Cargando...
Cuento sobre la Pascua 11/12 años Lectura 22 min.

La campana voladora y los huevos de Pascua perdidos

Clara, una chica discreta, sigue una campana voladora que la conduce a una aventura de Pascua con un conejo, un cuervo y un gallo; junto a Nerea deberán localizar y repartir huevos para asegurar una celebración justa.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Una niña de 12 años, serena y emocionada, con coleta castaña y sudadera gris con capucha, sostiene en la palma un pequeño huevo azul verdoso marcado "PARA COMPARTIR"; a su lado Nerea, también ~12, risueña, cabello rizado castaño y sudadera amarilla, se inclina mirando el huevo; al fondo junto a la fuente un pequeño conejo blanco antropomórfico con chaleco verde y un reloj de bolsillo parece aliviado; un cuervo negro con un lazo dorado está posado en una rama observando; un gran gallo colorido de cresta roja sopla un silbato vigilando; escenario en un parque urbano al crepúsculo con bancos adornados con guirnaldas pastel, fuente de agua azulada y flores de primavera; escena principal: la niña ofrece el huevo "para compartir" delante de la fuente rodeada de sus aliados, ambiente de Pascua, luz cálida, colores pastel, estilo acuarela con pequeños toques blancos de brillo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La campana que no era de la escuela

Clara tenía once años y el superpoder de pasar desapercibida. En clase, su mano casi nunca se levantaba. En el patio, sus zapatillas hacían poco ruido. Y en casa, cuando su hermano Dani hablaba como si tuviera un micrófono invisible, ella era la brisa que se colaba entre las palabras.

Aquella tarde de sábado, el barrio olía a pan recién hecho y a chocolate. En el balcón de enfrente colgaban guirnaldas de papel con conejos y flores, y en la plaza habían pintado un enorme huevo en el suelo, tan brillante que parecía recién pulido por el sol.

Clara estaba ayudando a su madre a cortar cintas para decorar una cesta cuando sonó.

No fue un “¡clin!” cualquiera. Fue un “¡CLON!” suave y redondo, como si una campana se hubiera reído con la boca llena de luz.

—¿Has oído eso? —preguntó Dani con la rapidez de un trueno.

—Será el camión del helado —dijo mamá sin levantar la vista.

Pero Clara lo oyó otra vez. “¡CLON!” Y esta vez venía de arriba.

Se acercó a la ventana. En el cielo, entre nubes finas como algodón estirado, algo dorado brillaba y se movía lento, como si lo llevara el viento con cuidado. Clara entornó los ojos.

Era una campana. Una campana pequeña, volando.

—No se lo digas a Dani —se dijo Clara en voz baja, porque la idea de que su hermano saliera corriendo con una cazadora y un plan absurdo era… muy probable.

La campana volvió a sonar, como si la llamara por su nombre aunque nadie la estuviera pronunciando.

Clara se puso la sudadera, metió en el bolsillo una chocolatina “por si acaso” y salió al rellano de puntillas. En la escalera, el eco de sus pasos parecía pedirle permiso.

Al llegar a la calle, levantó la vista: la campana avanzaba por encima de los tejados, dejando un rastro de destellos que duraba un segundo y luego desaparecía, como un guiño.

—Vale —susurró Clara—. Te sigo. Pero sin hacer el ridículo.

La campana, como si la hubiera entendido, sonó una vez más y se alejó hacia el parque.

Capítulo 2: El parque de los colores en fuga

El parque estaba vestido para Pascua. Había cintas verdes en los bancos, huevos pintados colgando de las ramas bajas y niños corriendo con cestas como si fueran exploradores en una isla de caramelos.

Clara caminó por el borde, como siempre: cerca de los setos, donde uno puede ver sin que lo vean demasiado. A lo lejos, un altavoz anunciaba:

—¡Búsqueda de huevos a las cinco! ¡Todos, todos, todos!

A Clara le dieron ganas de reír por dentro. “Todos” sonaba a una promesa enorme.

La campana cruzó el parque y se detuvo sobre la fuente. Giró lentamente en el aire, como si estuviera pensando.

“¡CLON!”

Y entonces ocurrió algo que hizo que Clara abriera la boca.

El agua de la fuente cambió. No mucho, pero sí lo suficiente: en vez de reflejar el cielo grisáceo de nubes, empezó a reflejar un cielo azul intenso, como el de los dibujos. Clara se acercó. El borde de piedra estaba frío, pero el reflejo parecía cálido.

—¿Estás viendo lo que yo veo? —murmuró alguien a su lado.

Clara se giró. Era Nerea, una chica de su clase que siempre tenía los cordones desatados y las ideas más desatadas todavía.

—Yo… sí —admitió Clara.

Nerea sonrió, y su sonrisa fue como encender una linterna.

—La campana —dijo, señalando—. No es normal. Y a mí me encantan las cosas no normales.

Clara quiso decirle que no iba con nadie, que ella seguía la campana sola, en modo silencioso. Pero la campana volvió a sonar, como impaciente, y Clara sintió que el tiempo corría.

—No pienso explicarlo —dijo Clara, casi sin darse cuenta.

—Perfecto. Yo no pienso aburrirme —respondió Nerea—. ¿La seguimos?

Clara dudó un segundo. Luego vio a un niño pequeño llorando cerca de un cartel: se había quedado sin cesta y miraba a los demás con ojos de “no es justo”.

Clara rebuscó en su mochila. Tenía una cesta extra de cartón que había decorado para manualidades.

—Toma —le dijo al niño—. Puedes usar esta.

El niño parpadeó, sorprendido, y abrazó la cesta como si fuera un tesoro.

—Gracias —susurró.

Nerea lo miró con una ceja levantada.

—Eso ha sido… muy bien —dijo—. Te lo apunto.

—No apuntes nada —murmuró Clara, notando calor en las orejas.

La campana se alejaba ya hacia la salida del parque. Clara echó a andar. Nerea la siguió, saltando una raíz como si el suelo fuera una pista de obstáculos.

—Si esto termina en un examen sorpresa, te lo voy a recordar toda la vida —bromeó Nerea.

Clara, sin querer, soltó una risa corta.

Capítulo 3: El rastro de chocolate y el Conejo con chaleco

La campana voló por una calle estrecha llena de tiendas. En la pastelería, el escaparate era una fiesta: conejos de chocolate con orejas brillantes, pollitos amarillos de azúcar, huevos con purpurina comestible.

Clara y Nerea se detuvieron cuando la campana entró… sí, entró… por la puerta abierta de la pastelería, como si fuera un cliente.

Dentro olía a cacao y a vainilla. La dueña, una señora con delantal azul, colocaba lazos en unos paquetes.

—Buenas —dijo Nerea, con toda la naturalidad del mundo—. ¿Ha pasado por aquí una campana voladora?

La señora ni se inmutó.

—Ay, hija, hoy ha pasado de todo —respondió—. Hasta un conejo muy serio.

—¿Un conejo? —repitió Clara.

—Blanco, con chaleco verde —dijo la señora—. Y con un reloj que parecía tener prisa. Entró, olió el chocolate como si fuera detective y salió por la puerta de atrás.

Nerea abrió los ojos.

—Esto ya es nivel “historia increíble”. Me encanta.

Clara siguió el gesto de la señora. La puerta de atrás daba a un callejón. La campana sonó desde allí, como diciendo: “¿Vais a venir o vais a quedarte mirando bombones?”

Salieron al callejón. Y lo vieron.

Un conejo blanco, del tamaño de un perro mediano, llevaba un chaleco verde con botones dorados. En una patita sostenía un reloj y, en la otra, un saco de tela que tintineaba como si estuviera lleno de canicas.

El conejo las miró y suspiró, como si ellas fueran una complicación que no había pedido.

—Por fin —dijo con voz clara y un poquito cansada—. Clara, ¿verdad?

Clara se quedó quieta.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Lo pone la campana —respondió el conejo señalando el cielo, como si eso explicara absolutamente todo—. Siempre elige a alguien discreto. Alguien que escucha. Alguien que no empuja para pasar primero.

Nerea dio un paso adelante.

—¿Y yo? ¿También salgo en la campana?

El conejo la miró de arriba abajo.

—Tú sales en el apartado de “complicaciones con energía”. Pero… —hizo una pausa, como tragándose una sonrisa— también en “aliadas útiles”.

Nerea se puso una mano en el pecho, exagerada.

—¡Acepto el cargo!

El conejo sacó del saco un huevo pintado a medias. Tenía rayas rojas, azules y un trocito sin color.

—Tenemos un problema —dijo—. Hoy es Pascua, y los huevos deben repartirse con equilibrio. No vale que la mitad del barrio encuentre diez y la otra mitad ninguno. Eso rompe la fiesta.

Clara pensó en el niño sin cesta, mirando a los demás.

—Eso no sería justo —dijo.

El conejo asintió.

—Exacto. Pero alguien está moviendo los huevos. Los esconde de nuevo, los acumula en un solo lugar. Y yo… —miró su reloj— voy tarde.

La campana sonó una vez, grave, como una llamada.

—Necesito que sigáis la campana —dijo el conejo—. Ella os llevará donde están los huevos. Yo iré por otro lado para evitar… obstáculos.

—¿Obstáculos? —preguntó Clara.

El conejo se aclaró la garganta.

—Cierto gallo muy mandón. Y un cuervo que colecciona cosas brillantes. En fin. —Se ajustó el chaleco—. Si encontráis el escondite, no os quedéis el botín. Repartid. ¿Entendido?

Nerea levantó la mano como en clase.

—Pregunta. ¿Habrá chocolate en esta misión?

—En Pascua siempre hay chocolate —respondió el conejo, serio como un juez.

Clara sintió que la aventura le hacía cosquillas en el estómago.

—Vamos —dijo, mirando al cielo.

La campana avanzaba ya, dejando destellos como migas de pan luminosas.

Capítulo 4: La biblioteca que susurraba “shhh” a las nubes

La campana las condujo hasta la biblioteca municipal. Era un edificio viejo y elegante, con ventanas altas y un silencio que parecía tener reglas propias.

En la puerta, un cartel decía: “Hoy: Cuentacuentos de Pascua”. Debajo, alguien había dibujado un conejo con gafas.

—Esto es sospechosamente adorable —susurró Nerea.

Entraron. Había niños sentados en cojines, escuchando a una bibliotecaria que leía sobre un huevo que soñaba con ser planeta. Clara se sintió cómoda entre libros: allí, ser discreta era casi una ventaja.

La campana no sonaba fuerte dentro; tintineaba bajito, como si respetara el silencio. Flotó hacia una estantería del fondo, una que decía “Mitología y Tradiciones”.

Clara pasó los dedos por los lomos. Notó un cosquilleo en la piel, como electricidad amable. La campana se detuvo frente a un libro gordo con letras doradas: “Rituales de Primavera”.

“¡CLON!”

El libro se movió solo, un centímetro. Luego otro. Clara lo sacó despacio. Detrás había una puertecita diminuta, casi invisible, como las que ponen en los belenes, solo que en vertical y con un picaporte de cobre.

Nerea se inclinó.

—¿La abrimos? Si sale un ratón con corbata, prometo no gritar.

Clara tocó el picaporte. Estaba tibio. Al girarlo, la puertecita se abrió y salió un aire que olía a hierba mojada y a pintura fresca.

Dentro no había un cuarto. Había… un pasillo de luz, estrecho como un túnel, con escalones hechos de páginas que pasaban solas, como si el viento leyera.

La campana entró sin miedo.

Clara tragó saliva.

—Esto es de verdad —dijo.

—O es el mejor truco del mundo —respondió Nerea, y le guiñó un ojo—. Vamos.

Bajaron. Las páginas-escalón crujían suave, como susurros. Al final del pasillo, una trampilla se abrió y salieron a un lugar que no estaba en ningún mapa de la ciudad.

Era una especie de jardín escondido entre edificios, pero más brillante, como si alguien hubiera subido la saturación del mundo. Había tulipanes altísimos, setos con forma de espiral y un cielo que parecía más cercano.

En el centro, una mesa larga estaba llena de huevos. Montones y montones. Huevos pintados, huevos de chocolate, huevos con pegatinas, huevos con letras. Demasiados para una sola búsqueda.

—¡Ahí están! —susurró Clara.

Y entonces oyeron un “¡craaac!” desde arriba.

Un cuervo negro, con ojos como canicas, estaba posado en una rama. Tenía en el pico una cinta dorada.

—Bonito, bonito, todo bonito para mí —croó, y dio un salto—. Si brilla, si suena, si gusta… se queda.

Nerea frunció el ceño.

—Oye, pájaro, eso no va así.

El cuervo desplegó las alas.

—¿Y quién lo decide?

Clara miró la mesa de huevos, luego pensó en el niño sin cesta, en los más pequeños, en los que siempre llegaban tarde. Sintió una firmeza nueva, como si le creciera una columna de aire por dentro.

—Lo decide lo justo —dijo Clara—. Pascua es para todos.

La campana sonó fuerte, como un aplauso.

Capítulo 5: El plan de la repartición (y un gallo exagerado)

El cuervo bajó planeando y aterrizó sobre la mesa con un golpecito orgulloso. Picoteó un huevo con purpurina, fascinado.

—Mío —declaró.

—No —dijo Clara, y la palabra le salió más sólida de lo que esperaba.

Nerea se puso a su lado, como si formaran un equipo sin necesidad de firmar nada.

—Mira, cuervo —dijo Nerea—. Puedes llevarte uno. Uno. Pero no todos. Eso es acaparar, y acaparar es… feo.

El cuervo ladeó la cabeza, como si la palabra “feo” le hubiera insultado la elegancia.

—¿Uno? —croó—. ¿Me tomas por un simple coleccionista de migas?

En ese momento, algo rojo apareció como un relámpago.

Un gallo enorme, con plumas brillantes y una cresta que parecía un sombrero, entró al jardín dando zancadas. Llevaba un silbato colgado al cuello.

—¡Cocorocó! ¡Orden! ¡Reglas! ¡Yo mando aquí! —gritó, y el eco se asustó un poquito.

Nerea abrió la boca.

—¿Ese gallo… tiene silbato?

El gallo sopló con tanta fuerza que el sonido casi pareció una sirena.

—¡Piiii! ¡Todos los huevos a mi montón! ¡Yo los repartiré según mi criterio gallístico!

Clara no pudo evitar reír por lo absurdo de la frase. Pero el gallo ya estaba empujando huevos con el pico como si fueran canicas.

El cuervo lo miró con desprecio.

—Ese es mi trabajo —croó.

—¡Aquí mando yo! —replicó el gallo.

Clara miró la campana. Flotaba cerca, vibrando, como nerviosa. Y entonces Clara tuvo una idea que era mitad lógica y mitad travesura.

—Nerea —susurró—. ¿Ves la fuente del jardín? La pequeña, la que tiene agua azul.

—Sí.

—Si la campana refleja cosas… quizá el agua también. ¿Me sigues?

Nerea sonrió.

—Siempre.

Mientras el cuervo y el gallo discutían sobre quién era más importante (ninguno se dio cuenta de que esa discusión ya era una derrota), Clara y Nerea agarraron la mesa por un extremo y la deslizaron despacio hacia la fuente. Los huevos temblaron, pero no se cayeron, como si entendieran la urgencia.

—Más suave que con tu hermano cuando se enfada —murmuró Nerea.

—Mi hermano no es tan frágil —susurró Clara—. Solo… ruidoso.

Pusieron la mesa junto a la fuente. Clara tomó un huevo sin pintar, blanco como una luna pequeña, y lo acercó al agua.

En el reflejo, el huevo no era blanco: tenía colores, como si el agua lo recordara pintado.

—¡Funciona! —dijo Nerea en un susurro emocionado.

Clara metió la punta del huevo en el agua. Al sacarlo, una línea azul quedó marcada en la cáscara, brillante y perfecta, como trazada por un pincel invisible.

—¡Guau! —Nerea casi se olvida de respirar—. Es pintura mágica.

La campana sonó rápido, alegre, como si saltara.

Clara se giró hacia el cuervo y el gallo.

—¡Eh! —llamó.

Ambos se volvieron a la vez.

—Si queréis mandar, mandad bien —dijo Clara—. Vamos a repartir los huevos con reglas justas. Cada grupo de niños tendrá la misma cantidad y variedad: chocolate, pintados, sorpresa. Y nadie se queda sin.

El gallo infló el pecho.

—¡Yo soy el experto en reglas!

—Perfecto —dijo Nerea—. Entonces sabrás contar sin hacer trampas.

El cuervo miró la fuente, hipnotizado por el brillo azul en el huevo de Clara.

—¿Y yo? —croó, más bajo.

Clara le tendió un huevo con una cinta dorada.

—Tú puedes llevarte uno especial. Pero a cambio, nos ayudas a llevar los demás al parque. Volando, por ejemplo. Así todos ganan.

El cuervo abrió el pico, sorprendido por la oferta. Se quedó quieto un segundo, como si en su cabeza hubiera un debate entre “mío” y “bien”.

Al final, agarró el huevo con cuidado.

—Uno… especial —murmuró—. Trato.

El gallo resopló.

—¡Yo superviso!

—Y yo verifico —añadió Nerea, sacando el móvil como si fuera una calculadora oficial—. Clara, tú decides los montones.

Clara respiró hondo. Ella, la chica discreta, estaba organizando una operación de Pascua con un gallo autoritario y un cuervo coleccionista. Si eso salía en un examen de lengua, nadie se lo creería.

Empezaron a repartir. Huevos por colores, por tamaños, por chocolatidad. Clara se aseguraba de que cada montón tuviera algo bonito y algo rico, algo pequeño y algo grande.

—Equidad —dijo Clara, probando la palabra como si fuera un caramelo—. No es que todos tengan lo mismo exacto. Es que todos tengan lo suficiente y se sientan incluidos.

Nerea la miró, seria por primera vez.

—Eso ha sonado a frase importante. Me la guardo.

El gallo, por una vez, se quedó callado.

Capítulo 6: La carrera de regreso y el último huevo

Con los montones listos, el cuervo se llevó varios en una red que el gallo encontró “por pura autoridad”. Voló hacia el parque dejando caer destellos de cintas. El gallo avanzó delante, soplando el silbato para abrir paso como si fuera un director de orquesta muy dramático.

Clara y Nerea cargaron con una cesta grande entre las dos. La campana iba encima, guiando, tintineando con urgencia pero también con alegría.

Al llegar al parque, la búsqueda de huevos ya había empezado. Niños corriendo, risas, padres haciendo fotos, abuelos aplaudiendo como si cada huevo fuera una medalla olímpica.

Clara vio al niño al que le había dado la cesta. Estaba buscando con concentración y, al ver a Clara, levantó la mano y sonrió. Tenía ya dos huevos dentro.

—¡Mira! —gritó—. ¡Encontré uno azul!

Clara sintió algo cálido en el pecho. No era chocolate. Era mejor.

Nerea, sin soltar la cesta, murmuró:

—Misión: no acaparar. Logro desbloqueado.

Repartieron los montones con ayuda de la organizadora del evento, que parpadeó al ver aparecer un gallo enorme con silbato y un cuervo colaborador, pero decidió no preguntar nada. En Pascua, el mundo permite un poco más de rareza, como si el aire dijera: “Hoy se puede”.

Cuando todos los grupos tuvieron sus huevos, la campana empezó a alejarse otra vez, esta vez más despacio. Clara la siguió, con Nerea detrás.

—¿No se supone que ya está? —preguntó Nerea.

La campana dio un giro suave, como una invitación final, y flotó hacia el columpio más viejo del parque, el que siempre crujía como si contara secretos.

Clara se agachó. Debajo del columpio, entre la tierra y una raíz, algo brillaba.

Un último huevo.

No era el más grande ni el más llamativo. Era sencillo, pintado con líneas azules y verdes, y tenía una pequeña palabra escrita con letra infantil: “PARA COMPARTIR”.

Clara lo tomó con cuidado. Pesaba lo justo, como si guardara dentro una promesa.

Nerea se inclinó.

—¿Lo abrimos?

Clara lo giró. No era de chocolate. Era de plástico, pero del bueno, con cierre firme. Lo abrió.

Dentro había dos cosas: una chocolatina pequeña y una nota doblada.

Clara leyó en voz baja:

“Cuando la fiesta se reparte, la magia se queda. Gracias por hacer espacio para todos.”

Clara miró alrededor. El parque seguía lleno de ruido alegre. El cuervo, en una rama, cuidaba su huevo especial sin presumir demasiado. El gallo, por increíble que fuera, estaba ayudando a organizar una carrera de sacos y parecía feliz de tener una tarea útil.

La campana flotó un momento frente a Clara, brillando como un sol en miniatura. Sonó una última vez, suave, como un “bien hecho” que no necesitaba palabras. Luego subió al cielo y se perdió entre las nubes.

Clara partió la chocolatina por la mitad y le dio un trozo a Nerea.

—Para compartir —dijo.

Nerea aceptó y sonrió con chocolate en la comisura.

—Oye, Clara… resulta que ser discreta no es lo mismo que ser invisible.

Clara guardó la nota en el bolsillo y apretó el último huevo contra su palma.

—Lo sé —dijo—. Pero hoy me ha gustado que me vieran un poco.

Y, mientras el parque se llenaba de colores y carcajadas, Clara sintió que Pascua no era solo buscar huevos: era encontrarlos juntos.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Desapercibida
Que pasa sin que los demás se fijen en ella o la noten.
Entornó
Cerró los ojos un poco, sin apretarlos completamente.
Rellano
La parte de la escalera donde se puede parar entre dos tramos.
Destellos
Pequeños flashes de luz que aparecen y desaparecen rápido.
Trampilla
Una puerta pequeña en el suelo o en la pared que da a otro lugar.
Acaparar
Guardar muchas cosas para uno mismo y no dejar a los demás.
Equidad
Dar a cada persona lo que necesita para que sea justo para todos.
Saturación
Cuando un color o una sensación está muy intensa, casi excesiva.
Mitología
Conjunto de relatos y personajes antiguos que explican costumbres o dioses.
Aliadas
Personas que ayudan y apoyan en un mismo objetivo o actividad.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.