Capítulo 1: Nariz en modo radar
Pim era un conejo con orejas tan largas que, cuando se asustaba, parecían dos cometas intentando despegar. Vivía junto a un parque lleno de setos, margaritas y un estanque donde las ranas cantaban como si ensayaran para un concierto.
Aquella mañana olía a Pascua. No era un olor oficial, claro: era una mezcla de hierba húmeda, chocolate escondido y pintura fresca de colores. Pim se ajustó su chaleco (no porque hiciera frío, sino porque le daba seguridad) y se dijo:
—Hoy es el gran día. Hoy mi nariz se graduará.
En el parque, las sombras de los árboles dibujaban rayas en el suelo, como si la tierra llevara pijama. Entre los arbustos, había cestas pequeñas, cintas y… sí: huevos escondidos. Huevos de chocolate, huevos pintados, huevos con lunares que parecían haberlos decorado ardillas con demasiada emoción.
Pim avanzó con paso serio. Cuando era pequeño, se lanzaba a lo loco. Ahora, con once… bueno, no se sabía su edad exacta, porque los conejos no llevaban carnet, pero se sentía preadolescente: quería hacerlo bien, pero sin parecer demasiado entusiasmado.
—Primero estrategia —murmuró—. Luego gloria.
Se acercó a un macizo de tulipanes. Asomaba un brillo dorado. Pim metió la pata… y sacó un huevo envuelto en papel amarillo con una etiqueta que decía: “NO ABRIR AQUÍ”.
—Qué educado —ironizó—. ¿Y dónde? ¿En la luna?
El huevo vibró, como si riera por dentro. Pim lo miró fijo, frunciendo el hocico.
—De acuerdo, huevo raro. Te sigo el juego.
En cuanto lo levantó, una brisa con olor a caramelo giró alrededor de su cabeza, y el parque pareció contener la respiración. La etiqueta se despegó sola y se pegó a su chaleco, como un imán travieso.
—Genial —susurró Pim—. Ahora soy un conejo con pegatina.
Capítulo 2: La puerta que no estaba ayer
La etiqueta en el chaleco empezó a tirar suavemente, como si fuera una cuerda invisible. Pim la siguió por un sendero de piedras planas, pasando junto al estanque. Las ranas lo saludaron con un “croac” sincronizado, que sonó sospechosamente como una canción de marcha.
Al final del camino, detrás de un seto que Pim había olfateado mil veces, apareció algo nuevo: una puerta. Una puerta diminuta, con pomo de cristal verde y un cartel torcido: “Servicio de Huevos Perdidos. Pase sin pisar las flores”.
—Ah, claro. ¿Cómo no la vi antes? —Pim miró alrededor—. Seguro que estaba camuflada de… inexistencia.
Tocó el pomo. Estaba tibio, como una taza de chocolate recién servido. La puerta se abrió con un “¡plop!” divertido, como si alguien destapara un tarro de mermelada.
Del otro lado no había una casita ni un túnel normal, sino un pasillo luminoso, hecho de… ¿cáscaras? Parecían mosaicos de huevo, brillantes como porcelana. En el techo colgaban farolitos con forma de zanahoria, y en el aire flotaban motitas de purpurina que olían a vainilla.
Pim dio un paso dentro y la puerta se cerró sola con un clic educado.
—Vale —dijo en voz alta, porque el silencio aquí parecía muy curioso—. No soy un conejo nervioso. Soy un conejo explorador. Un conejo… con pegatina.
El pasillo desembocó en una sala redonda, donde un reloj enorme marcaba las horas con huevos que giraban. Allí, un mapa colgaba en la pared, dibujado con líneas de colores y pequeñas huellas.
Una voz chillona, pero no antipática, surgió desde una cesta gigante:
—¡Por fin! ¡Llegas tarde, temprano o a tiempo! Depende de qué reloj mires.
De la cesta asomó un pollito con gafas, sosteniendo un lápiz casi más grande que él. Sus plumas estaban despeinadas como si hubiera discutido con el viento.
—Soy Pío Pío… bueno, me llamo Pío, pero me repiten. Trabajo en logística pascual. ¿Tú eres el conejo de la pegatina?
Pim miró su chaleco.
—Parece que sí. Y tú eres un pollito con gafas que habla de logística. Mis ojos están viviendo una aventura.
Pío asintió con importancia.
—Tenemos un problema brillante y pegajoso. Alguien ha escondido un huevo que no debía esconderse. Un huevo con magia antigua. Se nos ha colado en el reparto.
—¿Y qué tiene que ver conmigo? —preguntó Pim, intentando que su voz sonara adulta, aunque la purpurina le cosquilleaba el bigote.
Pío señaló el mapa.
—Que tú eres el mejor rastreador. Nariz famosa. Y porque eres un conejo. Aquí, si no eres conejo, te pierdes en dos giros. Está comprobado.
Pim tragó saliva.
—Bueno… no voy a dejar que mi nariz pierda prestigio.
Capítulo 3: La búsqueda del huevo travieso
El mapa mostraba tres zonas del parque mágico, conectadas por senderos que cambiaban de sitio cuando no los mirabas: el Jardín de Pinturas, el Bosque de Cintas y la Colina de Chocolate (que, según Pío, “es tan deliciosa que conviene ir con autocontrol y una servilleta”).
—Regla número uno —dijo Pío, ajustándose las gafas—: no toques lo que brilla sin preguntar. Regla número dos: si cantas, los arbustos contestan. Y eso puede ser incómodo.
—Yo no canto —mintió Pim. A veces tarareaba cuando estaba contento, pero no pensaba confesárselo a un pollito funcionario.
Salieron de la sala por un arco hecho de ramas. El Jardín de Pinturas era como una caja de lápices explotada: charcos de colores, pinceles que flotaban solos y flores que cambiaban de tono cuando les guiñabas un ojo.
Entre dos setas, vieron un huevo azul eléctrico que vibraba.
—Ese puede ser —susurró Pim.
Pío lo detuvo con un ala.
—¡Pregunta primero! Aquí los huevos pueden estar… sensibles.
Pim se aclaró la garganta.
—Ejem. Señor Huevo Azul. ¿Usted es el huevo travieso?
El huevo se sacudió indignado, rodó un poco y se abrió… para revelar una nota:
“Soy un huevo normal. No me molesten. Estoy haciendo mi siesta.”
Pim inclinó la cabeza.
—Perdón por interrumpir su… vida interior.
Siguieron al Bosque de Cintas. Allí, las ramas estaban adornadas con lazos rojos, verdes y morados. Cuando el viento soplaba, las cintas susurraban secretos:
“Por aquí… no, por allá… ¡cuidado con la ardilla!”
—¿Ardillas? —Pim frunció el ceño—. Las ardillas son especialistas en esconder cosas y en fingir inocencia.
Una sombra saltó entre las ramas: una ardilla con una cesta en la cabeza como casco.
—¡Yo no escondo nada! —gritó, aunque nadie la había acusado.
Pío la miró con paciencia.
—Hola, Nora. ¿Has visto un huevo con brillo raro, como de luna dentro?
La ardilla cruzó los brazos.
—Puede. O puede que haya visto una patata con sombrero. ¿Quién sabe? La vida es misteriosa.
Pim se acercó, olfateando. La cesta- casco olía a cacao y a… chispa.
—Nora —dijo Pim—. Tu casco huele a magia. Y a avellana.
Nora se puso roja hasta la punta de la cola.
—¡Vale! Me lo encontré. Me miró. Y yo… yo no soporto que me miren las cosas. Así que lo escondí en la Colina de Chocolate. Pero fue por seguridad.
Pío suspiró.
—Por seguridad siempre acabamos con el caos.
Nora señaló un camino de cintas que se movían como serpientes dormidas.
—Seguid ese lazo dorado. Os llevará. O os enredará. Es una lotería.
Pim sonrió.
—Me gustan las loterías cuando tengo buena nariz.
Capítulo 4: La Colina de Chocolate y el huevo con luna
La Colina de Chocolate no era exactamente una colina. Era más bien una montaña suave, con rocas que parecían tabletas y un riachuelo espeso que olía a cacao. Pim intentó no lamer nada, pero su lengua parecía tener opiniones propias.
—Autocontrol —se recordó—. Soy un conejo responsable. Responsable y… ay.
Pío le dio un golpecito con el lápiz.
—Concentración. El huevo mágico está aquí, y si se rompe, puede pasar cualquier cosa: que llueva confeti durante una semana, que las zanahorias canten ópera… o peor.
—¿Peor que una zanahoria cantando ópera? —Pim abrió mucho los ojos.
—Sí —dijo Pío, muy serio—. Que todo el chocolate se vuelva brócoli.
Pim palideció.
—Eso sí que no.
Subieron. En la cima había un nido hecho de papel de colores, y dentro reposaba un huevo grande, blanco con sombras plateadas, como si llevara una luna atrapada.
El huevo no vibraba. No se movía. Parecía esperar.
Pim se acercó despacio.
—Hola. Soy Pim. Vengo a… devolverte a donde sea que debas estar. Sin ofender.
El huevo habló. No con boca, sino con una voz que se escuchaba dentro de la cabeza, suave como una manta:
“Estoy perdido. Me escondieron demasiado bien. Y ahora mi magia se desordena.”
Pío tragó saliva.
—Ese es. El huevo de la Luna de Pascua. Se supone que solo se abre en el Nido Central, con todos cantando… bueno, con todos… tarareando. Sin pánico.
Pim miró alrededor.
—¿Y cómo lo movemos sin que se enfade?
Nora apareció desde detrás de una roca de chocolate, haciendo como que pasaba por allí por casualidad.
—Yo puedo ayudar —dijo, rascándose la oreja—. Sé cargar cosas. Soy fuerte. Y no me da miedo… casi nada.
Pío la miró.
—Cooperación. Eso me gusta. Y también me gusta cuando no hay brócoli.
Pim tuvo una idea.
—Mi chaleco tiene la pegatina. ¿Y si la pegatina es una llave?
Se acercó y tocó el huevo con cuidado, dejando que la etiqueta rozara la cáscara. La pegatina se iluminó y se estiró como una cinta adhesiva mágica, envolviendo el huevo con un brillo cálido.
El huevo susurró:
“Gracias. Pero cuidado… mi risa se escapa.”
De pronto, del huevo salieron burbujas de luz que estallaban en mini carcajadas. El riachuelo de chocolate empezó a hacer “glu-glu” como si contara chistes.
—¡Eh! —Pim se echó hacia atrás—. ¡La colina se está poniendo graciosa!
Una roca-tableta se deslizó, como si quisiera bailar. Nora saltó para sostenerla.
—¡No pienso que me aplaste una galleta gigante! ¡Tengo dignidad!
Pío gritó:
—¡Al Nido Central, rápido! ¡Antes de que el parque entero empiece a hacer cosquillas!
Capítulo 5: Carrera con risas y cintas vivas
Entre los tres levantaron el huevo. No era pesado como una piedra: era pesado como un secreto importante. Pim iba delante, guiando con la nariz; Nora sostenía un lado con fuerza; Pío caminaba atrás, dando instrucciones como si leyera un manual invisible.
—¡Sin tropezar! —ordenaba—. ¡Sin girar a la izquierda demasiado! ¡Sin… ay!
Una burbuja de risa explotó cerca de Pío y le despeinó las plumas. Pío estornudó purpurina.
—¡Estornudo administrativo! ¡Esto no está en el protocolo!
Bajaron de la Colina de Chocolate y entraron otra vez en el Bosque de Cintas. Las cintas, al sentir la magia, comenzaron a enredarse entre sí, formando un laberinto en movimiento.
—Perfecto —dijo Pim—. Un laberinto que cambia. ¿Qué podría salir mal?
Las cintas susurraban:
“Por aquí no… por allá sí… ¡dale un salto!”
Nora levantó una ceja.
—¿Las cintas hablan?
—Regla número dos —dijo Pío, con voz resignada—. Te lo dije.
Pim miró el suelo: pequeñas huellas brillantes aparecían y desaparecían. Su nariz captó un aroma distinto, como limón y luna.
—Seguidme. La magia deja rastro.
Dieron un rodeo, pasaron por debajo de un arco de lazos, y una cinta traviesa intentó atarles las patas.
—¡No me hagas cosquillas, lazo! —protestó Nora, sacudiéndose.
Pim se rió pese a sí mismo.
—Esto es ridículo. Pero… funciona. Mira, allí.
Al final del bosque apareció la puerta del Servicio de Huevos Perdidos, que ahora parecía más grande, como si estuviera contenta de verlos.
—¡Entrad! —chilló Pío—. ¡Y con cuidado, que el reloj se pone nervioso!
Cruzaron el pasillo de cáscaras. El huevo, entre sus brazos, soltó un suspiro luminoso, como si por fin reconociera el camino.
En la sala redonda, el reloj de huevos giró más rápido. Una campanita sonó. Del techo bajó una cesta acolchada con plumas, como un ascensor suave.
Una voz nueva, profunda y divertida, resonó desde ninguna parte:
—Conejo Pim, pollito Pío, ardilla Nora… traéis lo que se perdió.
Pim levantó el hocico.
—¿Quién habla?
—La Pascua —dijo la voz, como si fuera lo más normal del mundo—. No siempre hablo, pero hoy el huevo me hace cosquillas en la lengua.
Pío susurró:
—No le contestes mal. Es… es la Pascua.
—No pensaba contestarle mal —murmuró Pim—. Solo estoy intentando parecer calmado. Spoiler: no lo consigo.
Colocaron el huevo en la cesta acolchada. La pegatina del chaleco se soltó con un “pop” satisfecho y volvió al huevo, como si regresara a casa.
El huevo habló en su voz de manta:
“Ahora, cantad… o tararead. Juntos.”
Nora carraspeó.
—Yo tarareo fatal.
Pim ladeó una oreja.
—Yo también, pero lo hago con confianza. A veces la confianza engaña al oído.
Pío alzó su lápiz como batuta.
—A la cuenta de tres. Uno… dos… tres…
Tararearon. Fue un tarareo extraño: Pim sonaba como una tetera, Nora como una cuerda de violín desafinada, y Pío como un pito tímido. Pero iban juntos, y eso parecía ser lo importante.
El huevo se iluminó. La luna dentro giró y se acomodó, como una canica encontrando su sitio. Las burbujas de risa se transformaron en chispas suaves que flotaron hacia el techo, y el reloj de huevos volvió a su ritmo tranquilo.
La voz de la Pascua soltó una risita.
—No es un coro perfecto… pero es un equipo perfecto.
Capítulo 6: Huevos encontrados y un abrigo bien guardado
La puerta del seto se abrió otra vez, y el parque normal los recibió con su luz de tarde. Todo seguía en su sitio: tulipanes, estanque, setos. Pero el aire estaba más brillante, como si alguien hubiera limpiado el cielo con un trapo azul.
En el césped, aparecieron de pronto varios huevos escondidos que Pim no había visto antes, como si el parque les dijera: “Bien hecho, aquí tenéis el resto”.
Pío se ajustó las gafas, orgulloso.
—Incidente resuelto. Sin brócoli. Excelente día laboral.
Nora se balanceó sobre la punta de las patas.
—Vale… admito que cooperar no ha sido horrible. De hecho, ha sido… casi divertido.
Pim olfateó un huevo con rayas naranjas.
—Cooperar tiene ventajas. Por ejemplo, reduces el porcentaje de que te aplaste una galleta gigante.
Los tres rieron. Incluso las ranas del estanque hicieron un “croac” que sonó como un aplauso educado.
La luz empezó a bajar, dorada. Pim sintió el cansancio agradable de haber corrido, pensado y evitado el desastre vegetal. Miró su chaleco, que ahora estaba libre de pegatinas y un poco manchado de chocolate.
—Ha sido un día raro —dijo—. Pero de los buenos.
Pío se subió a una piedra, como si diera un discurso.
—Recordad: cuando algo mágico se desordena, no se arregla con prisas, sino con equipo.
Nora asintió.
—Y con un conejo que tiene nariz radar.
Pim se puso serio un segundo, con esa seriedad que dura poco cuando eres un conejo.
—Mi nariz agradece el cumplido. Y mi estómago agradece que no haya brócoli.
Antes de despedirse, Pim encontró un lugar tranquilo bajo un arbusto y sacó su abrigo, un pequeño manto suave que usaba cuando las noches se ponían frescas o cuando quería sentirse como un héroe discreto. Lo dobló con cuidado, como si estuviera guardando un secreto calentito, y lo dejó bien ordenado en su rincón, lejos de cintas traviesas y huevos parlantes.
El parque olía a Pascua y a promesa. Pim se estiró, miró el cielo y pensó que, a veces, la magia no era solo brillar: era llevar el peso entre varios, tararear aunque suenes a tetera y reírte sin hacer cosquillas al mundo.
Y, por si acaso, decidió que al día siguiente comprobaría detrás del seto.
Solo por si aparecía otra puerta.
Solo por si la Pascua volvía a tener sentido del humor.