siempre”.

Nora lo miró, sorprendida.

—¿Los de siempre?

Leo pensó en los que corrían más rápido, en los que gritaban más fuerte, en los que se colaban sin pedir permiso.

—Sí. Que lo encuentre alguien que normalmente no se lleva nada.

Nora se quedó pensativa. Luego señaló a una niña tímida, sentada en un banco, que miraba la cesta con ganas pero no se movía.

—¿Claudia? Siempre deja que otros pasen primero.

Leo asintió. Miró a C.P.

—¿Podemos preparar una pista para ella?

C.P. sonrió.

—Eso es Pascua bien hecha.

Escondieron el Huevo de Ópera en un lugar más lejos, cerca del mural de la escuela. Leo escribió en un papel: “Si te gusta escuchar, busca donde los colores hablan”. Nora, muy seria, dejó el papel en el banco, al lado de Claudia, sin que la viera nadie.

—¿Y si no lo encuentra? —susurró Nora.

—Lo encontrará —dijo Leo—. Yo me acuerdo de todo, y si hace falta… la guío sin que parezca ayuda.

Siguieron reajustando escondites. Un huevo con chistes malos para los mayores. Uno con pegatinas para los pequeños. Uno con una pulsera brillante para quien resolviera un mini enigma. Y en cada lugar, Leo anotaba, memorizaba, y su cabeza se llenaba de un mapa invisible.

Hasta que, de pronto, se escuchó un estornudo exagerado detrás de ellos.

—¡ACHÍÍÍS! ¡Perdonen, es que soy alérgico a la justicia! —dijo una voz.

C.P. palideció.

—¡Corre!

Capítulo 4: El Conejo de las Bromas Pesadas y la carrera de los huevos

Leo y Nora se giraron y lo vieron: un conejo gris con una capa roja y una sonrisa de “yo-no-he-sido”. Llevaba una bolsa enorme y una nariz llena de polen, o de excusas.

—¡Primo! —chilló C.P.—. ¡No hagas líos hoy!

—¿Líos? Yo lo llamo “sorpresas creativas” —dijo el conejo gris, y con un gesto rápido lanzó un puñado de confeti que, al tocar el suelo, se convirtió en huevos rodantes.

Los huevos salieron disparados como pelotas de ping-pong, rebotando contra el banco, la fuente y las zapatillas de la gente.

—¡Eh! ¡Mis cordones! —gritó un niño, mientras un huevo le hacía cosquillas al pie.

—¡Mis orejas de estilo! —chilló Nora, cuando un huevo casi le arrancó una.

Leo no se rió, aunque la escena era absurda. Si los huevos se iban por cualquier sitio, la búsqueda sería un caos. Y el caos, a veces, era lo más injusto: ganaba el que empujaba más.

—¡Tengo una idea! —dijo Leo.

C.P. lo miró con urgencia.

—¡Dila andando!

—No, corriendo —corrigió Nora, y tiró de Leo.

Leo observó el suelo: los huevos rodantes seguían una pendiente, como si el confeti hubiera dibujado una ruta secreta hacia la salida del patio. Si llegaban a la calle, adiós equilibrio.

—Nora, necesitamos hacer barreras —dijo Leo—. Con cosas blandas.

—¿Blandas? ¿Como… tu sentido del humor? —Nora se rió, pero ya estaba actuando. Agarró dos mantas de picnic de una mesa y las desplegó como redes.

Leo corrió hacia las cajas de cartón donde guardaban decoraciones y las puso de lado, formando un pasillo. C.P. chasqueó los dedos y las cajas se pegaron al suelo, como si tuvieran velcro mágico.

—¡Bien! —gritó C.P.—. ¡Ahora, guía a los huevos al pasillo!

Leo se colocó a un lado y, con movimientos de brazos, fue “pastor” de huevos. Cada vez que uno rebotaba, él lo desviaba suavemente con una manta o con el pie, sin chutar fuerte.

El conejo gris aplaudía, divertidísimo.

—¡Oh, qué bonito! ¡Un chico jugando a ser semáforo! —se burló—. Pero yo puedo mejorar el espectáculo.

Chasqueó los dedos y apareció un huevo enorme, rojo brillante, con patas.

—¡Corredor Supremo! —anunció el conejo gris—. ¡El que lo atrape se lleva… todo!

El huevo con patas salió corriendo, literalmente, como si tuviera prisa por llegar a ninguna parte. Los niños mayores lo vieron y se lanzaron detrás. Algunos empujaron, otros gritaron. El ambiente se tensó.

Leo sintió una punzada en el pecho.

—Eso no —dijo, y sin pensarlo se metió en medio del camino, levantando las manos.

—¡Alto! —gritó—. ¡Si alguien se lo lleva todo, los demás se quedan sin nada! ¿Eso os parece justo?

Un chico alto frenó de golpe.

—Pero… es un huevo con patas —dijo, como si eso lo explicara todo.

—Precisamente —dijo Leo—. Es una trampa para que os olvidéis de los demás.

Nora se puso a su lado, con las orejas torcidas temblando de emoción.

—Podemos turnarnos —propuso ella—. O mejor: que el huevo se abra para todos.

C.P. miró al conejo gris con ojos de “¿ves?”.

El conejo gris hizo un puchero.

—Qué aburridos sois… con vuestra equi… equi…

—Equidad —dijo Leo.

—Eso, esa palabra que suena a deberes.

Leo se acercó al huevo corredor, que resoplaba como un perro cansado. Le habló bajito.

—Oye, Huevo Supremo… si te abres, prometo que no habrá empujones.

El huevo se quedó quieto. Entonces, como si lo hubiera entendido, se sentó. Sus patas desaparecieron y se abrió con un “pop” suave. Dentro no había un premio para uno: había muchos mini huevos de chocolate, suficientes para repartir.

Los niños se quedaron callados un segundo. Luego, uno de ellos, el chico alto, dijo:

—Vale. Repartimos.

Y empezaron a pasarlos de mano en mano, como si fueran canicas de oro comestible. Nadie se quedó sin.

El conejo gris se cruzó de brazos, medio enfadado, medio impresionado.

—Bah. —Se encogió de hombros—. Me voy… pero volveré cuando os dé por ser egoístas.

—Entonces no vuelvas nunca —dijo Nora, y todos se rieron.

C.P. soltó un suspiro tan grande que casi movió las guirnaldas.

—Seguimos. Aún queda el gran escondite final.

Capítulo 5: La campana del campanario y el escondite imposible

C.P. los llevó por un caminito hasta la iglesia pequeña del barrio, que tenía un campanario bajo y un jardín lleno de margaritas. Allí, la luz era más tranquila, como si el sol hablara en voz baja.

—Aquí hice el error más grande —confesó C.P., bajando las orejas—. Escondí el Huevo de Aurora… el que abre la celebración final.

—¿Y dónde está? —preguntó Leo, sacando su libreta.

C.P. señaló arriba.

—En el campanario.

Nora miró hacia el tejado.

—¿En serio? ¿Y cómo sube alguien ahí?

—Eso es lo malo —admitió el conejo—. Iba a ser una prueba para mayores, con ayuda de un adulto… pero se mezcló con la tanda de los pequeños.

Leo cerró la libreta despacio. Aquello no era solo una cuestión de mover un huevo: era asegurar que nadie se sintiera menos por no poder llegar.

—Entonces lo bajamos —dijo—. Y lo ponemos en un sitio accesible. Sin trampas.

—Pero debe seguir siendo especial —dijo C.P.—. Es el huevo que hace brillar las luces de la fiesta.

Nora ladeó la cabeza.

—¿No puedes… hacerlo aparecer aquí abajo?

C.P. sacudió la cabeza.

—Regla de magia: lo escondido se mueve con manos, no con chasquidos. Si no, sería como hacer trampa en un juego.

Leo sonrió. Le gustaba que incluso la magia tuviera límites.

—Vale —dijo—. Entonces lo bajamos con un plan.

Buscaron al sacristán, un señor con bigote que siempre tenía cara de estar a punto de contar una historia. Al principio, no creyó lo del conejo con chaleco. Luego vio la libreta de Leo, la zanahoria de madera, y sobre todo… una huella de purpurina en su zapato.

—Bueno —dijo, rascándose la cabeza—. En mis años he visto de todo. Subiremos, pero con cuidado.

Subieron por una escalera estrecha. La madera crujía como si se estuviera quejando. Arriba, la campana era enorme, silenciosa, y el aire olía a polvo antiguo y a viento.

Detrás de una viga encontraron el Huevo de Aurora: blanco con destellos rosados, como una nube al amanecer. Parecía latir, suave, como un corazón de luz.

—Es precioso —susurró Nora.

Leo lo tomó con las dos manos. Estaba tibio, como si guardara un sol pequeño.

Bajaron despacio. En el jardín, Leo pensó rápido: el huevo debía estar en un sitio donde todos pudieran llegar, y donde el momento final fuera de todos, no de uno.

Vio el círculo de piedras junto a las margaritas, donde los niños solían sentarse a jugar. Era un lugar abierto, visible, pero se podía esconder bien si uno sabía mirar.

—Aquí —decidió—. Bajo la piedra plana, la que parece una tortuga.

—¿No es demasiado fácil? —preguntó Nora.

Leo se agachó y tocó la piedra.

—No si la pista es justa. No quiero que gane el más rápido. Quiero que gane… el grupo.

C.P. inclinó la cabeza.

—¿Una búsqueda cooperativa?

—Exacto —dijo Leo—. Damos una pista que requiera que varios se pongan de acuerdo. Que hablen. Que compartan ideas.

Nora sonrió.

—Y que por una vez, los gritones tengan que escuchar.

Escribieron una pista grande y clara, para leer en voz alta:

“Para encontrar la aurora, buscad donde todos pueden sentarse y nadie se queda fuera.”

C.P. la guardó en su chaleco.

—Leo, tu memoria es una linterna —dijo—. Ilumina sin deslumbrar.

Leo se ruborizó un poco, pero se sintió feliz.

—Solo… quiero que sea justo.

Capítulo 6: La búsqueda final y la salve de aplausos

Al mediodía, el patio estaba lleno. Había cestas, risas, manchas de chocolate en mejillas y manos. Los huevos ya estaban en sus lugares correctos: los fáciles para pequeños, los ingeniosos para mayores, los especiales repartidos con cabeza.

Leo caminaba entre la gente como si su mapa invisible flotara alrededor. Recordaba: bajo la banca azul, detrás del tiesto con geranios, en la rama baja del olivo, dentro de la regadera vacía… y, sí, bajo la piedra-tortuga, el Huevo de Aurora.

Claudia, la niña tímida, se acercó a la pared del mural. Leo la vio dudar. Encontró la pista de “los colores hablan” y miró alrededor.

Nora se acercó, fingiendo revisar el suelo.

—¿Tú crees que los colores hablan aquí? —preguntó Nora en voz alta, como quien no quiere la cosa.

Claudia miró el mural, donde había un dibujo de un arcoíris y un sol.

—Quizá… detrás del arcoíris —susurró.

—Yo también lo pensaría —dijo Nora, y se apartó, dándole espacio.

Claudia metió la mano detrás de una maceta del mural y sacó el Huevo de Ópera. El huevo carraspeó.

—¡A-hem! —dijo—. ¡Por fin una persona con oído para la poesía!

Claudia se tapó la boca, sorprendida, y luego se rió con una risa pequeñita, como una campanilla.

—¡Me ha hablado! —dijo, y sus ojos brillaron.

Leo notó que se le aflojaba el nudo del estómago. Eso era. Nadie empujaba. Nadie se quedaba atrás.

Llegó el momento del cierre. C.P. subió a una mesa (nadie se preguntó mucho cómo un conejo hacía eso; en Pascua, la lógica se toma vacaciones cortas). Tosió con seriedad teatral.

—Atención, humanos y orejas postizas —anunció—. Falta el Huevo de Aurora. Pero este huevo no se encuentra con codazos, sino con… —miró a Leo— con equidad.

Leo levantó la mano.

—La pista es para todos. La leemos y la pensamos juntos.

C.P. desplegó el papel y lo leyó en voz alta. Hubo murmullos. Los niños se miraron entre ellos.

“Donde todos pueden sentarse…” —repitió el chico alto.

—¡El círculo de piedras! —dijo una niña pequeña, tirando de la mano de su hermano mayor.

Varias personas caminaron hacia el jardín. Nadie corrió como loco. Algunos mayores ayudaron a los pequeños a llegar. Una abuela señaló con calma las piedras.

—Aquí nos sentamos cuando hace calor —dijo.

Leo observó cómo buscaban. Se agachaban, levantaban piedras ligeras, miraban sin romper nada. El chico alto fue a levantar la piedra plana, pero se detuvo.

—¿Alguien más quiere levantarla conmigo? —preguntó, y eso sonó a cambio.

Claudia se acercó, con su huevo cantante bajo el brazo. Nora también. Entre tres levantaron la piedra-tortuga.

Ahí estaba el Huevo de Aurora, brillando como un amanecer atrapado.

Hubo un silencio breve, de esos que parecen contener una chispa. Luego el huevo se abrió y una luz suave se elevó, pintando el aire con motas rosadas y doradas. Las guirnaldas parecieron más vivas. Hasta las sombras se volvieron amigables.

C.P. bajó de la mesa y se puso una pata en el corazón.

—Bien hecho —dijo—. Esto sí es Pascua.

Leo miró alrededor: niños pequeños con su premio, mayores con sus retos, Claudia sonriendo sin esconderse, Nora con sus orejas torcidas bien puestas por primera vez.

Su madre se acercó y le despeinó el pelo.

—Te vi ayudando —susurró—. Estoy orgullosa.

Leo se encogió de hombros, pero no pudo evitar sonreír.

—Solo memoricé escondites —dijo.

—Y los usaste para que todos disfrutaran —respondió ella.

De pronto, alguien empezó a aplaudir. Primero fue el sacristán del bigote, luego una vecina, luego el chico alto, luego los pequeños, que aplaudían desordenado pero con entusiasmo. El patio entero se llenó de palmas, como una lluvia alegre.

La salve de aplausos creció y creció, y Leo sintió que le calentaba el pecho, como el Huevo de Aurora, pero por dentro.

C.P. se inclinó en una reverencia exagerada.

—¡Aplausos para el equipo de equilibrio! —anunció—. ¡Y para el chico-mapa, que convirtió la memoria en justicia!

Nora le dio un codazo suave.

—Vale, admito que tu cabeza sirve para algo más que recordar dónde escondo caramelos.

Leo la miró, divertido.

—¿Los escondes?

—No.

—Yo no he dicho nada —respondió Leo, con cara inocente.

Rieron. Las luces de Pascua siguieron danzando en el aire un rato más, como si el día no quisiera terminar. Y cuando el brillo se apagó, quedó lo importante: un patio lleno de gente contenta, con chocolate en los dedos y una idea clara en el corazón.

Que lo mejor de encontrar algo es que sea justo para todos.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Libreta
Cuaderno pequeño para apuntar ideas, notas o recuerdos.
Cosquillas
Sensación que hace reír cuando alguien toca suavemente la piel.
Purpurina
Polvillo brillante que se usa para decorar y brillar.
Saquito
Bolsita pequeña que sirve para guardar objetos o dulces.
Chaleco
Prenda sin mangas que se pone sobre la camisa o la ropa.
Reequilibrar
Volver a poner algo en equilibrio o en una posición justa.
Equidad
Trato justo que da las mismas oportunidades a todas las personas.
Campanario
Parte alta de una iglesia donde está la campana.
Declamo
Decir algo en voz alta y con expresividad, como un poema.
Salve de aplausos
Serie de aplausos seguidos y fuertes de muchas personas.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.